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lunes, junio 01, 2009


Complejo Arqueológico ubicado en la provincia de Sánchez Carrión requiere de urgente restauración

No te caigas, Markawamachuko

HUAMACHUCO. Si el complejo arqueológico de Markawamachuko fuera una maravilla, como lo asegura la mayoría de huamachuquinos, el chofer Emilio Pinillos García no tendría que detener su automóvil Station Wagon para quitar dos tremendas rocas de la desastrosa trocha que conduce al monumento.

Si Markawamachuko fuera una maravilla, sus muros no estarían apuntalados como en las viejas casonas del jirón Bolívar de Trujillo. Tampoco el único guardián del lugar, Juan Anticona Cerna, quien sólo se acompaña de un perro chusco llamado ‘Chino’, aseguraría que debe “correr” por las noches a personas que entran al complejo para destruirlo (uno de éstos es un viejo pastor que acaba de soltar a cuatro toros y cinco becerros para que se alimenten de la maleza que cubre al monumento).

Si Markawamachuko fuera una maravilla, no lo visitarían nada más que 20 personas al día, no parecería una cantera ni habría sido uno de los motivos por los cuales los ronderos de Huamachuco se levantaron contra las autoridades liberteñas, semanas atrás.

El problema, valgan verdades, es que Markawamachuko sí es una maravilla. Una deslucida y olvidada, pero impresionante maravilla.

 

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Huamachuco ya no es un pueblito de la sierra, con menú de tres soles y hotel de diez. Esta ciudad, capital de la provincia de Sánchez Carrión y situada a 3 mil 169 metros sobre el nivel del mar, ahora cuenta con siete empresas de transportes que ofrecen buses-cama con terramozas a bordo y café de cortesía. Encontrar una pizzería, cabinas de Internet, una discoteca u hoteles de tres estrellas es ahora muy fácil en esta localidad que ha vivido una explosión económica, social y cultural desde que aparecieron nuevas empresas mineras y desde que asfaltaron gran parte de la carretera a la costa. Lo malo, es que ahora todo es mucho más caro.

Sin embargo, a decir de Pinillos García, el chofer que quitó las piedras del camino, “el turismo está en pañales”. En efecto, este sector es ahora el menos desarrollado en esta provincia del ande liberteño que, paradójicamente, posee atractivos naturales y culturales impresionantes como las lagunas de Sausacocha y Cuchuro, las aguas termales de Yanasara y del Edén, o los restos arqueológicos de Wiracochapampa (donde se celebra cada agosto la fiesta del Waman Raymi o también llamada del Halcón).

Pero entre estos lugares, el centro arqueológico de Markawamachuko destaca por su valor histórico (fue calificado por Fernando Belaúnde Terri como el ‘Machu Picchu del Norte’) y porque es el lugar más amado por los huamachuquinos. Esto, desde que ocupó la sexta ubicación en un concurso organizado por un canal de televisión peruano que buscaba a las nuevas siete maravillas del país.

“Como ciudadano pido a las autoridades regionales y de la municipalidad provincial que restauren Markawamachuko y le den la verdadera categoría de maravilla, que ya tiene, pero no se respeta”, declaró Pinillos García.

 

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El cielo de Huamachuco hoy ha tendido una sábana de color añil y luce perfecto. El pueblo vive un día de paz ya que las acostumbradas manifestaciones en la plaza han dado una tregua. Son las 10 de la mañana, es viernes, y los negocios esperan a sus clientes, las mototaxis van y vienen y nosotros, dos periodistas del diario La Industria, no sabemos cómo llegar a Markawamachuko.

En Trujillo nos dijeron que algunas Combis ofrecían servicio de transporte de Huamachuco a las ruinas, pero en la Oficina de Información Turística de la municipalidad acaban de informarnos que para llegar al complejo arqueológico debemos alquilar una Station Wagon por 50 soles. “La otra forma es ir caminando. Lo que sucede es que no vienen muchos turistas y por eso todavía no hay facilidad con el transporte”, dice el jefe de esta área, Jorge Villanueva Pereda.

Folletos turísticos bajo el brazo, alquilamos la camioneta de Pinillos García y éste nos lleva por un camino “que por suerte hoy está abierto”. El conductor se refería a que un deslizamiento de piedras y lodo tuvo bloqueada esta vía en los últimos tres días.

El vehículo va en segunda por una cuesta caprichosa y Huamachuco queda a la distancia entre tejas serranas y montañas verdes pero salpicadas por la minería informal. El Cerro El Toro y las Pampas de Purrumpampa, donde se lidió la última batalla contra los chilenos, lucen afectados por la contaminación y el desarrollo urbano.

Markawamachuko (que en quechua significa ‘Pueblo de hombres con gorro de halcón’), se ubica en una montaña que se observa desde lejos, a 10 kilómetros de Huamachuco. Tiene una extensión de cinco kilómetros de largo por 600 metros de ancho y sus muros fueron levantados por la cultura Wamachuko entre los años 400 y 1.000 después de Cristo.

La carretera que conduce a los visitantes es una trocha en muy mal estado. Al salir de la ciudad, al costado del camino, existen minas que extraen materiales de construcción y donde trabajan niños. Ellos utilizan palanas y picos para llenar las tolvas de los camiones con ‘ripio’, que es una mezcla de piedras con arena.

Más adelante, en un profundo acantilado que llega hasta un riachuelo, existe un inmenso basural que no sólo afea la imagen sino que también pone en peligro de enfermarse a viajeros y pobladores.

“Nosotros hemos pedido que mejoren el monumento, que efectivamente está muy deteriorado. Markawamachuko es una maravilla y tiene mucho potencial, pero como está, no se puede hacer mucho”, declaró a La Industria el estudiante huamachuquino de Computación e Informática Pol Flores Paredes.

Similar pedido expresó el también estudiante Marlon Torres Benites: “El mejoramiento de la carretera estaba aprobado, pero el dinero lo han utilizado para otras cosas. Los ronderos y todo Huamachuco vienen expresando su protesta y ya están hablando de un nuevo paro en los próximos días”.

De acuerdo con los registros ediles, un promedio de 20 personas visita Markawamachuko cada día. La mayoría proviene de Trujillo, pero también hay reportes de franceses, chinos y norteamericanos. “Siempre dicen que van a mejorarlo, pero hasta ahora nada. Este monumento tiene mucho potencial y es tiempo de rescatarlo del olvido”, expresó la comerciante huamachuquina María Siccha Vilca.


No lo restauran hace más de un año

A pesar de los anuncios de que están restaurando o que pronto restaurarán el complejo arqueológico de Markawamachuko, La Industria confirmó en el lugar que los últimos trabajos de restauración y limpieza se realizaron hace más de un año. Por ello, todos los sectores del monumento se encuentran deteriorados y, en muchos puntos, cubiertos por maleza.

En el primer sector, denominado Las Huacas, sólo algunas paredes se han salvado del montón de piedras que permanecen desperdigadas. Luego vienen los baños, que no tienen agua, el pintoresco local de la boletería que está cerrado y la inexistencia de guías de turismo.

Sólo el guardián del monumento, Juan Anticona Cerna, recibe amablemente a los visitantes y los inscribe en un libro que después entrega a la municipalidad. Luego vende un volante con información del lugar (a un nuevo sol) y el resto queda por cuenta propia del turista, que debe guiarse por carteles de madera (uno de ellos dice: “Doble Murralla” ¿?)

El sector El Castillo, donde los Wamachuco realizaban rituales religiosos, no sólo impresiona por la arquitectura de sus muros, nichos y hornacinas, sino también por lo descuidado que está.

Lo mismo ocurre con el sector Las Monjas, destinado a las viviendas de los gobernantes wamachukos. Aquí ingresan pastores con toros y ovejas, que no sólo ensucian el lugar sino que también debilitan sus muros. “Sí me han dicho que está prohibido, ¿pero a dónde voy a llevar a mis vaquitas pues, señor?”, dijo la pastora María Sánchez Vargas, madre de cinco mujeres y cinco hombres que viven en la costa y sólo la visitan en agosto.

Si a esto le sumamos que muchos visitantes arrojan basura en el complejo (a pesar de que sí existen tachos) y que incluso algunas personas logran ingresar con automóviles hasta las zonas intangibles (el último viernes entró hasta El Castillo la camioneta Station Wagon SL 2188), Markawamachuko está atravesando un momento difícil.

“La gente es complicada y no entiende. Ya les hemos dicho que no entren con sus animales, pero igualito es”, comentó el guardián del monumento.

 

EL COMPLEMENTO

Muchos proyectos.

Tanto la Municipalidad Provincial de Sánchez Carrión, el Instituto Nacional de Cultura (INC) como el Gobierno Central vienen elaborando proyectos para restaurar Markawamachuko. Incluso existe un Plan de Manejo del complejo arqueológico que lo viene trabajando el ex director del INC Guillermo Lumbreras Salcedo. Los pobladores de Huamachuco exigen que los trabajos y la puesta en valor del monumento empiecen cuanto antes.

¿Cómo llegar?

Para llegar a Markawamachuko se debe viajar de Trujillo a Huamachuco en bus. El boleto cuesta 25 soles y el trayecto demora 5 horas. Luego, se debe alquilar un automóvil que cobra entre 50 y 80 soles ida y vuelta. La oficina de Información Turística de la municipalidad, ubicada en la Plaza de Armas de Huamachuco, ofrece importante información sobre el monumento y contacta a los conductores. La otra alternativa es caminar 2 horas y media hasta la entrada del monumento.

 

ELLOS LO DICEN:

Marina Esquivel Sánchez (comerciante)

“Tengo el orgullo de vivir a pocos metros de la casa de Sánchez Carrión y quiero mucho a Huamachuco. Yo le pido a las autoridades que arreglen a Markawamachuko y así atraigan más turistas para seguir mejorando la economía de nuestra ciudad”.

Lorenza Negreiros Esteban (comerciante)

“Markawamachuko está muy descuidado y por eso los turistas se llevan una mala imagen del lugar. Ahora este monumento es considerado como una maravilla del Perú pero las autoridades no hacen nada por darle realce”.

Marlon Torres Benites (estudiante)

“Yo sé que hay presupuesto, pero las autoridades son irresponsables. El dinero de la carretera se perdió porque lo utilizaron para otras cosas. Por eso los ronderos y los vecinos se enfurecen y hacen huelga”.

domingo, mayo 17, 2009

Diálogo vía Messenger con poblador de Sepahua revela preocupante realidad en este pueblo de Ucayali
Narcoterroristas detrás
de paralización en la selva


La conversación de hoy vía Messenger con mi buen amigo Alberto (el nombre es ficticio por razones de seguridad) tuvo un tenor distinto a las acostumbradas y casi diarias charlas cargadas de bromas, nostalgia y anécdotas intrascendentes. El terrorismo se filtró en nuestros teclados y me obligó a denunciar en este medio que la pequeña localidad de Sepahua, ubicada en la región de Ucayali, cuya capital es Pucallpa, está siendo amenazada por los narcoterroristas.
Alberto contó que en Sepahua, donde él vive, grupos terroristas están obligando al pueblo a sumarse a la paralización y a las protestas contra el gobierno peruano, convocadas por la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (Aidesep).
Este paro se acata en casi toda la selva. En pueblos donde la presencia de Estado es casi nula, la situación ha llegado a la anarquía. Incluso, Alberto Pizango, presidente de la Aidesep, había hecho un llamado a la insurgencia a los pueblos nativos de la selva, pero luego reconoció que “fue algo muy excesivo para muchos sectores”.
Sepahua es una de las escasas localidades que aún no apoyan la medida de lucha. Por ello, los narcoterroristas, rifle en ristre, amenazan con que “correrá sangre” si no se pliegan a los manifestantes.
“Aquí no está bien la cosa hermano. Estoy asustado. El otro día cortaron la luz por presión de los ‘terrucos’. Y al día siguiente fue igual”, contó Alberto vía Messenger.
Añadió que los terroristas “han bajado al pueblo” para “meter candela por el paro de las comunidades indígenas”.
Cabe precisar que el gobierno viene dialogando con los nativos y los dirigentes para encontrar una salida. No obstante, es preciso mencionar las palabras del congresista Aurelio Pastor, de la bancada aprista: “Pizango ha conformado un grupo, con gente que no tiene nada que ver con las comunidades nativas, para administrar el dinero proveniente de la contribución extranjera”.
Pastor no descartó que la dirigencia de Aidesep utilice las movilizaciones y protestas de un sector de las comunidades nativas para justificar el dinero que recibe proveniente de instituciones nacionales y de organismos del exterior.
Según indicó, Pizango ha reconocido que recibe más de un millón 600 mil dólares para la Aidesep. “Ellos tienen un interés en mantener la situación (de protesta y bloqueos), porque mientras eso se mantenga ellos van a seguir recibiendo dinero”, refirió.

La cosa es terrible
“Dicen que correrá sangre por aquí. La gente está con los pelos de punta… de noche es peor que el desierto. Todos se ‘guardan’ en sus ‘jatos’ temprano nomás”, precisó Alberto.
Pero eso no es todo. Los bloqueos en las carreteras y los ríos están dejando a Sepahua sin alimentos. “No como una verdura hace 15 días, todo es arroz, yuca y carne. Ya ni pan hay en la panadería porque por el paro no dejan pasar las embarcaciones por los ríos”.
En Sepahua existe una base de la Marina de Guerra del Perú. Sus agentes, bien armados, están alertas ante un posible ataque terrorista. A pesar de ello, el pueblo vive en zozobra. “Los indígenas están protestando porque el gobierno está vendiendo terrenos y ellos dicen que son dueños de esos terrenos. En realidad ni ellos saben por qué paran, sólo joden porque hay un grupo que está movilizando a esa gente. Los marinos están alertas”, dijo Alberto.
Considerando que hace un par de décadas los crímenes llamados ‘ajusticiamientos’ eran cometidos a diario en la selva (también en Sepahua), la gente está muy asustada. “Como hay una base de los marinos, los terrucos obligan a apagar las luces. Es oscuridad total, no ves ni tus manos”, precisó Alberto, al tiempo de pedir al gobierno que esta situación termine cuanto antes.
Ojalá el gobierno sí vea con claridad y actúe con prudencia.

lunes, marzo 30, 2009

De 198 naciones del mundo, nada más que el 11,11% le ha abierto las puertas a los peruanos
Sólo 22 países confían en

Perú y no le exigen visa

En el mundo existen 198 países, pero sólo 22 de ellos le han abierto las puertas por completo a los peruanos, al no exigir ese ‘dolor de cabeza’ que se resume en cuatro letras: V-I-S-A.
Una regla de tres simple nos echa esta dura realidad por las narices: sólo al 11,11% de los países del mundo podemos ingresar sin visa.
Estas naciones se ubican en América del Sur (Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, Paraguay y Uruguay), América Central y el Caribe (Barbados, Bahamas, República Dominicana y Trinidad y Tobago), África (Marruecos y Sudáfrica), Asia y Medio Oriente (Brunei, Corea, Hong Kong, Singapur, Malasia, Tailandia, Israel y Emiratos Árabes Unidos).
Brasil exige el certificado de la vacuna contra la fiebre amarilla y, al igual que en Chile, sólo es necesaria la presentación del Documento Nacional de Identidad (DNI). Malasia pide la misma vacuna, mientras que Emiratos Árabes Unidos no exige visa pero sí una ‘Autorización de Entrada’, tramitada por el hotel o línea aérea de transporte (KLM o Lufthansa).
Ningún país de América del Norte da entrada sin visa a los peruanos y lo mismo sucede con los ubicados en Europa y Oceanía. Pretender visitar estas naciones implica la previa realización de un casi siempre engorroso trámite en la respectiva embajada del país elegido.

No es tan fácil que digamos
Pero si usted piensa que para viajar a estos 22 países no necesitará visitar una embajada, se equivoca. Movilizarse en Sudamérica es fácil. Se puede hacer tanto por tierra como por aire y, en algunos países, incluso por río o mar. El DNI o el pasaporte común son suficientes.
Sin embargo, si las vacaciones se quieren pasar en Brunei, por ejemplo, existe un ‘pequeño’ problema: no existen vuelos directos entre Lima y Bandar Seri Begawan (capital de este pequeño país ubicado en el sudeste de Asia). Para llegar allí, será necesario hacer escala en Ámsterdam (Países Bajos) y, por ello, se requerirá de una visa Shengen de tránsito.
Es decir, sólo por pisar el aeropuerto Schiphol de Ámsterdam y esperar un nuevo avión que nos llevará a Bangkok (Tailandia) y luego a Brunei, los peruanos necesitamos tener una visa. Para obtenerla, tendrá que solicitarla en la embajada de Holanda en Lima, lo cual ya implica presentar documentos y perder tiempo.
En el caso de Marruecos ocurre lo mismo. Para llegar a Rabat, ciudad capital, debemos hacer escala en Madrid o Barcelona (España). Demás está decir que la ‘Madre Patria’, por pertenecer a la Unión Europea, también exige a los peruanos visa de tránsito. Y así se repite con la mayoría de países de Asia e incluso de América Central y el Caribe (casi siempre es necesario hacer escala en Panamá, país que también nos pide visa).

¿Por qué ocurre esto?
Las pruebas hablan por sí solas. Panamá, por ejemplo, no exige la visa de turismo a Paraguay, Brasil, Argentina, Bolivia, Chile y Uruguay. Pero sí a Perú. ¿Por qué?
Otro caso es el de Nicaragua. Allí sólo tienen entrada libre los peruanos que portan pasaportes diplomáticos, oficiales, especiales y de servicio, gracias a un acuerdo de ‘supresión de visas’ suscrito entre ambos países en Lima, el 4 de junio de 2004. Sin embargo, en este acuerdo no se consideran los pasaportes ordinarios (los que tiene todo el mundo). En contraste, países como Chile o Argentina sí tienen entrada libre a Nicaragua, sin necesidad de visa. ¿Acaso fue un acuerdo sólo para los diplomáticos? ¿Para qué sirve ese convenio? Definitivamente, nuestros diplomáticos tienen una gran tarea por cumplir.

Acceso fácil a otros países
- La India puede dar la visa a los peruanos el mismo día en la embajada de Lima.
- Venezuela en realidad no pone muchos peros.
- Cuba no exige visa, pero sí una tarjeta de turismo que cuesta 20 dólares.
- Camboya expide la visa por Internet en el sitio web: http://www.mfaic.gov.kh/e-visa/vsindex.aspx?lng=Esp

sábado, marzo 21, 2009

Reflexiones tras mi viaje a España

El centro de España en invierno, es una tierra donde los vientos gélidos y las hojas secas y crujientes de los álamos te envuelven en una atmósfera en blanco y negro, con algunas pinceladas del sepia. La sobriedad y elegancia de los tonos grises y ocres, que se repiten en edificios de Madrid, Ávila, Valladolid, Salamanca, Alcalá de Henares o Segovia, convierten a un daltónico en un individuo común y corriente: el color es lo que menos resalta en una Europa antártica.
Los árboles esqueléticos y deshojados son como hombres petrificados en este país de modernidad y limpieza, cultura y elegancia, piedras, naturaleza y crisis. Es difícil encontrar aquí barrios pintados como el Arco Iris; por ello, un peruano acostumbrado a colorear su casa de azul, amarillo o verde y vivir en un país polícromo, sufre un violento golpe visual que oprime el corazón y, por momentos, incluso, llega a asfixiar.
Aún así, al caminar en Madrid u otros lugares, no me siento en ciudades extrañas. Debo reconocer que el orden, la limpieza y sobre todo los sistemas de transporte se encuentran un millón de veces más desarrollados que en Perú. Sin embargo, la arquitectura de los edificios, las plazas, los parques, los jirones peatonales o las farolas que iluminan el caminar de los españoles, bien podrían ser los mismos de una Lima bien conservada. La Plaza San Martín de la capital peruana es tal cual o incluso más hermosa que la Plaza Mayor de Madrid. Y si de modernidad se trata, Miraflores y sus acantilados nada tienen que envidiar al barrio más moderno de Madrid, ubicado cerca de la estación Cuzco del Metro y amparado bajo las suntuosas e inclinadas Torres Kío.
La influencia española en Perú aún está tan marcada que Madrid no me sorprende, por lo cual no puedo decir que España es otro mundo. Claro, en Lima y en Perú las afueras de las ciudades grandes lucen paupérrimas y cruelmente empobrecidas, lo cual nos sitúa en un país humilde económicamente hablando. Algunos dicen que el Perú actual es la España de hace 50 años. Yo, que estuve 15 días en la llamada ‘Madre Patria’, puedo dar fe de ello.

Su gente
Más allá de la arquitectura, de sus calles o de sus vistas panorámicas, un país está hecho por su gente. Estoy en el Metro de Madrid, viajando desde la Estación de Marqués de Vadillo hacia Gran Vía. La red de trenes subterráneos de esta ciudad es tan impresionante como laberíntica; realmente es como una ciudad distinta debajo de la tierra y, como necesariamente todos llegan a ella, es el mejor lugar para conocer a los españoles.
A mi costado está parada una vieja colorada que se sujeta de un tubo con una mano y con la otra sostiene un libro abierto que está leyendo. No logro ver el título de la obra. En el Metro más de la mitad de los viajantes siempre lee, otro poco escucha música con audífonos, otros son amigos o pareja y conversan en voz baja, mientras que hay un pequeño puñado de “diferentes” que se ríen a carcajadas y hablan extraño, conocidos como “inmigrantes”. Dentro de ese grupo están los “Sudamericanos”. Ecuatorianos, peruanos, bolivianos, venezolanos, argentinos, etc. A ellos debemos sumarles todos los centroamericanos como nicaragüenses, hondureños o dominicanos, así como a los mexicanos. Ocurre que los españoles llaman “Sudamericano” a cualquier sujeto de rasgos andinos o negros que habla español, que provenga de cualquier punto de América.
Otro grupo lo conforman los africanos. Nunca he visto a alguien cuya piel sea tan negra como un tipo que viaja a mi costado. Es casi azul. Un día estuve hablando con un peruano que llegó a vivir a Madrid hace 20 años, quien me contó que cuando recién empezaron a migrar los africanos a esta ciudad, los niños españoles los señalaban extrañados como si fueran seres de otro planeta. El tipo viaja tranquilo. Lleva una gorra y un polo negro con el número cinco estampado en el pecho. El Metro se detiene en la estación Acacias y sube un español ebrio. Son las 12:30 del mediodía. Hora punta. El tipo, flaco, blanco y narizón, empieza a hablar solo. Se queja de la crisis y de que su mujer le pide más dinero. “La leche y el zumo nunca les faltan a mis hijos”, dice. El negro lo mira de reojo y el español empieza a conversarle sobre lo mismo. Que sus hijos, que la crisis, que el dinero. El joven, que al comienzo ni se inmutaba (como si estuviera zumbando una mosca a su costado), al cabo de unos minutos de soportar el mismo sonsonete lastimero se impacienta y le dice: “Bueno ya, qué espesito eres, ¡tú a lo tuyo y yo a lo mío!” El español se queda callado.
Madrid es una ciudad cosmopolita. En sus calles y en el Metro puedes encontrar chinos, africanos, americanos, europeos y ciudadanos de cualquier parte del mundo. Eso de que hay racismo, yo no lo vi. Al contrario, al ver a gente de todas las razas viviendo bajo el mismo cielo y sirviéndose de la misma infraestructura, sospecho que aquí la gente es tolerante pero a la vez más fría e individualista. Cada uno lee su libro y escucha su música y el resto, no me interesa.
Quienes sí conforman una cultura independiente son los gitanos. Ellos están en todos lados, hablando en caló (su dialecto), con ropajes propios de su cultura y haciendo mucha más bulla que los españoles. Los gitanos son considerados como timadores, sucios e indigentes.

Un contraste con la juventud peruana
Jóvenes con aretes en la cara o con pelos de colores. Otro violento golpe visual. Las apariencias engañan, claro. El fenómeno de los tatuajes, los piercings, los peinados estrambóticos y demás manifestaciones contemporáneas se observan en España sin hacer mucho esfuerzo, lo cual en Perú aún sigue poco desarrollado. Al margen de ello que, como digo, son apariencias, creo que tanto en España como en nuestro país la juventud va por el mismo camino. Si acá cada vez menos jóvenes ceden el asiento a sus mayores en un micro, allá es igual o tal vez peor. Embriagarse en las calles es también una práctica común. La pérdida de valores se siente tanto a ambos lados del mundo.
No es que acá seamos más humanos y allá más robots; todo es igual, con la excepción de que en Perú, por suerte, aún existen pueblos que no se han contaminado con la era “moderna” y el común de la gente es un poco más conservador.
Días atrás, después de mi viaje a España y estando de vuelta en Trujillo, caminé en la noche con un compañero de trabajo hacia mi casa y llegamos al óvalo Larco, donde hay una tienda que vende cervezas. En el lugar, un joven que iba en grupo con otros 10, en automóviles del año, estaba golpeando a otro. Lo insultaba, le daba patadas y puñetazos. El pobre tipo estaba ebrio y en el suelo. Llamé a la Policía, pero antes de que llegaran, esos 10, que definitivamente estaban borrachos o drogados, escaparon a toda marcha en sus autos de lujo. El sujeto golpeado quedó en la calle y siguió su camino, magullado y echando sangre.
Esa escena me hizo recordar a una pelea entre gitanos, una mañana en Madrid. Alba, mi hermosa novia, abrió la ventana y vimos cómo un tipo estaba parado sobre el techo de un automóvil, mientras que otro lo amenazaba con una piedra. Cerré la ventana. Al rato se escucharon los gritos de una mujer, el choque de dos automóviles y las sirenas de la Policía. Abrimos la ventana. El tipo estaba muerto. Una carroza funeraria llegó al cabo de unos minutos. Fue una típica escena de noticia policíaca que he visto durante mucho tiempo y que he redactado en innumerables oportunidades para este diario.
Otro día, vi en el metro de Madrid a peruanos convertidos en payasos, con los pelos parados, con zapatillas costosas, con aretes, con ropa de marca y hablando ya como españoles. Me dio pena y vergüenza. Sin embargo, no me sorprendió mucho porque en Trujillo o en Lima se vive el mismo fenómeno. Las personas que migran de la sierra cuelgan sus polleras, botan sus llanques, se visten con ropa de moda y así tratan de aparentar lo que no son. Un problema de identidad, de autoestima, de quererse, de querer sus raíces. En Perú, la identidad es tan frágil… Y aunque no tengan un quinto en el bolsillo, tal vez, en el fondo, aquellas personas esconden una alegría porque ya no son serranos sino “costeños”. Allá, ya no son peruanos sino “españoles”. O eso creen. Así de tonto es este mundo envilecido, allá y acá.
La diferencia más fuerte entre España y Perú es que aquí aún hay poblados menos “contaminados” pero a la vez donde la gente no tiene acceso a servicios modernos. Para todo el mundo ellos son pobres, pero si vemos un poco más allá, tal vez esas personas que viven así, que son tan “pobres” y que al mundo dan pena, sean las únicas ricas que quedan en el planeta.
Ayer vi un documental que trataba sobre la felicidad y me sorprendió cuando dijeron que las personas más felices del mundo viven en un pequeño pueblo de la amazonía peruana, a donde sólo se llega en barco. ¿Acaso ellos son pobres? Viven arando la tierra, criando sus animales, en chozas tal cual como sus antepasados, utilizando medicamentos tradicionales y comiendo lo que siembran o pescan. ¿Dónde está la pobreza? Pero, para el mundo, un lugar sin centros comerciales, sin un hospital ni un colegio privado, es un lugar pobre que merece ser ayudado. Yo diría que, en realidad para muchas de esas personas “solidarias”, es un lugar virgen que merece ser conquistado, contaminado y metido al mercado para acrecentar el número de posibles compradores.

La crisis económica
La crisis económica mundial, que en Perú es como un fantasma algo lejano (aunque algunos dicen que aquí la crisis no se siente porque el Perú siempre está en crisis), se percibe en España hasta cuando miras televisión y por eso la gente anda bastante preocupada. Ya son casi 4 millones de desempleados y la cifra sigue subiendo.
Ahora estoy en Valladolid. Viajé tres horas en un tren desde Madrid, pasando por la medieval Ávila, y estoy caminando por el casco histórico de esta ciudad mediana y fría. Alba ya me había advertido que en este lugar muchos negocios están cerrando sus puertas por la crisis, pero nunca imaginé que fueran tantos. Carteles como “remate por cierre”, “liquidación” o “precios increíbles” saltan a la vista en todas las calles. Incluso, una boutique de nombre “Markus” pintó en su vidrio exterior: "¡¡CRISIS, CRISIS, LAS MEJORES REBAJAS DE LA HISTORIA!!”
Regreso a mi habitación y enciendo la televisión. El spot de un banco anuncia un nuevo servicio de créditos con menos intereses “por la crisis”. Otro habla del último invento en la industria automotriz, “el 'coche anticrisis', que costará la increíble suma de 1.700 euros”. En este país, ahora, la crisis se huele, se siente, se observa, se come y se lee en las portadas de los diarios.
Esta situación inesperada tal vez cambie la percepción colectiva en Perú sobre España y el resto del mundo. Seguramente cada vez menos peruanos decidirán viajar para aventurarse en estas tierras en busca de una “mejor vida” y empezarán a mirar hacia adentro.
El sector más afectado es sin duda el de la construcción. Por eso, no es raro observar en algunas ciudades españolas (sobre todo en Madrid) obras inconclusas y paralizadas. Puentes o edificios, casas o caminos. La crisis se siente y se ve, ya lo dije. En estas condiciones, abandonar a la familia en Perú para “hacer dinero” en España, puede convertirse en una aventura con triste final. Piénselo bien antes de emprenderla.