jueves, agosto 16, 2007

Aventuras en Bolivia, Chile y el sur peruano
Pier Barakat en Ruta Inka

ACLARACIÓN! Ésta es la nota que apareció en el diario La Industria de Trujillo, el mismo día que enrumbé hacia el punto de partida de la Ruta Inka 2007. Las 32 siguientes notas (que aparecen una tras otra, cada una con su respectiva imagen), fueron escritas durante la expedición. Espero que les gusten. (PIER).

Nuestro intrépido periodista Pier Barakat Chávez inició ayer el viaje hacia el punto de partida de la Ruta Inka 2007, “Tras las huellas de Manco Cápac”, expedición que recorrerá durante 41 días las principales ciudades de Bolivia, el norte chileno y el sur del Perú, siempre siguiendo el Camino Inca o Qhapaq Ñan.
Junto con más de 100 universitarios y periodistas de diferentes partes del mundo, Barakat atravesará ríos, lagos, valles, montañas y desiertos en busca de las huellas del fundador del Imperio Inca. Pero no sólo eso. Nuestro periodista tiene como misión enviar una crónica diaria y fotografías de los lugares que irá recorriendo con los demás expedicionarios, que serán publicadas en una página diaria a full color desde el próximo lunes 25 de junio en nuestra edición diaria.
La Ruta Inka, que este año emprende su cuarta edición, es una gira cultural ideada por el ex diplomático peruano Rubén La Torre, quien invirtió todos sus ahorros para hacer realidad este proyecto, que emula a la Ruta Quetzal que une América y Europa.
Aunque en ediciones pasadas se recorrió parte de Ecuador, ésta es la primera vez que los expedicionarios pisarán tierras en tres países hermanos: Bolivia, Chile y Perú, que se encuentran unidos por lazos históricos, sociales y culturales.
La Ruta Inka parte el 21 de junio de la ciudad boliviana de Tiwanaku, donde se participará de la fiesta del Willakakuti o retorno del Sol, que se celebra en el templo preinca de Kalasasaya. Se escogió este día por ser el más corto y frío del año.
Luego se recorrerá ciudades como Copacabana, La Paz, la comunidad aymará de Coroico, el Parque Nacional Sajama (Oruro) y el gran salar de Uyuni, considerado como el desierto de sal más grande del mundo.
Posteriormente, se ingresará por vía férrea a Chile, donde se visitará las ciudades de Calama, San Pedro de Atacama, Pozo al Monte, Putre y Arica. El 10 de julio, la expedición retornará al Perú para visitar las ciudades de Tacna, Ilo, Arequipa, Puno y Cusco, culminando en el santuario de Machu Picchu, al cual se llegará tras una larga travesía por el Camino Inca.
Barakat, como todo peruano orgulloso de su tierra, se mostró entusiasmado con la aventura e intentó olvidar la comprensible congoja que siente por apartarse tantas semanas de sus seres queridos. “Tendré la suerte de recorrer tres países que un día se enfrentaron, pero que a la vez guardan afinidades históricas y sociales, que trataré de plasmar en mis escritos”, declaró ayer nuestro reportero poco antes de partir a la capital.Cabe mencionar que ésta es la primera vez que el diario La Industria de Trujillo, Vicedecano de la Prensa Nacional, envía a uno de sus reporteros a una expedición de este tipo. Siempre, pensando en nuestros lectores.
Viaje al punto de partida de Ruta Inka 2007 y algunas extrañas señales
A escasas horas del comienzo
¿La suerte está de mi lado o se trata de una artimaña del mágico mundo andino?

La noche en Puno es menos gélida de lo que esperaba. Los reportes climatológicos que anunciaban temperaturas menores a cero grados en el sur del país me mantuvieron intimidado en Trujillo, desde antes de alistar mi mochila. Sin embargo, la suerte hoy corre de mi lado pues -sin exagerar- más frío sentí el día de mi partida en la ‘Capital de la Primavera’, que en este instante en que escribo estas líneas en una habitación solitaria de un hostal ubicado a escasos metros de la pintoresca Plaza de Armas de Puno. Y no es que el friaje sea mentira, sino que este fenómeno se siente con crudeza en las zonas más alejadas de esta provincia, las mismas que pronto visitaré.
Puno, según logré apreciar en mis primeras horas de estancia, posee una atmósfera tan mística como la cusqueña. Algunas de sus calles, empedradas y angostas, sumadas a una iluminación ambarina que resalta sus edificios más bellos (como la Catedral, por citar un ejemplo), le dan un toque casi mágico y misterioso que se camufla entre mujeres de polleras, hombres en llanques de miradas desconfiadas y también numerosos turistas de cabellos dorados.
Antes de llegar a Puno pisé Juliaca. El avión partió desde Lima a las 2:30 de la tarde y demoró dos horas y media en aterrizar en el aeropuerto ‘Inca Manco Cápac’, terminal aéreo donde precisamente se observa una gran efigie del fundador del Imperio de Los Incas, con el índice izquierdo apuntando al horizonte y la mano derecha empuñando una barreta de oro. Ésa fue la primera señal que se me presentó en lo que va del viaje, pues la Ruta Inka 2007 se denomina ‘Tras las Huellas de Manco Cápac’. ¿Acaso habré encontrado la primera huella? Quién sabe.
Del aeropuerto de Juliaca me dirigí a Puno en una combi, atravesando una sabana de ichu amarillento. El ocaso cargó los cielos de una tonalidad sanguinolenta, mientras que el conductor del vehículo esquivaba con pericia y suerte los rezagos de una protesta matutina (vidrios, piedras y maderas ‘adornaban’ el camino). Puno y Arequipa, precisamente hoy, bloquearon sus caminos para exigirle al gobierno la disminución en el precio de los combustibles y una nueva licitación de la carretera Interoceánica. “Tenemos suerte de poder pasar, porque temprano estaban rompiendo los vidrios de los carros”, comentó el chofer de la combi que me dejó en la ciudad de la Diablada, ‘Capital del Folclor Peruano’. ¿Una segunda señal?
Lo primero que haré mañana será abordar un bus hacia la ciudad boliviana de Tiwanaku, punto de partida de la Ruta Inka. Según pude averiguar, esta localidad se encuentra a unas tres horas de Puno, cruzando Desaguadero, a más de 3.800 metros de altitud. Será allí donde me reuniré con los demás aventureros que en este momento están viajando por tierra desde Lima, directamente hacia allá. El programa indica que en el templo preinca de Kalasasaya, ubicado en Tiwanaku, se realizará la fiesta del retorno del Sol, con ofrendas a la Pachamama. Dicen que mañana se vivirá el día más corto y frío del año en Bolivia, por ello, recapacito y pienso realmente que el abrigo de esta noche es sólo una tregua para los próximos 41 días de heladas que nos tocará vivir a los aventureros. ¿Acaso el Dios Inti se apiadará de nosotros y nos enviará su calor? ¿O tal vez se enfurecerá por pretender desentrañar los caminos de nuestros antepasados, siguiendo la huella de su hijo mayor?
Evo Morales ha prometido estar presente en la fiesta de Kalasasaya, y espero llegar a tiempo para arrancarle algunas palabras. Si no lo consigo, ya veré de qué escribo mañana. En este tipo de viajes, en los cuales uno se aventura en tierras inhóspitas, sólo queda rogar a Dios que nos proteja. En mi caso, que deberé enviar una crónica diaria, debo pedirle además al altísimo que me permita encontrar conexión a Internet todos los días. Es un reto. Pero no deja de ser un riesgo. Así es el periodismo, un oficio impredecible pero satisfactorio. Al menos así lo siento yo en esta noche de soledad, a incontables kilómetros de mi hogar, en esta sierra de congojas acumuladas durante muchos siglos.
Pues la sierra es triste y misteriosa. Lo plasmó Ventura García Calderón en sus cuentos, relatando historias de nexos ocultos entre el hombre andino y la naturaleza, de pactos con aves monstruosas que castigaban a los forasteros de malas intenciones y ríos que arrastraban con almas despiadadas. Si lo que García Calderón contaba es cierto, yo, desde este ordenador, le prometo a la naturaleza andina caminar con sigilo y buenos deseos, sólo buscando ese dato curioso que, a la distancia, espero satisfaga a los lectores. Una doble promesa es la mía… con el Ande y con Trujillo.

Por último, los 41 días, ¿o acaso 40?, de viaje
Si le descuento el último día a la Ruta Inka (31 de julio), fecha en que los expedicionarios sólo se despedirán y no habrá actividad alguna que cumplir, realmente esta aventura dura 40 días. Y 40 es un número con historia, lo cual nuevamente me hace sospechar de una señal. En la Biblia, el número 40 significa tiempo de preparación. Los ejemplos son numerosos: los 40 días del diluvio y los 40 días que estuvo Moisés en el Monte Sinaí son sólo dos. ¿Quieren más? Pues los hay. Los 40 años que pasó el pueblo de Israel en el desierto y los 40 días que Cristo permaneció apartado del mundo.
En términos religiosos, del número 40 se derivó la ‘Cuaresma’, tiempo que guarda relación con el calendario agrícola y la renovación de la tierra. Tiempo de sencillez y austeridad que permite compartir. Pensándolo bien, esta ruta sí tiene algo de divino. Somos más de 100 los jóvenes que decidimos enrumbarnos en ella y definitivamente la abstinencia, el ahorro y el compañerismo serán nuestras mejores armas para cumplirla con éxito. ¿Qué pasará cuando el alimento sea escaso y el frío cale nuestros huesos? Pensar en salvar el pellejo, como se dice, no es la respuesta correcta. En este viaje, estoy seguro que se estrecharán lazos de hermandad y ayuda mutua entre todos los participantes, sin importar procedencia, raza o edad. Que así sea.
Pueblo ubicado en frontera con Bolivia reúne todos los ‘demonios’ de nuestra Patria
Desaguadero, Perú chiquito
Expedicionarios de Ruta Inka 2007 vivieron el primer día de aventura y arribaron a Tiwanaku.

El pueblo más alejado del sureste peruano es una suma de conflictos que, si los juntamos, obtendríamos un solo resultado: Perú. La informalidad materializada en los vendedores ambulantes le da la bienvenida a los turistas que pretenden viajar a Bolivia o que ingresan a nuestro país provenientes del Altiplano. Las calles ‘adornadas’ con desperdicios es otro de los ‘demonios’ de Desaguadero, un pueblo que sobrevive del comercio legal pero sobre todo del contrabando.
Hoy desperté en Puno a las 8 de la mañana y el calor continuaba de mi lado. La ciudad lucía alborotada por una nueva protesta social y yo sólo quería desayunar en algún lugar donde no cobren en dólares o con tarjeta Visa. En un pasaje pintoresco, cercano de la Plaza de Armas, ingresé a un negocio pequeño y oscuro donde vendían tamalitos puneños a un sol con cincuenta céntimos. Vaya mi suerte que mientras saboreaba esto, apareció un buen amigo trujillano: Miguel Martínez. Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la universidad de la cual egresé, no sólo me acompañó sino que me hizo ver parte de la realidad de Puno: la pobreza. “De hecho que éste es el departamento más pobre del país, camina cinco cuadras arriba de la Plaza de Armas y lo verás”, me dijo, con la autoridad de quien ya ha dormido tres noches en esta ciudad. Yo, que ya debía abordar un bus a Desaguadero, preferí esperar para cuando la expedición viniera a Puno para subir esas tremendas cinco cuadras.
La cobradora del bus a Desaguadero era una mujer ataviada de polleras y chompas, con una larga trenza que culminaba en un tejido de lana con flecos. En mi costado se sentó un hombre que me habló de contrabando, de las promesas incumplidas del gobierno, de la muerte del alcalde de Ilave, ya hace un par de años, y de la agricultura serrana, que depende de las lluvias. Juan se llamaba y su charla se confundía con un fondo maravilloso. El gran Lago Titicaca, que de acuerdo con la posición del sol cambiaba de colores. En algún lugar, a la distancia, se veía azul marino y brillante. En otros, se tornaba verduzco y en las partes que se ubican a sólo 20 metros de la carretera, el agua lucía cristalina. Un verdadero espectáculo natural que distrae al viajero durante el tiempo que demora arribar a la frontera.
Pero no todo es malo en Desaguadero. El ingenio del peruano se evidencia en unos vehículos fabricados sobre un triciclo de tres ruedas, pero que posee 18 velocidades y hasta dos asientos muy confortables para transportar, a cambio de un par de soles, a personas o mercadería. “Así es mi tierra”, es el nombre de un restaurante colocado con inteligencia cerca de la línea divisoria. De hecho, así es.
En este pueblo, donde también se evidencia la ‘astucia’ del peruano (una mujer quiso venderme tres mandarinas por dos soles… ¿acaso me vio cara de gringo?) hoy nos reunimos más de 40 expedicionarios de la Ruta Inka. Ellos llegaron en un bus que no pudo cruzar la frontera y, maleta en mano, tuvieron que cruzar a pie el puente internacional, bajo los letreros de ‘Gracias por su visita’, en el lado peruano, y ‘Bienvenido a Bolivia’.
Luego de los controles migratorios, judiciales y en Aduanas, por fin todos pisamos tierras bolivianas. Vaya sorpresa nos dimos cuando, en este lado del mundo, todo era igual o hasta peor que en Perú. El desorden de las combis, el transitar apresurado de los tricicleros, el griterío de los cobradores de los buses y los ambulantes tan parecidos a los nuestros por un momento me situaron en el pandemónium trujillano llamado La Hermelinda. Pero no, mi ciudad está muy lejos de esto.
Un total de 40 costarricenses, peruanos, estadounidenses, un venezolano, españoles, una periodista que vino desde el Principado de Luxemburgo, una argentina, una uruguaya, una puertorriqueña y muchos otros aventureros, unos más bullangueros e inquietos que otros por su edad, pero todos buena gente, viajamos en cuatro combis hasta la localidad boliviana de Tiwanaku, ubicada a 3.800 metros de altitud, a unos 40 minutos de la frontera y una hora más de adelanto que en Perú. Los rezagos de la fiesta del retorno del Sol, en la cual participó Evo Morales, nos dejaron una ciudad sucia y vacía, oscura y desolada. Sin embargo, la emoción no se resquebrajó en el grupo, a pesar de que la primera noche tuvimos que dormir hasta tres personas en una sola cama. La Ruta Inka ya ha comenzado y continuará con fuerza.
Los planes indican que mañana viernes conoceremos el complejo arqueológico de Tiwanaku y el balneario de Copacabana, ubicado a orillas del Titicaca. El primer día con esta gente fue agitado, pero no menos excitante. Espero que así continúe. Sólo de nosotros depende ello.
Ruta Inka 2007 llegó al complejo arqueológico de Tiwanaku
Baño de energía Aymara
Aventureros se cargaron con la magia de los enigmáticos templos preincas ubicados en Bolivia.

Cuando Andrés Jiménez llegó a la piedra donde Evo Morales juró como presidente de Bolivia, en el complejo arqueológico de Tiwanaku, se colocó en cuclillas, cerró los ojos y reposó sus dos manos sobre el inmenso resto lítico. Este expedicionario costarricense, larguirucho y de melena larga, sólo quería sentir la energía que impregnaron los aymaras en esta grandiosa construcción. Y, por lo que dijo luego, lo consiguió. “Se sentía muy cálido y por un momento mis manos empezaron a palpitar, como si estuviera recibiendo algo”, expresó poco antes de que el guía de turismo pidiera continuar con la marcha.
Las ruinas de Tiwanaku se ubican a sólo diez minutos a pie de un pueblo homónimo, a más de 3.800 metros de altitud (a dos horas de La Paz) y son consideradas como el complejo arqueológico más importante de Bolivia. Los expedicionarios de la Ruta Inka ayer visitamos este lugar y admiramos sus templos ceremoniales, sus monolitos, las famosas puertas del Sol y la Luna y los museos aledaños al complejo. Aquellas imágenes que sólo las pude ver de niño en los libros de Historia del Perú, por fin estaban allí, tan cerca, tan perfectas, sintiendo como yo los vientos gélidos de los Andes.
Pero no sólo fue el aventurero costarricense quien recibió ese baño de energías positivas. En realidad, todos los expedicionarios frotaron las piedras pulidas, escucharon el eco de los viejos escenarios y atraparon con las manos, abriéndolas y cerrándolas de manera simbólica, las vibras de los antiguos pobladores.
En Tiwanaku existen numerosos centros ceremoniales, desde los que se ubican bajo la tierra y que los aymaras dedicaron al inframundo o tierra de los muertos, hasta el majestuoso Kalasasaya, donde se conserva la famosa Portada del Sol y hasta dos monolitos pétreos impresionantes. Los grabados en las construcciones, dedicados al Dios Wiracocha, Inti o Sol, así como a otras deidades del mundo Aymara, demuestran que esta civilización preinca alcanzó un elevado grado de desarrollo arquitectónico y cultural.
Lo que más impresionó ayer a los expedicionarios de la Ruta Inka fueron las inmensas piedras que se emplearon en la construcción de los templos. El guía explicó que probablemente las rocas de granito fueron traídas en barcos desde el actual territorio peruano. Sin embargo, todo lo que se sabe son conjeturas e hipótesis que pretenden explicar la edificación de los templos. “Definitivamente, los aymaras fueron un pueblo muy extenso y desarrollado, con ciudades mucho más grandes que las existentes ahora en Bolivia”, dijo el guía.
Poco antes de la visita, el etnomusicólogo chileno Marcelo González Borié explicó a los expedicionarios, en breve charla, que la civilización Aymara surgió hace más de 2.800 años y que su cosmovisión fue la base del Imperio de los Incas. “Los Incas, aprovechando una crisis política y social que sufrían los aymaras, generada por un problema demográfico, logran dominarlos militarmente y colonizarlos. Sin embargo, los Incas fueron más astutos que los españoles porque no intervinieron en el mundo cultural Aymara sino que lo hicieron suyo”, explicó.
El experto agregó que los Incas sólo se preocuparon de frenar rebeliones aymaras, para lo cual aplicaron una política de disgregación. Esto quiere decir que, si un poblado Aymara presentaba muestras de insurrección, los Incas lo desterraban a territorios alejados para así frenar sus intenciones separatistas o sediciosas. “Eso explica que encontremos poblados aymaras en el actual Ecuador, por ejemplo. No obstante, el mundo Aymara y su cosmovisión continúa presente en pueblos de Bolivia, Chile y Perú donde se continúa practicando su filosofía que predica lo siguiente: ‘nadie es tan pequeño como para no brindar ayuda, ni tan grande como para no necesitarla’”, puntualizó el chileno.
La visita a las ruinas de Tiwanaku, además del Templo de Kalasasaya, el Monolito Ponce y la Puerta del Sol, también incluyó el templo de Pumapunko (Puerta del Puma) donde funcionó un tribunal de justicia Aymara. Allí, los jueces condenaban, en muchos casos a la decapitación, a quienes infringían los códigos legales de aquel entonces. Fue durante esta visita donde se observó con claridad el proceso de depredación que han sufrido, por parte de busca fortunas y pobladores ignorantes, las ruinas bolivianas. Una muestra de ello es que muchas piedras de estos centros se utilizaron como material de construcción de viviendas actuales, en la edificación de la iglesia del pueblo de Tiwanacu, ubicada en la Plaza de Armas de esta localidad, y para pavimentar numerosas calles de la ciudad de La Paz. Un atropello que también se cometió en el Perú tras la llegada de los españoles. Así es la historia y, por desgracia, no se puede cambiar.
En esta ciudad boliviana se vive una clara y armónica fusión entre lo católico y Aymara
Sincretismo en Copacabana
Hermoso santuario guarda la sagrada imagen de la Virgen de la Candelaria, patrona del país altiplánico.

Miguel Ángel Mamani, poblador de La Paz, compró esta semana una combi de color celeste con los ahorros de su vida, para trabajar en transporte urbano en la sede gubernamental de Bolivia. Aunque el vehículo es de segunda mano, la inversión fue elevada y, por ende, riesgosa. Mamani, fiel a las costumbres religiosas bolivianas, condujo su nuevo vehículo hasta Copacabana, en un viaje de cuatro horas por tierra y agua (para llegar a esta ciudad ubicada a orillas del Lago Titicaca, todos los vehículos deben ‘navegar’ sobre tremendas balsas para cruzar la orilla) para que sea bendecido en las afueras del Santuario de la Virgen de la Candelaria, llamada también de Copacabana.
Lo curioso de esta bendición es que es oficiada tanto por un sacerdote católico, quien esparce la clásica agua bendita sobre el vehículo, como por un curandero Aymara, quien reza a los Apus y a la Pachamama, mientras sahúma con incienso alrededor del automóvil. Mamani escogió a un cultor de la cosmovisión Aymara llamado Mateo (vaya nombre bíblico) para que se encargue de purificar su adquisición. “Si este año es una combi, el próximo será un microbús”, repetía el sabio andino durante el ritual efectuado al promediar el mediodía. “Es para que me vaya bien en el negocio y no sufra un accidente”, comentó el paceño poco antes de abordar su combi y retirarse de las afueras del santuario, ubicado en la Plaza de Armas de Copacabana.
Esta ceremonia, que se realiza a diario en Copacabana, es la muestra más clara del sincretismo existente entre la religión Católica y las costumbres aymaras en Bolivia. Es casi increíble ver cómo un ritual que bien podría ser considerado como pagano, se realiza en las afueras de un templo católico que guarda a la bendita Virgen de la Candelaria, patrona de Bolivia desde 1925. Automóviles del año, combis, camionetas, microbuses y hasta camiones son llevados desde todas partes de Bolivia y Perú a este lugar para recibir los buenos augurios de sacerdotes y chamanes. Los vehículos primero son lavados y perfumados, y luego adornados con flores y artesanía local elaborada con totora, que venden comerciantes informales instalados en una feria permanente frente del templo. De inmediato, el representante católico arroja el agua bendita y, ni bien culmina, entra el turno del chamán, quien quema incienso y ora a sus dioses por la prosperidad de su contratante. Al culminar, el propietario del vehículo bendito pasea con sus familiares por las orillas del Titicaca (en ocasiones se dejan ofrendas) y luego beben cervezas (muchos empiezan a tomar incluso en la fachada de la iglesia).
Pero ésta no es la única muestra del sincretismo religioso que se percibe en Copacabana. Otro ejemplo clarísimo se observa en el mismo santuario, en cuya fachada se observa la efigie del modelador de la imagen sagrada, el indio Francisco Tito Yupanqui, vistiendo el clásico atuendo del Incanato y cargando la imagen de la Virgen María con el bebé Jesús entre brazos. Valga mencionar que, según la historia, Tito Yupanqui elaboró la escultura de la Virgen en el año 1583.
Si seguimos avanzando y llegamos a la puerta del templo, observamos otro detalle interesante. Grabado en la madera, se observa a Tito Yupanqui, en el año 1580, soñando con una Virgen que carga entre brazos a un bebé, dando la impresión de que el descendiente Inca recibió una señal divina que lo motivó a esculpir la imagen.
Por último, para completar esta fusión perfecta entre lo Católico y lo Aymara, justo frente del santuario, en medio de la Plaza de Armas, se observa una pequeña ‘Puerta del Sol’, elaborada con tres bloques de piedra, muy similar a la existente en el templo de Kalasasaya, situado a escasos minutos del pueblo de Tiwanaku (a 40 minutos de la frontera peruana).Todo este ambiente, que no deja de ser festivo, genera en el turista la sensación de estar perdido entre dos mundos, el mágico, oriundo y misterioso Aymara, y el Católico venido desde Europa tras la conquista española. Tal vez, por ello Copacabana es una de las ciudades bolivianas con mayor índice de turismo. Ése es su secreto. Un fascinante y armonioso misterio.
Paseo en bote en Lago Titicaca se convirtió en una aventura terrorífica
Los dioses se enfurecieron
Ruta Inka 2007 navegó hasta las Islas del Sol y la Luna, ubicadas en el lado boliviano del lago sagrado.

Todo sucedió por no haberle entregado una ofrenda a la madre tierra. Un día antes del viaje, el sacerdote Aymara había preparado, con ayuda de los integrantes de Ruta Inka, dos envoltorios con hojas de coca, dulces, alcohol y fetos de llamas; ambos para ser quemados en la Isla de la Luna, ubicada en el sector boliviano del Lago Titicaca. El Amauta encargó a dos expedicionarios los preparados envueltos en mantas y les recomendó que hoy los lleven al viaje a las islas sagradas para ofrendarlos a los dioses. Sin embargo, el joven chileno que debía cargar el paquete que correspondía al Dios Sol, lo olvidó. Un grave error que pudo desencadenar una tragedia…

La luna molesta
El viaje comenzó a las 9 de la mañana. Los casi 100 aventureros nos reunimos en el terminal de Copacabana, donde abordamos dos lanchas motorizadas que contaban con un ambiente interno con asientos y otro en la parte superior con bancas y sin techo. Como primer destino se escogió la Isla de la Luna, ubicada a casi dos horas de navegación en el Titicaca. Un viento gélido soplaba en los rostros de quienes viajábamos a la intemperie pero el Sol iluminaba nuestros cuerpos y, en cierta forma, apaciguaba el frío. El majestuoso lago nos mostraba sus más preciados tesoros, como pequeños islotes con árboles solitarios, y con frecuencia volaban algunas aves sobre nuestras cabezas. Otras embarcaciones se nos cruzaban y el oleaje del lago no hacía presagiar lo que ocurriría después.
Cuando la Isla de la Luna ya se encontraba a menos de un kilómetro de distancia, las aguas del Titicaca se alborotaron de una forma tan repentina y violenta, que los botes empezaron a ladearse espantosamente. El Sol se ocultó y las nubes tiñeron los cielos con una fúnebre tonalidad grisácea. Tan fuerte fue el movimiento de las olas, que ninguna de las dos embarcaciones logró anclar en el muelle. Los tripulantes no reclamamos, pues rápidamente comprendimos el peligro que implicaba empecinarnos en descender. No obstante, lo que no sabíamos en ese momento era que la mitad de la ofrenda se había quedado en tierra, atrapada en un cuarto de hotel. ¿Acaso los dioses se enfurecieron por ello?

La furia del Sol
Las embarcaciones continuaron con su marcha pero esta vez hacia la Isla del Sol, situada a más de dos horas de viaje. En forma increíble, conforme nos íbamos alejando de la Isla de la Luna, las aguas fueron calmándose y los cielos otra vez lucían celestes. Ambos barcos encallaron en la inmensa isla y los expedicionarios, tras el almuerzo, recorrimos a pie lugares impresionantes como la Piedra Sagrada, las Pisadas del Sol, el laberinto o Chincana, el rostro de Wiracocha y muchos otros centros arqueológicos pertenecientes a las culturas Tiahuanaco e Inca que guarda esta isla boliviana.
Luego de casi dos horas de recorrido, tiempo en que los aventureros también aprovecharon para comprar souvenir, gorros o medias de lana de alpaca, algunas mujeres del pueblo nos ofrecieron un peculiar almuerzo, a manera de bufete, conocido como Aptapi, donde cada lugareña brinda algún plato a los visitantes, tendiendo los alimentos en telares en medio de una plaza. La mayoría degustamos de papas y ocas sancochadas, además de quesos y sabrosas cremas. El ritual completo debió haber incluido la ofrenda en la Isla de la Luna. Sin embargo, esto no se pudo realizar. El sacerdote aymara se preocupó y advirtió del peligro. “Los dioses deben estar molestos, así que deben ir con cuidado en lo que resta de la expedición”, señaló. Yo, como la mayoría, no le creímos.
Nos equivocamos. Eran más de las 5 de la tarde cuando emprendimos el viaje de retorno hacia Copacabana. La primera lancha, en cuya parte superior iba yo con otros siete jóvenes, zarpó algunos minutos adelantada. Los cielos lucían amenazadores, aunque no para temer por una tormenta. Cuando la embarcación ya se encontraba a diez minutos aguas afuera, comenzó lo peor. Los dioses nos castigaron con toda su furia. Las aguas del Titicaca se revolvieron de una manera nunca antes vista, según el aymara que también viajaba de retorno. El bote se ladeaba y quienes iban en la cabina desataron en llanto. A quienes íbamos al aire libre, hasta nos lloraron para que bajáramos, pero optamos por continuar allí para no ser parte de la histeria que se vivía dentro de la embarcación. La temperatura descendió hasta tal vez los cero grados, los vientos soplaban con furia y, lo peor de todo, la noche caía sin piedad. El barco de fierro y madera avanzaba lentamente y en más de una oportunidad chocó contra piedras o maderos. Los gritos de las mujeres no cesaban. El ambiente era dramático. Por un momento, con sinceridad, pensé que la embarcación iba a naufragar.
Los ocho que íbamos arriba optamos por acostarnos en el piso y juntar nuestros cuerpos para compartir el calor y también protegernos de las aguas del lago que nos humedecían con gotas diminutas y heladas. Pero el temor no había cesado. La noche estaba ad portas y, entonces, decidimos rezar. El Padre Nuestro y el Ave María coreados en ese momento de pavor, daban la impresión de que nuestras vidas iban a extinguirse en cualquier instante. Rezamos y rezamos y Dios nos escuchó. O tal vez el Sol nos perdonó gracias a las plegarias que en la otra embarcación realizaba el sacerdote Aymara, con hojas de coca y alcohol. No lo sé. Las nubes se dispersaron, dejando libre a una oportuna luna llena, que iluminó el recorrido de las balsas que, por irresponsabilidad de sus propietarios, carecían de luminarias. Las aguas del lago también fueron calmándose, al igual que nosotros.
Luego de casi tres horas, el viaje terrorífico culminó. Por fin, a la distancia, apareció Copacabana y nuestras almas volvieron a su lugar. El sacerdote aymara nos reprochó por nuestra dejadez y nosotros, en nuestras mentes, renegamos del olvidadizo chileno. El curandero prometió remediar la furia de los dioses, entregándoles las ofrendas al amanecer en un cerro sagrado de Copacabana llamado Niño Corín (que mira a la salida del Sol) que, según la creencia, es un punto cargado de energía. Al retornar a mi habitación, aún mareado, comprendí que los mundos Aymara e Inca son tan misteriosos que, hasta que la Ruta Inka no llegue a su fin, todos deberemos caminar con precaución y sigilo. Uno nunca sabe cuándo la naturaleza cobrará su revancha.
Bolivia muestra imágenes bellas pero también dramáticas. Las diferencias sociales saltan a la vista
El país de los contrastes
Ruta Inka 2007 retornó a La Paz y se dio una tregua de 24 horas para reordenar su marcha.

En Bolivia, mientras vives más abajo, mejor condición económica tienes. ¿Cómo es esto? Esta afirmación se fundamenta en la estrecha relación que existe entre la altitud de los centros poblados de este país y cuán adinerados son sus habitantes. A nivel nacional, es fácil ubicar las diferencias. La Paz se encuentra a 3.640 metros de altitud y, aunque es sede del gobierno, es menos poderosa que la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, por citar un ejemplo, que se sitúa en el extremo oriental, cerca de la frontera con Brasil y miles de metros más abajo. Como dije, los bolivianos que viven más cerca del nivel del mar, más adinerados son.
A Isabel Añez, estudiante de secundaria de 16 años y natural de Santa Cruz, la conocí en el bus que nos conducía a los expedicionarios de Ruta Inka 2007 a la ciudad de Copacabana, a orillas del Lago Titicaca. Esta jovencita de tez clara y ojos que transmiten dulzura me sorprendió con una de sus afirmaciones, mientras charlábamos en el viaje. Para ella, la peor población de Bolivia es la que vive en El Alto, que es la zona más elevada de La Paz, un lugar con calles semejantes a las del distrito trujillano de La Esperanza o el limeño de Los Olivos. “Allí están los indios”, dijo esta colegiala con tanta convicción y sin reparo alguno, que me dejó perplejo.
Y es que las palabras de esta muchacha engloban las marcadas diferencias que se viven en Bolivia, no sólo a nivel nacional sino también dentro de las ciudades. La Paz (donde ahora escribo estas líneas) es una urbe donde los privilegiados no sólo viven en la zona más baja, sino que hasta gozan de un mejor clima. Mientras que en El Alto (4.100 metros de altitud) el frío es casi insoportable durante el invierno, en la Plaza Murillo (3.640 metros), donde se ubica el Palacio Quemado y la Casa de Gobierno que hoy ocupa Evo Morales, el viento es menos gélido y la cabeza no late con tanta intensidad por la altura. Mientras que en El Alto muchas casas son de adobe y esteras, en la parte menos elevada de La Paz se observan modernos edificios habitacionales de vidrios coloridos, hoteles de cinco estrellas y avenidas anchas y adornadas con árboles. En definitiva, lo que caracteriza a La Paz es el contraste entre pobreza y riqueza, relacionado con la ubicación geográfica de los pueblos.
Para colocarle la cereza a la torta, la jovencita que cito líneas arriba defendió a la ex Miss Bolivia que años atrás declaró que no todos los bolivianos eran indios y que en su ciudad (Santa Cruz) la gente era blanca y hablaba inglés. “Ella no quiso decir eso, sino que el traductor no la entendió”, sostuvo, y yo pensé en las similitudes del Perú con Bolivia en el tema racial y discriminatorio, fruto del retrazo masivo de nuestros pobladores.

Quieren autonomía
Katherine es el nombre de otra expedicionaria boliviana, proveniente de Santa Cruz de la Sierra. Al igual que sus compañeras, ella está convencida de que en su tierra natal se mueve la verdadera economía del país y que sus conciudadanos no son iguales a quienes viven en la parte oeste. Esto lo descubrí desde el momento en que nos presentamos.
–Hola, soy Pier Barakat, de Perú, dije.
–Hola, mucho gusto, soy Katherine, de Santa Cruz, respondió.
Un par de días después de esto, y cuando la confianza era mayor para hacerlo, le pregunté el porqué me dijo que era de Santa Cruz y no de Bolivia. “Es que las personas de Santa Cruz a veces respondemos así porque si decimos que somos de Bolivia, piensan que también usamos polleras (risas)”, respondió.
Estas diferencias sociales existentes entre el oriente y el occidente de Bolivia, han originado una lucha de Santa Cruz de la Sierra por la autonomía económica, lo cual permitiría a esta ciudad reinvertir en su beneficio el dinero que actualmente entregan a La Paz. “A mí me da cólera porque en La Paz hay más hospitales y mejores servicios que en Santa Cruz, a pesar de que nosotros generamos más ingresos”, comentó Katherine, tras indicar que todo el oriente boliviano (incluyendo Tarija) desprecia a Evo Morales y este seis de julio, durante una crucial consulta ciudadana, votará en contra de los proyectos “dictatoriales” del mandatario de raíces indígenas.
Y así, mientras surgen nuevas líneas divisorias al interior de Bolivia, país donde se materializa la negación del mundo andino y sus altitudes elevadas, y donde la gente pretende vivir en la antípoda de sus raíces, el desarrollo continuará siendo un fantasma anhelado por muchos pero ahuyentado por la mayoría.
Metrópoli enclavada en Los Andes y la historia de un asalto
No hay paz en La Paz
Joven española sufrió el ataque de un delincuente y la incompetencia de la policía boliviana.

La Paz, sede del gobierno boliviano, es una ciudad de contrastes donde el caos, el bullicio y el desorden que causan los vendedores informales saltan a la vista desde que uno coloca un pie en la calle, sobre todo en el Centro Histórico. A pesar de que no todo es malo, pues existen lugares hermosos como la Plaza Murillo, que es la principal, la Iglesia San Francisco o numerosos museos como el del Oro o el Costumbrista, la delincuencia es un problema también presente en esta urbe enclavada en los Andes a más de 3.800 metros de altitud, en la zona este del país altiplánico.
Ayer fui testigo de dos situaciones. Una ocurrió en una pizzería ubicada en una avenida céntrica (Prado), donde un par de asaltantes hurtaron la cartera de una jovencita española que participa de la Ruta Inka. La otra ocurrió en la dependencia policial de investigación criminal de La Paz, donde la ineptitud de algunos agentes me hizo ver que la Policía Nacional del Perú es una institución formidable, claro, si la comparamos con la de Bolivia.

Historia de un hurto
Todo comenzó a las 7:30 de la noche, cuando siete jóvenes recorríamos las calles céntricas de La Paz. El jirón de las brujas, las plazuelas, sus salas de exhibición y algunas avenidas formaron parte de este breve tour, donde los extranjeros nos confundimos con los paceños. Al llegar a la avenida Prado, cerca de donde existe un monumento dedicado a Simón Bolívar y donde microbuses tan destartalados como los trujillanos no dejan escuchar ni tus propias ideas, los aventureros ingresamos a una pizzería muy concurrida y moderna. Era, aparentemente, el lugar ideal.
Cristina Félix Santamaría es una menudita española de 17 años que durante el recorrido no dejó de captar fotografías. Todo era interesante para ella. Los cuadros de los museos, los jirones, las casonas, el paso de los lugareños. Todo, sin excepción. Pues ella colocó su cartera en el respaldo de la silla que ocupaba, dando la espalda a dos jóvenes con vestido elegante que también comían pizza. Nadie sospechaba en ese momento que ambos eran un par de ladrones. Cuando Cristina volteó a coger su cartera, donde guardaba su cámara fotográfica digital, unos lentes protectores de sol valorizados en más de 200 euros, así como la suma de 300 euros y otras pertenencias, ésta ya no estaba. Y, tampoco el par de muchachos.
Hicimos lo posible por alcanzarlos, pero todo fue infructífero. Ambos habían escapado. Nuestra pequeña amiga logró tranquilizarse, pues por suerte se había afiliado a una aseguradora madrileña antes de volar a Sudamérica. Fue en ese momento en que comenzó la segunda parte de esta historia, titulada: ¿y dónde está la policía boliviana?
La solidaridad entre los ya amigos de Ruta Inka se presentó en aquel momento. El plan era comunicarnos con la aseguradora desde algún locutorio, para conocer los requisitos necesarios para el reembolso. Y así lo hicimos, y obviamente entre los requerimientos figuraba el asentar una denuncia policial en el lugar donde había ocurrido el hurto. Sin exagerar, llamamos vía telefónica a más de tres dependencias policiales, incluida la de Turismo que funciona en el estadio de La Paz. La respuesta fue recurrente: “venga mañana, ya cerramos”. Yo pensaba, ¿acaso la Policía no trabaja las 24 horas del día..?, ¿acaso los agentes del orden no deben ayudarnos por ser extranjeros? Pero bueno. Cristina decidió comunicarse con la Embajada de España en Bolivia, pero los diplomáticos tampoco hicieron algo por ayudar. Todos se lanzaron la pelota, cual Pilatos.
Por suerte llegamos a la Dependencia de Investigación Criminal, ubicada a dos cuadras de la Catedral de La Paz. Lo que necesitábamos era una copia de la denuncia policial, pues al día siguiente íbamos a salir de la ciudad, con dirección a la montaña de Sajama, la más alta de Bolivia. Una rolliza agente policial de la recepción nos dio la ‘bienvenida’. Le explicamos la situación y nos lanzó un tajante: “vengan mañana”. Si algo he aprendido en el tiempo que llevo de periodista es que la insistencia y el reclamo te llevan lejos. Así que, como se dice, me puse fuerte y logré hablar con el fiscal de turno. El tipo llegó como un ángel, pues comprendió nuestra contrariedad en un país lejano, donde no existen comisarías por jurisdicción, al igual que en el Perú, y donde las escasas dependencias cierran sus puertas por las noches.
La autoridad ordenó que nos den todas las facilidades del caso, para llevar la bendita copia de la denuncia. Cristina rindió su manifestación previa y luego todos pasamos a la oficina de Investigación, donde los ‘inspectores’ iban a realizar preguntas con mayor detalle. Un ambiente con piso de madera que crujía con nuestros pasos, paredes sucias y sillas enclenques nos recibieron, así como un policía de rasgos indígenas, con no más de 28 años y menos de 1.60 metros. El tipo, sinceramente, era nulo en computación. Escribía tres palabras y borraba cuatro, aunque esto suene increíble. Un teléfono sonó y él dio una tregua a la batalla que lidiaba contra el ordenador. “Si quiere lo ayudo”, le dije. “Ya pues, vaya ‘iscribiendo’”, me respondió. La manifestación la tomé hasta el final sin uniforme ni boina, sin revólver ni estudios de criminalística. El documento estaba listo para la impresión. Eran las 11:20 de la noche. La Paz ya dormía, por lo que pude ver a través de una ventana. Pero surgió otro problema: la impresora carecía de tinta. Había cuatro impresoras en la oficina, y la única que podría salvarnos era una Epson matricial con más de 15 años de uso. Era increíble cómo aún estaba operativa. La instalamos, nos demoramos más de una hora, imprimimos documentos de prueba con fallas, la desesperación se tornaba más fuerte con el correr de los segundos. Los policías se miraban contrariados sin saber qué hacer. Sin embargo, al final de todo conseguimos el documento, sellado y firmado por la Policía Nacional de Bolivia, una institución mil veces menos efectiva que la nuestra. ¿Consuelo de tontos? Probablemente sí.
Ruta Inka 2007 visitó el punto más elevado de Bolivia
Viaje al gran Sajama
Expedicionarios pronto cruzarán la frontera y pisarán tierras chilenas.

Con dos españoles y un belga que se acoplaron en La Paz, la Ruta Inka 2007 partió con 117 jóvenes al nevado de Sajama, volcán con 6.542 metros de altitud considerado como el punto más elevado de Bolivia. Esta imponente montaña blanca se ubica en el Departamento de Oruro y los paisajes que la circundan son verdaderamente impresionantes.
Los aventureros dejaron La Paz, algunos con pena y otros con expectativa, y enrumbaron en tres buses hacia el gran Sajama, que se ubica dentro de un parque nacional homónimo. Si el frío de La Paz amilanó a algunos aventureros, en el Sajama la temperatura es tan cruel como una congeladora a máxima potencia. Aquí, realmente, los huesos parecen quebrarse al caminar.
Pero bueno, las quejas deben quedar de lado. El Sajama se observa a la distancia como un gigantesco sombrero de jipijapa, con la cima resplandeciente por la nieve. Un guía explicó que el volcán forma parte de la Cordillera Oriental de los Andes y que, junto con el Salar de Uyuni (el desierto de sal más grande del mundo), conforma los dos lugares turísticos más importantes del país altiplánico.
El Sajama, conquistado por vez primera en 1939 por los austriacos Wilfrid Kühm y Josef Prem, es considerado un volcán extinto y sus laderas lucen, en forma increíble, tupidas por un árbol conocido como queñua, que conforma una colonia vegetal considerada como el bosque más alto del mundo, pues esta especie es la única que puede crecer por encima de los 5.000 metros de altitud.
La visión desde este lugar, donde los vientos frescos inflan los pulmones y donde el viajero se siente en el fin del mundo, ofrece un panorama similar a los paisajes cercanos al Huascarán, con pequeñas lagunas y precipicios cubiertos de nieve ideales para los amantes del andinismo.
Pero no todo es frío en este lugar. La presencia del gran Sajama ha originado el afloramiento de aguas termales que los turistas pueden disfrutar. Como era obvio, los aventureros de Ruta Inka, quienes para encontrar un lugar dónde asearse deben esperar en ocasiones más de un día, se colocaron trusas y bikinis y se lanzaron a las magníficas y medicinales aguas del Sajama.
Para los peruanos, el Sajama fue un lugar de encuentro con un ave conocida en nuestras tierras. Se trata del flamenco (parihuanas), que llevan los colores de nuestra bandera nacional. Estas patilargas voladoras, junto con patos, gaviotas, gallinitas de agua y avoceta andina viven en las lagunas cercanas al volcán y ofrecen un espectáculo único a los visitantes.
Pero no sólo aves se hallan en este lugar. Este parque también es hábitat de numerosas especies en peligro de extinción como el suri, el quirquincho y todo tipo de camélidos (vicuñas, alpacas y llamas), que los pobladores de esta zona protegida por el gobierno boliviano emplean para su transporte.
Cuando los expedicionarios de la Ruta Inka recorrían el lugar, sobrevolaba un cóndor celoso de su territorio. Era la primera vez que muchos de los aventureros observaban a esta ave gigantesca, pero nadie logró fotografiarla. Ya dije, un ave celosa.
Además de numerosas cobijas construidas al mismo estilo de los antepasados, que se observan desperdigadas, en los alrededores del volcán existen dos pequeñas comunidades llamadas Sajama y Caripe, donde los aventureros conocieron algunas técnicas ancestrales de costura tradicional y cocina. “Éste lugar es verdaderamente lo mejor que tiene Bolivia, uno puede estar en contacto con flora y la fauna únicas, así como con gente que aún mantiene las costumbres de sus antepasados. Es realmente impresionante”, dijo Jorge Cueva, trujillano que participa de la Ruta Inka.
La iglesia de la Natividad, enclavada en Sajama, así como la cría de alpacas, llamas y ovejas (cuya lana es utilizada en un centro artesanal de la localidad), fueron otros de los atractivos que observaron los expedicionarios. “Me ha gustado mucho, esto es mejor que estar un la ciudad”, agregó la costarricense Ivannia Villalobos, quien llegó como periodista desde su país para elaborar un documental sobre el viaje.
El tiempo fue suficiente para que los aventureros puedan observar algunos vestigios arqueológicos como Chullperios o pequeñas necrópolis y pictografías de la época precolombina. “No me imaginaba que en esta parte tan alejada podríamos encontrar estas ruinas y estos lugares tan hermosos”, agregó la periodista.Luego de visitar esta zona, los aventureros partieron con destino a la localidad de Uyuni, donde se ubica un salar considerado como el desierto blanco más extenso del mundo. Desde este lugar, donde el frío es aún más crudo, se partirá por vía férrea hacia el pueblo de Calama, en Chile. Los días en Bolivia están culminando con éxito y los aventureros se llevan en la retina imágenes que con dificultad podrían encontrar en sus países de orígenes. Un primer objetivo se está cerrando. Ahora, rumbo al salar…
En localidad boliviana de Uyuni, cerca de frontera chilena, existe un peculiar camposanto
Un cementerio de hierro
Expedicionarios de Ruta Inka visitarán mañana el desierto de sal más extenso del mundo.

Cruces y lápidas no tienen lugar en este cementerio. Del mismo modo, las imágenes de santos y vírgenes. Lo que sí sobre en este camposanto son tuercas, chatarra, rieles y vagones corroídos por el tiempo que guardan la historia del éxito comercial que algún día vivió la ciudad de Uyuni, ubicada en Bolivia a más de 3.660 metros de altitud muy cerca de la frontera con Chile.
Lo llaman el ‘Cementerio de Trenes’ y se ubica a escasos 15 minutos de la Plaza de Armas. Lo que primero salta a la vista son los antiguos rieles del ferrocarril construido en 1899 para unir las ciudades de Uyuni y Antofagasta, entre las cuales se vivió un próspero intercambio de metales como la plata, extraída de las minas de Huanchaca (ojo, no es Huanchaco).
En el lugar ‘descansan’ los vagones oxidados de este ferrocarril que exportó las riquezas de Bolivia y sólo dejó obreros agotados, un pueblo empobrecido y numerosas familias ansiosas de un desarrollo que nunca se hizo realidad.
Es curioso cómo un montón de chatarra puede haberse convertido en un lugar turístico, visitado a diario por hombres y mujeres de todo el mundo. Y no es que este ‘cementerio’ sólo sea un montón de cachivaches, pues cuando uno camina en él y aborda los vagones o pisa los rieles, se transporta en forma imaginaria a tiempos de bonanza donde todo regía al ritmo del silbido del ferrocarril.
Hoy llegué a este punto sólo con el director de Ruta Inka, Rubén La Torre, y la expedicionaria peruana Mariluz Flores. Los demás integrantes de la aventura aún viajaban en bus desde Sajama hasta Uyuni, localidad donde nos viene alojando cordialmente el batallón del Ejército. “¿Qué hacemos mientras llegan?”, me preguntó Rubén. “Vamos a ver los trenes”, le dije. Y así fue.
Aunque el camino lucía ‘adornado’ con botellas plásticas y basura doméstica, las añejas maquinarias ferroviarias aparecieron de pronto y borraron la primera imagen. En el trayecto, además de pedazos de metal que algún día conformaron la estructura del primer tren boliviano y de los que lo siguieron, incluso se podía apreciar trozos de carbón mineral que se empleaba para dar movimiento a la máquina.
Este lugar turístico, donde años atrás funcionó una maestranza, además se convierte en un escaparate para los amantes de la historia ferroviaria de Sudamérica, pues aunque la más preciada de sus piezas es el viejo tren de 1899, también ‘descansan’ en el lugar los vestigios de las locomotoras que fueron llegando a Bolivia con el correr de los años hasta las actuales petroleras. Por ello, se puede encontrar algunos vagones o tanques de los años 50 ó 60, algo mejor conservados, pero igual de impresionantes.
Este cementerio no es sólo la muestra de lo que Uyuni algún día fue, sino que esconde el potencial de este pueblo minero que tuvo su génesis en una estación de tren y que con el tiempo se transformó en la ciudad que es ahora, con casonas de madera bien conservadas, plazas hermosas y una moderna terminal ferroviaria, desde donde parte a diario una máquina hacia la ciudad chilena de Calama, con más carga pesada que pasajeros.
Es tan estrecha la relación que existe entre Uyuni y sus trenes, que en una avenida principal se puede observar pedazos de vagones, de rieles y hasta una dama metálica de rasgos indígenas confeccionada sólo con trozos de locomotoras viejas; una escultura hermosa, digna de un pueblo que vive al amparo de sus rieles imbatibles.
Volviendo a los ‘cadáveres’ de las calderas, fierros, planchas, chimeneas, tornillos, tuercas y rieles oxidados, que esconden una historia reciente, contemporánea pero riquísima, el visitante puede imaginarse todo lo que condujeron éstas ahora esqueléticas maquinarias. Tal vez los estudiantes que retornaban al pueblo, los trabajadores de las minas, extenuados pero felices por volver al hogar, o algunos extranjeros de cabellos brillantes que arribaron al lugar para conquistarlo. ¿Quién sabe? Ya nadie recuerda aquella época de riquezas que, un mal día, desaparecieron. Así de simple.Aunque los expedicionarios de la Ruta Inka no lograron visitar en pleno este lugar, ya que los buses se retrazaron por la inclemencia del tiempo y por tres neumáticos reventados, quienes sí caminamos en este laberinto de hierro y carbón pudimos desentrañar parte de la magnifica historia boliviana que se esconde bajo el óxido de los años, las decisiones políticas desacertadas, los tratados infructíferos y las añoranzas de un pueblo que, como el nuestro, clama por el desarrollo.
Ruta Inka visitó el Salar de Uyuni, desierto blanco más extenso del mundo
Un paraíso hecho de sal
Aventura abandonó Bolivia y en la madrugada partirá en tren hacia Calama, en Chile.

A la distancia, desde la ventana del microbús, parece ser un océano. O tal vez una laguna. Por la mañana, el Salar de Uyuni, desierto salobre más extenso del mundo ubicado en Bolivia, se confunde con los cielos y propicia un espectáculo luminoso único en el planeta.
Este inmenso desierto de sal que aparenta ser un mar seco o tal vez congelado, se ubica a media hora en bus desde Uyuni, por encima de los 3.660 metros de altitud, y hoy fue visitado por los más de 100 expedicionarios que participan en la Ruta Inka. Pasadas las 9 de la mañana, tres buses partieron con dirección a este lugar. Al cabo de 20 minutos, el horizonte empezó a confundirse con el resplandor de la sal.
Cuando nos encontrábamos en medio de este territorio luminoso, que a la distancia también aparenta ser una planicie cargada con nieve, los buses se detuvieron. Los vientos gélidos soplaban sin piedad, los cielos mostraban un celeste perfecto y algunas montañas lejanas eran el único paraje de un color distinto al de la sal. Numerosos montículos blancos sirvieron de miradores para los aventureros, quienes no dejaban de sorprenderse por lo que Dios les permitía observar.
El Salar de Uyuni posee una extensión de 10.580 kilómetros cuadrados y su temperatura oscila entre los 20 grados centígrados (de día) y -25 por las noches. Hoy, cuando llegamos, la sensación térmica era de unos 10 grados. No podíamos quejarnos.
El camino continuó en los buses hacia uno de los lugares más bellos de este desierto blanco: el hotel de sal. Se trata de un edificio donde se ofrece hospedaje y alimentación, construido únicamente con bloques de sal. Los cuartos, los corredores, las sillas, las mesas y todo lo que uno puede observar (sólo con excepción de los techos que son de madera y palma seca) es resplandeciente. Una turista china que se hospedaba en el lugar, quien a duras penas lograba hablar el español, dijo que el hotel es “implesionante… muy bello”.
Según la guía de turismo que nos acompañaba, la cantidad de sal que existe en el salar es estimada en 64 mil millones de toneladas, de las cuales se vienen explotando anualmente unas 25 mil. “Existe una cooperativa que se encarga de extraer la sal que luego es procesada con yodo y envasada para el consumo humano”, indicó.
Además de la extracción para la venta tanto en el mercado boliviano como en el exterior, algunos pobladores de Colchani, humilde lugar ubicado a la entrada del desierto, elaboran hermosas artesanías en sal, desde pequeñas representaciones del desierto hasta adornos de peces o de edificios.
Posteriormente, viajamos más de 25 minutos en medio del salar. Durante el trayecto, algunas camionetas de doble tracción nos adelantaban. Era como si estuviéramos viajando en la superficie lunar. O algo parecido. El punto de llegada fue más que impresionante. Se trata de la Isla del Incahuasi, que es una porción de tierra firme con una montaña en medio del salar. El ascenso hasta la cima iba abriendo una imagen por momentos preocupante pues el mundo real había desaparecido. En este lugar, girando el cuerpo en 360 grados, no se veía nada más que sal.
Los expertos explican que el territorio que ahora ocupa el salar, miles de años atrás estaba cubierto por un lago prehistórico llamado Ballivián, el cual, con los cambios geológicos, quedó transformado en un desierto de sal, en medio del continente, con ricas reservas de litio, boro, potasio, magnesio, carbonatos, sulfatos de sodio y ulexita o también llamada ‘piedra televisión’, que es transparente y refracta a la superficie la imagen que está abajo.
En la isla del Incahuasi, que, aunque fue visitada por los Incas no posee vestigios de su cultura, se puede observar cientos de cactus centenarios, que se yerguen en medio de la montaña como habitantes solitarios o guardianes celosos. El más elevado mide más de 12 metros y, considerando que su crecimiento es de un centímetro por año, la antigüedad de esta cactácea supera los 1.200 años.
Otro de los atractivos de la isla es el llamado ‘Arco del Coral’, donde se aprecia rocas calcáreas con restos de corales y conchas marinas, lo cual también hace pensar que, algún día, este lugar seco tuvo conexión con el océano.Con la visita al salar, la Ruta Inka se despidió de Bolivia para enrumbar por vía férrea hacia la ciudad de Calama, en Chile. Los aventureros retornaron a Uyuni luego del atardecer y ordenaron sus pertenencias en el cuartel del Ejército que los viene alojando hasta esperar la partida del ferrocarril, a las 3 de la madrugada. La aventura ya está en su día 11 y falta exactamente un mes para culminarla en la ciudadela de Machu Picchu. Por ahora, las tierras chilenas serán escenarios de nuevos capítulos de esta historia inolvidable llamada Ruta Inka 2007.
Surcando los Andes mapuches en un viejo tren boliviano
Un largo viaje a Chile
Ruta Inka 2007 llegó a la ciudad de San Pedro de Atacama, en la región de Antofagasta.

La desesperación fue una de las sensaciones presentes durante las 24 horas que duró el viaje en tren desde la localidad boliviana de Uyuni hasta la ciudad chilena de Calama. El viejo ferrocarril del país altiplánico, tras cruzar la frontera, recorrió con sigilo los Andes que algún día pertenecieron a Bolivia a menos de 15 kilómetros por hora, como con vergüenza o tal vez miedo por ingresar a tierras que hoy tienen otro dueño…
La expedición partió de Uyuni a las 3:30 de la madrugada, cuando los termómetros marcaban -10 grados centígrados, vientos fríos se colaban en los pulmones y una luna perfecta iluminaba nuestros pasos. El tren se fue adentrando en zonas gélidas y sus ventanas muy pronto se vieron cubiertas con hielo. Era nuestra respiración, pero cristalizada. Nuestros pies se convirtieron en témpanos, pues la naturaleza nos estaba castigando con uno de sus peores flagelos: el frío extremo.
Las horas fueron transcurriendo y el amanecer se fue prolongando. Algunos de los aventureros entrelazamos nuestros pies o los colocamos bajo las piernas para devolverles la vida, pues el frío era inclemente. Pero como no existe enemigo que viva 100 años ni cuerpo que lo soporte, por decirlo de alguna manera, el amanecer por fin envió sus primeras señales con rayos de sol salvadores. Las ventanas del bus fueron descongelándose y el panorama fue cambiando. En las afueras apareció la Bolivia que no sucumbió tras la guerra, la Bolivia solitaria de su frontera, la Bolivia donde no existen ambulantes ni bocinazos. La Bolivia más extrema.
Yo viajé en mis asientos junto con cuatro expedicionarios más, un joven de España y tres mujeres de Nueva Zelanda, México y Perú. Cuando existen objetivos y necesidades comunes, como llegar al mismo lado, por ejemplo, la vergüenza no tiene espacio ni tiempo, así que los pies en las ventanas o los malos olores de los cuerpos no causan rechazo alguno, más bien compresión. “Este tren avanza muy lento, quisiera bajarme aquí y regresar a mi casa”, comentó el español que iba a mi costado. A eso me refería.
Casi al mediodía por fin llegamos al punto fronterizo boliviano de Avaroa, ubicado a más de 3.700 metros de altitud. El edificio del control incluyó el sellado de pasaportes y el registro en las planillas. Los bolivianos de la ruta redactaron documentos de salida de su país, con cargo a retornar. El tren esperaba detenido en las afueras. Todo marchó muy bien. Habremos demorado media hora en la inscripción de los más de 100 expedicionarios de Ruta Inka. El ferrocarril –entonces– avanzó tres minutos más y cruzó un letrero que daba la bienvenida a Chile. En ese instante, los viajeros aún desconocíamos que la historia recién estaba empezando.

Productos peligrosos
El tren se detuvo más de una hora entre Bolivia y Chile. De acuerdo con los documentos que portábamos, ya no estábamos oficialmente en Bolivia, pero tampoco habíamos ingresado al país sureño. En otras palabras, no estábamos en ninguna parte. Y así permanecimos hasta que un agente chileno abordó el tren y nos informó que se había agotado el formato de ingreso y que debíamos esperar. Lo que sí nos dio el oficial fue un documento donde debíamos declarar si portábamos productos de origen animal o vegetal, ya que éstos, según las leyes, pueden ser agentes transmisores de plagas o enfermedades.
El tiempo transcurría y el calor transformó el tren en un horno. Lo peor de todo era que, como no estábamos en ninguna parte, no podíamos descender. Eran ya la 1:15 cuando por fin nos dieron la orden de bajar, sin equipaje, y formar una cola en la oficina de control. Más de 100 extranjeros esperando un ansiado sello de ingreso a Chile. Diana, una colegiala peruana de 16 años sólo viajaba con un permiso notarial de sus padres y tuvo problemas. La querían dejar en la frontera boliviana por carecer de pasaporte o DNI. La chiquilla lloró, se lamentó y explicó, pero los agentes sólo cedieron casi cuando el tren estuvo a punto de continuar su marcha, seis horas más tarde. Durante todo ese tiempo ocurrió una serie de hechos. A los costarricenses les confiscaron sus pasaportes porque el encargado del control desconocía si ellos requerían de una visa para entrar a Chile. Luego de averiguar que esto no era necesario, pudieron pasar.
“Yo pensaba que Chile era un país más ordenado, imagínate cómo nos tienen aquí bajo el sol tanto tiempo”, repetía cada cierto tiempo una española que integra la ruta.
Cuando terminó el control y todos teníamos el pasaporte sellado, empezaron los verdaderos problemas. Todos debíamos ingresar, equipaje en mano, a la oficina de Migraciones de Chile. Tuvimos que desocupar el tren, cargar nuestros equipajes algunos metros y esperar a que nos atiendan. Casi todos pasamos sin problema alguno; sin embargo, a una española que llevaba en su mochila un plátano y una mandarina, productos que olvidó declarar, le retuvieron el pasaporte y la amenazaron con castigarla con una multa de 50 dólares. Eran las frutas más caras de su vida. Lo mismo le ocurrió a dos chiquillas mexicanas que habían comprado en Bolivia artesanía (canastas y un barquito) en mimbre y carrizo. Como estos productos son de origen vegetal, y ellas no lo pensaron así, el agente explicó que podrían poner en peligro la salud chilena. “¿Cómo un barquito va a poner en peligro a este país… es el colmo, son unos exagerados?”, señaló una joven peruana.
La revisión culminó pasadas las 7 de la noche. A esas alturas, un carabinero se había apiadado de la menor peruana y la dejó pasar. A la española de la fruta prohibida y a las mexicanas de las artesanías peligrosas les devolvieron el pasaporte, pero les confiscaron sus productos. “Nos dijeron que aquí revisan mucho a las personas que vienen de Bolivia para evitar las plagas (¿?)”, dijo Gabriela, una de las aztecas.
El tren volvió a silbar y los rieles crujieron. Por fin en Chile, dijimos. Ocho horas más tarde, el ferrocarril ingresó a Calama, a más de 2,250 metros de altitud. Eran más de las 3 de la madrugada. Un aire frío nos tomó por sorpresa al descender. Estábamos en la capital de la provincia de Loa, en la región de Antofagasta. La estación del tren nos cobijó algunos minutos, poco antes de dirigirnos hacia un coliseo polideportivo para esperar el alba y continuar la marcha hasta San Pedro de Atacama, ‘Capital Arqueológica de Chile’.
El viaje había concluido. Con los cuerpos sucios, las mentes cansadas, los ojos hinchados, un frío menor al que sentimos en Bolivia y muchas ganas de continuar en la ruta, los expediciones ingresamos a Chile, un país que hasta a simple vista ofrece mejores servicios que Bolivia y donde hasta un barquito de madera de 20 centímetros es un enemigo al cual hay que exterminar.
En San Pedro de Atacama el turismo se vive en todos los rincones
El buen ejemplo chileno
Ruta Inka 2007 visita esta ciudad y recibe el calor de sus pobladores.

Cualquier pueblito de La Libertad o del Perú no tiene nada que envidiarle a la localidad chilena de San Pedro de Atacama, lugar considerado entre los tres principales puntos turísticos del país sureño, junto con las islas de Pascua y Chiloe. Es que aquí no existen maravillas ni monumentos impresionantes; lo único verdaderamente digno de resaltar es la cultura del turismo y del marketing que se encuentra arraigada en cada uno de los atacameños. Un buen ejemplo a seguir en nuestras tierras.
Hoy llegué a San Pedro de Atacama a las 9 de la mañana y desde que planté el primer pie en esta tierra comprendí que nada sería igual a Bolivia, donde los servicios turísticos dejan mucho que desear, y que mis escasos días de estancia en este lugar ubicado en la Provincia de Loa, Región de Antofagasta, serían tal vez los más placenteros de toda la Ruta Inka 2007.
San Pedro de Atacama, localidad enclavada en el desierto Acatama a más de 2.400 metros de altitud, es considerada como la ‘Capital Arqueológica, Turística y Astronómica de Chile’. Sus calles de tierra afirmada y sus viviendas de aspecto rústico muestran una armonía impresionante, dando la sensación de que todos los pobladores se pusieron de acuerdo para colocar hasta letreros similares en sus fachadas. Un pueblo construido para el turismo.

Periodistas aparte
César es un chileno narizón de cabello castaño y cara de niño malcriado. Él es jefe de Imagen Institucional de la Municipalidad de San Pedro de Atacama y fue el encargado de facilitar el trabajo a los periodistas que viajamos con Ruta Inka, durante la estancia en esta ciudad. Algo que demostró que los chilenos piensan hasta en el mínimo detalle en temas turísticos fue el separar a la prensa de los demás viajeros y alojarla en un hotel de lujo, donde una habitación cuesta más de 120 dólares la noche. Piscina, calefacción, agua caliente todo el día, Internet y unas antorchas que brillan cada noche en los corredores son sólo algunos de los servicios que ofrece nuestro acogedor centro de hospedaje. “Los periodistas aquí son muy importantes porque son los encargados de difundir en sus países las bondades de la región atacameña”, dijo César mientras nos conducía al hotel. Para mí, lo mejor de todo fue el baño caliente que pude tomar luego de tres días de sequía involuntaria en mi cuerpo.
El primer destino de los expedicionarios, luego de haberse instalado en sus hoteles, fue el poblado de Machuca, ubicado a 4.015 metros de altitud, donde viven unos 70 descendientes de la Cultura Licanantai (la primera que se asentó en Atacama, mucho antes de los Incas) en humildes viviendas de adobes y techos de palma y donde se conservan las costumbres y tradiciones ancestrales.
Los buses se internaron en un serpentín afirmado y rocoso, adornado con una planta de forraje llamada ‘Cola de Zorro’. A diez minutos de camino, el volcán Licancaburo ya se observaba impresionante y algunas lagunas congeladas fueron apareciendo con aves silvestres en su interior. El lugar cada vez era más frío, llamas pastaban en los laterales y la nieve se presentaba en porciones salpicadas alrededor de la carretera. En realidad, el paraje me hizo recordar mucho al camino que conduce a Huamachuco, cerca de la Laguna El Toro.
Por fin apareció Machuca. El lugar bien podría pasar por un asentamiento humilde de cualquier ciudad serrana, pero ordenado, limpio y señalizado. El almuerzo con quinua y carne de res nos reconfortó. Manos lugareñas nos lo ofrecieron con cariño. Estuvo exquisito. Continuamos con el ascenso hacia la zona más alta del lugar, donde existe una pequeña y antiquísima iglesia. Allí se realizaría la ceremonia principal a las 3 de la tarde. Y como la hora se respeta en Chile, justo a las 3 de la tarde empezó. La alcaldesa de San Pedro de Atacama, Sandra Berna Martínez, estuvo presente en todo momento y hasta participó de un simpático baile con un expedicionario español, al ritmo del chara – chara (música local), que representaba al matrimonio. “A ver, que salga el novio de la alcaldesa, porque se van a casar en este momento”, dijo la presentadora de la ceremonia. Risas se oyeron por todo lado. El español fue escogido con alegría por sus amigos.
Poco después, un conjunto folclórico interpretó música típica chilena como la cueca. Pero fue un tema dedicado al agua en idioma Cunsa (el que hablaban los Licanantai) lo que cautivó a los expedicionarios. Los ojos de la mujer que lo cantó se enrojecieron. “Yaiyavé, Yaiyavé”, repetía. El ambiente se cargó de magia. Lo impresionante es que todo estuvo súper coordinado y no se escapó ni un solo detalle.
La fiesta continuó con una representación del carnaval machuquino. Hombres y mujeres con trajes típicos, máscaras y banderas blancas descendieron de una colina e ingresaron al recinto de la actividad. Las campanas del templo repicaban. Los cielos lucían añiles y el sol quemaba y brillaba. Todos bailaron alrededor de una cruz, entregando ofrendas a la tierra como vino y hojas de coca. Los aventureros de Ruta Inka se confundieron bailando con los lugareños y la ceremonia se transformó en un momento de integración. “Nosotros queremos que ustedes vean cómo se hace Patria en las alturas y en los pueblos chilenos más alejados. Donde hay vegetación, donde hay vida, allí estamos”, declaró la alcaldesa.
La reflexión de este viaje es la siguiente. Si San Pedro de Atacama, ciudad que no tiene nada de extraordinario, puede atraer a miles de turistas al año, ¿por qué no podemos hacer lo mismo en Perú, un país con lugares más impresionantes que los de Chile? Pues podríamos empezar por dos aspectos, mejorar los servicios al turista y publicitarnos hasta más no poder. Dos proyectos que debemos empezar a ejecutar, ¡pero ya!
De cómo un pueblo pequeño puede convertirse en un impresionante centro turístico
El milagro de San Pedro
Expedicionarios de Ruta Inka visitaron ruinas incas y aldeas precolombinas en San Pedro de Atacama, Chile.

El boom del turismo que se vive en el poblado chileno de San Pedro de Atacama, ubicado en la región de Antofagasta, es una muestra de que todo lugar del mundo, por más pequeño que sea, puede materializar su potencial turístico en ingentes ganancias para los lugareños. Es que San Pedro, localidad que diez años atrás sólo ofrecía al turista una iglesia antigua (la segunda construida en Chile), es ahora el tercer polo turístico de todo el país, sólo superado por las islas de Pascua y Chiloé, ambas ubicadas en el Pacífico Sur.
Ahora, la pregunta es: ¿qué hicieron los chilenos para convertir a un pequeño poblado que incluso carecía de agua potable en un centro tan atractivo para los turistas? María Paz García Toledo, trabajadora del hotel Kimal de San Pedro, donde incluso alguna vez se hospedó la actriz Cameron Díaz y donde hoy dormimos los periodistas de la Ruta Inka, reveló la piedra angular de este casi milagro: ofrecer servicios de calidad A1 a los visitantes.
Y es cierto. Si un lugar que posee atractivos turísticos como centros arqueológicos, parajes desiertos donde practicar deportes de aventura o vestigios de culturas milenarias, además ofrece servicios de hospedaje, alimentación, telefonía, Internet y transporte de excelente calidad, sólo tiene algo más que hacer: esperar a que lleguen los visitantes.
“Cuando al turista se le ofrece un servicio de calidad, ni siquiera se tiene que hacer mucha publicidad, porque son los mismos visitantes los que recomiendan a otras personas que viajen y así sucesivamente. Es un proceso muy exitoso que se puede aplicar en cualquier parte del mundo”, declaró la también guía turística.
Pero si se quiere lograr un verdadero éxito turístico y por ende mejoras económicas en una localidad, no basta con construir un hotel de cinco estrellas o un par de restaurantes, sino crear una atmósfera turística, sustentada en el buen trato al visitante y en la variedad de opciones, tanto en servicios como en rutas de viaje. Probablemente alguien viaja a San Pedro por su iglesia o por sus ruinas, pero otros arriban para practicar sundboard. ¿Quién sabe? Lo único que se debe hacer, es estar preparado para todo.
Y San Pedro lo está. Cuando uno camina en las calles de este centro poblado, que no supera las 400 viviendas, se topa con un negocio cada dos puertas. Pero no sólo ello. Todas las fachadas son blancas, de aspecto rústico, con farolas ambarinas, letreros de madera y letras similares que, en conjunto, generan una armonía visual muy atractiva para el caminante.
Entonces, uno puede encontrar restaurantes, hoteles de lujo, bares, bodegas, puntos de venta de artesanía, panaderías, ferreterías, centros comunitarios y de alquiler de Internet, así como agencias de viaje que ofrecen rutas de todo tipo. Claro, cuando existe toda esta capacidad instalada en un pueblo acogedor de calles de tierra, se puede dar el segundo gran paso: cobrar muy caro.
El Hotel Explora es un claro ejemplo de esto. En este centro de hospedaje de cinco estrellas, la tarifa por un paquete de tres días que incluye tours a los puntos más importantes de la provincia, asciende a la increíble cifra de 3 millones de pesos, que en dólares equivalen aproximadamente a 6 mil. “Claro que no todos pueden pagar esta cantidad, y por eso también existen centros de hospedaje o camping muy acogedores que sólo cuestan seis dólares la noche. Aquí estamos preparados para todo tipo de turistas, nacionales o extranjeros, adinerados o no…”, añadió García Toledo.
Toda esta cultura del turismo implica además otro punto: la educación. El gerente del Hotel Explora, Maurice Dides, explicó que el único colegio de San Pedro de Atacama, que aquí lo conocen como ‘liceo comercial’, ofrece a los estudiantes de los dos últimos años de la media (secundaria) la especialidad de turismo, en la cual se exige a los alumnos la realización de prácticas en empresas grandes. El objetivo es que los jóvenes egresen del colegio con el oficio de guías turísticos para trabajar de inmediato.
“En el Hotel Explora nosotros acogemos a jóvenes y señoritas del liceo para que practiquen en la recepción, la lavandería, la cocina o de guías de turismo. Claro, siempre bajo la supervisión de algún experto para que la atención al público siempre sea de calidad”, declaró Dides, quien reveló que el centro hotelero que gerencia posee cinco estrellas y 52 habitaciones.
Entonces, al amparo de empresas exitosas con una marcada responsabilidad social, con el apoyo del Ministerio de Educación y de la municipalidad local (para mejorar el ornato y los servicios básicos), así como con el compromiso de cada uno de sus pobladores, San Pedro de Atacama se transformó en un ejemplo de cómo se puede desarrollar el turismo incluso en medio del desierto. Una experiencia que muchos pueblos peruanos pueden y deben replicar.
Cusqueño que viaja con bandera del Tahuantinsuyo tuvo que guardar su emblema en el Morro de Arica
Frustración en el Morro
Carabineros chilenos prohibieron a expedicionarios de Ruta Inka lucir cualquier bandera de otro país.

Lenin Ttupa Uscamayta es un cusqueño de 22 años que nunca se separa de sus banderas. Desde que empezó la Ruta Inka, lo vi caminando con el emblema colorido del Tahuantinsuyo en la diestra y la rojiblanca en la siniestra. Una relación íntima que hoy fue vulnerada en el histórico Morro de Arica, lugar donde paradójicamente flamea una gigantesca bandera chilena.
Mientras que la gran mayoría de los expedicionarios carga botellas de agua, pequeños bolsos o frutas para saciar el hambre o la sed, Lenin lleva sus banderas y las agita con fuerza y orgullo. En los cerros o en los llanos, en las ciudades o los pueblitos, en las plazuelas o los jirones, allí, donde la Ruta Inka pone un pie, Lenin planta sus banderas. Y no lo hace por loco o por pretender ser observado, como anhelando ser el punto de atracción. Lenin es estudiante de Turismo de la Universidad San Antonio Abad del Cusco y antes de emprender el viaje se trazó la meta de lucir las banderas del Imperio de Los Incas y del Perú en cada lugar que visite, hermanando así a los pueblos que algún día formaron parte del gran imperio que se dirigía desde el ‘Ombligo del Mundo’ y, de alguna manera, desde nuestro país.
Entonces, durante el recorrido en Tiwanaku, La Paz, Copacabana, el Nevado Sajama y el Salar de Uyuni, todos puntos bolivianos, así como en el turístico pueblo de San Pedro de Atacama (Chile), el cusqueño flameó con orgullo sus emblemas. Ningún expedicionario, poblador o militar lo pudo detener. Incluso, algunos le dijeron que estaba llevando en lo alto la bandera de los gays (este gremio utiliza el mismo emblema del Tahuantinsuyo), pero él no los escuchó y siguió adelante, corriendo o caminando, con su extraña pero original empresa.
Todo le fue bien a Lenin hasta hoy. Al amanecer, la ruta llegó a la fronteriza Arica. El puerto aún dormía cuando los más de 100 aventureros tomamos por ‘asalto’ la Piscina Olímpica, y plantamos nuestras carpas para la noche. Lenin, en aquel momento, ya había decidido realizar tal vez la máxima proeza de todo el viaje: plantar la bandera del Tahuantinsuyo en el Morro de Arica, un lugar tan importante para Perú como para Chile, con la finalidad de –en cierta forma– hermanar a ambos países con el emblema de sus antepasados, los Incas. No se trataba de una provocación, más bien de un acto que fomente la unión cultural de los pueblos. Por desgracia, los carabineros (policía chilena) no lo entendieron así.
Cuando eran cerca de la 1 de la tarde, la Ruta Inka llegó al Morro de Arica. Cañones, placas de bronce, un mirador con vista hacia el ordenado y moderno Puerto de Arica y un museo donde se muestran las armas y los uniformes de peruanos y chilenos caídos en batalla, lucían bajo el inmenso emblema nacional del país sureño, que de tan grande tuvo que ser agujereado adrede para que el viento no lo destruya. Lenin descendió del bus, observó el lugar como quien llega al paraíso o está a punto de concretar una hazaña. Como casi todos los días, llevaba puestos sus llanques, shorts, la polera de Ruta Inka y una cuerda roja atada al cuello. Lenin desenrolló al mismo tiempo sus banderas. El viento apenas logró hondear el emblema de su imperio cuando, como si lo hubieran estado vigilando con cámaras y como si hubieran adivinado sus intenciones, dos carabineros detuvieron sus motocicletas en frente de él y frustraron su empresa. “Me dijeron que la ley prohibía lucir cualquier bandera que no sea de Chile en el Morro y me pidieron que las guarde”, me dijo algunos minutos luego, mientras llevaba entre brazos sus emblemas, pero enrollados.
“Esta ruta recorre el Camino Inca y desde que partí me tracé la meta de lucir mis banderas en cada punto, porque de alguna manera Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia, parte de Argentina y Perú estamos unidos por el Cusco, que en su tiempo fue el centro o el núcleo del gran Imperio Incaico. Fue un reto personal y en ningún momento quise provocar a las autoridades”, agregó el cusqueño.
Los carabineros explicaron que, desde hace algunos años, se prohibió lucir banderas que no sean chilenas en el Morro, ya que algunas personas con un nacionalismo errado, llegaron a quitar y quemar el símbolo chileno, para luego izar el suyo. “Yo acepté esto, porque lo ordena la ley, y lo respeto. Sin embargo, creo que para evitar problemas de este tipo, y como el Morro es un hito importante para Perú y Chile, allí debería flamear una bandera blanca, como señal de paz y fraternidad”, señaló Lenin, frente de la imagen de un Cristo con los brazos abiertos que existe en el Morro, y donde se puede leer un placa con el mensaje: “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado”.Al descender del Morro, y mientras nos dirigíamos en bus al lugar donde almorzaríamos, observé que Arica está llena de banderas chilenas, lo cual me hizo pensar en que tal vez los gobernantes de este país (el pueblo nada tiene que ver en esto, pues es súper amable) aún no pueden creer que ganaron la guerra y que se quedaron con Arica; que el Morro es de ellos y que ya nadie se lo quitará. No lo sé. Tal vez sólo veo las cosas de esta manera por ser un peruano que visita una tierra perdida. No lo sé…
Comunidad de Putre, ubicada en norte del país, recibió a expedicionarios de Ruta Inka
Viaje en la sierra chilena
Sólo faltan dos días para que aventureros pisen tierras peruanas, en región de Tacna.

Las hojas de coca volaban con el viento formando círculos y el alcohol cargó la atmósfera con un perfume festivo. El ritual Aymara tomó por sorpresa a la expedición en la comunidad de Socoroma, ubicada en la sierra chilena a una hora del Puerto de Arica. La mujer que oficiaba el acto, ataviada con trajes coloridos semejantes a los que pueden verse en Bolivia o Perú, pidió a la Pachamama por el éxito de la Ruta Inka, ante la mirada atenta del centenar de aventureros. “Que todo sea positivo en este viaje, que nada malo ocurra”, pidió.
La expedición partió en tres buses hoy a las 8:30 de la mañana de Arica y se adentró en la sierra norteña, con dirección a la Comunidad de Putre, famosa en el mundo por los constantes avistamientos de Ovnis registrados en sus cielos (incluso cuentan que un oficial chileno fue llevado por alienígenas y luego devuelto a la Tierra). Cada kilómetro adelante iba descubriendo abismos similares a los del Ande liberteño, con formaciones rocosas sobrevoladas por pájaros solitarios y una neblina que frenaba las pretensiones del sol.
El Valle de Copaquilla fue la primera parada y lugareños nos recibieron con queso de cabra, café y una cachanga. Un conjunto folclórico animó el ambiente. “Dejar de quererte/dejar de amarte/eso es imposible/negra de mi alma…”, cantaban los artistas, mientras que algunos viajeros bailaban en ronda y cogidos de la mano. Precisamente, este lugar es considerado la puerta de entrada a la Provincia de Parinacota, donde se ubica Putre. “Estamos ascendiendo muy rápido desde el nivel del mar hasta casi los 4.000 metros, así que no coman mucho ni se agiten”, recomendó el médico de la expedición. Fue tarde. Los quesos ya se digerían y el baile había acelerado los corazones. Por suerte, nada malo pasó luego.
Media hora más adelante, luego de un descenso a pie por el Camino Inca, llegamos al pueblo de Socoroma, pintoresco y con no más de 150 viviendas, donde los lugareños nos recibieron con banda de músicos, artesanía en tela de alpaca y un cóctel llamado ‘Tumbo Sour’, de tonalidad anaranjada y sabor similar al mango. Suave y sabroso. La cita se realizó en las puertas de la iglesia de piedra y barro que data de 1883.
El alcalde de la Municipalidad de Putre, Francisco Humire Alejandro, quien se acopló a la ruta en Socoroma, reconoció que este pueblo es muy pobre, así como otras localidades descendientes de la Cultura Aymara ubicadas en las fronteras con Bolivia y Perú. “La presencia de ustedes aquí es muy importante porque se están convirtiendo en embajadores nuestros en el mundo, para que difundan los atractivos de Putre y atraigan a más turistas”, sostuvo el burgomaestre.
Es que esta región y en general todo el norte chileno, incluyendo el poblado de San Pedro de Atacama, se han propuesto convertirse en un polo turístico similar al de Cusco. Su proyecto es captar, con excelentes servicios y tours alternativos, a los visitantes que arriban al sur peruano. En lugar de que retornen a sus países, mejor que den un salto por un país vecino.
El viaje se reanudó pasadas las 2 de la tarde, luego de haber probado maíz tostado con carne seca de llama (charqui), cancha dulce, refrescos y algunas frutas de la zona. Más de 40 minutos después, por fin apareció Putre, con sus 3.500 metros de altitud, sus edificios del siglo pasado y su iglesia construida en 1670. En Putre el frío aumenta con las manecillas del reloj. Cada segundo adelante se siente como un grado arriba. El poblado es pequeño, no supera los 1.200 habitantes y en sus alturas se yerguen nevados que enfrían los vientos que respiramos.
Los aventureros de la Ruta Inka nos instalamos en un moderno hotel llamado Las Vicuñas. Agua caliente, habitaciones amplias y de lujo nos alojaron para recobrar las energías perdidas en las últimas horas, a pesar del buen trato que todos recibimos en el país sureño.
El programa de mañana indica que muy temprano nos adentraremos en las montañas periféricas de Putre y que la caminata, bajo el sol ardiente de las mañanas y el retorno gélido azuzado por los vientos vespertinos, se convertirá en una más de las inolvidables aventuras que los expedicionarios de la Ruta Inka venimos captando en nuestras retinas desde el 21 de junio. Que así sea.
Parque Nacional Lauca de Chile recibió a expedicionarios de Ruta Inka
Imágenes desde un bus
El volcán Parinacota y el lago Chungará, por encima de los 4.500 metros de altitud, asombraron a los viajeros.

Aguas congeladas y montañas solitarias, guanacos pastando y riachuelos brillantes. El mundo a través de una ventana. Cielos de algodón y dos nevados gemelos. Ni una sola ave vuela, tal vez por el frío que se siente esta mañana en la sierra chilena. El camino se aleja con premura pero siempre hay algo más adelante. Un mirador queda atrás y el volcán Parinacota cada vez luce más imponente. La carretera está deteriorada y eso me recuerda al Perú; cosa extraña en Chile, donde los caminos son perfectos hasta en su señalización. Un grupo de chicas cantan en el bus Nos sobran los motivos de Joaquín Sabina y una camioneta blanca del año nos adelanta como una flecha.
Llevo los pies congelados y el sol que se cuela por la ventana arde en mi rostro y reseca cada vez más mis labios ya cuarteados en 17 días de viajes en Bolivia y Chile. Leo estas primeras líneas (escritas en una libreta) a la charapa que viaja a mi lado y le gustan. También a mí (cosa poco usual). Aparece el territorio de las vicuñas y éstas buscan alimento en las zonas más cálidas, o mejor dicho menos frías.
Llegamos a un peaje donde flamea una deteriorada bandera chilena, con su estrella solitaria. Carabineros y militares se confunden en el control. Vehículos detenidos a la espera del permiso. Es la puerta de ingreso al Parque Nacional Lauca, una reserva de agua chilena considerada Patrimonio Mundial de la Humanidad. Una llama blanca y pelona se acerca al bus y saluda a quienes descendieron. Se fotografía con ellos. La sabia naturaleza nos recibe. ¿Qué pensará este animal ahora? Todos la rodean, la filman, la tocan y la jalonean. Por un momento parece tener ganas de lanzar un escupitajo de protesta. Pero se lo traga. “La encerraron, pobrecita… que la dejen tranquila”, reclama la charapa de mi costado.
La llama se llama ‘Loli’ y es coqueta. Lleva dos adornos coloridos en las orejas. Se acerca al militar que le ofrecía una barra de cereal y lo recibe con elegancia. Mastica. Los muchachos ya subieron al bus. El camélido se despide con un caminar galante. El viaje continúa. Aparecen las aves en una pequeña laguna, congelada a medias. Todo el paraje está cubierto de un forraje similar al ichu, aunque también se observan islas salitrosas. Ya estamos en el Parque de Lauca, a 160 kilómetros de Arica, en la Comunidad de Putre (Parinacota – Tarapacá).
La charapa de mi costado se llama Anita, tiene 20 años y es de Tarapoto. Ahora duerme y un costarricense melenudo la fotografía en silencio. Los viajeros se carcajean. El volcán Parinacota, con sus 6.330 metros de altitud y su cima cubierta de nieve, ahora se ubica junto a la carretera y el terreno se ha vuelto rocoso. Un sombrero de nubes cubre a esta hermosa montaña y no la deja brillar como debería.
Ahora aparece el Lago Chungará, que en realidad es más hermoso que extenso. Estamos a 4.500 metros de la costa y en las orillas se confunden algunos patos con vicuñas que beben de las gélidas aguas. Algunos otros picos nevados también se yerguen en el lugar y entre ellos resalta el gran Sajama de Bolivia. La frontera está muy cerca. Descendemos de los buses y el viento nos castiga. El lago, proclamado como el no navegable más alto del mundo, aunque muestra algunas zonas congeladas, es hábitat de patos, blanquillos, taguas y cuervos de pantano.
Los expedicionarios caminan en la ribera. Se fotografían, se abrigan entre ellos y saltan entre los riachuelos. Mis manos se han congelado, literalmente. No siento mis dedos y la humedad de mi nariz se ha transformado en un trozo de hielo, o algo similar. Los jeans se han enfriado tanto que preferiría estar desnudo. Pero continúo y capto algunas fotografías.
Al otro lado del camino, ya de retorno, sólo hay cerros, tierra seca y roquedales deslizados cerca de la carretera. Un desvío nos lleva a un pueblo pintoresco que luce una iglesia de barro y techo de paja. Una historia habla de una mesa centenaria que cobra vida y camina hasta las casas, por eso la tienen amarrada a un tremendo madero. En caso de que la mesa ‘camine’ hasta alguna vivienda, alguien de esa familia moriría. Un temor justificado. Por ello tantos nudos en la cuerda que sujeta a la mesa maldita.El retorno a Putre es más corto de lo que esperaba. Un suculento almuerzo nos espera en un local cercano de la Plaza de Armas, así que guardo la libreta y el lapicero y enrumbo hacia el lugar donde, al fin, saciaré un hambre voraz. Chile se despide así de la expedición, con esta retahíla de imágenes imborrables y con el orden y la limpieza que caracteriza a esta pujante nación del sur.
Ruta Inka 2007 ingresó a nuestro país y fue recibida con calor en Tacna
¡Ya estamos en el Perú!
Huelga nacional de trabajadores mantiene encerrados a expedicionarios en terminal de Ilo.
La pareja de bailarines tacneños zapateaba y se cortejaba al ritmo de una marinera norteña, y yo por fin me sentí en casa. Mi Perú querido. En aquel momento, recordé las numerosas oportunidades en que me aburrí al cubrir el Concurso Nacional de Marinera en el Coliseo Gran Chimú. Era extraño, pues luego de haber permanecido 18 días en el extranjero, aquella danza peruana era un deleite que hacía palpitar mi corazón y que me hinchaba de orgullo por haber retornado a la añorada tierra que me vio nacer.
Los expedicionarios cruzamos la frontera chilena el último lunes 9 y llegamos a Tacna, donde la Municipalidad Provincial y el Gobierno Regional nos recibieron con una actividad cultural en una estación ferroviaria donde se conservan algunas de las locomotoras más antiguas del país. El ambiente no pudo ser mejor. Huaylas y marinera, pañuelos y banderas rojiblancas, arengas al Perú y festejos por el triunfo de Machu Picchu. “¡Bienvenidos al Perú!”, gritó en el micrófono la presentadora.
El hambre apremiaba pues ya eran más de las 3 de la tarde, pero los estómagos tuvieron que esperar pues aún faltaba adentrarnos en la sierra tacneña y arribar al distrito de Palca, a más de 2.900 metros de altitud. Esta humilde población, que colinda con las fronteras de Chile y Bolivia, y donde los vientos gélidos nuevamente penetraron en nuestras gargantas, nos ofreció ajiaco de cuyes y mote sancochado, pan e Inca Kola. “Pobrecitas, si son unas mascotitas…”, reclamó una mexicana de 19 años que participa del viaje. “No importa, yo tengo mucho hambre”, le respondió su compañera.
Si en Chile se resaltó el orden y en Bolivia se renegó por los servicios deficientes de sus ciudades, en Perú se ingresó en una tierra desconocida para la gran mayoría. María Guadalupe Ruiz, periodista mexicana, nos lanzó un dardo a los peruanos, difícil de esquivar. “Al Perú sólo lo conocemos por Laura Bozzo; allí todos se peleaban y ella les regalaba carritos sandwicheros”, dijo. Yo, que asocio a México con Pedro Infante, Cantinflas, el Chavo del 8, mariachis, novelas lloronas o el Chapulín Colorado, me sentí como uno de esos malandrines que la ‘Doctora del Pueblo’ desenmascaraba ante el mundo. Una vergüenza completa. ¡Qué pase el descarado!
El viaje de retorno a Tacna, entre la oscuridad de los Andes, algunas estrellas salpicadas en los cielos y las polvaredas de un camino sin asfaltar, demoró poco más de dos horas y los aventureros tuvimos un tiempito para cruzar el arco de la Plaza de Armas que custodian Bolognesi y Grau. Un pollo a la brasa y otra Inca Kola no cayeron nada mal. El Centro de Tacna de noche luce tan señorial como Trujillo, con lámparas ámbares y bustos de héroes en medio de verdes plazuelas. Una bella ciudad.
Pero el viaje no había culminado aún aquel día. Por la noche abordamos los buses y nos dirigimos a la playa de Ite, ubicada en la provincia Jorge Basadre de Tacna. Dos horas de viaje en dirección norte bastaron y tuvimos que contentarnos con descansar en un ambiente sin camas, sobre cartones y metidos en las bolsas de dormir. En realidad, no fue tan incómodo como suena, pues nos abrigamos bien unos a otros y compartimos nuestros calores.
Al día siguiente, en Ite, fuimos testigos de la contaminación en su máxima expresión. La arena de los humedales, donde viven y se alimentan innumerables aves migratorias, lucía una tonalidad verdusca ya que la empresa Southern Perú la utilizó como botadero de desechos de cobre por más de 50 años. Fue un crimen que los pobladores siempre denunciaron pero que la corrupción siempre apañó. Los resultados se viven ahora, décadas adelante, ya que las playas sólo muestran una belleza escénica pero en el fondo se encuentran envenenadas. “Estos huesos de animales están verdes por el cobre, esto es como un relave en el mar”, denunció Yalina Alarcón, peruana que participa en la ruta.Ite nos despidió con arroz con pollo y ocopa arequipeña, con su iglesia construida en sillar y sus calles apacibles. Horas luego, el Puerto de Ilo nos abrió sus puertas y es aquí donde ahora nos encontramos, atrapados en su terminal terrestre porque en las calles se vive una huelga indefinida. Los vehículos son apedreados y los motores permanecen apagados. Algunos expedicionarios salieron en grupos a recorrer la ciudad escoltados por agentes del serenazgo, pero yo decidí escribir estas líneas sin compañía alguna, en mi ‘habitación’ del terminal. Hace un momento me acerqué a la ventana y observé la calle, tranquila. El viento costeño, con su brisa fresca, infló mis pulmones y recordé Trujillo. Pero al fondo, en el núcleo de la protesta, una negra humareda con olor a neumático quemado me recordó que hay gente que protesta contra la contaminación del medio ambiente. Qué contradictorio. Qué extraño. Así es mi querido Perú.
Expedicionarios de Ruta Inka permanecen encerrados en terrapuerto de Ilo
Atrapados en la terminal
Huelga nacional y bloqueo de carreteras impiden continuar con el viaje hasta Moquegua.

Tom Hanks, tras haber retornado de un naufragio que le dejó una melena de loco y una dentadura incompleta, quedó atrapado en la terminal de Nueva York, ya que en su país ocurrió una crisis social que anuló sus documentos. Pues, así como se sintió él en esta última película, nos venimos sintiendo hoy los expedicionarios de la Ruta Inka 2007, quienes permanecemos atrincherados en la terminal terrestre del Puerto de Ilo, ante una huelga que ha bloqueado las calles y que apedrea a todo vehículo que se atreva a circular en contra de los intereses masivos.
El actor, en aquel filme estrenado el año 2004, encontró trabajo, amor y distracción variada en la terminal aérea yanqui. En la realidad, aquí en el terrapuerto ileño, lo único que me queda es trabajar en estas líneas, extrañar a las personas que amo y distraerme con las ocurrencias de algunos aventureros a quienes supero en hasta nueve años de edad.
La terminal terrestre de Ilo, moderna, espaciosa, envidiable, nos acogió hace dos noches y nos ofreció sus ‘habitaciones’. En realidad, las oficinas de las agencias de viaje fueron acondicionadas con cartones y colchonetas y allí los viajeros plantamos nuestras carpas o tendimos las bolsas de dormir. Las barandas de metal pintado de amarillo se transformaron en tendederos, los pasillos en comedores, los asientos de espera en zonas de diversión y los baños en áreas de lavandería de ropa. La improvisación en su máxima expresión. La adaptabilidad del hombre puesta en práctica.
Para la española Julia Ruiz, estudiante de geología de cabellos rubios y ojos de nostalgia, estos dos días de encierro en la terminal le han servido para conocer algo más a sus compañeros y compenetrarse con culturas de países distantes y disímiles. Lo malo, para ella, es que no puede lavar su ropa pues teme que no se seque antes de la partida. “Son cosas que ocurren y son ajenas a la ruta”, dijo hoy muy temprano, mientras descansaba en una de las bancas.
El chimbotano Elkin Córdova, llamado por todos de cariño como ‘El Sobrino’, considera que si la huelga sustenta sus ideales en la protección del medio ambiente, es digna de ser respetada. Sin embargo, si detrás de ella existen intereses económicos o políticos, debe ser condenada por bloquear las carreteras y frenar la economía del país. “Todos debemos tomar conciencia de que el medio ambiente es el lugar donde vivimos y que debemos protegerlo. Si continuamos destruyendo el planeta, como lo venimos haciendo, las futuras generaciones sufrirán o tal vez ya no podrán vivir como nosotros”, expresó este joven estudiante de enfermería de la Universidad Nacional del Santa.
La española Alba García, estudiante de Arte Dramático, considera que las protestas forman parte de una democracia y que los gobiernos deben asumir sus responsabilidades con firmeza. “Es sólo una utopía”, comentó.
La mejor amiga de Alba, la mexicana Paola Enríquez, sí está de acuerdo con la protesta que nos mantiene encerrados en la terminal, pero lo que repudia es la quema de llantas en la calle. “Si están protestando por la contaminación de las mineras, no deberían contaminar más el medio ambiente con ese humo negro”, dijo, y con mucha razón.
El cusqueño Lenin Ttupa, quien ahora ha guardado su bandera inca y nuevamente ve frustrados sus deseos de izar su emblema en los pueblos que recorre la ruta, trata de verle el lado positivo a nuestro encierro y cree que estando aquí todos podemos conocernos mejor y compartir experiencias. “Como que en otros momentos no se puede conversar o conocernos mucho, por eso aquí estamos bien”, dijo.
Roberto Chávez, periodista nicaragüense que trabaja en el canal televisivo de la Universidad de Costa Rica, considera que el encierro en la terminal ha unido mucho más a los viajeros, “ya que hemos dormido juntos, almorzado juntos y compartido momentos inolvidables”. “Me gustó mucho la comida peruana, es excelente… lástima que no tenemos más estómagos (risas)”, expresó.
Aunque algunos sí lograron llegar al centro del puerto, tras caminar dos horas de ida y otras dos de retorno, la gran mayoría de expedicionarios leyó, se bañó, vio televisión peruana, dialogó o cantó. El ambiente estuvo exento de quejas, pues a pesar de la situación que vivimos, la mayoría está feliz, aunque también algo desconcertado. “Me gusta el sitio, pero ya estoy hasta las ‘narices’, quiero que mi ropa se seque y partir a Moquegua”, comentó la española Cristina Félix Santamaría, aspirante a estudiar Medicina Humana.Esta noche, los viajeros tienen previsto organizar una ‘pollada’ en el patio de la terminal, pues a los extranjeros les llama la atención esta fiesta peruana donde se come pollo, se toma cerveza y se baila. Obviamente, en la ‘pollada’ de hoy no habrá cerveza, ni parrillada; sólo música y muchas ganas de divertirse y ‘matar’ el tiempo que continuaremos en la terminal ileña. Ojalá, y no sea muy largo.
Ruta Inka entró a Moquegua y recibió el calor de sus pobladores
Mi Perú, con P de Patria
Comida, danzas, historia y una hermosa ciudad llenaron de orgullo a los peruanos. Ruteros quedaron más que satisfechos.

La noche en Moquegua era iluminada con farolas amarillas y el clima permanecía tan cálido como la gente que vive en esta ciudad. La jarana que ofrecía la municipalidad en la Plaza de Armas se armaba con el correr de los minutos y el orgullo de ser peruano efervescía en nuestros corazones como en humeantes probetas de laboratorio. Nuestra tierra mostraba al mundo lo mejor de su folclore y no bastó mucho esfuerzo para taparle la boca a quien dijera o incluso pensara que el Perú es menos que otro país. ¿Menos en qué sentido? Si aún debemos mejorar en educación, pues nuestra cultura es tan rica que desborda en paradigmas asombrosos para los extranjeros y enorgullecedores para los de aquí adentro.
Los expedicionarios recién salíamos de nuestro encierro en el terminal terrestre de Ilo, gracias al apoyo de la Policía Nacional que nos escoltó en medio de las protestas y nos abrió paso en carreteras interrumpidas con inmensas rocas. Por fin Moquegua, una nueva ciudad, a simple vista calurosa, a 1.412 metros de altitud. Un clima perfecto. Las actividades se intercalaron entre el oficio de una homilía en el distrito de Samegua (‘Capital de la Palta’), la entrega de obsequios a los viajeros, un suculento almuerzo en una finca campestre, la cena en un exclusivo club moqueguano y la mencionada verbena en la plaza que se convirtió en un escaparate de lo peruano, en una vitrina de nuestra cultura y de nuestro folclore prolijo.
Ají de gallina, tamalitos y una copa de vino de ciruela fueron la estupenda antesala a la fiesta en honor a la Ruta Inka. Las guitarras eran acariciadas con delicadeza para que El Plebeyo dé la bienvenida e invite a los viajeros a ubicarse alrededor del estrado. Banderas peruanas, colgadas en las farolas, flameaban iluminadas bajo la sombra de los inmensos ficus de la glorieta que guarda un tesoro: una pileta ornamental de fierro diseñada por Gustavo Eiffel.
La marinera volvió a emocionarme. Esta vez fue el Ballet Municipal de Moquegua y un Sacachispas tan norteño como yo. La Plaza de Armas ya era una fiesta antes de las 10 de la noche. El tañer de las campanas catedralicias y una mirada en círculo alrededor de la plaza nos mostró una ciudad señorial y elegante, con mujeres bellas y casonas coloniales ‘de estreno’. La música criolla continuaba sonando en la mágica noche y decenas de moqueguanos rodeaban a los expedicionarios. Le tocó el turno al Carnaval de Cuchumbaya y tres parejas de danzantes con pompos rojiblancos en las muñecas y ataviadas con trajes coloridos se confundieron en el centro con los viajeros. El compartir, la compenetración.
Moquegua luce esta noche apacible, segura y limpia. Ninguno de los peruanos de la expedición imaginó que todo sería así, tan bueno. Es una pequeña urbe sureña que guarda un encanto sui géneris que atrapa o tal vez embruja a los visitantes. Marinera moqueguana, más lenta y menos salerosa, pero igual de atractiva como la nuestra. En fin. Más música criolla. Temas de Chabuca Granda y Eva Ayllón. El lugar palpitaba con sentimiento patrio. ¡Viva el Perú!, gritó el cusqueño de la ruta. ¡Viva!, respondimos todos.
Le tocó el turno a los Vaqueros de Putina, danzantes que cubren sus rostros con máscaras de rasgos españoles y que empuñan fuetes. “¡Fuerza, fuerza!”, gritaban. La danza es una competencia entre ellos, así que todos se castigan con los látigos, se empujan y se codean. “¡Fuerza, fuerza!” Fue lo más divertido de la noche, sobre todo para las mexicanas. “Qué lindo está todo”, dijo Maricruz Macías, expedicionaria azteca. Los bailarines nuevamente invitaron al público extranjero. La menos coordinada fue la estadounidense Laura Frank; el ‘vaquero’ la cortejaba en medio de la jarana pero el cuerpo de ella no respondía.
“Así es mi Perú, con P de Patria, la E del ejemplo, la R de rifle, la U de la unión…”, coreaba el Grupo Cobre. Aplausos. Algunas personas decidieron tomar botellas de pisco en la plaza y la Policía no los detuvo. La fiesta es también del pueblo.
Le tocó el turno a la Ruta Inka con la presentación de sus talentos. Costarricenses ataviados con trajes típicos danzaron el Folclore Guanacasteco y los flashes se multiplicaron. La española Covadonga, de inmediato, dio una clase de ballet en la calle. Su menudo cuerpo dando giros y contorsiones impresionantes, rudas y elegantes. Un final de película, con un brazo apuntando al cielo. Euforia en los asistentes.
La finlandesa del grupo, acompañada por los acordes del argentino Ariel Benites, interpretó dos temas románticos y suaves en su idioma. Nadie le entiende pero todos atienden. Son melodías que sólo comprende el corazón. Se sienten muy adentro. Las almas gozan y la rubia viajera se gana los aplausos.
Le tocó el turno al trujillano Jorge Cueva, quien compuso coplas cajarmarquinas al ritmo de la Matarina dedicadas a la Ruta Inka. “No te vayas Ruta Inka, pero si un día te vas, yo te sigo por detrás”, cantaba este estudiante de Derecho de la Upao, mientras golpeaba el cajón. Guitarras del conjunto lo acompañaban. “Tenía que ser peruano”, dijo el animador cuando ‘Coco’ ya había terminado. La noche se prolongó con los temas de Ariel, el baile de los expedicionarios con música negra y una que otra cumbia peruana. Un moqueguano, Arturo Juárez, compuso un tema en rock para los viajeros y los más jóvenes salieron al centro a poguear. La felicidad de un excelente recibimiento en esta tierra lejana era más que notoria, realmente insuperable. El Perú había mostrado en algunas horas sólo parte de su vasto folclore y así enamoró a los viajeros. Ni Bolivia, ni Chile. Perú los superó. Y los peruanos que tal vez andábamos pensando en los problemas de nuestro país, por fin nos llenamos de orgullo de haber nacido en esta rica, exuberante, gloriosa y contagiante tierra.
Ruta Inka llegó a ‘Ciudad Blanca’ y luego partió hacia el Valle del Colca
La incomparable Arequipa
Población de Chivay recibió a expedicionarios y todo quedó listo para ir en busca de los cóndores.

El calor de Moquegua quedó registrado en nuestras bitácoras y la expedición continuó hacia Arequipa, aprovechando la tregua que dieron los huelguistas al gobierno. Un desierto cargado de montañas áridas y precipicios intimidantes, en un mañana de bochornos constantes por un sol inclemente, fue el panorama que atravesamos para llegar a la ciudad del sillar, donde no sólo resalta la blancura de sus muros sino también el orden y la limpieza. Un buen ejemplo para los norteños.
La ‘Ciudad Blanca’ nos recibió un domingo apacible, con el Misti descongelado y sólo algunos negocios abiertos. El viaje desde Moquegua demoró algo más de cuatro horas y en Arequipa nos recogió una delegación del Colegio Militar, donde nos instalamos a la espera de nuevas órdenes. Todo dependía del bloqueo de carreteras por las protestas que se viven en el país, así que en grupos acudimos al centro de la ciudad, a revelar los encantos de la segunda ciudad más importante del Perú, un título que Trujillo se dejó arrebatar en los últimos años. La orden de continuar hacia el Colca o dormir allí la darían más tarde.
Arequipa de noche. Es domingo y el centro de la ciudad luce descongestionado y brillante bajo farolas ámbares. Las palomas de la Plaza de Armas se han escondido en sus nidos y el turututu de la pileta central juega con las aguas, bajo la sombra de inmensas palmeras. La imponente Catedral con dos torres brilla por la iluminación, así como los arcos de sillar que cobijan a negocios de artesanía y restaurantes acogedores.
Laura Monagas, expedicionaria costarricense, camina y observa las calles de Arequipa, bajo los arcos de la plaza. Se detiene frente de la Catedral y por fin revela su asombro: “es la ciudad más bella que he visto en toda mi vida”. El cusqueño de la ruta la escucha y al parecer no comparte esa opinión. “Es que todavía no conoces el Cusco”, arremete en defensa del ‘Ombligo del Mundo’. Laura lo mira con asombro y asiente con la cabeza.
Arequipa se ubica a 2.350 metros de altitud y posee un clima envidiable. Es una ciudad moderna, con tiendas, hoteles, restaurantes de comida internacional y numerosos negocios de artesanía characata. Casonas y edificios con inmensas columnas talladas en sillar se observan bajo la sombra de los tres volcanes que rodean a la ciudad: Misti, Chachani y Pichu Pichu. Pasos a desnivel así como un impresionante mall con salas de cine y restaurantes de lujo, al mismo estilo de la capital, son sólo dos de los motivos que relegan a Trujillo al tercer lugar. Arequipa, sin lugar a dudas, ha crecido más que nuestra ciudad.
Los expedicionarios de la Ruta Inka caminaron hasta el Mirador de Yanahuara, desde donde puede observarse el Misti y la ciudad en todo su esplendor. Fotos en los arcos, símbolos del Perú. Cuando ingresábamos por las calles de este romántico distrito, donde las palmeras, la iluminación, la limpieza y la tranquilidad guardan una armonía muy atractiva para el viajero, nos llegó la noticia de que íbamos a viajar hacia Chivay a la medianoche. Una mala noticia, pues Arequipa recién nos había mostrado sus primeros tesoros. No hay marcha atrás. Para otra será.
Chivay es un pueblo ubicado a 160 kilómetros de Arequipa, en el borde del Cañón del Colca y a 3.700 metros de altitud. El viaje hasta este lugar demoró más de seis horas y a mitad de camino, el bus recorrió un paraje ubicado a 4.800 metros, donde las ventanas se congelaron y los huesos reclamaron desde lo dentro. Quienes no pudimos dormir, recordamos el viaje de La Paz a Uyuni, en Bolivia, donde los vidrios también se cargaron con escarcha y nos dio la impresión de que estábamos metidos en una congeladora.
Chivay muestra un comercio muy desarrollado, tal vez por ser el nexo entre el Valle del Colca y Arequipa. Por ello, no es raro observar cajeros bancarios, tiendas de abarrotes, locutorios o cabinas de Internet por doquier. Su Plaza de Armas luce adornada por una iglesia de dos torres construida con bloques de piedra negra.
Los expedicionarios de la Ruta Inka fuimos recibidos por la municipalidad de este pueblo y luego alojados en un local de reuniones. Nuestros cuerpos nuevamente tendrán que reposar en colchonetas tendidas en el suelo. No queda otra, así es la aventura.Una actividad de recibimiento en la glorieta, con fuegos artificiales, danzas típicas y música, realizada al mediodía en Chivay, por un momento nos hizo olvidar el dolor de cuerpo del viaje y nos llenó de alegría y expectativas a quienes sólo tenemos los objetivos de conocer, disfrutar y fomentar la unión entre los pueblos.
Ruta Inka llegó al Cañón del Colca y observó al ave más grande del mundo
El vuelo del gran cóndor
Cálida población de Chivay, en el departamento de Arequipa, aún aloja a los viajeros.

¿Los expedicionarios llegamos a ver al cóndor, o el cóndor salió a vernos a nosotros? No lo sé. Esta historia ocurrió en el Cañón del Colca, uno de los más profundos del mundo…
Nancy Orias Hidalgo, cuando desayunaba un ardiente vaso de quinua con manzana y dos panes con queso, no pudo contener su ansiedad. Esta costarricense de 23 años estudia Biología y se viene especializando en aves; por ello, durante el tiempo que la Ruta Inka viene recorriendo los pueblos de Manco Cápac, ella se dedicó más al avistamiento de pájaros y voladoras de todo tamaño y color… Pero un cóndor es un cóndor, y verlo no es algo que pueda hacerse todos los días. “Si veo un cóndor, voy a ser feliz por el resto de mi vida”, expresó en el pueblo de Chivay, poco antes de abordar los buses que nos llevaron al majestuoso Cañón del Colca, donde precisamente los cóndores arman sus nidos.
El viaje empezó pasadas las 7:30 de la mañana. Los buses dejaron atrás a Chivay y se adentraron en un camino afirmado, con montañas de fondo y pastizales donde reses y asnos saciaban su hambre. Andenes del tiempo incaico adornaban el paisaje y los abismos iban haciéndose más profundos mientras avanzábamos hacia el mirador de los cóndores. Un puente, miles de cactus, dos túneles en tinieblas que causaron claustrofobia y nevados de fondo, fueron una buena distracción para los ojos durante las casi dos horas de viaje.
El motor del bus rugía y la caja de cambios no soportaba la tercera velocidad, mientras que iban quedando atrás algunos pueblos como Yanque y Pinchollo, con sus respectivas iglesias de sillar y adobe y casitas de techos de calamina desperdigadas alrededor de pequeñas y acogedoras plazuelas. El sol quemaba pero los cielos lucían parcialmente nublados, como diría el antiguo ‘Hombre del Tiempo’ peruano.
Cuando faltaba media hora para llegar al mirador de los cóndores, y mientras el nerviosismo de Nancy Orias se acrecentaba, algunos ruteros que no consiguieron asiento decidieron echarse sobre sus colchas en el pasillo del bus. Dos españoles se colocaron en una posición extraña y comprometedora y yo pensé que la Ruta Inka acepta la libertad de géneros, aunque tal vez sólo fue una impresión.
Nos detenemos en una garita y la administradora del lugar nos pide cinco pasaportes en garantía para poder ingresar sin tener que cancelar la cuota turística (10 dólares por persona). Me ofrezco, entrego el mío y sólo espero que me lo devuelvan al retorno. La marcha continúa y esta vez el cañón es tan profundo que no puedo ver el fondo. Si el bus volcara, nadie lo contaría. Ni los cóndores.
Por fin llegamos a un parqueo donde hay decenas de buses turísticos. Expedicionarios de todo el mundo también esperan el vuelo de los cóndores y todos tienen un guía. Dos miradores alojan a los turistas que miran el cielo a la espera de la gran ave, reina de estos parajes. De fondo se observan montañas rocosas y algunos picos nevados. Nadie hace bulla. El viento sopla fuerte y frío. De pronto, cuando sólo habían transcurrido cinco minutos desde nuestra llegada, un cóndor negro con la parte superior de las alas y el pescuezo pintados de blanco hace su aparición triunfal ante un público que no aplaude pero sí fotografía y filma sin miramientos.
La primera ave es seguida por otras tres y la euforia se desata. Nancy Orias luce aturdida y dispara fotos y más fotos. “¡Bien, ahora sí que se acabe la ruta, ya estoy más que satisfecha!”, bromea y da un brinco de satisfacción con los puños cerrados.
Por un momento me dio la impresión de que los cóndores sólo esperaban la llegada de los turistas para salir a vernos, y que mientras nosotros los fotografiábamos, ellos nos observaban desde lo alto embelezados, captando imágenes con sus inmensos ojos y no con equipos artificiales como los nuestros.
Los cóndores que nos visitan (o que nosotros visitamos) son actores. Vuelan en círculos sobre nuestras cabezas, aletean, se posan en piedras y por momentos desaparecen entre los cerros para retornar y seguir satisfaciendo a sus espectadores. El ambiente de paz que se vive es indescriptible, y a nadie le importa quién está a su costado. Aquí, en estas alturas arequipeñas, sólo hay ojos para el ave más grande del mundo, que con las alas extendidas puede medir más de tres metros.
En los alrededores hay vendedores de sándwiches, gaseosas, galletas y frutas. El hambre es una necesidad sólo hasta que preguntas por los precios. Un plátano a cincuenta céntimos, un paquete de galletas a un sol y mandarinas que en Trujillo cuestan un sol el kilo, aquí valen lo mismo, pero sólo una. Mejor esperamos el almuerzo.
Cuando el tiempo de nuestro avistamiento está terminando y los corazones laten satisfechos, algunos cóndores nos despiden con su vuelo majestuoso y sus alas inmensas y emplumadas. Qué hermoso fue ver a las aves que firmaron un pacto secreto con el turismo arequipeño y que, día a día, se convierten en un atractivo inolvidable de nuestro rico país.
Jóvenes de Ruta Inka dejaron dibujos de recuerdo en pueblo de Chivay
Un mural color esperanza
Aventureros interactuaron con niños pobres de la zona y les entregaron obsequios.

A la argentina Soledad Guidi le faltan manos y palabras para coordinar la actividad. Son las 9:30 de la mañana y ella, junto con otros nueve integrantes de la Ruta Inka, conversan en la calle, junto al Palacio Municipal de Chivay, pueblo ubicado en la provincia arequipeña de Caylloma. Baldes de pintura acrílica y pinceles se confunden junto al bosquejo que pintaron con tizas la noche anterior y que en los próximos minutos colorearán con ayuda de niños de la zona.
Un árbol floreciendo, con dos palomas mirando la copa y una cruz andina (chakana) en el tronco, sobre el mensaje ‘Gracias Colca’, es el primero de los dibujos que pintarán. A sólo dos metros de éste, el rostro de un niño de rasgos indígenas y ojos tristes también espera ser rellenado con los colores de la esperanza, la unión y la hermandad, principios que cimientan a esta expedición que pretende recorrer las mismas huellas de Manco Cápac.
El sol andino arde en los rostros pero no amilana a los entusiastas muchachos. “Ustedes mezclen los colores”, ordena Soledad a un español y una costarricense. “Ustedes, busquen periódicos en las tiendas, que se los regalen”, agrega, apuntando con el índice derecho a una peruana morocha y una belga que tiene rubias hasta las pestañas.
La idea de pintar este mural de la hermandad, como lo han bautizado, surgió la primera noche que dormimos en Chivay. Soledad y Valentina Cervi, ambas argentinas, propusieron dejar un recuerdo de Ruta Inka a los pobladores. “La expedición por momentos sólo parece un viaje de turismo, por eso queremos hacer algo diferente, revalorando la hermandad entre los pueblos”, declaró Soledad en un ínterin.
La idea fue bien recibida tanto en la organización de Ruta Inka como en la Municipalidad de Caylloma. Precisamente el alcalde de esta provincia, Jorge Cueva (homónimo de un expedicionario trujillano), es artista plástico y él mismo ha pintado casi todas las paredes interiores del municipio con personajes indígenas, cóndores, cielos serranos y otras imágenes que pueden captarse en el Valle del Colca. El burgomaestre apoyó la idea y permitió a los viajeros que pinten una pared lateral de su palacio, junto a la puerta de la Defensoría de la Mujer, el Niño y el Adolescente (Demuna).
El entusiasmo es contagiante y los organizadores de la expedición, en forma paralela, también quisieron fomentar la unión entre los pueblos. Entonces, ayer por la tarde, mientras que el grupo de ‘pintores’ compraba los implementos necesarios para el mural, los demás aventureros se integraron en equipos de fútbol y voleibol y luego compitieron con pobladores de Chivay. El resultado no importó (obviamente los locales se llevaron los premios), pues lo más importante fue interactuar y conocer más a la gente de esta zona.
Asimismo, ya caída la noche, durante una actividad cultural realizada en un salón de la municipalidad, los aventureros bailaron con los niños de la zona en rondas, tomados de la mano y luego abrazados, en señal de amistad y unión. Ver allí a esos niños, tan felices, saltando y carcajeándose, con sus ropitas y sus llanques desgastados, fue emocionante para los asistentes.

Niños, pinten nomás
Alberto es un niño de seis años que a duras penas puede sostener el pincel con sus diminutas manos. Hace un momento humedeció la escobilla en pintura verde y muy despacio coloreó el interior de una letra. “Así está bien, sigue nomás”, le dijo Soledad, quien lo guiaba en la tarea.
Cada minuto que transcurría, iba dejando un mural más vivo y más bello. El árbol reverdeció y las flores se tiñeron de rojo, la chakana resurgió como un símbolo ancestral y perfecto y las letras fueron resaltando el mensaje de agradecimiento al pueblo de Chivay por sus atenciones. A pocos metros, el rostro del niño fue cobrando vida y sus ojos desconfiados se convirtieron en dos luceros de paz y esperanza de un futuro mejor, como deberían brillar los ojos de todos los niños del mundo.
Pero algo hacía falta. Y alguien ya lo sabía. ¡Claro!, las banderas de todos los países que integran la expedición. Naciones de Sudamérica, Centroamérica, Norteamérica, Europa, Oceanía y África quedaron grabadas en el mural, en señal de hermandad e igualdad. La religión, el color de la piel o las diferencias sociales… nada fue más fuerte que el espíritu que estos jóvenes plasmaron en su mural.
Cuando ya todo estaba listo, Soledad y sus compañeros observaron el mural y sus miradas irradiaban satisfacción. Sus manos y sus rostros también lucían pintados y la música sonaba a todo volumen. Algunos niños jugaban con las pelotas que la estadounidense Nicolette Irribarre trajo desde su país para obsequiarlas y otros coloreaban en papelotes con crayones. El mediodía caía sin compasión en los rostros y muchos pobladores se juntaron alrededor para felicitar o sólo curiosear. El reto fue cumplido y el mensaje de paz y solidaridad de estos impetuosos muchachos quedó plasmado para la posteridad en Chivay, un pequeño y turístico pueblo del sur peruano.
Momia de niña inca impresionó a expedicionarios de Ruta Inka 2007
Un encuentro con Juanita
La hermosa Arequipa nuevamente abre sus puertas a los aventureros de todo el mundo.

“Esta noche voy a soñar con la Momia Juanita”. Yalina Delgado Alarcón, expedicionaria peruana residente en Amazonas, quedó impresionada luego de haber visto de cerca el rostro de la Dama de Ampato en el Museo Santuarios Andinos de Arequipa, ubicado a escasos metros de la Plaza de Armas de esta ciudad que nuevamente ofrece su calor a la Ruta Inka.
Fue la textura de la piel y las cavidades oculares vacías de Juanita lo que sobresaltó a Yalina, quien al salir de la sala museográfica se apartó del grupo y sólo trató de imaginar cómo pudo conservarse tan bien el cuerpo de esta joven inca que fue sacrificada hace más de 500 años en el volcán Ampato. “Es increíble cómo puede estar su piel tan lisa, y hasta se pueden ver sus encías con toda su dentadura”, confió la aventurera nacional.
A la Momia Juanita la conocimos a las 10 de la mañana, en una sala oscura y alfombrada. Antes del esperando encuentro con esta pequeña dama hallada en 1995 en el cráter del Volcán Ampato, a 6.318 metros de altitud, la guía turística nos mostró los atuendos y los objetos que se encontraron en su tumba, en un preámbulo interesante pero que también acrecentó nuestra impaciencia por conocer a la momia.
Juanita fue descubierta el 8 de septiembre de 1995 por el antropólogo Johan Reinhard y el peruano José Antonio Chávez, quienes hace más de 25 años son responsables del proyecto Santuarios de Altura del Sur Andino, que apoya la Universidad Católica de Santa María de Arequipa. Los investigadores escalaron el Ampato luego de que un volcán vecino, el Sabancaya, haya botado una fumarola de cenizas que descongeló sus nieves. Entonces, con la cima libre de hielo, los estudiosos escalaron el volcán y encontraron la tumba de esta niña que fue ofrendada a los dioses a los 14 años en 1440, aproximadamente.
A la momia la encontraron en el interior del volcán, pues el descongelamiento rompió la tumba e hizo caer al cuerpo. Por suerte, hubo hielo suficiente para mantenerla refrigerada y evitar que se descomponga. “Una semana después del hallazgo, todos los hielos del nevado habían desaparecido; se encontró a la momia en el momento preciso”, dijo la guía a los expedicionarios.
En la tumba se halló pequeñas efigies de oro, objetos tallados en spondylus, telares y alimentos como maíz y algunas verduras. Los expedicionarios, tal vez por un golpe de suerte, habían realizado uno de los hallazgos más importantes de los últimos tiempos. “Primero colocaron a la momia en una refrigeradora para que no se deteriore y luego el gobierno japonés donó la urna donde ahora se mantiene”, añadió la guía mientras señalaba el recipiente de vidrio donde yace la momia a una temperatura de -20 grados centígrados.
Los exámenes de ADN y tomográficos practicados a la momia en los Estados Unidos revelaron que Juanita (se le bautizó así porque el arqueólogo se llama Johan, que en español significa Juan) tenía 14 años, medía 1,40 centímetros, era muy bella y nunca se había enfermado. Además, se reveló que la muchacha escogida por los gobernantes o sacerdotes incas había gozado de una alimentación balanceada y que la última comida que ingirió estuvo basada en verduras. Sin embargo, lo más importante hallado en el cuerpo de Juanita es una fisura en el cráneo de cinco centímetros, causada por el golpe de una macana, que causó una mortal hemorragia interna.
Según los expertos en rituales Incas, Juanita –junto con otros 17 niños cuyas momias también se han descubierto en nevados de Perú, Chile y Argentina– partió del Cusco con una corte de sacerdotes y personas importantes hacia las alturas del Ampato, importante Apu que probablemente era para los antiguos el causante de los temblores o terremotos que hasta la actualidad ocurren en el sur peruano. Los Incas pensaban que la furia de los Apus era la causante de los movimientos sísmicos (o tal vez también de las sequías), así que para calmarlos les entregaban ofrendas humanas.
Los escogidos para estos rituales, como Juanita, eran adolescentes hermosos, sanos, con buena conducta y probablemente hijos de la nobleza. Ellos, aunque obviamente sentían un temor natural, no consideraban su muerte como una condena sino sólo como un paso hacia el más allá, hacia un encuentro con sus dioses. Una nueva y mejor vida, y no el final de su existencia. Entonces, junto con los responsables de la ofrenda, los seleccionados escalaban la montaña sin ingerir alimentos y en la zona más elevada, donde se pensaba que vivían los dioses, caían arrodillados del cansancio y recibían un certero golpe en la cabeza. Su muerte era instantánea.Viendo a Juanita descansando en esta urna refrigerada, pienso en el calvario que tuvo que vivir esta jovencita de dientes de choclo y ojos achinados. A sus 14 años, en la primavera de su vida, partió a un mundo frío y desconocido donde permaneció más de 500 años, hasta que un día sus dioses calmaron su furia y la hicieron bajar de los cielos para que esta mañana soleada en Arequipa, personas como nosotros la veamos tan lozana y tersa como el día de su muerte. En definitiva, los Apus cuidaron muy bien de Juanita.
Argentino Ariel Hernán Benítez le canta a los pueblos de América
El cantor de la Ruta Inka
Autor de La Canción de la Hermandad acompaña a los viajeros en toda la expedición.

Ariel Hernán Benítez prácticamente nació cantando. Cuando apenas tenía cuatro años y su madre lo llevaba en brazos en una calle céntrica de Mendoza, su ciudad natal, él vio una guitarra a través de un escaparate y la señaló. “¡Tundata, tundata!”, balbuceó y por fin la mujer que le dio la vida comprendió qué diablos era ‘tundata’, un término que el pequeño Ariel pronunciaba con insistencia en casa, sin que nadie entienda a qué se refería. Pensaban que era un carrito de juguete, o tal vez un avión, objetos que él recibió y despreció.
Frente de la vitrina y del instrumento que algún día marcaría su vida, Ariel no dejaba de pedir la ‘tundata’ pero su madre no llevaba dinero para comprarla. Su llanto sólo fue calmado cuando una vecina, a quien él recuerda con amor, le obsequió la bendita ‘tundata’. “Era una pequeña guitarra de juguete, y yo fui el niño más feliz del mundo”, recuerda este artista que, con su sombrero de cuero y su chaqueta sin mangas, emula a los gauchos pioneros del folclor argentino.
Han transcurrido 32 años desde que Ariel recibió su primera guitarra, pero el entusiasmo de aquel primer día permanece inmutable en su alma. Él es el cantor de la Ruta Inka 2007, quien compuso el tema que identifica a esta expedición que recorre Bolivia, Chile y Perú. La canción de la hermandad, se denomina este verdadero himno de los viajeros que reclama un mundo mejor, donde no exista el odio y donde todos seamos hermanos. Un mundo basado en nuestras raíces, que revalore la fuerza y la mística de nuestros antepasados. “Ya me voy a cantar y mi voz ha de llegar/ por la senda de los Incas, desde Cusco a Hualilán/ a contar las canciones que en mi pueblo han de cantar, para unir la humanidad”, es sólo un extracto de este tema que todos los viajeros ya han aprendido y que cantan a voz en cuello en cada una de las ciudades que visitamos.
Cuando Ariel Benítez empuña su guitarra frente del público, su rostro se carga de emoción. Sus mensajes de unión y esperanza se confunden en las letras de sus canciones y cautivan a quienes lo escuchamos. Ariel es un soñador, pero tiene los pies bien puestos en la tierra. “Construyamos más que simples sueños/la vida es el milagro para hacerlos realidad”, reza el tema Joven esperanza, uno de los cuatro que Ariel ya ha compuesto durante la Ruta Inka.
Los sueños de integración de este argentino carismático, que ha ganado el cariño de los expedicionarios, moran en un corazón sensible que late al ritmo de la esperanza y que vive por sus dos amores: Ivo de seis años y la pequeña Hebe de cuatro. “Los extraño mucho, así como a mi esposa. Ellos quieren que retorne a casa porque ya estoy más de un mes afuera”, expresa, y su mirada se sume en la nostalgia.
Ariel no vive de la música. Por ahora, su faceta de artista la considera como un oficio paralelo al trabajo que sí le rinde frutos pecuniarios. Es difícil vivir de la música. Ariel es Maestro mayor de obras (una fusión entre constructor e ingeniero) y trabaja en una empresa de servicios de Mendoza, ciudad donde vive con su familia. “Yo aspiro a dedicarme profesionalmente a la música, recogiendo en mis canciones la voz de los pueblos de Latinoamérica, de las personas que son el motor de los países, del agricultor, del panadero, del descendiente Aymara o Inca…”, confía Ariel mientras ordena las zampoñas que compró en Moquegua.
Con un currículo cargado de triunfos en festivales de canto realizados en su provincia y en toda Argentina, Ariel Benítez es un folclorista. Cuando sólo tenía 12 años, su tío Juan José Benítez le dio unas primeras clases de guitarra y sembró en su corazón una semilla de amor por la música argentina, la de los gauchos. Sin embargo, a los 17 años tal vez por la rebeldía de la adolescencia integró un grupo de rock hoy extinto al cual llamó ‘Ángeles bohemios’. Bajo la influencia de Pink Floyd y de otros grupos que marcaron la década de los 80, como U2, triunfaron en algunos festivales y vivieron hasta tres meses en Buenos Aires, con las ganancias de sus presentaciones. Ariel también tuvo algo de hippie.
Pero los ‘Ángeles bohemios’ se desarticularon y Ariel regresó al folclore como solista. Sus estudios no fueron impedimento para que continúe cultivando su oficio natural. Entonces, los triunfos siguieron de su lado en festivales al interior de su país como en la Fiesta Nacional del Chivo, donde cautivó al público con sus interpretaciones. “No me quejo, porque el folclore me viene dando satisfacciones”, añade.
A pesar de sus logros, Ariel no saca de su cabeza el verdadero motivo de su existir y continúa cantando en pro de la integración de los pueblos americanos. “Quiero la vida, no quiero la muerte/ quiero cantarle al amor por siempre”, es el estribillo de su tema Carnaval en Machuca, que también compuso en la ruta y que dedicó a la provincia chilena de San Pedro de Atacama y a todo el norte chileno. “La quinua, la llama, el Cerro Sajama/ la hoja de coca, gracias Pachamama”, es un extracto de la canción que dedicó a Bolivia titulada Murmullo de la Tierra.
Ariel ahora viaja con el grupo de Ruta Inka y sigue soñando. Grabar su primer disco antes de diciembre e ir ganando un espacio en el competitivo mundo de la música son sólo dos de sus objetivos y, en definitiva, si continúa cultivando la sensibilidad, el amor al prójimo y la unión, se convertirá en el trovador de los pueblos de América y logrará el tan ansiado éxito que todos le deseamos. Buena suerte Ariel, amigo de América.
Escenificación de leyenda en el Titicaca fue un espectáculo estupendo
¡Apareció Manco Cápac!
Ruta Inka también viajó a las islas de los Uros y nuevamente navegó en el lago más alto del mundo.

Manco Cápac es profesor de secundaria, trabaja en un colegio particular y aún es soltero. Su rostro de indio, cubierto parcialmente por una extensa y lacia cabellera, permanece inalterable bajo una corona de oro adornada con una pluma de ñandú en la coronilla y el rostro de Wiracocha grabado en la parte frontal. Manco Cápac se llama Alcides Pacho Mamani y tiene 22 años. Esta mañana, en las orillas puneñas del Lago Titicaca, viste un atuendo de lujo, con un sol dorado en el pecho, cabezas de pumas fieros en las rodillas y una capa morada que se arrastra en la tierra. El fundador del Imperio de Los Incas sostiene una tremenda hacha de oro que lleva una mazorca brillante en la punta y flecos coloridos de lana en los costados. Su figura infunde respeto, valor y osadía.
Manco Cápac no sonríe. Su rostro parece haberse detenido en un gesto colérico; lo mismo ocurre con sus ojos, que apuntan al horizonte inamovibles como esperando alguna señal divina de su padre, el Sol. Sin embargo, cuando el ritual de pago a la Pachamama culmina, este sabio Inca camina hacia un costado y se desnuda. Manco Cápac se va transformando en Alcides Pacho y, fuera del atuendo de noble, luce como un menudo profesor que viste terno, camina amarilla, corbata y una peluca casi al rape. A estas alturas, Manco Cápac es un profesor de secundaria que debe luchar por sus intereses y protestar contra el gobierno si es necesario.
A Manco Cápac lo acompaña su hermana y esposa Mama Ocllo. Para suerte de él, o tal vez desdicha por el reducido sueldo que ambos perciben, ella es también profesora. Su nombre es Lizette García Moraga, tiene 23 años, una cabellera templada con gel y cuando se quita el atuendo de colla, que incluyó un manto crema y una media luna sobre la frente, se convierte en la magíster en educación que también lucha por un futuro mejor.
Manco Cápac y Mama Ocllo aún no fundan ningún imperio, pero sí que luchan a diario por construir un futuro mejor. Ambos alternan sus clases con su trabajo en el Grupo Cultural de Puno, institución que difunde el folclore del altiplano peruano y que, entre sus actividades, tiene como principal la representación de la Leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo en las orillas del Lago Tititcaca, de la cual hoy participamos los expedicionarios de la Ruta Inka 2007.
Cuando llegamos al sitio del ritual, la pareja que fundó el Tahuantinsuyo observaba las aguas sagradas del lago, bajo un cielo añil y con un viento fresco soplando hacia la costa. Los acompañaban un sacerdote y dos niñas ataviadas con trajes anaranjados y llevando dos keros con chicha. El brujo preparó una ofrenda de hojas de coca y alcohol con ayuda de los expedicionarios, quienes le pidieron a los dioses incas y a la naturaleza que el viaje culmine con éxito. El sacerdote rezó, mientras que un nuevo personaje hizo su aparición soplando un caracol. El ambiente se tornó con la mística propio del ande sureño. Manco Cápac agradeció a su padre y Mama Ocllo le pidió a la luna que nos ilumine en el resto de nuestro camino mientras que, en forma increíble pues sólo eran las 2 de la tarde, una media luna brillaba en las alturas.
Este ritual fue el colofón perfecto para una nueva aventura de la Ruta Inka. Muy temprano, los viajeros navegamos media hora en el Titicaca hasta llegar a las islas de Los Uros que, en total, deben ser más de 50. Según explicaron algunos lugareños, las islas son construidas con trozos de un barro flotante y especial que consiguen en el mismo lago, y luego con numerosas capas de totora fresca que también crece en las aguas sagradas.
En estas islas no sólo el piso sino también las casas, los muebles, las embarcaciones, la artesanía y hasta buena parte de la alimentación de los pobladores se sustenta en la totora, planta acuática que permite la vida sobre las aguas del lago. Cuando se camina en estas islas, da la impresión de que en algún momento caerás en las aguas, pues cada paso hunde los zapatos más de 20 centímetros; pero luego, acostumbrado, te sientes extraño al estar pisando un suelo diferente.
Los Uros son una comunidad de pobladores que viven en las islas artificiales que ellos mismos construyen. La confección de una sola isla demora más de dos años y demanda un esfuerzo físico plausible. Aunque los más ancianos padecen de artrosis por vivir tan cerca de las frías aguas del lago, la mayoría de pobladores vive muy tranquilo, lejos del mundanal ruido de la ciudad y de los conflictos propios de la modernidad. Sin embargo, Los Uros no carecen de equipos modernos como televisión, radio e incluso celulares.
Estas personas tan amables viven de la venta de artesanía y del dinero que consiguen ofreciendo paseos en el lago, a bordo de embarcaciones de totora adornadas con cabezas de puma. Los viajeros de la ruta convivieron con ellos y prometieron retornar algún día a este bello paraje acuático que guarda celosamente el secreto de la fundación del gran Imperio de Los Incas, orgullo nuestro.
Ruta Inka llegó al ‘Ombligo del Mundo’ y aventureros quedaron maravillados
Cusco místico y energético
Todo está quedando listo para emprender el viaje a Machu Picchu a través del Camino Inca.

Cuando caminas por primera vez en las calles céntricas del Cusco y de pronto ingresas a su majestuosa Plaza de Armas, definitivamente te sientes en otro país. O tal vez en otro mundo. Su Catedral, adjunta a la iglesia de El Triunfo y ubicada muy cerca del templo de la Compañía de Jesús, así como una pileta ornamental que baila con las aguas y un empedrado que te transporta a un místico mundo cargado de energía, conforman una atmósfera donde cada espacio tiene un porqué o tal vez una leyenda y donde un peruano se siente mucho más peruano que nunca.
Por desgracia, ésta no es la primera vez que visito el Cusco. Hace tres años permanecí doce días en esta ciudad imperial, donde convergen los sueños, las leyendas, las tradiciones y donde aún está viva la dualidad y espiritualismo de los antiguos Incas.
Sin embargo, quienes sí sintieron por primera vez la magia que envuelve al Cusco fueron los demás integrantes de la Ruta Inka, expedición que llegó al ‘Ombligo del Mundo’ una noche adornada con el fulgor de incesantes relámpagos que se perdían entre las montañas más lejanas. Aquel momento en que pisamos tierra cusqueña, y luego de instalarnos en el Cuartel del Ejército, el cielo era un escaparate de estrellas que iluminaban nuestros pasos hacia lo más profundo del mundo inca.
Cusco es una ciudad cosmopolita donde un día cualquiera, en su Plaza de Armas, hay más forasteros de cabellos dorados que lugareños en polleras o llanques. Es como la Babel de la Biblia, con la diferencia de que aquí todos se entienden y todos tienen un objetivo común: encontrar el misterio que guardan las calles empedradas, los templos, las iglesias, las fortalezas y cada rincón de esta ciudad ubicada a 3.450 metros de altitud. Aunque, claro, otra finalidad de todo viajero es simple: divertirse.
Cuando la mexicana Gabriela Rodríguez puso el primer pie en la glorieta cusqueña, no pudo contener su asombro. La gran plaza lucía el brillo desolado de las noches dominicales y muy pocas personas transitaban. La iluminación ámbar, los arcos pétreos laterales y el colorido de los negocios a punto de cerrar sus puertas hasta el día siguiente le dejaron a Gabriela un lugar casi casi únicamente para ella. Entonces, junto con algunos otros viajeros de la Ruta Inka caminó en círculos, miró los cielos, se fotografió y nos regaló nuevamente una de sus peculiares sonrisas tiernas. “Esto me encanta, es una ciudad maravillosa”, expresó esta guapa joven azteca de 19 años, estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad de Colima.
El Barrio de San Blas, con sus callejuelas de piedra, su romántica plazoleta y una caída de agua cuyo sonido se transforma en un soplido relajante que te hace cerrar los ojos y sólo soñar, fue el segundo lugar que visitó Gabriela. Cusco es más que magia, es misterio, es una ciudad cubierta de una mística que ni siquiera los lugareños logran comprender. Como reza un adagio muy empleado por el municipio de esta ciudad, ‘todos los caminos conducen a Cusco’. “Aquí te sientes en otro mundo. Es como si los dioses incas aún iluminaran esta tierra en un lenguaje difícil de comprender para nosotros, que somos personas que vivimos bajo la influencia occidental”, dijo Lennin Ttupa, el único cusqueño que participa en la Ruta Inka 2007.
Cuando Gabriela caminaba hacia el pintoresco San Blas, se cruzó con un niño que contaba historias junto a la famosa ‘Piedra de los 12 ángulos’. “¿Sabe por qué es tan famosa esta piedra?”, le preguntó el pequeño de rostro cetrino que llevaba un gorro de lana marrón. “¿Sabe?”, repreguntó ante una Gabriela que sólo apreciaba la perfecta roca de 12 esquinas que forma parte de una pared lateral del Museo Arzobispal del Cusco. “No sé”, respondió la mexicana que seguía al pie de la letra la advertencia de peruanos como yo que viajamos a su lado: no hacerle caso a nadie, ni a los niños. Todos quieren dinero.
El pequeño explicó que cada ángulo de la piedra representaba a uno de los doce viejos barrios que conformaban al Cusco de los Incas. Su explicación continuaba y Gabriela iba entendiendo que haberle respondido fue un error. “¿Quiere ver la piedra en forma de puma que cada noche cobra vida?”, continuó el menor guía que obviamente luego iba a pedirle como mínimo ‘one dollar’. La mexicana siguió caminando y se salvó de las intenciones pecuniarias del infante.
El recorrido continuó por las callejuelas del centro y un restaurante donde venden pizza de chocolate con leche condensada. Exquisita. En Cusco se respiran miles de enigmas que no pueden descifrase en un simple paseo nocturno. Esta ciudad es –sin lugar a dudas– la mejor carta de presentación y la puerta de ingreso al Perú milenario, donde cada piedra cobra vida en la voz de sus orgullosos hijos que caminan en pos de un objetivo común: continuar incrementando el turismo en su tierra.
Todos los expedicionarios que lo deseen recorrerán el Camino Inka hacia Machu Picchu
Del llanto a la felicidad plena
Ya partió un primer grupo de aventureros hacia la ciudadela considerada como una maravilla moderna.

La española Alba García Herráez no pudo contener el llanto cuando le comunicaron que, por falta de cupos, ella no recorrería el Camino Inca hacia la ciudadela de Machu Picchu y debería abordar el clásico ferrocarril. Alba no lo podía creer. Había venido desde la Península Ibérica sólo para llegar a nuestra nueva maravilla a través del Qhapaq´Ñan (camino Inca), en un viaje de dos días y tres noches que incluye el escalamiento de montañas, el cruce de puentes colgantes y la visita a restos arqueológicos incaicos. Alba lloraba sin consuelo mientras que los otros 40 aventureros que como ella también habían quedado fuera del recorrido, reclamaban a voz en cuello, denunciaban una presunta estafa y trataban de resignarse.
Las dos primeras reuniones para coordinar el ingreso de los expedicionarios al Camino Inca fueron desastrosas y cargadas de altercados. Rubén La Torre, director de la Ruta Inka, intentaba calmar los ánimos soliviantados de los viajeros excluidos, pero sus esfuerzos eran en vano. “Yo he pagado la cuota completa, no me han pillado tomando o fumando y siempre he llegado temprano a las reuniones. Esto es una estafa, es muy injusto”, expresó un también molesto español David Rojas Calvo.
La denuncia de presuntos favoritismos para una delegación extensa de viajeros, el malestar porque algunos expedicionarios que dos años atrás ya habían recorrido el Camino Inca estaban nuevamente inscritos, o el haber seleccionado o descartado injustamente a los participantes, fueron hechos que conformaron una atmósfera muy cargada durante las primeras horas del día. Las baterías apuntaban a un solo personaje: Rubén La Torre.
Aunque la organización ofreció una ruta alterna a quienes quedaron fuera del Camino Inca, que recorrería el Nevado Salcantay y otros puntos previos a Machu Picchu, sólo cuatro la aceptaron. “A nosotros nos dijeron que íbamos a llegar a Machu Picchu a través del Camino Inca y por eso pagamos”, reclamó otro expedicionario indignado.
El problema surgió porque el Instituto Nacional de Cultura (INC) negó el paso de todos los expedicionarios por la actual temporada alta del turismo. Lo único que ofreció primero fue el paso de diez jóvenes de la Ruta Inka cada día, lo cual sólo alcanzaba para un total de 50. La organización de la ruta hizo lo posible por incrementar el número, pero al comienzo todo fue infructífero.
Algunos viajeros como yo (en total 20), ante esta realidad, nos ofrecimos a viajar en tren y nos autodescartamos. Yo, como periodista que debo enviar una crónica diaria, no tenía otra alternativa ya que, si ingresaba al Camino Inca, iba a ser imposible encontrar servicio de Internet para realizar mis despachos. “Mejor nos quedamos en Cusco y así podremos enviar notas de la ciudad, del Valle Sagrado y de las ruinas aledañas. Total, al final también llegaremos a Machu Picchu”, me dijo Roberto Chávez Loáciga, periodista nicaragüense que también prepara documentales del viaje.

Por fin una salida
El almuerzo del día se realizó en silencio. Tanto los seleccionados como los excluidos se lanzaban miradas celosas y algunos viajeros aún llevaban los ojos hinchados por haber llorado tanto. Sin embargo, el anuncio de una nueva reunión donde se iba a anunciar algo importante despertó nuevamente el interés y sembró una esperanza final. Y así fue. Katia Valencia León, monitora peruana, dio la buena nueva. “Todos los que deseen ir a Machu Picchu a través del Camino Inca, lo podrán hacer”, fue la frase que motivó la euforia de los viajeros. Sonrisas, abrazos y aplausos. “¡Iremos!”, gritaban algunos que habían sido excluidos.
El INC por fin cedió y llegó a un acuerdo con la Ruta Inka. Un primer grupo de 10 (que salió hoy temprano), luego otro grupo de 35 y un último con los sobrantes fue la salida a los reclamos y la causa de la felicidad colectiva. Todos los que lo quisieran, iban a pisar las huellas de los antiguos incas que construyeron el gran Machu Picchu, maravilla del mundo y orgullo del Perú.
El Camino Inca fue descubierto por Hiram Bingham en 1915 (cuatro años después del descubrimiento de Machu Picchu) y es, sin lugar a dudas, el más popular de los circuitos que existen en América del Sur. Este sendero de más de 400 años de historia, es una ruta muy cotizada y hay turistas que deben reservar cupos con varios meses de anticipación. Algunos historiadores coinciden en que el Camino Inca era el único acceso a la ciudad sagrada de Machu Picchu, en tiempos del Tahuantisuyo. Por ello, esta ruta ‘natural’ es tan apreciada en todo el mundo.
Con la buena nueva del viaje a la ciudadela a través del Qhapaq´Ñan, la Ruta Inka solucionó tal vez el último de sus conflictos y resurgió como la embajada de la amistad y de la hermandad que pretende unir a los pueblos del mundo. Una loable tarea cargada de utopía, locura y deseos de construir un mundo mejor.
Complejos de Pisac y Ollantaytambo recibieron a expedicionarios de Ruta Inka
La magia del Valle Sagrado
Buena parte de los aventureros, en distintos grupos, ya viajan por el Camino Inca hacia Machu Picchu

El sol observaba sus dominios desde lo más alto del Valle Sagrado del Cusco, mientras que el eco nostálgico de una flauta susurraba entre las montañas y parecía ser la voz del camino, de las piedras, de los Incas inmortalizados en un mundo profanado.
Piedras sobre piedras. La perfección de una arquitectura maravillosa. Un arco pétreo cimentado sobre la misma tierra que trabajaron los Incas. La flauta continúa silbando a la distancia.
Las montañas dominan a una galería de andenes que ya no producen pero sí impactan. El Complejo Arqueológico de Pisac es visitado esta mañana por cientos de turistas. Los cerros que ascendemos para llegar a los vestigios de esta ciudadela Inca se asemejan a soldados de piedra que duermen a la espera de un retorno triunfal, que acabe con las invasiones y la destrucción de la cultura andina.
La dualidad del mundo Inca se expresa de mil maneras en este fortín ubicado a 30 kilómetros del Cusco (una hora en bus) y a 2.500 metros de altitud. Son las 10 de la mañana y la Luna acompaña al Sol en cielos tan azules como las aguas del Lago Titicaca. Una pista más de la dualidad y del misterio que guardan los mundos incas.
Las ruinas de Pisac, consideradas por algunos historiadores como las más impresionantes de los alrededores del Cusco, lucen tan perfectas que las agujas no tienen lugar entre las millones de piedras que la integran. Desde las alturas se observa el pueblo moderno de Pisac y el fértil Valle Sagrado, con sus montañas y sus andenes, sus cielos perfectos y sus caminos afirmados. La vista es maravillosa mientras que los pulmones de hinchan con el mismo aire que respiraron Pachacútec y quienes lo siguieron.
Cruzamos un túnel estrecho y oscuro donde el techo choca con nuestras cabezas y se respira la humedad de los andenes cercanos. Caminamos hacia la luz en silencio y por fin retornamos al mundo terrenal, el de los humanos. Escaleras empinadas y por fin llegamos a las habitaciones sin techo construidas en granito que algún día sirvieron de guarida para los antiguos. Las paredes de piedra sobre piedra son tan lisas que parecen haber sido enlucidas con herramientas modernas. ¿Cómo lo hicieron?
Un acueducto conduce un chorro de agua subterránea hacia una pila donde algún día los Incas se bañaron. El agua escapa por una abertura en la tina y cae por dos ramales hacia los andenes. El calor apremia y el agua está tan fresca que no resisto a remojar mi cabeza antes de ascender hasta el punto más elevado del lugar: el Intihuatana (homónimo de la piedra ubicada en Machu Picchu), desde donde la vista es aún más hermosa y donde el río Vilcanota serpentea como una carretera desolada donde los vehículos no tienen espacio.

En Ollantaytambo
El viaje continuó una hora y media dentro del Valle Sagrado y un letrero en la carretera nos indicó que habíamos llegado a Ollantaytambo, pueblo pintoresco ubicado a 2.792 metros que guarda la fortaleza más extensa edifica durante el Tahuantinsuyo. En realidad, este poblado es el último de los asentamientos Incas que aún es habitado en todo el Perú.
En la Plaza de Armas de Ollantaytambo se encuentra el general Ollantay, empuñando un garrote con púas y un escudo cuadrado. Este personaje tuvo la osadía de enamorarse de la hija de Pachacútec, la princesa Cusi-Coyllur, y ante la negativa del padre celoso se levantó en armas contra el Imperio. Su esfuerzo no fue en vano pues al final de la historia logró contraer matrimonio con la bella joven de sangre noble.
Ollantaytambo esconde entre dos montañas cubiertas de cactus el fortín que Ollantay utilizó para defenderse de los ejércitos del Inca. El aguerrido y enamorado militar Inca sí que se defendió, pues la fortaleza ocupa una impresionante extensión y en su edificación se utilizaron millones de piedras de todo tamaño.
Ascendemos por una escalera lateral y Juan Carlos, el guía, resalta lo impresionante de la arquitectura. Las piedras de la zona alta pesan hasta 90 toneladas. ¿Cómo lo hicieron?, volvemos a preguntarnos. El guía asegura que las inmensas rocas fueron arrastradas más de siete kilómetros con cuerdas de cuero de llama, apoyadas sobre piedras circulares. ¿Acaso los Incas ya conocían la rueda?
Junto a la construcción Inca ser observan ruinas de una cultura anterior. Los Incas no destruían los templos o edificaciones de sus conquistados, más bien los respetaban y utilizaban como puntos de hospedaje o tambos. La vista es maravillosa.
El Valle Sagrado nos mostró sólo dos de sus lugares más hermosos y nos quedó el deseo de continuar desentrañando más secretos en esta tierra cargada de misterios, donde los Incas plantaron sus huellas y donde, algún día, forasteros en caballos y con armaduras cambiaron nuestra historia. ¿Para bien o para mal? Responsa usted.
Un cuarteto de ruinas incaicas en las afueras del ‘Ombligo del Mundo’
Cuatro maravillas cusqueñas
Expedicionarios que lo escogieron, ya recorren el Camino Inca hacia Machu Picchu.

El chorro del ‘Agua de la Juventud’ caía entre las piedras de Tambomachay y un sonido relajante penetraba en nuestros oídos y nos transportaba hacia épocas de grandeza y de dioses cósmicos. En realidad, eran dos chorros superiores que alimentaban a uno central y éste a su vez se resumía en un acueducto que se perdía bajo la tierra. Eran los tres mundos Incas, el superior donde moraban las deidades como el sol, la luna o el rayo; el mundo terrenal donde vivían los hombres bajo códigos rigurosos y celestiales, y un último inframundo, donde los muertos podían encontrarse con sus creadores. En términos zoológicos, basta asociar estos tres estamentos con la serpiente que se arrastra muy junto a los fenecidos, el puma que corre al ritmo de los hombres valientes y, finalmente, el cóndor, que domina a los hombres desde las alturas donde se encuentran los dioses.
Tambomachay es una fortaleza Inca ubicada a sólo 15 minutos del Cusco y es un templo dedicado a la adoración al agua. Se sitúa a más de 3.700 metros de altitud y fue el primer punto que visitamos los expedicionarios de la Ruta Inka que aún permanecemos en Cusco y que –a diferencia de la mayoría que ya recorre el Camino Inka– iremos hacia la ciudadela de Machu Picchu el 30 de este mes a bordo del ferrocarril.
En la entrada de esta construcción perfecta, una mujer tejía una manta junto a un becerro y otra, ataviada con una vestimenta ancestral, hilaba con una rueca. Las veo con atención y se desconcentran de sus tareas. Más bien, ambas vieron en mí a un nuevo ocasional ‘cliente’ pues no dudaron en pedirme un sol a cambio de fotografiarlas. Yo, que no vi en ellas nada de fotogénico, decidí continuar con la marcha hacia el templo ceremonial, donde encontré a Marcos, un pequeño de siete años que araba la tierra con una chaquitaclla, fingiendo también ser un modelo. El niño tiene cinco hermanos y cada mañana llega a estos fundos para recabar algo de dinero que luego entrega a su padre. Cuando la suerte no está de su lado, por decirlo de alguna forma, puede recaudar hasta 15 soles, pues en los mejores días los turistas le pueden entregar hasta diez soles por captar su rostro andino con sus cámaras. “Estoy en segundo de primaria y hago mis tareas en las noches, también puedo cantar en inglés y en quechua”, me dice Marcos y me convence. Le doy un sol y él planta su chaquitaclla, hundiéndola con su pie y su llanque. Saco la cámara y la batería se ha agotado. Mala suerte.
El siguiente punto de este recorrido nos lleva a la fortaleza de Puca Pucará, donde las piedras Incas se cimientan sobre inmensas rocas naturales. Sólo bastó caminar cinco minutos de retorno hacia Cusco para arribar a este vestigio Inca. Una garúa nos detiene y los cielos lucen cargados, lo cual nos hace ver que los dioses podrían estar llorando. Puca Pucará es una construcción militar donde los guerreros controlaban el ingreso de forasteros a la imperial ciudad del Cusco, sede de los gobernantes y lugar donde se ubicaban los palacios dedicados a los dioses.
Los expedicionarios, que esta vez no somos más de quince, caminamos entre los pasadizos estrechos de esta ruina Inca y sentimos la vibra de los antiguos peruanos que incluso ofrendaron sus vidas por dejarnos estas maravillas arquitectónicas.
Volvemos a la carretera y abordamos una combi que fascina a los extranjeros para dirigirnos a Quenko, fortín laberíntico construido con fines ceremoniales. “Pensé que no iba a subirme a una de éstas camionetas que en el extranjero se asocian con el Perú”, dijo Vicente, español que participa en la Ruta Inka. Transcurren nuevamente cinco minutos y llegamos. Caminamos por un sendero donde hay vendedoras de artesanía y en un árbol hay una pareja de paisanos ‘ahorcados’. O eso pareció primero. Eran dos muñecos de diferentes sexos en ‘vitrina’, que los lugareños utilizan para ‘matar’ a los infieles en ceremonia pública. Si alguien comete adulterio, es ‘colgado’ con su nombre en el árbol más elevado del pueblo para expresarle la condena colectiva.
En Quenko existe una cámara subterránea donde los Incas ofrendaban llamas y alpacas a los dioses, y además alistaban sus momias con plantas desinfectadas como la ñosta. Un túnel oscuro de unos cinco metros donde aún se conserva la piedra de los sacrificios nos conduce de vuelta al mundo terrenal, donde los cielos lanzan sus últimas lágrimas.
El cuarto y último punto que visitamos es la fortaleza de Sacsayhuaman, ubicada en la parte más elevada del Cusco y desde donde se puede observar una vista panorámica de la ciudad. Nuestra guía se llama Luz y nos advierte que cruzaremos un primer túnel llamado Chinkana, donde reinan las tinieblas. “Quienes sufren de claustrofobia mejor suban por las escaleras de atrás”, dice, pero nadie se intimida. Todos nos cogemos de las manos e ingresamos al inframundo Inca, donde moran los muertos. No vemos ni nuestros pies pero a mitad de camino se cuela un halo de luz que nos guía hasta la salida. De pronto, aparece una explanada gigantesca rodeada de construcciones líticas que esconden formas de serpientes, pumas y llamas. La perfección y el asombro llegan nuevamente a nuestra vista. Sacsayhuaman fue construida durante el reino de Pachacútec en 1438, aproximadamente, con fines militares. Viéndola desde lo alto, tiene la forma de la cabeza de un puma (su significado es precisamente ése) y unida al Cusco (ciudad con forma de cuerpo de puma) integra un felino completo.
El sol continúa escondido y algunos viajeros se deslizan en unas piedras naturales, inmensas y pulidas con forma de toboganes. Fotos y filmaciones. A la distancia, y en las afueras de la fortaleza, un Cristo blanco saluda al Cusco con los brazos extendidos y evidencia el sincretismo religioso presente en cada rincón de este ‘ombligo’. Posamos para la foto de rigor y el ‘whisky’ se convierte en ‘chicha’ o ‘pisco’. El retorno hasta la Plaza de Armas lo hacemos a pie y por fin los dioses nos envían una señal de felicidad: un arco iris estupendo en las alturas de la Catedral. Qué difícil es descifrar los misterios de esta ciudad.

Desfile en Plaza de Armas sorprendió a expedicionarios de Ruta Inka
Fiestas Patrias en el Cusco
Mañana domingo parte el tren que conducirá a los últimos ruteros a la maravillosa Machu Picchu.

Las aguas bailaban en la pileta central de la Plaza de Armas del Cusco, mientras que cientos de palomas volaban alborotadas por la quema de cohetes y avellanas. Miles de personas abarrotaban la acogedora glorieta para observar el desfile de Fiestas Patrias y yo, que no pude llegar antes de las 10 de la mañana, encontré en el balcón de una cafetería un palco preferencial para observar desde lo alto la celebración rojiblanca y describir el cómo se vive en la Ciudad Imperial el aniversario de la independencia peruana.
El café humeaba sobre mi estratégica mesa y allí abajo, en la plaza, se celebraba por adelantado la fiesta patria. Justo frente mío, en las escalinatas de la Basílica Catedral, se ubicaba el estrado principal con las autoridades cusqueñas. La banda de músicos del Ejército Peruano interpretaba el Sesquicentenario y delegaciones de colegios, universidades, instituciones públicas y empresas desfilaban con paso galante hundiendo con fuerza el pie izquierdo con cada golpe del bombo.
En las afueras del balcón desde donde observo esta fiesta, flamea una bandera peruana y –a diferencia del día anterior en que una garúa nos humedeció los huesos– esta mañana el sol se pudo de acuerdo con los cusqueños para iluminar sus dominios y relejar rayos de alegría. Las palomas nuevamente vuelan perturbadas en círculo y al retornar a sus escondrijos pasan muy cerca de mi cabeza.
La banda no dejaba de tocar sus acordes marciales y cada bandera colgada en las fachadas de los templos, las casonas y los edificios enarbolaba los sentimientos de amor al Perú en esta ciudad reina del turismo. El ambiente festivo era animado por arengas nacionalistas desde el estrado y los extranjeros que visitaban el Cusco ocasionalmente se llevaron una tremenda yapa.
Volteo la mirada hacia la derecha y observo el templo de la Compañía de Jesús, en cuya parte más elevada tres jóvenes ondulaban una bandera peruana. Yo ni loco hubiera subido tan alto, pero por lo visto ellos son más patriotas que yo… ¿o tal vez temerarios?
Le toca el turno a la Compañía de Bomberos Voluntarios del Cusco y estos hombres de rojo desfilan a bordo de toda su flota, incluyendo una escalera que puede alcanzar hasta 25 metros de altura. Aplausos para ellos, que sin ganar un sueldo del gobierno arriesgan sus vidas para salvar o proteger otras. La banda ahora toca Tacna y entre la multitud aparece la mascota de la Policía Nacional del Perú: ‘Polito’. En total eran dos sujetos disfrazados de sonrientes agentes del orden con grandes escarapelas en el pecho que saludaban a los transeúntes y se ganaban una fotografía de recuerdo. Ellos sí que son policías ejemplares, que no permiten coimas o extorsiones. Agentes de verdad, amigos del pueblo, mejores que muchos otros policías ‘de verdad’ que caen en juegos turbios.
La fiesta también es aprovechada por empresas que entregan volantes publicitarios e incluso productos de muestra como cojines de champú. Claro, las Fiestas Patrias no sólo se sienten en el corazón sino también en el bolsillo y los empresarios saben muy bien esto. Estrategia de ventas muy efectiva en una ciudad cosmopolita donde la mitad de ‘pobladores’ son extranjeros.
El Colegio Nacional de Ciencias del Cusco hace su aparición con su uniforme rojo y la Plaza de Armas retumba con una nueva y extensa banda de músicos que suena tan bien como la del Ejército. Los colegiales son robots que mueven los brazos al mismo ritmo y con una sincronía ejemplar. De pronto, una turba de barristas del Club Cienciano de Fútbol ingresa con banderolas al centro de la plaza y por un momento dio la impresión de ser una gavilla de pandilleros saboteadores que iba a apedrear algún negocio o acuchillar a alguien. Sin embargo, los hinchas cusqueños corren con sus emblemas sin cometer actos violentos y luego se retiran, con la delegación del Colegio de Ciencias, donde nació el Cienciano. Prejuicios y temores infundados.
Las bombardas continúan asustando a las palomas y un perro aturdido corre de un lado a otro en medio de la plaza. El animal está perdido y escapa entre las piernas de la delegación de un colegio. Las banderas flamean, las vivas al país continúan haciendo eco, los extranjeros siguen fotografiando todo lo que se mueve y yo, a estas alturas, debo pedir otro café para no perder mi butaca de oro. Los pasos gallardos siguen vibrando en las calles empedradas de la plaza cusqueña y el sentimiento de ser peruano late fuerte en mi corazón. En realidad, pienso que este amor por nuestra tierra sólo se llega a sentir cuando uno empieza a conocerla, viajando a los pueblos más pequeños del Ande o a las ciudades más desarrolladas. El Perú es mucho más variado y rico que cualquier otro país del mundo y por ello en este día de fiesta previo al gran 28 de Julio sólo podemos decir con fuerza: ¡Viva la Patria, viva el Perú!
Ruta Inka llegó a Machu Picchu y expedicionarios quedaron impresionados
Machu Picchu, hola y adiós
Algunas complicaciones obligaron a un grupo a retornar caminando, en una segunda aventura.

El sonido de una armónica se confundía con los acordes de una guitarra en medio de una noche donde la completa penumbra era opacada por una luna majestuosa y millones de estrellas. Machu Picchu, en aquel instante, ya se había grabado en nuestras retinas como aquellas imágenes que nunca se olvidan, pero el retorno a pie nos tomó por sorpresa y nos obligó a caminar 30 kilómetros siguiendo la vía férrea, en una aventura que no sólo agitó nuestros corazones sino que nos demostró cuán decidido puede ser un hombre que recorre el mundo por la senda de sus convicciones.
Machu Picchu, nuestra flamante maravilla, me recibió a las dos de la tarde luego de un viaje en bus de dos horas desde Cusco a Ollantaytambo, un segundo recorrido en tren hasta el pueblo de Machu Picchu y un último ascenso en vehículo de veinte minutos, surcando montañas tupidas con helechos gigantescos, hasta la gran ciudadela Inca.
La primera sensación de un peruano, luego de pisar la ciudadela, es de orgullo. Piedras perfectas sobre piedras perfectas que integran habitaciones y palacios misteriosos y enigmáticos llenan el corazón de un sentimiento de amor patrio, de admiración por aquellos hombres que ofrendaron hasta su vida por dejarnos un legado maravilloso y sobre todo por descender de ellos. Como se dice, quien no tiene de inga, tiene de mandinga. ¿O no?
La visión se abre y el panorama se carga de admiración luego de atravesar un pasadizo previo al santuario. Las paredes del lugar, con el fondo de las nubes y de las montañas de la selva baja, te motivan a continuar desentrañando los misterios de esta ciudadela enclavada a 2.600 metros de altitud. No hay términos cargados con tanta emoción para describir lo que uno siente en Machu Picchu, cuando plantas los pies sobre los mismos suelos que recorrieron los antiguos Incas, tal vez refugiándose de los invasores que destruyeron sus templos y plantaron cruces sobre el rostro de Wiracocha. ¡Qué trauma tan fuerte habrán vivido estas personas!, pienso y sigo hacia la parte más alta del santuario donde se encuentra el famoso Intihuatana. Se trata de una piedra, en cuya parte más elevada se observa una especie de protuberancia, donde los Incas observaban el movimiento de las estrellas y el comportamiento de sus dioses.
Algunos expedicionarios llegaron al Santuario a través del Inka Trail, luego de caminar tres días con dos noches. Otros decidimos quedarnos en Cusco unos días más y luego abordar el tren, lo cual nos permitió conocer un poco mejor el ‘Ombligo del Mundo’. Como decían los Mayas, todo entra por los ojos, pasa por el cerebro y queda grabado en el corazón. Entonces, estando aquí, en esta ciudad imperial, debíamos meternos a Cusco por los ojos para que quede impregnado en nuestras existencias. Y así lo hicimos. Machu Picchu, al final de cuentas, iba a ser nuestro gran final, caminando o en tren.
La ciudad perdida de los Incas nos alojó más de tres horas, pues a las cinco cerraban sus puertas. Cada rincón de sus habitaciones laberínticas y de sus andenerías perdidas, sumadas a sus pasadizos estrechos con escalinatas pétreas indestructibles, te conducen a una paz que se acrecienta con el sonido del silencio de las montañas, con el vuelo de las aves y el chirrido de los insectos. Machu Picchu es enigmático.

El retorno
La visita a la ciudadela culminó y el descenso hacia el pueblo lo realicé caminando por el sendero de los Incas. La noche cayó cuando ingresaba al hospedaje donde iba a plantar mi carpa para refugiarme hasta el amanecer. El retorno a Cusco estaba previsto en tren a las 7 de la mañana, pero una descoordinación entre Ruta Inka y la empresa ferroviaria Perú Rail, que generó una protesta infructífera de los viajeros en la estación, nos dejó varados y con una sola alternativa: caminar 30 kilómetros hasta el primer poblado desde donde parten buses a la capital provincial. Entonces, con los ánimos al tope, botellas de agua, pan y atún enlatado nos adentramos en los rieles con destino al kilómetro 82.
Tres aspectos a nuestro favor: el sol no quemaba tanto, el paisaje selvático era impresionante y el camino era completamente recto, sin cumbres ni depresiones. Partimos del kilómetro 112 con la ilusión de llegar antes del almuerzo, sin saber que la aventura se prolongaría hasta la noche; la misma noche en que el sonido de la armónica se confundía con la guitarra nostálgica.
Lo más difícil de la caminata fue adivinar cuándo aparecía un tren, ya sea por detrás o delante nuestro. El sonido de las aguas del río adjunto a la vía férrea nos confundía y nos hacía confiarnos en que nada vendría, cuando de pronto aparecía el bendito ferrocarril soplando su silbato y haciéndonos saltar hasta un refugio donde no nos arrollara. Caminamos y caminamos entre la selva y –de pronto– los mosquitos, tal vez enviados por la empresa ferroviaria, confabularon en contra de quienes caminábamos sólo por no pagar todos los dólares que nos exigían por un viaje de sólo dos horas. “Vamos caminando, para no regalarle nuestro dinero a esta empresa que tiene un monopolio y que se lleva el dinero que recauda a otro país”, dijo Ariel Benítez, cantautor argentino que participó del retorno.
Pero lo peor de todo llegó cuando debíamos atravesar los túneles, donde el espacio era tan estrecho que, si el tren asomaba su trompa, tal vez esta historia nunca hubiera sido escrita. Por suerte, y siguiendo nuestras convicciones, el kilómetro 82 llegó a las siete de la noche y, luego de tres horas más en combi, retornamos a Cusco, la ciudad donde escribo estas líneas, con el cuerpo hecho pedazos pero la satisfacción de haberle ‘robado’ algunos dólares a una empresa que sólo piensa en llenarse los bolsillos y que no debería ser la única que conduzca hacia Machu Picchu a todas las personas que anhelan conocer nuestra maravilla.

Ruta Inka se clausuró con llantos, abrazos y esperanzas
El último paso aventurero
Expedicionarios retornaron a sus países con la ilusión viva del reencuentro.

Las últimas escenas captadas en la Ruta Inka 2007 se asemejaron más a una película dramática que a una expedición que recorrió Bolivia, Chile y Perú en busca de las huellas de Manco Cápac. Los aventureros no contuvieron el llanto en la ceremonia de clausura y se abrazaron tan fuerte como pudieron, prometiendo volver a encontrarse el día en que los vientos de la vida soplen con armonía hacia un punto central. Difícil, pero no imposible. Pero la Ruta Inka 2007 ‘Tras las huellas del legendario Manco Cápac’ fue más que imágenes tristes, y por ello no es justo terminar esta serie de historias con la nostalgia de quienes vivieron 41 días de aventura en pueblos que aún conservan la mística de sus fundadores y el coraje de sus ancestros. Los 41 días transcurrieron con tanta rapidez que el final de la aventura nos tomó por sorpresa una tarde folclórica en el Teatro Municipal del Cusco y nos oprimió el corazón por la separación venidera. Amigos y enamorados, cómplices y (el tiempo lo dirá) futuros esposos; sintieron por última vez su calor y se aferraron con abrazos y besos a un destino desconocido pero cargado de ilusiones. Cuando la expedición plantaba sus primeros pasos en Tiwanaku (Bolivia), eran escasos los participantes que confiaban en la organización y en realidad nadie imaginaba en aquel entonces que íbamos a llegar a Machu Picchu, ciudadela que aún competía por ser lo que es ahora. El 21 de junio de 2007 empezó a escribirse esta historia que hoy culmina con estas líneas nutridas con la satisfacción de haber dejado lo mejor en la cancha, a pesar de los obstáculos. Copacabana, en las orillas de un Titicaca que se enfureció y onduló sus aguas de espanto; y luego La Paz, con sus edificios cimentados en los cerros y sus contrastes económicos entre los de arriba y los de abajo, fueron los dos siguientes destinos que nos regalaron lo mejor de sí, con los brazos extendidos y las almas transparentes. El Salar de Uyuni no logró congelar nuestras palabras pese a sus –10 grados centígrados, y por el contrario nos regaló un crepúsculo de ensueño que se confundía con el fulgor del blanco mineral. La aventura nos hizo abordar una añeja locomotora y nos condujo a un mundo diferente llamado Chile, donde los fantasmas de la guerra y los monstruos de la separación entre los países vecinos se escondieron por completo pues lo único que encontramos fue una serie de pueblos y ciudades tan cálidos como el sol meridiano de San Pedro de Atacama o los amaneceres románticos frente al mar de Arica. En el ínterin, no pudieron faltar las imágenes de solidaridad entre los mismos viajeros. Cómo olvidar al estudiante chimbotano de enfermería Elkin Córdova, absolviendo las consultas médicas de ‘pacientes’ con fiebre, mal de altura, complicaciones estomacales o lesionados… Cómo olvidar los días en que nos estrechábamos las manos y nos alentábamos para continuar con la marcha… Cómo olvidar esta expedición que hoy mora en nuestros recuerdos y que se resiste a morir en el infortunio del tiempo. El ‘Pucha’ del Perú, el ‘Mae’ de Costa Rica, la divertida pero escasa sutileza argentina para lanzar una grosería y las exageradas ansias mexicanas por volver a degustar un taco y una tortilla con guacamole y abundante chile. El ‘Cachay’ de Chile, el ‘Vale’ español y las ‘burreras’ (como dicen los bolivianos) de quienes cometieron algún error, no fueron sólo muletillas o expresiones del habla colectivo de algún país, sino términos que se grabaron en cada uno de los participantes de esta ruta del amor, de la integración, de la hermandad y la defensa del medio ambiente. Cuando por fin pisamos tierra peruana, en la heroica Tacna una marinera trujillana devolvió a los hijos del sol el sentimiento patrio que usualmente yace resquebrajado por ideas sin sustento que sólo se pierden cuando se visitan los pueblos de la sierra, se come guiso de chuño o se baila con algún indígena. Cada uno de estos ‘detalles’ te hace ver que el Perú no tiene que esforzarse mucho para mostrar al mundo el basto bagaje cultural que posee. La paralización del sur nos mantuvo encerrados tres días en la terminal de Ilo, tiempo en el cual los expedicionarios nos compenetramos más que nunca y pudimos conocer un poco más de nuestras variadas culturas. En Moquegua la ruta resurgió con el zapateo del Ballet Municipal, las farolas y los ficus sensibleros de su plaza, y el calor de pueblos como Samegua que ofrecieron suculentos banquetes. Arequipa y su arquitectura inigualable, Chivay y el majestuoso vuelo del cóndor, Puno desentrañó el secreto de Los Uros y su vida basada en la totora, y finalmente Cusco se lució con su bandera maravillosa llamada Machu Picchu. La Ruta Inka 2007 quedará en los corazones de quienes la hicieron posible, de quienes la dominaron y de quienes intentamos transmitirla a los que, por designios de la vida, se quedaron con la maleta en la puerta del autobús. Hasta siempre amigos, hasta siempre Ruta Inka.