jueves, agosto 16, 2007

Paseo en bote en Lago Titicaca se convirtió en una aventura terrorífica
Los dioses se enfurecieron
Ruta Inka 2007 navegó hasta las Islas del Sol y la Luna, ubicadas en el lado boliviano del lago sagrado.

Todo sucedió por no haberle entregado una ofrenda a la madre tierra. Un día antes del viaje, el sacerdote Aymara había preparado, con ayuda de los integrantes de Ruta Inka, dos envoltorios con hojas de coca, dulces, alcohol y fetos de llamas; ambos para ser quemados en la Isla de la Luna, ubicada en el sector boliviano del Lago Titicaca. El Amauta encargó a dos expedicionarios los preparados envueltos en mantas y les recomendó que hoy los lleven al viaje a las islas sagradas para ofrendarlos a los dioses. Sin embargo, el joven chileno que debía cargar el paquete que correspondía al Dios Sol, lo olvidó. Un grave error que pudo desencadenar una tragedia…

La luna molesta
El viaje comenzó a las 9 de la mañana. Los casi 100 aventureros nos reunimos en el terminal de Copacabana, donde abordamos dos lanchas motorizadas que contaban con un ambiente interno con asientos y otro en la parte superior con bancas y sin techo. Como primer destino se escogió la Isla de la Luna, ubicada a casi dos horas de navegación en el Titicaca. Un viento gélido soplaba en los rostros de quienes viajábamos a la intemperie pero el Sol iluminaba nuestros cuerpos y, en cierta forma, apaciguaba el frío. El majestuoso lago nos mostraba sus más preciados tesoros, como pequeños islotes con árboles solitarios, y con frecuencia volaban algunas aves sobre nuestras cabezas. Otras embarcaciones se nos cruzaban y el oleaje del lago no hacía presagiar lo que ocurriría después.
Cuando la Isla de la Luna ya se encontraba a menos de un kilómetro de distancia, las aguas del Titicaca se alborotaron de una forma tan repentina y violenta, que los botes empezaron a ladearse espantosamente. El Sol se ocultó y las nubes tiñeron los cielos con una fúnebre tonalidad grisácea. Tan fuerte fue el movimiento de las olas, que ninguna de las dos embarcaciones logró anclar en el muelle. Los tripulantes no reclamamos, pues rápidamente comprendimos el peligro que implicaba empecinarnos en descender. No obstante, lo que no sabíamos en ese momento era que la mitad de la ofrenda se había quedado en tierra, atrapada en un cuarto de hotel. ¿Acaso los dioses se enfurecieron por ello?

La furia del Sol
Las embarcaciones continuaron con su marcha pero esta vez hacia la Isla del Sol, situada a más de dos horas de viaje. En forma increíble, conforme nos íbamos alejando de la Isla de la Luna, las aguas fueron calmándose y los cielos otra vez lucían celestes. Ambos barcos encallaron en la inmensa isla y los expedicionarios, tras el almuerzo, recorrimos a pie lugares impresionantes como la Piedra Sagrada, las Pisadas del Sol, el laberinto o Chincana, el rostro de Wiracocha y muchos otros centros arqueológicos pertenecientes a las culturas Tiahuanaco e Inca que guarda esta isla boliviana.
Luego de casi dos horas de recorrido, tiempo en que los aventureros también aprovecharon para comprar souvenir, gorros o medias de lana de alpaca, algunas mujeres del pueblo nos ofrecieron un peculiar almuerzo, a manera de bufete, conocido como Aptapi, donde cada lugareña brinda algún plato a los visitantes, tendiendo los alimentos en telares en medio de una plaza. La mayoría degustamos de papas y ocas sancochadas, además de quesos y sabrosas cremas. El ritual completo debió haber incluido la ofrenda en la Isla de la Luna. Sin embargo, esto no se pudo realizar. El sacerdote aymara se preocupó y advirtió del peligro. “Los dioses deben estar molestos, así que deben ir con cuidado en lo que resta de la expedición”, señaló. Yo, como la mayoría, no le creímos.
Nos equivocamos. Eran más de las 5 de la tarde cuando emprendimos el viaje de retorno hacia Copacabana. La primera lancha, en cuya parte superior iba yo con otros siete jóvenes, zarpó algunos minutos adelantada. Los cielos lucían amenazadores, aunque no para temer por una tormenta. Cuando la embarcación ya se encontraba a diez minutos aguas afuera, comenzó lo peor. Los dioses nos castigaron con toda su furia. Las aguas del Titicaca se revolvieron de una manera nunca antes vista, según el aymara que también viajaba de retorno. El bote se ladeaba y quienes iban en la cabina desataron en llanto. A quienes íbamos al aire libre, hasta nos lloraron para que bajáramos, pero optamos por continuar allí para no ser parte de la histeria que se vivía dentro de la embarcación. La temperatura descendió hasta tal vez los cero grados, los vientos soplaban con furia y, lo peor de todo, la noche caía sin piedad. El barco de fierro y madera avanzaba lentamente y en más de una oportunidad chocó contra piedras o maderos. Los gritos de las mujeres no cesaban. El ambiente era dramático. Por un momento, con sinceridad, pensé que la embarcación iba a naufragar.
Los ocho que íbamos arriba optamos por acostarnos en el piso y juntar nuestros cuerpos para compartir el calor y también protegernos de las aguas del lago que nos humedecían con gotas diminutas y heladas. Pero el temor no había cesado. La noche estaba ad portas y, entonces, decidimos rezar. El Padre Nuestro y el Ave María coreados en ese momento de pavor, daban la impresión de que nuestras vidas iban a extinguirse en cualquier instante. Rezamos y rezamos y Dios nos escuchó. O tal vez el Sol nos perdonó gracias a las plegarias que en la otra embarcación realizaba el sacerdote Aymara, con hojas de coca y alcohol. No lo sé. Las nubes se dispersaron, dejando libre a una oportuna luna llena, que iluminó el recorrido de las balsas que, por irresponsabilidad de sus propietarios, carecían de luminarias. Las aguas del lago también fueron calmándose, al igual que nosotros.
Luego de casi tres horas, el viaje terrorífico culminó. Por fin, a la distancia, apareció Copacabana y nuestras almas volvieron a su lugar. El sacerdote aymara nos reprochó por nuestra dejadez y nosotros, en nuestras mentes, renegamos del olvidadizo chileno. El curandero prometió remediar la furia de los dioses, entregándoles las ofrendas al amanecer en un cerro sagrado de Copacabana llamado Niño Corín (que mira a la salida del Sol) que, según la creencia, es un punto cargado de energía. Al retornar a mi habitación, aún mareado, comprendí que los mundos Aymara e Inca son tan misteriosos que, hasta que la Ruta Inka no llegue a su fin, todos deberemos caminar con precaución y sigilo. Uno nunca sabe cuándo la naturaleza cobrará su revancha.

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