viernes, noviembre 04, 2011


Una pobre vagabunda
La noche la sorprendió sin comida en un invierno para el olvido. La crisis estaba de moda por aquellos días en la prensa y en los comentarios de los cafés, pero ella, que siempre anduvo en crisis, no sabía diferenciar a ciencia cierta cuándo habían empezado los problemas. Aquella tarde se la había pasado durmiendo, más que por agotamiento, para engañarle al hambre que engendraba en su interior. Bien sabía ella, pues su madre se lo había dicho: cuando el alimento escasea y el hambre acecha, lo mejor es echarse a dormir.
Deambuló por las calles húmedas de Madrid, saltando entre los charcos de agua y las grietas de las calzadas con unas ganas locas de probar algún bocado. Estaba muriéndose y era precisamente el hambre voraz que rugía en sus tripas lo que la hacía estar convencida de que aún estaba viva. En su camino hacia la nada se cruzó con muchas como ella, que también vagaban solitarias y desconfiadas en aquella tierra extraña y sin esperanzas. Cuando pasaba algún taxi ella le hacía señas al conductor para detenerlo y pedirle ayuda, pero su aspecto indecoroso, triste y mugriento hacía que los chóferes, bastante brutos por cierto, pisaran a fondo el acelerador y le salpicaran el agua encharcada en las canaletas. ¡Malditos, hijos de puta!, les gritaba en su idioma extranjero, pero ellos sólo reían y escapaban a toda marcha.
En la calle Montera vio cómo las prostitutas se ganaban la vida, pero se decepcionó aun más pues ella tenía muy en claro sus limitaciones físicas. Escapó de allí a toda prisa y llegó a la Plaza de Sol, donde el reloj de la Casa Consistorial anunciaba casi la medianoche y el Tío Pepe, sumido en las tinieblas y la soledad, lucía una sonrisa triste ante las escasas personas que, como ella, callejeaban a pesar del frío y del viento que soplaba como el aliento de la muerte.
Corrió entre los comercios cerrados y las casas trancadas hasta un barrio que le parecía conocido. El letrero de la estación del metro decía ‘Marqués de Vadillo’, pero aunque esas figuras no le sonaban a nada (ella sólo veía figuras porque no sabía leer), tuvo la impresión de que sus huellas ya las había dejado mucho antes por allí. Caminó hasta la glorieta y se tiró panza arriba en el césped de la rotonda. Estaba húmedo. Nunca se había sentido tan sola como aquella noche y por un momento pensó que iba a morir pronto. Alguien me atrapará y me matará, se dijo a sí misma, no convencida por completo pero sí muy asustada.
Una vieja que cubría su existencia encorvada con un abrigo y sandalias de lana echó una bolsa de basura en el contenedor anaranjado de una esquina y, por un momento, ella pensó en volver a hurgar entre los desperdicios como siempre lo había hecho. Siempre, hasta un día en que el camión recolector la sorprendió mordisqueando una barra fría de pan dentro de uno de esos depósitos. Escapó de suerte antes de que la echaran a la compactadora y quedó tan asustada que se prometió a sí misma nunca más volver a hurgar entre la basura.
Ella vivía en la calle. Dormía entre cartones y bebía agua de la lluvia. Rara vez se lavaba. Apestaba. Cuando alguien dejaba algo de comida en la banca de algún parque, ella se encargaba de limpiarla. Le gustaban las frutas y el pan, sobre todo las más dulces. Una vez, que ella recordaba como el día más feliz de su vida, aprovechó una puerta entreabierta para escabullirse en el almacén de un Eroski. Que hizo fiesta, es poco. ¡Se comió todo lo que pudo! Se escondió entre un andamio y vio al vigilante apagar las luces y luego cerrar el centro comercial hasta el día siguiente. Fue la noche de su gloria. O iba a serlo, ya que un sensor y una alarma la delataron y el sonido despertó al vecindario, encendió una bombilla roja en la estación de la policía y atrajo a unos guardias que por poco la mataron a patadas. Escapó adolorida, pero con la barriga llena.
El hambre ya era insoportable. La quietud del viento anunciaba una nevada. La luz de algunos televisores se perdía entre persianas mal cerradas, y su resplandor iluminaba las hojas de los árboles tontos que bailaban sin ritmo. Debía cobijarse. Debía salvarse. Un letrero apagado con la foto de una hamburguesa de queso y jamón la atrajo, y su imagen reflejada en la mica le volvió a hacer pensar en la muerte: Qué fea y flaca me he puesto.
Fue entonces cuando miró hacia donde nunca debió haber mirado. Otra puerta entreabierta la llevó hasta una casa de dos plantas, de pisos de madera y alfombra. La calefacción estaba encendida y el olor a incienso que expelían unas varillas era agradable y adormecedor. Escuchaba ruidos en el piso superior, pero el instinto de supervivencia pudo con ella y la condujo sin hacer el más mínimo ruido hasta la cocina. El olor del incienso cambió por el de una cena reciente, cuyo rastro incluso mantenía algunas fuentes de comida picoteada sobre la mesa. No lo pensó dos veces y se abalanzó a los alimentos. Había de todo. Carnes, verduras, frutas, queso manchego del mejor, jamón de bellota, frutos secos, pan y vino. Comía y comía como una bestia, masticaba rápido y miraba a sus costados con temor. Con sigilo, con avidez. Con los ojos saltones y la comida escurriéndosele por la cara. Se atragantó, tosió y siguió. No paraba de comer y comer y mirar y mirar y degustar, y sentir que por fin llenaba su alma y respiraba en paz. Los pelos se le pusieron de punta, pero de felicidad, de satisfacción. Echó una lágrima con un último bocado y entonces cometió la ligereza de sentir sueño y querer más de lo posible. Dormiré en la habitación de esta casa, como si fuera de esta familia, se dijo. Subió las escaleras, una a una, sin hacer ruido, con las manos puestas en el piso como si estuviera trepando en una colina. Los ronquidos de alguien mayor la hicieron escoger la habitación del frente, donde dormía un niño de unos cinco años. Empujó la puerta y ésta crujió pero muy poco, y entonces entró. Las cortinas eran azul casi negro y había muchos juguetes y peluches puestos todos en su lugar. Olía a niño. A travesuras. Quiso más, y ésa fue su perdición.
Junto a la cama del niño había una silla inflable de plástico en forma de balón de fútbol. Se veía cómoda. Nunca había visto algo igual. Caminó lentamente hasta él y lo vio que dormía con tanta paz y ternura y no pudo más. La comida la había adormilado. Habían sido muchas emociones juntas, así que se tumbó en la silla con tanta fuerza que ésta expulsó un bufido tan fuerte que no sólo despertó al pequeño, sino que lo hizo dar un brinco y gritar ¡¡mamá!! para luego salir disparado. ¡Mamá, hay una rata en mi habitación! Gritó el niño y lloró y la abrazó. Descubierta ella, y atrapada porque el niño cerró la puerta al salir, corrió de un lado a otro. Su sombra se proyectaba en las paredes como si fuera un monstruo, de la misma forma en que se proyecta la imagen de un zancudo cuando se cruza ante una bombilla. Su corazón ya no podía latir más fuerte y más rápido, incluso sintió que sudaba y que sus patas no le respondían. Se metió detrás de la cómoda, entre unos papeles empolvados. Escuchó abrirse la puerta. Cerró los ojos. Recordó a su familia perdida corriendo de noche en los campos de verano, robando comida y dibujando una sonrisa entre los bigotes. Abrió los ojos y vio un peluche pequeño debajo de la cama. Era una rana. Fue la última imagen que se grabó en sus retinas. De pronto los dolores se apagaron, la luz se había encendido, el olor a incienso otra vez y la calle. Ya no estaba fría. Tampoco tenía hambre. Su cuerpo ya no le respondía pero eso ya no le importaba porque por fin estaba en paz, libre de sufrimientos. ¿Es esto el paraíso?, pensó. Fue entonces cuando la madre del niño abrió la tapa del contenedor anaranjado de aquella esquina y luego se fue asqueada y murmurando... ¡Nunca más entrarás en mi casa, rata inmunda!

viernes, septiembre 30, 2011

De la niñez en Trujillo a las inolvidables vivencias en Europa.
Una vida en bicicleta

La vida avanza como las ruedas de una bicicleta. A veces hay frenazos, a veces, caídas; a veces, cambios repentinos; pero, sin duda alguna, siempre continúa.
Recuerdo muy bien el primer día en que subí a uno de esos vehículos. Fue en la casa de mi padrino, cuando apenas tenía cinco o seis años, y la ‘bici’ de mi primo estaba acondicionada con rueditas para niños. Me subí en ella y di tres o cuatro pedaleadas en el garaje. Sentía como si volara.
A lo largo de mis 30 años he vivido numerosas experiencias con bicicletas. En los 80, muchas de las actuales urbanizaciones trujillanas solo eran campos de maíz o caña de azúcar y los caminos polvorientos que cortaban a esos sembríos perdidos fueron las primeras ‘ciclovías’ donde pedaleé.
Fue mi padre quien sembró en mí el gusto por ese ligerísimo vehículo de dos ruedas. Los domingos, y cada vez que podía, él me llevaba sentado en la caña de su Ronson azul de manubrios doblados, frenos con varillas de metal y tapabarros de lata. Yo iba algo incómodo, pero contento, tocando un timbre plateado y gordo.
La primera bicicleta que tuve también fue azul y mi padre la compró en Tacorita, de segunda mano. En esos tiempos de hiperinflación, una bicicleta nueva era un lujo que mi familia no se podía permitir. Las más costosas las vendía Pereda, en el jirón Ayacucho, una tienda que yo miraba desde la vereda, que olía a caucho y a plástico nuevo, y que me hacía soñar.
Sin embargo, yo y mi BMX oxidada, sin cambios ni contrapedal, con un freno de goma que a las justas hacía presión, íbamos felices por las calles de Trujillo. Una vez se puso ‘chúcara’ y me lanzó contra el asfalto y, ‘rebotando’, llegué al hospital. La experiencia me dejó una cicatriz en el mentón que hasta ahora luzco como herida de guerra.
Mi padre a veces nos acompañaba con su Ronson y en algunas ocasiones se nos unía mi hermana Malú, a quien yo le había cedido con mucho gusto mi vieja ‘caña’. De La Arboleda hasta El Golf era nuestra ruta. Algún día soñé con ser agricultor y le pedí a mi padre que me compre unas cuantas hectáreas de tierra detrás del Claretiano, mi colegio. Seguro habría sido un buen negocio. Ahora en esos terrenos se encuentra el Real Plaza.
En los 90, la montañera se puso de moda. Mi padre primero le compró una a mi hermano mayor Erick, y él le decoró las llantas con discos de espirales rojiblancos. Después, la sorpresa fue para mí cuando encontré en casa una Bianchi verde y aro 24 de accesorios Shimano. Un día, cuando paseábamos con otros amigos entre los cañaverales donde ahora se levanta la urbanización Covicorti, aparecieron dos asaltantes con unos cuchillos que yo recuerdo como sables. Tal vez se quedaron hipnotizados con los discos de la ‘bici’ de mi hermano, pues tras una pelea breve, se robaron esa montañera preciosa y huyeron con dirección a Buenos Aires. Cuando volvimos a casa, mi madre nos dijo: “Ya ven, yo les decía que no fueran por ese lugar”.
Los años siguieron transcurriendo y mi familia y mi BMX (más oxidada que antes) nos mudamos a vivir a Malabrigo. ¿Cómo olvidar aquellas noches en que recorría sus calles de tierra, solo alumbrado por el claro de la luna? En el pueblo no había electricidad en las casas y mucho menos en las calles. La televisión se conectaba a una batería y la radio funcionaba con seis pilas gordas. En los techos de las casas se alzaban antenas de aluminio en cañas de Guayaquil con un dispositivo que todos llamaban búster (booster) y que era tan potente que captaba hasta canales de Centroamérica y Asia.
Cuando Hidrandina instaló postes de alumbrado público en Malabrigo, todo cambió. Mis paseos en bicicleta ya no fueron los mismos porque las calles iluminadas perdieron el misticismo y la sorpresa de antaño. Malabrigo se fue convirtiendo poco a poco en una ciudad que atrajo a forasteros del norte (sobre todo de Paita) y de Chimbote. La delincuencia llegó y se lo llevó todo.
Volví a Trujillo. Ingresé a la escuela de Periodismo de la UNT. Todos los días iba a clases en una montañera ‘frankenstein’ armada con piezas que pude rescatar de otras bicicletas viejas. Al salir, por las tardes, manejaba a toda velocidad hasta el restaurante donde trabajaba como mozo y después, cocinero. Por la noche, pasada la 1 a.m., regresaba a casa junto a mi compañero ciclista, quien se encargaba de hornear los pollos.
Cuando entré a trabajar en La Industria, hace ya más de 10 años, pienso que me aburguesé un poco. Al tercer año de labores, compré una bicicleta nueva con la intención de ahorrar hasta unos 200 soles mensuales que pago por taxis, pero por alguna razón –que seguro fue pura pereza–, opté por gastar ese dinero y dejé abandonada mi bicicleta en un rincón de la casa.
Gané una beca. Mi ‘bici’ quedó olvidada y partí hacia Madrid, donde viví por casi un año. Al viajar por media Europa con Alba, mi novia, tuve contacto con la verdadera cultura del ciclismo. Descubrí que en Ámsterdam hay más bicicletas que personas y que los ciclistas (y no el peatón) tienen la preferencia en las calles. Los automóviles se detienen y los caminantes se hacen a un costado cuando suena un timbre de bicicleta. Incluso, en los semáforos aparecen figuras de ciclistas.
Barcelona y Santander son otras ciudades con mucha cultura de ciclismo. En la última, a orillas del Cantábrico, se puede alquilar estos vehículos que permanecen aparcadas en las esquinas, pagando con tarjeta de crédito. Pasas el plástico y recibes un código impreso en el voucher, que al escribirlo en un teclado, libera el seguro de la ‘bici’ y te permite pasear por el malecón. Cuando terminas, y quieres devolverla, lo puedes hacer en cualquiera de los puntos de la ciudad donde se ofrece este servicio (no tienes que regresar al lugar donde empezó el paseo).
Mi capacitación culminó y volví a Trujillo. Cláxones, caos, humos, gritos, taxis como hormigas, micros destartalados. El desorden en su máxima expresión. Un día, cansado del laberinto que se vive en esta ciudad primaveral, fui a la casa de mis padres a desempolvar mi vieja ‘bici’, pero ya no la encontré. Se había jubilado. El óxido se la comió y un sujeto que pasaba en un triciclo, con motor y megáfono, se llevó su cadáver.
Pero los meses pasaron y un día descubrí que en las mañanas dominicales la avenida Juan Pablo II se convierte en ciclovía. Un buen comienzo para un cambio que se necesita a gritos. Considerando que el conducir bicicleta puede prolongar la vida hasta en cinco años (y yo quiero vivir bastante), tal vez, quién sabe, con el correr de las semanas, me compre una nueva.

miércoles, abril 13, 2011


El nuevo restaurante Metropolitain esconde tras sus paredes una historia romántica
El amor le regaló a Trujillo 
un pedacito de Francia

Cuando abordó el avión en París con destino a Lima, David nunca imaginó que encontraría el amor de su vida en Perú. Ni siquiera sabía muy bien cómo era nuestro país, pues –como la inmensa mayoría de europeos– pensaba que todas las personas se transportaban a lomo de llama y vestían ponchos y ojotas. “Ni siquiera sabía que Machu Picchu estaba en Perú, sólo conocía que estaba por allí, en Sudamérica”, reconoce entre risas.
Claro está, David tampoco estaba al tanto de que al norte del Perú existe una playa llamada Huanchaco y, mucho menos, que ese balneario –tan golpeado actualmente por fuertes mareas– sería el escenario de la gran historia de amor de su vida.
Mientras que él volaba hacia la capital peruana, Angie Rosales Beraun llevaba una vida bastante hogareña. Iba de casa a la universidad y rara vez salía a fiestas. Sus amigos la intentaban animar, pero ella casi siempre buscaba excusas para disfrutar de su soledad y arroparse entre sus sueños.
David Dias Costodio, fiel a su espíritu mochilero, aterrizó en Lima en octubre del 2007, con la intención de recorrer Sudamérica durante seis meses y luego retornar a su país. Su alma viajera ya lo había llevado a la India, Marruecos, Senegal, Pakistán y media Europa. Pero como siempre le atrajo el continente del río Amazonas, de las Cataratas del Iguazú y de los Incas, un buen día buscó en Internet el destino más barato y ése fue Lima. Tras recorrer nuestra capital, un amigo que se encontraba allí le recomendó enrumbar hacia el norte y venir a Huanchaco. Él, le hizo caso.
Una mañana, sin excusas por esgrimir, Angie aceptó la invitación de una amiga chilena, que visitaba Trujillo, para disfrutar de las aguas huanchaqueras. “Me insistió y yo dije que no, pero al final acepté”, cuenta. Fue entonces cuando, tumbada en las arenas, vio cómo un gringo medio chato que, según recuerda, “caminaba como pato por la orilla”, se acercaba sin quitarle la mirada de encima.
Angie se puso nerviosa, decidió huir y entró al agua. Se refrescó y volvió a sus colores y temperatura naturales. Pero esto sólo fue momentáneo. Cuando regresó a donde estaban sus amigos, con ellos se encontraba, sonriendo y conversando, ese gringo que caminaba como pato. “Allí empezó todo”, recuerda claramente Angie, quien tiene 22 años y proviene de una familia de la cálida Tingo María (Huánuco).
“Al comienzo tuve miedo porque hay muchos gringos descuartizadores (risas), pero después lo fui conociendo y me enamoré de él. Lo que más me gusta es que no es nada machista y es hogareño. Además, él respeta mis ideas y yo las suyas. Estamos muy bien”, confía.
Mientras tanto, él la mira y sonríe. Sus ojos no pierden el asombro que debe sentir al verse tan lejos de casa, revelando su vida privada y, con 29 años a cuestas, construyendo una vida insospechada. “Yo me di cuenta de que la amaba y me quedé en Trujillo. Aunque he salido a Colombia y Ecuador, prácticamente llevo más de tres años junto a ella. Yo la ayudo en todo lo que puedo”, asegura y luego agrega lleno de felicidad: “Nos casaremos el mes que viene”.

******

En el Barrio Latino de París, frente de la plaza de San Miguel y muy cerca del río Sena, se encuentra la estación del metro Metropolitain. Ése es el nombre que escogió Angie y su mamá, con asesoría de David, para bautizar al restaurante francés que abrió hace un año en Trujillo. Aunque al comienzo pensó fundar un bar de copas en el centro de la ciudad, el elevado costo de los alquileres la llevó un poquito más lejos, a la avenida España, cerca de la Biblioteca Municipal. “Buscamos muchos lugares, pero éste nos pareció el mejor”, recuerda Angie.
El local está decorado con carteles parisinos de fines del siglo XIX, como el que pintó Steinlen en 1896 para el famoso y bohemio cabaret El Gato Negro (Le Chat Noir) o el que realizó Toulouse-Lautrec para el aún con vida Moulin Rouge.
El estilo Art Nouveau que luce el local, que no es más que el modernismo que surgió en Europa a fines del siglo XIX, le otorga una singular, austera y acogedora belleza decorativa. Esto se complementa y se fusiona con el misterio de los terciopelos rojos, el color y las rugosidades de la madera, la iluminación ámbar y tenue, y la silueta –delicada y grácil– de una mujer de cabellos ensortijados pintada junto a la barra.
A este ambiente bohemio se suman las célebres interpretaciones de Edith Piaf como La Vie en Rose o Non, je ne regrette rien, así como los olores, esos exquisitos aromas que abren el apetito e invitan a alimentar no sólo la carne sino también el alma.
Todo esto conforma una atmósfera muy europea en el Metropolitain, un local elegante, romántico, añejo y moderno. Es un trocito de Francia en Trujillo. Una verdadera experiencia francesa a la vuelta de la esquina.
“Yo le revelé la receta de mi abuela y ella ahora cocina mejor que los propios franceses”, cuenta un orgulloso David, quien desciende por línea paterna de una familia portuguesa que se asentó en la región francesa de Bayona y se dedica, hasta ahora, a la construcción y los bares de fiesta. “A veces extraño Francia, porque uno siempre piensa en lo que ha dejado en su país, pero aquí estoy muy bien. Allá hay más arte en las calles, pero no hay cumbia. Aquí sí hay mucha cumbia”, dice y vuelve a reír.
Luego añade: “Yo comparo al Perú actual con el Portugal de hace treinta años. Lo interesante de venir de Europa es que puedes ver aquí cómo serán estas ciudades en el futuro. Por ejemplo, yo avizoro que, así como pasó con los cascos históricos europeos en los 70, el centro de Trujillo poco a poco va a atraer a los ‘pitucos’ y esas casonas que ahora están en ruinas, van a volver a ser mansiones. El centro va a ser el nuevo barrio ‘pituco’ de Trujillo”, vislumbra David.

******
 
Después de la masa crujiente que se quiebra entre los dientes, el queso derretido es el rey de las pizzas. Su textura pegajosa se funde en el paladar con el sabor de la salsa de tomate y el zumo bendito de las aceitunas negras. El chorizo y el jamón, ardientes y trozados, hacen lo propio entre los olores del orégano y del pimiento rojo en polvo. El sabor salado predomina en la Carnívora (carnivore), pero la carta del Metropolitain llega mucho más lejos y ofrece una infinidad de combinaciones.
Aunque toda la variedad de pizzas conforma el platillo más solicitado por los trujillanos, hay un postre sagrado, bajado desde el Olimpo, que lleva a la gloria a quien lo degusta. Se trata del crepe (crêpe), el cual en París se puede comprar en pequeños quioscos del Barrio Latino y comerlo mientras se camina entre callejuelas empedradas y secretas, apreciando ese gran museo vivo que es Europa.
“Muchos vienen por las pizzas y preguntan: ¿qué es el crepe? Pero, después que lo prueban, les gusta tanto que se convierte en su platillo preferido”, confiesa Angie.
El crepe es fina una tortilla hecha con harina de trigo que se puede untar con crema de chocolate y avellanas (nutella) o mermelada, en sus versiones dulces; o rellenarla de queso y jamón, en su presentación salada. No hay palabras para calificar sus sabores. Exquisitos es poco.
Además de cafés o cervezas, la carta del restaurante ofrece cócteles exóticos semejantes a los macerados de ron que prepara la población caribeña de las islas francesas de ultramar. Mezclas de plátano, lima, limón y miel; piña sola; coco lima y limón; coco con fresa o licores de frutos secos es lo más original de la surtida barra del local que, claro, ofrece coñac francés y pisco peruano. Dos bebidas que representan a dos ciudades, a dos países y a dos corazones.
El negocio aún no es muy conocido, pero según cuenta Angie, cada mes aumentan los comensales y, sobre todo, quien va una vez, regresa. Esto ocasiona que su mejor publicidad sea el boca a boca. Aunque existen proyectos de expansión, por ahora la idea es consolidar bien este primer local y luego pensar en abrir otras sucursales. Incluso, si todo sigue yendo viento en popa, ambos planean inaugurar un restaurante peruano en Francia, para equiparar las cosas. “En Francia no se sabe absolutamente nada de Perú. No se conoce ni el cebiche, así que ahí hay una oportunidad de negocio”, finaliza David.
El Metropolitain es más que un restaurante. Es el fruto de un amor. Además de ello, al ser un negocio de raíces francesas, su sola existencia contribuye en cierta forma con elevar de categoría a la oferta gastronómica y cultural que ofrece Trujillo, una ciudad que cada vez se introduce más en el frío mercado de la comida fabricada en serie y que requiere de muchos más lugares como éste. Lugares con alma.

¿Dónde queda?
Restaurante Metropolitain. Avenida España 644, cerca del cruce con Orbegoso y Mansiche. Atiende todos los días de 5.00 a 11.30 p.m. Teléfono: 226249.
Trujillo es una ciudad ‘sitiada’ por la bulla y el caos
El ruido nos carcome
la vida desde dentro


Bocinazos, gritos, sonidos de motores, fiestas bullangueras y más bocinazos. Trujillo suena cada vez más fuerte. En los últimos años, esta ciudad -otrora apacible- se ha ido convirtiendo en una urbe donde los lugares silenciosos escasean. Años atrás, cuando los jóvenes de mi generación éramos niños y jugábamos fuera de casa, podíamos echar una partida de fulbito en la calle sin temor a ser atropellados por algún conductor enloquecido. Sin embargo, el crecimiento económico no sólo nos ha generado centros comerciales y más trabajo, sino también, en la otra cara de la moneda, un desorden casi anárquico que nos taladra en los oídos a un enemigo bastante cruel: el ruido.
No sólo es el parque automotor de la ciudad, el cual tiene casi el 50 por ciento de sus unidades viejas u obsoletas, sino también la existencia de locales de baile tanto en urbanizaciones como en el centro histórico, que funcionan al margen de la ley o aprovechando vacíos en la interpretación de la justicia. Hay casos de familias que viven en casas colindantes con clubes nocturnos y discotecas, donde los bajos hacen retumbar las paredes y el insomnio y el estrés atacan con fuerza.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, casi el 80 por ciento de la población del planeta que habita en ciudades se encuentra expuesta a niveles de contaminación sonora superiores a lo recomendado. Asimismo, este organismo internacional precisa que la exposición a sonidos fuertes y prolongados genera en las personas daños físicos como dolor de cabeza, hipertensión, problemas digestivos, aumento de la glucosa y del colesterol, cansancio e insomnio. Precisamente, estos dos últimos males generan bajas en las defensas y la persona que los padece queda expuesta a contraer enfermedades infecciosas.
Estudios médicos precisan que desde la niñez, las personas expuestas a ruido excesivo reportan niveles elevados de presión arterial así como cambios nerviosos, lo cual, ya en la madurez, podría propiciar la aparición de dolencias cardiovasculares. Incluso, el efecto del ruido en las parejas se ha asociado con la reducción del deseo sexual.

Fuerte y claro
Habría que precisar qué es el ruido. Se estima que una exposición constante a más de 45 decibelios durante las noches, impide un sueño apacible y genera malestar. Existe una tabla mundial que mide los decibelios (DBS) desde el silencio absoluto (cero decibelios) hasta la explosión de un artefacto (180). Por ejemplo, el tráfico en una ciudad reporta unos 80 DBS, una aspiradora en funcionamiento, unos 90 DBS y un concierto de rock, 120 DBS.
“La exposición al ruido no debe ser superior a los 85 decibelios, ni por espacio de ocho horas continuas”, precisó a La Industria el médico trujillano Saúl Suárez Gutiérrez, otorrinolaringólogo y pastdecano del Colegio Médico de La Libertad.
En reciente entrevista con nuestro medio, el especialista precisó que médicamente se define como ruido “a un sonido que nos produce una sensación desagradable que puede ocasionar daños a la salud, ya sea directa y solamente al sistema auditivo, o de manera sistemática”.
Por ello el ruido cala hondo. Tal vez, llega hasta el alma. Uno de los efectos psicológicos más notorios generados por la bulla constante es el estrés. Pero se suman otros como la irritabilidad, la depresión, la falta de concentración y el rendimiento menor en el trabajo. Todas estas manifestaciones psicosomáticas propician un malestar general que, incluso, sin ser alarmistas, podrían causar hasta la muerte.
“En los niños, baja el rendimiento en las escuelas porque no se pueden concentrar en las clases. Como no duermen bien, su sistema se encuentra alterado y todo funciona mal”, precisa el especialista en concentración Mauricio Pérez Darío.
Otro de los efectos, relacionado con el aspecto psicológico, es el surgimiento de problemas en la comunicación y el aislamiento. Este efecto social surge desde que el organismo se siente incapaz de llegar a un estado de tranquilidad.
Y claro, el efecto más conocido que ocasiona el ruido es la pérdida de la audición. “Para evitar los daños físicos o el malestar psicológico que produce el ruido constante, el organismo se habitúa al mismo a costa de perder capacidad auditiva. Pero, como resultado, cuando no adopta una protección adecuada, se puede desarrollar una pérdida permanente de la audición”, indica el organismo médico Botánical.

Cuídese. Se estima que una exposición larga a sonidos superiores a los 90 decibelios (aspiradora encendida) puede producir sordera. Lo mismo puede ocurrir con una exposición por más de un cuarto de hora a más de 100 DBS (tubo de escape de motocicleta).

Peligrosa costumbre. De acuerdo con el Segat, uno de los mayores problemas de contaminación sonora que soporta Trujillo es la mala costumbre que tienen los taxistas de tocar el claxon al llegar a cada esquina y como medio de aviso a sus ocasionales clientes. A esto se suma la organización de fiestas y mítines en lugares abiertos como la Plaza de Armas.

lunes, enero 24, 2011


En el Centro Histórico de Trujillo, las urbanizaciones y los distritos no se sabe de limpieza
La basura de siempre

No hay hechos aislados. Cuando una persona arroja un papel a la calle, por más pequeño que éste sea, y piensa que sólo se trata de un papelito, no se da cuenta de que su envoltorio se integrará con los otros cientos, miles y millones que vuelan por la vía pública y dan a la ciudad un aspecto pésimo, de suciedad y mala educación. Lección 1: Guárdate el papel en el bolsillo y luego arrójalo en una papelera.
Pero el problema va más allá: En Trujillo no hay papeleras. Las que existen, están mal diseñadas, rotas o llenas. La basura desborda. Los papeles se salen de estos depósitos, vuelan por los aires y terminan en los jardines, las aceras y hasta dentro de las casas. Lección 2: Que las municipalidades instalen buenas papeleras en toda la ciudad.
Una última: Que los municipios coloquen depósitos con tapa en las esquinas para que las personas dejen allí sus bolsas y no lo hagan en la calle. Es que… hay tanto, tanto, tanto por mejorar…







domingo, noviembre 28, 2010

Conduciendo de Marrakech a Essaouira, dos ciudades encantadoras
Un viaje a las entrañas del exótico Marruecos

Acabo de llegar a la plaza principal de Marrakech y ya tengo una serpiente enrollada en el cuello. Un par de árabes con túnicas me identificaron como turista por la cámara de fotos y la vestimenta occidental (no por mi cara, porque tengo cara de árabe) y sin previo aviso ni anestesia uno de ellos me colocó un ofidio en el cogote y una gorrita mora llamada fez o tarbush en la coronilla, al tiempo que el otro me quitaba la cámara. Boto, Boto, me dijo, con acento árabe. El otro cogía la cabeza del animal para que no me mordiera. Ya, pero rápido, le respondí. La instantánea perfecta, pero con cara de miedo. El árabe me tomó la foto y yo le di las gracias. Me devolvió la cámara y el otro me quitó el reptil del cuello. Sin embargo, el calvario recién empezaba…
Veinte eulos, veinte eulos, me pidió uno de ellos con insistencia. ¿Qué?, ¿¡Veinte euros!? No, es mucho, le respondí de inmediato. Los árabes se molestaron y empezaron a hacer alboroto en torno a mí. Para calmarlos, saqué la billetera y les di veinte dirhams (al cambio, dos euros). Muy boco, ¡muy boco!, ¡¡más, más!!, me exigían. Eulos, eulos, reclamaban. Es todo lo que tengo, les aclaré (cosa que era cierta). Yo no quería ninguna foto, agregué. Es bara la suerte, me dijo uno, pensando que me iba a espantar tras recibir un maleficio berebere. Adiós, adiós, les dije. Bara la suerte, Bara la suerte… alcancé a escuchar mientras me iba.
Marrakech es la ciudad más turística de Marruecos (país ubicado en el norte de África) y en los últimos años se ha ido convirtiendo en un lugar de moda. Por algo, la película Sexo en la ciudad 2 fue filmada en esta tierra misteriosa que, por sus finos decorados y sus ventanas y puertas de arcos ojivales, transporta imaginariamente a sus visitantes a los escenarios de Las mil y una noches, pero que por su caos y su pobreza periférica sitúa a los forasteros en un país tercermundista.
Con 1 millón 545 mil habitantes, Marrakech, una ciudad construida con tierra roja, se ubica al sur de Marruecos, al pie de la cordillera del Atlas, sobre los 466 metros de altura. Fue fundada en el año 1062 y en varias oportunidades fue la capital del gran Imperio Islámico. Su centro histórico o Medina es considerado Patrimonio de la Humanidad y cuenta con palacios árabes, mezquitas como la de Ben Youssef y la Kutubia, numerosos museos, jardines y barrios con hoteles de lujo y palmeras, así como un recinto sagrado donde se encuentran las tumbas de los sultanes Saudíes.
El vuelo, que partió de Madrid, me permitió ver desde el cielo las dos orillas del Estrecho de Gibraltar (la frontera más desigual del mundo). África a la derecha, con toda su miseria, su hambre y su muerte; Europa a la izquierda, con toda su opulencia, su industria y su capital. Dos orillas, dos mundos, dos realidades, una sola injusticia.
Los controles en el aeropuerto fueron sencillos (los peruanos no requerimos visa para entrar en Marruecos). Quise alquilar un automóvil, pero me recomendaron hacerlo en la ciudad, porque los negocios de la terminal aérea abusan. Así lo hice y fui en taxi hasta la misma plaza Djemaa el Fna, donde horas más tarde no sólo conocería a los encantadores de serpientes que aman los eulos, sino también a un mundo de olores, sonidos y colores compuesto por bailarines, acróbatas, músicos, cuenta-cuentos, faquires, dentistas que extraen muelas en plena calle, mujeres que pintan las manos y los pies con henna y mercachifles que ofrecen desde lámparas y alfombras maravillosas hasta jugos de naranja [el jugo de naranja de Marrakech, que cuesta tres dirhams el vaso (0,30 céntimos de euro o un nuevo sol) es lo mejor para aplacar los efectos de un calor que puede superar los 42 grados de temperatura].
Todos le ofrecen algo a los extranjeros en las calles de Marrakech, pero esa sensación de acoso se multiplica por cien cuando ingresas al zoco. Se trata de un mercado de callejuelas estrechas, donde el olor de las especias, los aceites, los frutos secos y las esencias de flores se confunden entre una atmósfera mágica, adornada por el resultado de una artesanía asombrosa. Verdadero arte hecho con las manos. Espejos y cajas mágicas, alfombras, teteras, pendientes, collares, muebles de cuero, inciensos… de todo. El zoco de Marrakech es un mundo en el cual los secretos se descubren en un ambiente donde el regateo es ley. Quien no pide rebaja, simplemente, no es bienvenido; simplemente, no sabe comprar.
No es la primera vez que me confunden con español. La primera vez fue en Lisboa, cuando viajaba con mi novia (que sí es española), frente del río Tajo. Se acercó un viejo y nos preguntó si éramos españoles y como no le dijimos que no, él se alegró y de inmediato nos ofreció marihuana, opio y hasta clorhidrato de cocaína. Ahora, en Marruecos, donde también estoy con mi novia, los lugareños no sólo nos dicen entre risas Real Madrid o Barcelona, sino además nos ofrecen cachimbas de todo tamaño, tipo y color. Por lo visto, a los españoles los identifican por su muy cierta afición de llenarse los pulmones de humo.
El calor es tan fuerte que no se puede ni pensar. Salgo nuevamente a la plaza. Son poco más de las dos de la tarde. Hay algunas mujeres que se cubren por completo con burkas y túnicas, pero la mayoría sólo esconde su cabellera debajo de pañuelos y viste jeans y camisetas. Marruecos es uno de los países musulmanes más occidentalizados, así que no es un lugar donde las mujeres se sientan obligadas a cubrirse todo el cuerpo. Incluso las chicas, que se maquillan con finura y se adornan con grandes aretes y collares, tienen derecho a elegir esposo y a pedir el divorcio y la custodia de los hijos en igualdad de condiciones que los hombres.
Los amigos hombres caminan cogidos de las manos y al saludarse se dan cuatro besos en las mejillas y luego se tocan el pecho. Los chicos marroquíes son muy cariñosos, pero lo son más cuando se trata de intentar toquetear a las mujeres forasteras (sobre todo a las turistas rubias que llevan vestidos cortos). Sutiles caricias en medio del barullo, miradas profundas o piropos subidos de tono. El marroquí es un conquistador, un atosigador, un macho y un calenturiento. Por ello, en Europa no les recomiendan a las mujeres jóvenes viajar solas a países árabes como Marruecos.
La tarde está cayendo y las farolas ambarinas iluminan el centro de Marrakech. El rezo de la tarde ya pasó y los altoparlantes instalados en las calles ya no llaman a los fieles a la mezquita. El hotel que encontramos es precioso y sobre todo barato. Está adornado con azulejos de ensueño, hierro forjado y decorados en alto relieve sobre las paredes. Lo único malo es que el aire acondicionado no funciona, pero en compensación nos alquilaron un carro muy barato. El destino será el pequeño puerto de Essaouira, en la costa atlántico marroquí.

DEL CAOS CITADINO AL VIENTO DEL MAR
Si las ciudades peruanas son caóticas, las de Marruecos deben ser el infierno. En nuestro país uno debe conducir a la defensiva y evitar chocarse o atropellar a algún peatón imprudente. En Marruecos, a esto se le suma el esquivar camellos, caballos, perros, motos, bicicletas, camiones y autobuses. En algunas calles, sería como conducir por el Mercado Mayorista de Trujillo en hora punta, pero con un zoológico suelto.
Son las 10 de la mañana y nos dirigimos a Essaouira, una ciudad marítima ubicada a 350 kilómetros hacia el suroeste, que algunos llaman Mogador y otros ‘La Perla del Atlántico’. Llevamos un Fiat Palio del 95 en buen estado y muchas ganas de introducirnos un poco más en Marruecos.
Los alrededores de Marrakech son muy pobres. Por la carretera, que es una línea recta de asfalto que parece interminable, se nos cruzan personas que caminan en sentido contrario vistiendo túnicas y escondiendo sus cuerpos. Me pregunto hacia dónde irán. Marruecos es una monarquía constitucional que en forma paulatina se ha ido democratizando y mirando más hacia Europa y América que hacia el propio África. Su extensión equivale a la tercera parte del Perú, pero tiene algo más de población (32 millones de habitantes). Es un país islámico, con una economía estable y en crecimiento.
El camino es árido y los sembríos son casi inexistentes. Sólo algunas parcelas muestran chispazos de verdor que nos hacen sentir que hay algo de vida en esas tierras. La carretera está bloqueada en varios tramos porque están construyendo una autopista de doble calzada, y eso nos hace demorar. Aún así, llegamos a nuestro destino a la hora del almuerzo.
El mar susurra con el viento en las costas de Essaouira, una ciudad de 70 mil habitantes, mientras que las gaviotas cantan y sobrevuelan en círculos y unos pescadores recorren la costa en una lancha de madera. Una fortificación amurallada y decenas de cañones que apuntan al mar, dejados por los portugueses en 1506, conforman el área más importante de esta ciudad encantadora considerada por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Las calles son más apacibles que las de Marrakech y los essaouiríes caminan lento, como reflexionando sobre algo o tal vez preocupados. Los historiadores dicen que este carácter taciturno se forjó en Essaouira debido a la mezcla de culturas, religiones y razas que se han encontrado allí a través de los siglos: desde los fenicios hasta los romanos, los cartagineses, los bereberes, los portugueses y los franceses. Todos han pasado por aquí y han dejado un legado inscrito en el alma de estas personas, que por momentos parecen perdidas en el tiempo.
Comemos cuscús, pescado frito, pizza y helado de limón, y seguimos recorriendo la ciudad. Un árabe llamado Omar, que vende baratijas en la calle, nos contó que los musulmanes sólo pueden tener una mujer, aunque todos crean que pueden desposar hasta cuatro. “Hay muchas cosas que se dicen de nosotros, pero no son ciertas”, dijo.
Llegamos a la orilla del Atlántico y nos mojamos los pies. No hay muchos bañistas. Escribo África en la arena y el vaivén del agua borra paulatinamente la inscripción. Miro el horizonte e imagino cómo será ese mundo sin mundo que existe siguiendo la línea del sur africano y pienso en todos esos niños, mujeres y hombres que mueren de hambre o que se ven obligados a dejar sus pueblos para no ser alcanzados por las balas de alguna guerra estúpida. Vuelvo a escribir África en la arena y sólo espero que, con el tiempo, ya no se vuelva a borrar.

jueves, septiembre 23, 2010

Crónica desde el sórdido Barrio Rojo de Ámsterdam, un sitio donde todo puede pasar

Sexo compro, sexo vendo, sexo arriendo

ÁMSTERDAM. El tren se detiene. El viaje fue largo pero confortable desde Maastricht (ciudad ubicada cerca de la frontera con Bélgica) ya que demoramos algunos minutos extras en Eindhoven, la ciudad donde jugaba la ‘Foquita’ Farfán. Acabo de llegar a Ámsterdam con mi novia, y después de atravesar una calle donde se celebraba una colorida fiesta gay, unas 20 mujeres casi desnudas me empiezan a hacer señas a través de cristales iluminados con farolas rojas. Estoy desorientado, miro a Alba y volteo hacia esas mujeres que muestran sus atributos físicos, y pienso, ¡qué novia tan comprensiva tengo!
El Barrio Rojo de la capital de los Países Bajos es un lugar recomendado para hombres con problemas de baja autoestima. Es similar a dar un paseo por los oscuros pasillos de venta de jugos del Mercado Central de Trujillo, con la ‘pequeña’ diferencia de que aquí las mujeres que lanzan piropos y hacen ojitos no llevan pañoletas en la cabeza ni tienen una mano apoyada en la cintura y la otra en una licuadora, sino que se encuentran metidas en escaparates que se pueden ver desde la calle, casi, casi, como Eva (y no precisamente te ofrecen beber extractos de piña o papaya).
El sol se va ocultando entre los edificios más altos y los canales románticos y destellantes de Ámsterdam, la ‘Venecia del Norte’, la ciudad que Ana Frank fisgoneaba por la noche entre los pliegues de las cortinas de la casa de atrás, su escondite familiar; la ciudad donde hay más bicicletas que habitantes, la ciudad del Ajax y de la Heineken, la ciudad que atrae cada año a millones de turistas de todo el mundo en busca de sexo, drogas y diversión desenfrenada y libre de miradas acusadoras. En Ámsterdam, la ciudad del famoso edificio-zapato del ING, con su millón y medio de habitantes, todo puede ocurrir.
Tañe la campana. La iglesia está cerca. El Barrio Rojo se encuentra envuelto en una atmósfera de humo de marihuana, hierba que por ley sólo se debería vender en mínimas dosis dentro de los coffeshops (donde también se ofrecen kekes y chupetines de marihuana), pero que en realidad se fuma –siempre clandestinamente– en cualquier lugar. Con Alba decidimos sentarnos a la sombra de un castaño que casualmente se encuentra frente a un escaparate donde se expone una jovencita blanca y rubia de unos 24 años en tanga y brassier. A su costado hay otra muchacha que llama la atención por su manera de conquistar a los hombres: los mira, les hace una señal con los dedos, se quiebra y se voltea (aunque no precisamente para mostrarles la espalda).
No han transcurrido ni cinco minutos y al menos han pasado frente a la vitrina unos 15 hombres con aparentes ganas de entrar pero que sólo han sonreído y han seguido su marcha. La pesca no está buena. Pero, ahora se detienen dos mozuelos de unos 18 años, o tal vez de menos (el acné les delata). La chica de la derecha se quiebra como pez en el agua y lanza el anzuelo. El muchacho lo piensa, ella lo sigue llamando, se exhibe; él sube un escalón, ella sonríe más y más. Ya cayó. Ella sale de su vitrina y abre la puerta. Los muchachos se despiden y el más avezado entra. La cortina se cierra. Cae el telón.
Imágenes como ésta se repiten por cientos cada día, a toda hora y sin pudor alguno. Aquí las prostitutas son como microempresarias, ya que para trabajar tienen que alquilar un escaparate, pagar impuestos y contratar una seguridad social privada. Todo está legalizado, pero regulado. Nadie las juzga, ya que la prostitución es una práctica que se remonta al siglo XII, cuando Ámsterdam era sólo un pequeño pueblo de pescadores.
Caminamos entre callejuelas y escaparates. Fiestas, alcohol, más olor a marihuana. La iglesia sigue tocando su campana como diciendo: aquí estoy. Los caminos no sólo tienen escaparates con mujeres, sino también una multitud de negocios que ofrecen todo tipo de aparatos y artilugios que superan a la ficción (sadomasoquismo, voyeurismo, películas pornográficas, aparatos de uso íntimo impulsados por pilas o baterías, etc.). Uno de ellos es ‘La casa del preservativo’. Entramos. Pienso en que ya hay poco que me pueda sorprender después de dar un corto paseo por el Barrio Rojo, pero no, aquí hay preservativos hasta con forma de picos de pato, con cabeza de jirafa, con melena de león o con uñitas de gato. Interesante lugar. Nos vamos.
¿Qué importa el qué dirán? Bajo el concepto del respeto mutuo, la tolerancia, el liberalismo, la diversidad, la mente abierta y la exaltación del hedonismo, Ámsterdam se ha convertido en el paraíso de quienes persiguen el placer en toda su dimensión. Todo es normal. Los niños caminan debajo de los escaparates rojos, los gays y las lesbianas van de la mano y se besan mientras empujan el coche con su bebé adoptado (o no), la gente baila en la calle… En fin. Todo es posible. ¿Qué esté bien o no? Eso queda en cada uno. Lo único cierto es que Ámsterdam es una de las ciudades más visitadas y culturales del mundo. Y la campana sigue sonando…
Escritor Eduardo González Viaña habla en exclusiva con La Industria en Madrid

“Ni la más inmensa muralla frenará la inmigración en Estados Unidos”

MADRID. Considerado en el mundo de la literatura como ‘El escritor de los inmigrantes’, el liberteño Eduardo González Viaña (Chepén, 1941) es un hombre con un claro ideal de desarrollo humano impulsado por la igualdad de oportunidades, la libertad de pensamiento y la integración de los pueblos.
El autor de ‘El Corrido de Dante’ y ‘Vallejo en los infiernos’ actualmente se encuentra en Europa, un continente que lo hace rememorar sus años mozos y que le permite dar un respiro para luego retomar sus tareas como docente y escritor en Oregon (Estados Unidos) y Perú. La Industria lo contactó en Madrid y lo entrevistó no sólo sobre su última novela (‘El amor de Carmela me va a matar’) sino especialmente sobre la inmigración de latinoamericanos en Estados Unidos, la política y la economía en Perú y el reto sudamericano de lograr que el desarrollo económico se convierta en desarrollo humano.

-La migración es para usted el fenómeno social más importante de la humanidad y las personas lo consideran ‘El escritor de los inmigrantes’. ¿Por qué empezó a escribir de los inmigrantes?, ¿cuál fue la motivación que lo llevó a enfocarse en ese fenómeno?
-Yo vivo desde hace 20 años en Estados Unidos. Llegué allá como profesor de la universidad de Berkeley y luego continué como profesor de la Universidad de Oregon. Soy testigo de la migración masiva en ese país. El sur se está volcando en el norte y el norte tiene que tratar con el sur de igual a igual. Cuando comienzo mis clases suelo conversar con mis alumnos y les pregunto cuántos tienen un automóvil norteamericano y cuántos uno fabricado en otro país. De 20, 18 tienen un carro japonés y uno o dos tienen un Ford. Si los norteamericanos no compran los productos de su país, ¿quién los compra? Claro, los brasileños, argentinos, peruanos, colombianos, ecuatorianos, etc. Si ellos en un momento determinado dejaran de comprar esos productos, EE.UU. se iría a la ruina.

-¿Cómo observa el fenómeno de la inmigración de latinoamericanos a EE.UU. en un contexto de crisis económica? ¿Siguen llegando tantas personas y familias como años atrás o el fenómeno ahora es inverso, es decir de retorno?
-La migración es un fenómeno paralelo al de la globalización. La globalización es la internacionalización de bienes y servicios, la desaparición de las fronteras, vale decir que cuando tienes una laptop o un celular, estás globalizado. En el mundo actual las fronteras han perdido sentido. Ahora, los negocios se hacen a través de medios rápidos e inmediatos que han sobrepasado las fronteras. Entonces, el capital ya no conoce fronteras. Pero tampoco debería conocerlas el trabajo. Vale decir que si la Kentucky Fried Chicken tiene el derecho de instalar una tienda en Sudamérica, el mismo derecho debería tenerlo cualquier peruano, colombiano o español de irse a cualquier otro lugar y vender su fuerza de trabajo.

-Pero en la realidad, los inmigrantes son considerados como perjudiciales en los países industrializados…
-La migración es un fenómeno natural y la inmigración se ha estado produciendo todo el tiempo a lo largo de la historia, es permanente y obvia. Sin embargo, en estos momentos de crisis en algunos lugares los políticos o la extrema derecho buscan formas de satanizar y convertir a los inmigrantes en agentes del demonio, delincuentes o criminales. Eso no tiene sentido. Si fuera así, con la misma lógica se tendría que tratar al propietario de la Kentucky Fried Chicken que es recibido con flores en el aeropuerto.

-Otra razón por la cual no es justo satanizar a los inmigrantes en EE.UU. y Europa es la época en que el fenómeno era inverso, es decir cuando los europeos se refugiaban en Latinoamérica, ahuyentados por el hambre, las enfermedades, las guerras y la muerte. ¿Acaso no se les trataba bien?
-Eso demuestra que la inmigración es un fenómeno permanente. No es algo que se registre en esta última década. Es algo que se ha producido a lo largo de estos 100 años últimos o más, en uno y otro sentido. Las grandes conmociones bélicas obligaron a que la gente de Europa, por ejemplo, se traslade a los países americanos, al punto de que al término de la Primera Guerra Mundial ya había más italianos en Argentina que en Italia, y también españoles. Ese fenómeno ahora se produce en mayor énfasis de Sur a Norte debido a que los efectos de la crisis son más severos con los países pobres. Los países pobres padecen de una crisis permanente, una crisis que afecta todos sus servicios, desde la educación e incluso las condiciones de vida. Esa crisis hace que los latinoamericanos más pobres sean personas que deben conquistar su derecho a ser considerados seres humanos.

-¿Estados Unidos podrá frenar la llegada de extranjeros?
-De ninguna manera. Nadie va a poder prohibir la infiltración de esas personas en EE.UU. Ni la más inmensa muralla, que está construyendo el gobierno norteamericano, va a lograrlo jamás, porque la oferta de vivir en paz y de dormir con el estómago saciado siempre serán mucho más importantes que el miedo a pasar los controles migratorios. Yo no creo que las cosas vayan a variar o que vaya a haber un fenómeno de reversión de un lado a otro en gran escala. Por supuesto que hay personas que están regresando a sus países, pero en gran escala no es posible porque al regresar a su país se encontrarán con que nada ha cambiado. Por propia experiencia, cuando uno está lejos romantiza a su país, le otorga un tópico diferente, pero al regresar constata que las condiciones de vida no han mejorado o que incluso están peor.

-A propósito de la expulsión de gitanos de Francia y de la cuestionada Ley Arizona, ¿cree que la crisis mundial haya exacerbado la xenofobia?
-Cierto. Está ocurriendo lo mismo que en la Alemania de Hitler. La Alemania de la primera postguerra padeció de hambre y grandes necesidades. En esas condiciones era fácil que un demagogo borracho como Hitler se parara sobre la mesa de una cervecería y comenzara a arengar a la gente. En esos casos se produce una polarización de los campos y el racismo se convierte en extremista, en insidioso. Se supone que la causa de todos los males son los inmigrantes, como en la Segunda Guerra Mundial se consideró a los judíos o en Israel se cree que son los palestinos. Esas son consideraciones tan solo dictadas por las vísceras, pero no por la inteligencia.

-¿Qué significa entonces la inmigración en Estados Unidos, por ejemplo?
-La inmigración es lo mejor que le puede ocurrir a un país de los llamados industrializados. En EE.UU. significa la salvación. La salvación del Seguro Social, porque en este año comenzarán a jubilarse los miembros de la llamada Boom Generation, que son los norteamericanos que nacieron en los años 44, 45 ó 46, cuando los soldados volvieron a casa y produjeron un boom poblacional. En estos momentos la cantidad de asegurados se va a duplicar o triplicar y la única manera de conseguir dinero para cancelar esas pensiones es asegurando a los inmigrantes. En realidad ya el trabajador inmigrante ilegal de EE.UU. paga impuestos, aunque no reciba ninguna contraprestación.

-La raíz de la fuga de personas de Latinoamérica es la pobreza. ¿Cómo observa la realidad política y económica de este continente, polarizado entre Hugo Chávez con el ALBA y otro supuesto bloque conformado por las extremas derechas de Perú, Chile y Colombia?
-América Latina se encuentra en uno de los momentos más cruciales de su historia. En algunos países se registra un notable crecimiento económico, pero ese crecimiento económico tiene que revertir y constituirse en desarrollo social. De lo contrario, no tendrá ningún sentido, sino conducirá a los países hacia su propia ruina, ya que el crecimiento económico es producto de unas utilidades mineras que son perecibles. ¿Qué pasará cuando se acabe el oro dentro de diez años? El país volverá a la ruina y será un inmenso agujero negro. Nada tiene sentido si no tiene como destino al hombre. La economía no es una ciencia de cifras, no hay economía sin un objetivo ético y humano. Algunos gobiernos alardean de estar creciendo y piensan que sus respectivos países llegarán pronto a los niveles del primer mundo; ojalá que sea así. Pero, la verdad es que los gobiernos tendrían que preocuparse porque en sus países se alcancen mejores índices de vida y de libertad. Como peruano y latinoamericano, deseo que todo esto se alcance.

-¿En qué se debería centrar el Gobierno Peruano para acabar con las desigualdades sociales?
-Se tiene que lograr que la política se convierta en una tarea humana. Es decir, ética. Si es tan sólo una forma de gobernar con el afán de producir cifras o con el afán de contentar a las grandes corporaciones, entonces eso no nos va a conducir a ninguna parte. La política debe ser una opción ética, una apuesta por el ser humano.

-¿Por quién votaría González Viaña si en la segunda vuelta quedaran Keiko Fujimori y Ollanta Humala?
-Yo nunca votaría por Keiko y me parece que es asqueroso que el Fujimorismo tenga ese tipo de representación, que los fujimoristas, que esta banda de criminales y asesinos y ladrones tengan una representación parlamentaria... Por equidad, entonces, ¿por qué no se le da una representación parlamentaria a Sendero Luminoso? En realidad la guerra sucia ha sido entre dos grupos de homicidas: Sendero Luminoso y el gobierno de Fujimori. ¿Keiko?, ¿quién es Keiko? Es la hija de un criminal que está preso. Yo no creo que tenga sentido que exista una representación fujimorista, pero el hecho es que los medios de comunicación le dan importancia. Los medios crean y destruyen imágenes. Y, por ejemplo, satanizan la imagen de Ollanta Humala, que es un candidato como cualquier otro que puede triunfar o perder de acuerdo con las opciones que proclame. Yo no creo que habría que elegir entre dos grandes males. Digo que Keiko no debería... es como si en Alemania hubiera la opción del Partido Nazi, la opción Hitler o la hija de Hitler.

-Dando un gran giro en el tema, ahora está en España. ¿Qué lo trae por estas tierras?
-He sido invitado por la Universidad de Sevilla para dictar algunas charlas sobre mi tarea literaria y estoy entrevistándome con estudiantes de nivel doctoral o que hacen su maestría. Este hecho me ha permitido venir a Madrid e ir a París, donde tengo otros compromisos. En realidad, cualquier pretexto es bueno para venir a España, porque este país me encanta.

-Por último, ¿de qué se trata ‘El amor de Carmela me va a matar’?, novela que por ahora sólo se vende en Estados Unidos…
-‘El amor de Carmela me va a matar’ tiene el mismo tema de la inmigración pero a partir de una mujer. En ‘El Corrido de Dante’ es la inmigración a partir de un campesino mexicano. Carmela es una mujer colombiana de mediana edad que a través del chat conoce a un gringo viejo y entre ellos surge el ‘amor eterno’. El gringo la invita a viajar a EE.UU. y vivir en San Francisco a su lado. Sin embargo, ella está casada con un tipo a quien ya no quiere. Él abusa de ella, es un músico alcohólico que ha engordado tremendamente. Ella hasta le pone los zapatos. Están como separados por muchos motivos, pero el tipo ha estado espiando su correo, porque tiene su contraseña. A la larga ella viaja hacia el amor ideal, hacia el sueño de América. Sin embargo, ¿qué ocurrirá allá al ser ella una inmigrante ilegal? Lo que ocurre es una suerte de esclavización. El norteamericano, que es pobre, se convierte en algo así como su dueño; le impedirá trabajar, le impondrá sus gustos y hasta le cortará el pelo de acuerdo con su moda chabacana. Incluso, cuando ella va a comprar alimentos colombianos al mercado, él le dice que son productos étnicos. El final no lo puedo contar, lo dejo en suspenso (risas).

miércoles, septiembre 01, 2010

Crónica desde la tumba del poeta universal
Vallejo no está solo en París
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

PARÍS, FRANCIA. ¿Conoce usted a César Vallejo? Es martes en París y las nubes anuncian un aguacero que nunca llegará. El río Sena sigue su marcha infinita debajo de mis pies y miles de turistas caminan y fotografían las calles de la capital de Francia. Me he detenido en un quiosco de libros antiguos instalado en la parte alta de la ribera junto a otros diez o doce iguales. Títulos de autores como Pablo Neruda, James Joyce o Jorge Luis Borges son los primeros que captan mi atención, pero yo busco a uno en particular, a un peruano, al más grande poeta de la historia de nuestro país y tal vez del mundo. Decepción. Vallejo no está aquí. ¿Conoce usted a César Vallejo? Me dirijo en inglés al dueño de la librería de calle (Do you know who is César Vallejo?). Es un tipo flaco, de bigotes, parsimonioso, de unos 60 años, que parece haberse leído hasta los manuscritos milenarios que aún no han sido descubiertos. Pero no, me equivoco. El hombre me observa contrariado y luego lleva la mirada hacia su frente, como buscando algo en su cerebro, y finalmente frunce el ceño, hace una negativa con la cabeza que no le convence y sonríe, como diciéndome: me suena, me suena.

Merci beaucoup. Muchas gracias. Es lo poco o todo lo que sé de francés. Se lo digo. Busco otro quiosco. Vallejo debe andar por aquí, entre este paraíso de papeles añejos y tintas célebres. Será el siguiente. Tampoco. Y el siguiente, y el siguiente. Do you know who is César Vallejo? Repito la pregunta ante otro vendedor con aún más cara de intelectual que el anterior. Poémes de Cesar Vallejo, le pido, y entonces él hace un gesto de satisfacción, como si por fin algún cliente le pidiera el título de un verdadero poeta, de uno de los grandes. Voltea, busca y desempolva, y entonces saca de entre su estantería un ejemplar de pasta dura impreso hace algunos lustros. Yo no lo puedo creer. Mi corazón se acelera. El hombre lo abre y vaya decepción: Poémes de Paul Valéry. Está autografiado, me dice en inglés, y sonríe. Es muy caro, unos 200 euros, agrega. Qué bueno, le respondo, sonrío y me voy.

París es una ciudad hermosa y cálida, de lluvias frecuentes y con poco más de dos millones de habitantes. Es la ‘Ciudad Luz’ (la Ville lumière), la ‘Ciudad del Amor’. Me imagino que en los años 20 y 30 era tan asombrosa como ahora, o tal vez más, y entiendo por qué Vallejo la escogió para morir. Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París —y no me corro— tal vez un jueves, como es hoy, de otoño. Hoy no es jueves ni es otoño. Es un martes de verano, ya lo dije, y está nublado. No es un día santo, pero tampoco es un día para morir. ¿Mi destino?: La tumba de César Abraham Vallejo Mendoza, poeta universal (aunque algunos vendedores de libros parisinos no sepan nada de él).

El metro me lleva hasta la estación Edgar Quinet, la más cercana al cementerio de Montparnasse. Vallejo murió el 15 de abril de 1938, a los 46 años, y fue enterrado en el camposanto de Montrouge. Sin embargo, Georgette Marie Philippart Travers, su esposa, consiguió el 3 de abril de 1970 que sus restos fueran trasladados a Montparnasse, el lugar que el poeta había escogido en vida como última estación. Camino, pregunto, cruzo una avenida ancha. El barrio no tiene nada de especial. Edificios, asfalto, concreto, semáforos. La Torre Eiffel no se puede ver desde allí, ni Notre Dame, ni el Sagrado Corazón, ni los Campos Elíseos, ni la Ópera Garnier ni el Arco del Triunfo. Es un barrio típico de cualquier ciudad europea. De pronto, una calle atiborrada de arbustos me indica la dirección del cementerio. Vallejo está cada vez más cerca. Eso creo.

Piso tierra santa. El cementerio de Montparnasse, de 19 hectáreas, es un recinto de calles anchas y elegantes, adornado con esculturas de mármol similares a las del área histórica del camposanto trujillano de Miraflores (aunque aquí no se las roban). En realidad no es famoso por ser un lugar idílico, sino más bien porque en él descansan los restos de numerosas celebridades del mundo de las artes y de las letras, así como políticos y filósofos. El croquis de la entrada es muy claro. Jean-Paul Sartre, Julio Cortázar, Porfirio Díaz y Charles Baudelaire aparecen en lista. Yo los salteo, busco a Vallejo y casi al final encuentro su nombre: César Vallejo, Poète péruvien. Ubicación: Número 67, parcela 12.

Allá voy. Vallejo fue un hombre a quien el sufrimiento le abofeteó tantas veces como quiso. Sufrió la injusta condena de 112 días en una tenebrosa cárcel trujillana, un episodio que Eduardo González Viaña describe de forma magistral en su novela Vallejo en los infiernos. Sufrió la incomprensión de la crítica, la censura, el hambre más crudo, la enfermedad, la pobreza y el abandono. Aun así, y aunque escribió del dolor humano, del destino incierto de las personas, de la muerte, del absurdo y de las injusticias sociales, lo que la vida no logró arrebatarle del todo fue la esperanza en que algún día todo cambiaría. Una utopía, tal vez; un sueño, ¿quién sabe?

Mediodía en París. Han transcurrido veinte minutos y lo único que he hecho es deambular entre lápidas, cruces, estatuas, jardines y calles de asfalto alfombrado con flores de un color verde claro que caen de los árboles. Creo que estoy dando vueltas. Vallejo se esconde. Aparece un jardinero de traje verde oscuro y le hago una seña. Do you know where is César Vallejo?, le pregunto. Veo nuevamente en su rostro la contrariedad del vendedor de libros. Sin embargo, de inmediato él me repregunta: ¿Poète péruvien? ¡Sí!, le digo en español, y él da la vuelta y me pide que lo siga. El hombre camina apresurado y se interna entre tumbas que cada vez parecen ser más macabras. Lleva una palana apoyada en el hombro y en un momento parece ser la misma muerte empuñando su guadaña y guiándome hacia el más allá. O tal vez un emisario de ella, un heraldo negro.

César Vallejo no está solo. Hoy lo acompañan los hermanos limeños Adriana y Andrés. Él estudia informática en París y ella llegó de vacaciones y no quiso irse sin antes visitar al poeta. “Muchos peruanos que llegan a París visitan la tumba de Vallejo, es una parada casi obligatoria”, dice Andrés y al cabo de unos minutos se despiden de mí y se marchan.

La tumba de Vallejo es sencilla en comparación con la mayoría de las otras. Se encuentra entre la sepultura de Pierre, Marguerite y Jeanne Leroux, y otra tumba misteriosa donde dice: Sepulture joyer. El nombre del poeta está escrito en la tapia y debajo dice en francés: Qui souhaita reposer dans ce cimentière (que deseó reposar en este cementerio). No tiene ni una sola escultura. En la parte inferior se puede leer el epitafio que Georgette escribió tras sepultar a su esposo en Montparnasse: J´ai tan neige pour que tu dormes (He nevado tanto, para que duermas). Pero si la tumba es austera, los recuerdos dejados por la gente son un buen complemento pues llenan el lugar de muestras de admiración bastante peculiares. Desde un angelito de yeso hasta un jarrón con flores secas, hasta dos velas, una escarapela y muchas piedras negras y blancas (al mismo estilo de La Lista de Schindler). Debajo del florero hay un cuaderno de poemas firmado por Sergio Bobadilla Centurión y en la falsa carátula alguien escribió un pedido repetitivo y antiguo: ‘Los restos de Vallejo deben ser repatriados a Perú, servirá como ejemplo intelectual a toda la juventud peruana’.

Al pie de la lápida alguien dejó tres frascos de vidrio de aceitunas peruanas exportadas a Francia (olives violines du Pérou, dice la etiqueta) donde los visitantes depositan recuerdos variados. Una llave y un huayruro, ¿qué cerradura abrirá?, me pregunto; y un libro de poemas del joven escritor John Fitzgerald Torres, editado por la Universidad Externado de Colombia. Un verso dice así: ‘En la multitud mira atrás sobre el hombro esperando un fantasma el abismo. Ni aún en el sueño un rostro conocido’.

Lo que más se repite al interior de los botes de olivas son tickets del metro de París con mensajes escritos a lapicero. ‘Maestro, gracias por la poesía, por la sombra, por el prólogo y el colofón’; ‘nada de lo que merece la pena en esta vida es fácil’, ‘100% Pérou. Ilumíname el cerebro siempre’ o el más burdo en su forma pero probablemente el más acertado, dejado en un papelito: ‘Hay hermanos mucho por hacer, y aún no hemos hecho ni mierda’.

Algunos nombres: Yolanda y Fernando, Blanca Céspedes, Eleodoro Vargas Vicuña, Tony Antezana (Huancayo) y Martín, Claire y Jorge Luis Cruz. Tantos recuerdos, tantos nombres, tantos deseos, tantos sueños, tanta compañía para un poeta que se adelantó a su época en el uso del lenguaje, que nació un día que Dios estuvo enfermo y murió un Viernes Santo con llovizna.

Aunque la sociedad ha girado en las últimas ocho décadas en contra del ideal de justicia vallejiano, social y humano, y aunque la explotación laboral sigue siendo una realidad en el Perú y en el mundo, siempre nos quedará París y César Vallejo, el gran Vallejo de la poesía, hará un llamado eterno, a gritos desde la morada que escogió en vida para su descanso, por el progreso basado en la unidad. Un grito que hará eco algún día.

No sé si rezarle, pedirle perdón a nombre de Trujillo y del Perú o sólo emprender la marcha. Una mariposa vuela y se pierde entre los jardines. Hasta luego, maestro.
Un español que se moviliza en silla de ruedas pero que lleva la aventura metida en las venas

Un viajero que va ‘A Salto de Mata’

MADRID, ESPAÑA. Miguel Nonay es un español que derrocha optimismo y ganas de ‘comerse’ el mundo. Aunque la poliomielitis llegó a su vida cuando apenas tenía ocho meses de nacido y le dejó secuelas en las piernas que lo obligan a movilizarse con bastones o en silla de ruedas, él tiene muy claro que puede hacer todo lo que se proponga. “Aunque me cueste el doble o el triple que a los demás, yo siempre he sabido que puedo hacer todo”, expresa.

Ahora, a sus 48 años, este zaragozano se ha convertido en un referente para el mundo del turismo inclusivo. De América a Asia, de Europa hasta África y Oceanía, miles de personas de los países más remotos del planeta leen sus crónicas y aprecian sus fotografías y vídeos en su blog de viajes ‘A Salto de Mata’ (www.asaltodemata.com), una bitácora con más de 2.000 seguidores en Blogger, Facebook y Twitter, que recibe un promedio de 300 visitas diarias y más de 50 comentarios por cada post, que no sólo tiene el valor de ser interesante y entretenida, sino que es la muestra más fiel de que un hombre decidido puede conquistar el mundo.


–‘A salto de mata’ es una expresión asociada con aprovechar las oportunidades que presenta la vida, en el momento adecuado. ¿La frase te define?
–Sí, pero tengo otra definición. ‘A salto de mata’ es una frase muy aragonesa que significa saltar de sitio en sitio y sobre todo saltar obstáculos. Yo voy saltando obstáculos toda la vida y además voy saltando de país en país. Me pareció que podía definirme muy bien, sobre todo desde el punto de vista de que es el nombre de un blog que intenta ser entretenido para que la gente, a la hora de leer mis post, no sienta que la discapacidad es un drama y entienda que simplemente quienes vamos en una silla de ruedas estamos sentados pero que podemos hacer las cosas como cualquiera. No hay límites para nosotros si realmente estamos convencidos de lo que queremos hacer.

–¿Cuántos países conoces hasta ahora?
–Aparte de España, he estado en once países de cuatro continentes. Argentina, algo de Brasil y Costa Rica en América; Bélgica, Francia, Portugal, Italia, Grecia y Chequia en Europa; Turquía en Asia y Túnez en África.

–¿Y cuál te gustó más?
–Costa Rica es el que más me gustó, no porque fuera el último viaje importante que haya hecho, sino porque es uno de esos lugares que, cuando los ves, piensas que es tu lugar. Yo creo que todos en algún momento estamos en un rincón del mundo y pensamos que ése es nuestro sitio. Me sentí tan sumamente identificado con el modo de vivir, con la sencillez y la alegría que tiene esa gente, en comunión con la naturaleza, que desde que aterricé y salí de San José me sentí identificado con muchos rincones. Sobre todo con la costa del Pacífico. Yo creo que algún día viviré allí.

–Muchos se quieren ir a vivir a Costa Rica…
–Sí, en realidad no soy muy original (risas).

–¿Qué es lo que más recuerdas de ese viaje?
–Yo en Costa Rica he hecho cosas que jamás había realizado. He saltado por los árboles haciendo tirolina, he hecho aguas bravas, he ido en ultraligero, he practicado kayak por el Caribe y he montado a caballo. Y lo que más me sorprendió es que nunca me pusieron problemas. En Europa estamos muy acostumbrados al ‘es que…’, ‘quizá, usted…’, pero allá no. Allá es: ¿quieres hacer tirolina? Pues vamos a ver cómo lo haces. ¿Quieres hacer rafting? Pues vamos a ver cómo lo haces. Esa actitud sumamente positiva y tan natural me cautivó.

–¿Cómo planificas tus viajes? ¿Los piensas mucho o simplemente te dejas llevar por la aventura?
–Yo a la hora de escoger un destino no me planteo qué país es más accesible para mí. Yo sólo pienso en a dónde quiero ir y a partir de allí empiezo a recavar información, pues considero que la gente de todos los países está muy abierta a ayudarte. A mí me gusta vivir la aventura pero no una aventura a priori. Saber si el hotel está adaptado o no… o si me van a perder la silla o no, no es una aventura. Eso, con perdón, es una ‘putada’. La aventura empieza cuando pisas ese país. Yo recavo información primero en España en las webs de las oficinas turísticas, y también me compro las guías impresas en papel porque así me queda un recuerdo para toda la vida.

–¿Viajas solo o en grupo?
–Normalmente viajo con Eva, mi mujer, quien tiene una discapacidad en el brazo izquierdo. Siempre nos va muy bien.

–¿Crees que cada vez es más fácil hacer turismo accesible?
–A mí no me gusta hablar de turismo accesible; prefiero hablar de turismo inclusivo, porque la accesibilidad tiene que ser un concepto. Es como cuando vas a construir una casa, a nadie se le ocurre decir: acuérdate de hacer el tejado. A la hora de planificar rutas o construir establecimientos hoteleros, la accesibilidad tiene que ser un concepto. Todavía hay dificultades y hay mucho de voluntad propia a la hora de viajar. Hay viajes planificados para gente con discapacidades, pero si uno quiere buscar aventura, si lo que quiere hacer es divertirse de otra manera, tiene que ponerle mucha voluntad.

–Pero hay trabas…
–Sí, una de las más fuertes es cuando vas con silla de ruedas y tienes que coger un avión. La silla de ruedas es un equipaje más y no es de mano. La mandan a la bodega. En teoría reciben un protocolo diferente, junto con los carritos de los niños, y las dejan en un lugar separado para que no las descarguen en el tren que recoge las maletas. Pero, a la hora de la verdad, no es así. Lo que ocurre es que la silla corre el riesgo de caer en el tren de las maletas y se rompa. A mí en alguna ocasión me han dejado la silla en otro aeropuerto o me la han entregado con los reposapiés rotos. Luego, para colmo, ponen muchas trabas al reclamar.

–¿Qué hacer cuando ocurre algo así?
–Si ocurre alguna circunstancia de éstas hay que poner la reclamación antes de salir del aeropuerto, pero eso no les debe amargar el viaje. Si la silla se ha roto, que la reparen o se compren otra. Cuando haces un viaje de dos horas, te cuesta muy poco volver a casa si vas en coche; pero cuando vuelas 14 horas y el primer día te rompen la silla de ruedas, ¡que no te amarguen el viaje! Hay que continuar porque probablemente no te van a pagar lo que vale la silla de ruedas y además vas a perder el viaje y las oportunidades. Yo diría que hay que continuar siendo positivos.

–¿Y qué sucede con los hoteles y los restaurantes?
–El problema no son los hoteles o los restaurantes, sino la poca información que colocan en sus páginas webs. Uno puede visitar las páginas que quiera, e incluso alguna que hay por allí que muestra hoteles con accesibilidad, pero el mayor problema de todos es la definición de la accesibilidad. La pregunta es: ¿es accesible para quién? Incluso hay lugares que no ponen que son accesibles, pero sólo tienen un pequeño escalón que con una silla manual o algo de ayuda puedes superar. Si esto fuera diferente, en vez de quedarte en un hotel accesible de cinco estrellas –que es excesivamente caro– te podrías quedar en uno de dos o tres estrellas. Yo pediría esa información más concreta en las webs o por lo menos poner fotografías. Sin embargo, al final a mí me preocupa poco que el lugar sea accesible o no, porque a lo mucho me quedo una noche en cada hotel y si hay que pedir ayuda, se pide. El mayor enemigo nuestro, para quienes tenemos problemas de movilidad, es que existan más de siete escalones. Hasta uno o dos los podemos superar.

–¿Qué es lo que más te satisface al tener un blog tan exitoso?
–Que me deis la oportunidad de poder explicar mi concepto de turismo y mi filosofía de vida, que no la dirijo exclusivamente hacia las personas que tienen algún tipo de capacidad diferente, sino incluso a la gente que en un momento determinado, por alguna circunstancia, se pueda sentir mal y crea que para ellos ha acabado todo y que tienen un problema muy gordo. Yo les diría que una vez que se toca el suelo, se puede salir y que, con voluntad y con tesón, tus sueños se cumplen.

–Es que en realidad nuestros problemas casi siempre no son tan graves como los sentimos. Hay personas que sí saben lo que es el sufrimiento…
–Lo que ocurre es que, cuando uno tiene un problema, es su problema. Y para él es el problema más duro del mundo. No se puede comparar. A veces, viendo otras perspectivas puedes animar a la gente, pero el problema se tiene que afrontar con decisión. Si te quedas en casa a esperar a que él sólo termine, probablemente no va a acabar nunca. Hay que enfrentarse. Los miedos son lobos que están allí, que son fruto de la imaginación, pero si tú vas hacia ellos, los pulverizas.

–¿Es posible conseguir todo en esta vida?
–De momento, lo único que no se puede es volver de la muerte. Pero todo lo demás se puede hacer. Es cuestión de cuáles son tus planteamientos, qué estás dispuesto a sacrificar, ponerle ganas y estar convencido. Yo todos los días cuando me levanto me miro al espejo y digo: tú puedes hacerlo. Para mí todos los días son un nuevo reto.

–¿Qué les dirías a las personas que no tienen o no logran potenciar esa fuerza?
–Lo único que puedo decir es que todos pasamos momentos malos, algunos durante muchos años, pero lo importante es aceptar lo que te ocurre y no resignarte, porque en el momento en que aceptas que tienes un problema buscas soluciones para hacer la vida totalmente normal. Además, dejaría un mensaje: Día que estás mal, día de tu vida que pierdes. Y día que pasa, no vuelve nunca más. Si uno se pega una semana mal, lamentándose que no ha hecho no sé qué, es una semana de su vida que pierde, con todos los acontecimientos que podrían ocurrir en esa semana, en ese día, en esa hora o en ese minuto. Es difícil estar al 100 por 100 las 24 horas del día, es verdad, pero por lo menos si se tiene esa actitud de decir yo voy para adelante y conmigo no va a poder, probablemente contigo no pueda. Al final es actitud, ganas y creer en uno mismo.

–El blog, las redes sociales como Facebook y el Twitter se han puesto de moda. ¿Qué tanto te han ayudado estas herramientas modernas para desarrollar tus proyectos?
–De manera muy importante. Últimamente me preguntan mucho por redes sociales y no tengo ningún inconveniente en decir que a mí me han cambiado la vida. Hay un antes y un después. Hasta octubre del año pasado sólo tenía el blog, que por cierto pronto cumplirá un año y medio, y tenía una serie de seguidores. Entonces ocurrió algo con Renfe (Empresa de Ferrocarriles de España). Yo además de usar los bastones uso silla de ruedas manual y un scooter eléctrico, y éste último no me lo dejaban subir a un tren para venir a Madrid. Como ese evento era muy importante para mí, lo que hice fue narrar esto en mi blog. Entonces, los 60 seguidores que había hasta entonces se convirtieron en 170 en poco más de 48 horas. Además, todos ellos copiaron ese post en sus blogs. ¿Te imaginas el efecto multiplicador que tuvo esa noticia? Además, hubo gente que subió el tema a Facebook. Yo tenía una cuenta en Facebook, pero en aquel entonces no la movía. El efecto multiplicador fue tan sumamente brutal que en 24 horas el Servicio de Atendo de Renfe se puso en contacto conmigo y me dijo que no me preocupara pues no iba a haber ningún problema. Yo quise que se comprometieran a que no iba a haber ningún problema ni conmigo ni con otra persona más adelante. A ese punto, las redes sociales y los blogs son muy importantes. Para quienes tenemos poca movilidad, además, nos dan una perspectiva tremenda, porque si tu mensaje es interesante y logras captar la atención de la gente, si eres divertido y sobre todo si no vendes un producto sino hablas de una idea o de un concepto, la gente responde.

–Esa idea o ese concepto, en tu caso, es que una persona con discapacidad sí puede viajar…
–Yo soy una persona muy activa y eso no es normal en el colectivo de personas con capacidades diferentes. Yo, con mis post, quiero demostrar que detrás de esa silla de ruedas, de esos bastones o de esos aparatos ortopédicos hay actividad, hay vida, hay alegría y ganas de vivir y comerte el mundo. Las redes sociales son imprescindibles para ello.

–Sin embargo, por ahora la mayor parte de personas usa las redes sociales sólo como distracción e incluso para difundir contenidos intrascendentes.
–El éxito de las redes sociales va a depender de los receptores. Alguien dijo una vez que no existía la televisión basura, sino que existe el espectador basura. Yo creo que acá es igual. Las redes sociales forman parte de la vida y en la vida tenemos de todo. Las redes sociales son como la vida. En las ciudades hay muchas calles, pero tú eliges por cuál calle quieres ir. Es una decisión personal.

–Entonces hay viajes para rato…
–Sin duda alguna. Es que viajar te enriquece. Uno tiene que ir a los sitios con humildad, muy abierto a absorber y a ser uno más del lugar donde está. Si vas a un país y quieres vivirlo con la dinámica del tuyo, te perderás muchas cosas y en lugar de disfrutar, vas a pasarla mal. Desde que empecé a viajar siento que he mejorado muchísimo, como persona y como viajero. Se ha fortalecido mi tolerancia y he descubierto que muchas veces los lugares no son como los dibujan los medios de comunicación y los gobiernos.

–¿Cuál será tu siguiente destino?
–Tengo pensado ir por los países de Europa del Este y también a París. Más adelante quiero ir a Vietnam y a Irán, y a muchísimos sitios más que ya irán leyendo en el blog (risas).

–Finalmente, ¿algún mensaje para tus seguidores y seguidoras?
–A todos ellos les digo gracias. Si no fuera por ellas y por ellos, ni ‘A Salto de Mata’ ni yo estaríamos aquí, y no podría hacer llegar este mensaje de positivismo y de ganas, ni este nuevo concepto y esta nueva óptica de poder viajar. Ellos son el corazón de este proyecto. Ellos se merecen todo mi agradecimiento y mi afecto.