martes, marzo 30, 2010

Reportaje

¿América Latina o el Macondo de García Márquez?

Doscientos años después de haberse independizado de sus metrópolis europeas, América Latina podría parecerse más al Macondo de Gabriel García Márquez que a un continente unido, estable y desarrollado. “Gabo” pone punto final a “Cien años de soledad” después de que vientos huracanados devastaran al pueblo en el cual muchas familias habían depositado sus ilusiones, y las coincidencias son asombrosas. La obra maestra del Nobel colombiano se divide en 20 capítulos que bien podrían ser las 20 décadas de vida de los países de Latinoamérica. En los primeros 16, el escritor narra la fundación y el desarrollo de Macondo, mientras que los cuatro últimos están dedicados al decaimiento de esta tierra prodigiosa que no supo encaminarse hacia el desarrollo, o que tal vez desde que nació ya estaba condenada a desaparecer.

“Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda
oportunidad sobre la tierra”, advirtió el escritor.


Pero más allá del realismo mágico, y considerando que evidentemente Latinoamérica no desaparecerá como Macondo, esa misma frustración de la familia Buendía, que vivía en un mundo cíclico de tiranos y gitanos, entre insomnios y olvidos, entre guerras, masacres y desdichas, es el sentimiento que hoy podría invadir a muchos latinoamericanos al ver cómo sus países, tan ricos en cultura y recursos naturales y muchos de los cuales están bien posicionados macroeconómicamente hablando, permanecen divididos, con altos índices de pobreza y, peor aún, en manos del populismo.
Actualmente, nueve países de Iberoamérica están celebrando 200 años de su liberación de la Corona española. Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, México, Paraguay y Venezuela (con España como invitada) conforman el “Grupo Bicentenario”, una instancia multilateral constituida en diciembre de 2007 en Santiago de Chile para organizar y celebrar los procesos de independencia de los países americanos.
Sin embargo, al margen de los fuegos artificiales, de los discursos y de los debates, Latinoamérica (no sólo este grupo de Estados bicentenarios sino todo el continente) es un lugar donde las desigualdades sociales son evidentes, donde las instituciones políticas aún no se han consolidado en un nivel óptimo y donde hablar de integración es –por ahora– sólo un sueño.

Rica, pero dividida
Escenario de desarrollo de grandes culturas, como los Aztecas, los Mayas o los Incas, Latinoamérica es un lugar diverso, rico en recursos naturales (sólo Sudamérica posee el 42% de las aguas dulces del mundo), tradiciones y manifestaciones artísticas. Sin embargo, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) califica a esta región como “la más desigual del mundo”.
Esto lo sabe muy bien el periodista y analista económico español Hernando Fernández Calleja, quien asegura que “comienza a ser problemático hablar de Latinoamérica en otro sentido que no sea el sencillamente geográfico”.
Fernández Calleja añade que actualmente no es posible considerar a Latinoamérica como un todo debido a las profundas diferencias en cuanto al grado de desarrollo social, político y económico entre sus distintos países. “Hay enormes diferencias en la cultura económica de los países latinoamericanos, muy diferentes actitudes de la población y, sobre todo, algo que me parece fundamental: que el Estado de Derecho, es decir, el imperio de la ley, no rige en todos los países por igual”, sostiene.

En distintas direcciones
En Latinoamérica existen numerosos tratados, alianzas, comunidades y áreas de libre comercio que apuntarían a la integración económica y política y a la reducción de la pobreza, entre otros aspectos. Sin embargo, en la práctica, se trata de organismos que no han cumplido sus objetivos de integración y que han creado “islas” en el continente que se mueven hacia distintas direcciones.
Entre éstos destacan la Comunidad Andina (CAN), el Mercado Común del Sur (Mercosur), la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la Organización de Estados Centroamericanos (Odeca) y la recién creada Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELC), entre otras de menor trascendencia o que ya han muerto.
Asegurar que estos organismos no han cumplido sus objetivos se basa en hechos. La CAN, que nació en 1969 con la suscripción del Acuerdo de Cartagena, actualmente la integran Ecuador, Bolivia, Perú y Colombia (Chile y Venezuela se retiraron en el camino) y, aunque se trata sólo de cuatro países, dentro de ella existen dos subgrupos. Por un lado, Ecuador y Bolivia congenian con la Alternativa Bolivariana para la América (ALBA), que promueve el presidente venezolano Hugo Chávez Frías para luchar contra el “imperialismo yanqui”, mientras que Perú y Colombia son países que apuestan por el libre mercado sincero y que han suscrito tratados de libre comercio con Estados Unidos y la Unión Europea (UE).
Hugo Chávez, que formó la ALBA como contrapropuesta al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que lidera Estados Unidos, marca una de las tendencias políticas a la cual muchos países latinoamericanos se van adhiriendo.
Luchar contra el “imperio” de EEUU “que explota a Latinoamérica” y el sistema neoliberal que –según Chávez– sólo quiere enriquecer a los más ricos y oprimir a los más pobres, son dos aspectos que el mandatario venezolano utiliza como armas de su “lucha”.
Para el profesor de Historia Política en la Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid Manuel Álvarez Tardío,

“Hugo Chávez representa el camino del suicidio, del aislamiento, de la
repetición de errores, y todo con un precio muy alto para la libertad y el
pluralismo”.


Fernández Calleja considera lo mismo: “Los nacionalismos, sean internos dentro de una misma nación o sean de la nación frente al exterior, son siempre perjudiciales porque interponen fronteras artificiales a la creación de riqueza. Hoy, la clave del crecimiento económico y, en paralelo, del progreso de las poblaciones, es inseparable de la globalización, que es un fenómeno del que no te puedes apear en marcha, porque te quedas en la marginalidad”.
Aun así, la ALBA izquierdista que creó Chávez con el ex presidente cubano Fidel Castro en La Habana en el 2004, a pesar de sus ataques contra la libertad de prensa, de sus contradicciones y de su populismo extremo que está generando más pobreza y está acabando con la clase media en Venezuela, ha dejado de ser una simple piedrecita en el zapato de Estados Unidos y de América Latina para convertirse en una plataforma política con numerosos “adeptos”. Actualmente, además de Venezuela y Cuba, la ALBA está integrada por países como Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Dominica, Antigua y Barbuda y San Vicente y Granadinas.
Además de la ALBA, no debemos olvidar a la socialista Cuba. El historiador cubano exiliado en México Rafael Rojas, en un artículo de opinión publicado semanas atrás en “El País”, hace referencia a que “en las dos últimas décadas, cada vez que un Gobierno de la zona criticó la violación de derechos humanos en Cuba, la reacción de La Habana fue acusar a dicho Gobierno de ‘lacayo del imperio’ y movilizar a las izquierdas radicales en su contra, utilizando a las embajadas cubanas en la región […] En todo caso, la mayoría de los Gobiernos de la región quiere ahorrarse la furia de las izquierdas procubanas y prefiere callar cuando La Habana deja morir a un preso político”.
Ante esto, Álvarez Tardío apunta:

“A estas alturas, veinte años después de la caída del muro de Berlín, ya sabemos
que el capitalismo y la democracia no forman un sistema perfecto, pero sí el
mejor que hemos conocido”.


Rafael Rojas complementa: “[América Latina es] una zona del mundo donde el autoritarismo sigue vivo, a pesar de las últimas transiciones”.
Otro organismo como el Mercosur, que desde 1991 lo integran Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, no ha logrado sus objetivos de integración social, comercial y económica y es considerado sólo como una unión aduanera con imperfecciones.
No obstante, cabe precisar que Brasil ha crecido en términos económicos hasta niveles insospechados, tanto así que ha dejado de ser un país endeudado para ser un país que otorga préstamos, que además integra el grupo del G13 y que en el 2050 podría ser una de las seis economías emergentes más fuertes del mundo (junto con Estados Unidos, China, Rusia, India y México).
Hablar de integración en América Central es una locura, por ello la Organización de Estados Centroamericanos (ODECA) y el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) son prácticamente inexistentes. Pero lo mismo ocurre en Sudamérica, aunque en otro nivel. Vale decir que la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), que la integran desde el 2008 los doce países independientes de Sudamérica (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela), no ha logrado consolidarse y mucho menos reducir las brechas sociales que existen entre los mismos países y sobre todo al interior de éstos.

Los “líderes” en América Latina
México en el norte y Brasil en el sur. A pesar de la inseguridad que afecta al primero por la presencia de mafias dedicadas al narcotráfico y de las diferencias sociales muy marcadas en el segundo, ambas son las economías líderes en América Latina.
Como ya se mencionó líneas arriba, se estima que en el 2050 ambos se ubicarán entre los seis países emergentes más poderosos del mundo.
Por ahora, México, aplicando una economía cien por cien neoliberal, se ha convertido en la segunda nación de América Latina (sólo superada por Brasil) y es considerado un país emergente situado en la decimotercera ubicación mundial en el ranking del PIB nominal. Aun así, la diferencia social allí es muy marcada entre los ricos y los pobres.
Lo mismo ocurre en Brasil, que se ubica en el octavo puesto del PIB nominal y que como México presenta un Índice de Desarrollo Humano (IDH) alto. Brasil es un país que viene fortaleciendo a su clase media gracias a la aplicación de políticas sociales basadas en las transferencias monetarias a los más pobres, pero aún así casi el 30% de su población vive en estado de pobreza.
En Río de Janeiro, su ciudad emblema y una de las más bellas del mundo, un aproximado de 13% de la población vive en estado de pobreza. Esto se materializa en las favelas, que son “islas” de miseria insertadas en la misma ciudad.
En parecida situación está Chile, considerado como un buen ejemplo de desarrollo pero también como un mal paradigma cuando de distribuir la riqueza se trata. En términos económicos, en el 2020 se estima que Chile, el cual se insertó en el modelo neoliberal desde la dictadura de Augusto Pinochet, será un país desarrollado. Sin embargo, Chile es considerado ahora mismo uno de los cuatro países más desiguales de Sudamérica, junto con Brasil, Bolivia y Paraguay.
Para Fernández Calleja, las desigualdades sociales se podrán reducir cuando haya igualdad de oportunidades en la educación, cuando se fortalezca la clase media en términos económicos y de preparación adecuada y cuando las instituciones estatales se vean limpias de la corrupción y de “poderes paralelos como el de los narcotraficantes”.

“El Estado de Derecho debe tener suficientes resortes para expulsar las
prácticas corruptas, que minan la moral de la gente y que generan desconfianza.
Es todo lo mismo, un círculo vicioso. Así se irá fortaleciendo una clase media
preparada, que es el gran amortiguador de las tensiones sociales”, señala.


Álvarez Tardío agrega que “el camino para el desarrollo, como en otras partes y en otro tiempo, siempre es una mezcla inteligente y prudente de buenas dosis de libertad, seguridad y pragmatismo. Por lo demás, la posibilidad de redistribuir riqueza y dar oportunidades a los más débiles está ligada a la capacidad de una sociedad de generar riqueza en un mundo cada vez más complejo y competitivo”.
Otro caso de crecimiento exitoso, al menos en números, es el de Perú. Si en 1990 el país se desangraba por el terrorismo y la hiperinflación sumada a la corrupción lo tenían en quiebra, actualmente se muestra como uno de los países estables de mayor crecimiento económico en la región, con una de las inflaciones más bajas del mundo, casi exento de violencia terrorista y muy empeñado en abrirle las puertas a la inversión privada y en suscribir la mayor cantidad posible de tratados de libre comercio. En este contexto, ahora Perú tiene un IDH alto, pero sus niveles de pobreza se sitúan por encima del 48%. Una vez más, la desigualdad sigue presente.
Hablando en términos generales, la CEPAL espera que en el 2010 América Latina y el Caribe crezcan a un ritmo del 4,1%, iniciando así la superación del impacto negativo de la crisis económica mundial. Aunque, la comisión proyecta tasas positivas de crecimiento para la mayor parte de los países, explica que persisten dudas sobre si la recuperación será sostenida en el tiempo, ya que el escenario externo aún genera incertidumbre y podría afectar las expectativas de crecimiento de la región.
“Lo peor de la crisis ha quedado atrás. Los motores del crecimiento ya se encendieron nuevamente, pero no se sabe cuánto nos durará el combustible”, advirtió Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la CEPAL, al dar a conocer el informe.
Según las proyecciones de la CEPAL, Brasil encabezará la lista de los países que más crecerán en 2010, con una expansión estimada de 5,5%. Le seguirán Perú y Uruguay (5% cada uno), y Bolivia, Chile y Panamá (4,5%), mientras que Argentina y Surinam crecerán 4,0%. México, en tanto, crecerá 3,5%, al igual que Costa Rica y República Dominicana.

¿Qué se siente desde Europa?
Para el escritor español Johari Gautier Carmona, descendiente de una familia africana que migró al Caribe, quien ahora vive en Barcelona, América Latina se ve desde Europa “como un bloque” preso del atraso y de la inestabilidad.

“A América Latina se la mira casi de la misma forma como se mira a África,
aunque con un despertar político y un ligero progreso económico. Tal vez la
diferencia con África sea que en América se habla en su mayoría el español, el
portugués o el francés. Pero hay muchos estereotipos y un gran desconocimiento
que creo que se basan en el miedo y la ignorancia”, declara.


Al respecto, Álvarez Tardío considera fundamental luchar en Europa contra “el tópico, muy presente en España, de que América Latina es una especie de bloque al que debemos tratar con políticas similares y bajo una misma óptica”.
“Hay muchos elementos importantes para que pensemos en América Latina como una realidad compleja y plural que exige de nosotros un tratamiento igualmente plural. Y no es sólo por cuestiones culturales, lingüísticas o económicas, sino también por las diferencias evidentes de desarrollo político y estabilidad institucional”, agrega.
El profesor de la Universidad Rey Juan Carlos agrega que en España existe una imagen dual: por un lado, la idea indiscutible de que España tiene que ser el lazo de unión de América Latina con Europa –debe tener un protagonismo especial en ese terreno por razones no sólo culturales, sino también políticas–; y, por otro, la idea de que América Latina es una región que cada vez resulta más lejana y más difícil de comprender.
“Tengo la sensación de que el acercamiento de España a Europa la alejó de América Latina. Aunque sólo en parte, pues luego vino la expansión de las empresas españolas y la necesidad de tener una política exterior a la altura de nuestras inversiones”, considera.
Fernández Calleja siente que esa visión de conjunto que se tiene de Latinoamérica en Europa, se desprende ahora del hecho de que la crisis financiera internacional no ha afectado demasiado a Latinoamérica.
“En ese sentido, mi opinión es que no ha ido mal. Pero, claro, hay excepciones en las que, bien por el populismo puro y duro, bien por la arbitrariedad populista (del primero el paradigma es Venezuela; del segundo, Argentina) no puede esperarse un gran progreso, por más que algunas cifras, en el caso de Argentina, oculten en parte la mala situación”, considera.

¿Qué hacer?
Para Fernández Calleja, la clave del desarrollo en la que coinciden la mayoría de los estudiosos es fortalecer el Estado de Derecho. “La vigencia de la ley y de las instituciones democráticas debe estar sobre los gobernantes, e incluso sobre las condiciones de producción de un país. En la inestabilidad, solo invierten quienes no pretenden un beneficio común, sino que sólo especulan, en el peor de los sentidos. La estabilidad de las instituciones es la garantía de los turnos políticos, de la alternancia en el poder de unos y otros partidos y, por tanto, de los límites en el ejercicio del poder. La estabilidad es la base de la continuidad de la formación de los ciudadanos, sin la cual también es imposible progresar”, explica.
Añade que a líderes como Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa “les deberían servir de ejemplo países que han tenido en pocos años un despegue económico y social importante, sin necesidad de ser geográficamente y poblacionalmente tan grandes como Brasil o México. Por ejemplo, Chile o algunos países del Este de Europa después del comunismo”.
Álvarez Tardío piensa lo mismo:

“El capitalismo, como la democracia, requieren de algo básico, que es lo que
probablemente peor está resultando en algunos países de América Latina: la
estabilidad institucional, es decir, que los ciudadanos perciban que se pueden
fiar de sus instituciones, que tienen seguridad no ya para sus propiedades sino
para el futuro de sus proyectos, para sus desarrollos personales”.


Agrega que esa seguridad ligada a la estabilidad institucional sólo se consigue consensuando marcos políticos, luchando con firmeza y sin miedo contra los tramposos, los corruptos y los violentos, y creando un Estado fuerte, capaz de redistribuir la riqueza y hacer política social.
“Un Estado fuerte no es, pese a lo que muchos creen, un Estado que no ahoga la libertad, sino un Estado que se muestra firme en la defensa de la libertad”, puntualiza.
De lograrse esto, como agrega Fernández Calleja, “habrá mejores y peores gobernantes, incluso corruptos y falsarios, pero si hay libertad, sus excesos serán corregidos por el mismo sistema. Esa es la clave”.
Pero va más allá: “En cuanto a Europa y también Estados Unidos, lo que tienen que hacer es desterrar el paternalismo y sustituirlo por una cooperación generosa, que no sólo es económica, sino, sobre todo, de formación y de allanamiento de las diferencias culturales y de todo tipo en América Latina. Y también, abandonar sus posiciones proteccionistas, especialmente en la agricultura, para favorecer el comercio internacional y por ende, dar entrada a los productos agrícolas de América Latina y África. Ésa sería una gran aportación”, dice Fernández Calleja, tras puntualizar que Latinoamérica es la mayor región productora de alimentos del mundo.
Por ahora, problemas como el narcotráfico que comparten Colombia y Perú, las injusticias en la distribución de las riquezas que afectan seriamente a Chile, Brasil o Argentina, las crisis políticas de Centroamérica, el nacionalismo, el populismo y la violencia generada por mafias en México, entre otros, son algunos de los retos que deben resolver los países latinoamericanos en los próximos años.
Las condiciones para lograrlo están dadas. Ya lo dijo el propio “Gabo” en 1982, al recibir el Premio Nobel de Literatura:

“No es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una
nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta
la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad,
y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para
siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.


Si esto no se consigue, como lo dijo el uruguayo Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, la región incluso podría perder por completo el derecho de llamarse América, “ya que, para el mundo, América hace referencia a Estados Unidos”. De lo contrario, y si esto no se consigue, quién sabe, tal vez América Latina se vea condenada al vendaval garcimarquezano que lo destruye todo y sólo deja polvo, miseria y desolación.

Veronny Neyra conoce 123 países y ha dirigido obras en España, Argentina y Perú
El arquitecto trujillano que construyó un sueño

MADRID, ESPAÑA. Veronny Neyra Bisso es un hombre que ha hecho realidad sus sueños en un mundo donde muchísima gente sólo nace para sufrir. Eso ya es bastante. Lo más curioso es que este arquitecto trujillano no tiene ningún secreto y más bien siempre ha vivido tomando decisiones y emprendiendo proyectos sobre una vieja, trillada pero acertada frase: ‘no hay peor gestión que la que no se hace’.
En los 60, cuando tenía 27 años, y luego de haber forjado una carrera brillante en Argentina y Brasil, Veronny retornó a Trujillo para administrar la empresa constructora de su familia (Constructora Neyra). Aunque planeó quedarse sólo algunos meses, el tiempo fue transcurriendo con rapidez y él se fue involucrando en nuevas responsabilidades.
Fue promotor y docente de arquitectura en el Instituto Tecnológico Chan Chan, fue gestor de la oficina regional del Colegio de Arquitectos del Perú en La Libertad y se convirtió en el primer arquitecto municipal de Trujillo. Además, se encargó de la reconstrucción de Casma (Áncash) tras el terremoto de 1970.
Cuando precisamente el éxito le miraba a los ojos y él le correspondía con arduo trabajo y mucha fuerza y esperanza, un día su corazón le obligó a tomar la decisión más importante de su vida: dejar todo lo alcanzado por cumplir el sueño que tuvo desde niño: conocer Europa y el mundo entero. Y así lo hizo. Renunció a todo, dejó la casa cerrada y el carro cubierto con la funda, alistó maletas y voló al viejo continente sólo con el deseo de aprender, aprender y aprender.
Actualmente, luego de conocer 123 países de los cinco continentes y haciendo una retrospectiva en Madrid de lo que ha sido su vida, Veronny Neyra Bisso, sin lugar a dudas el más exitoso arquitecto trujillano, sonríe de orgullo por lo conseguido, lanza una mirada tierna a su familia y dice –con un dejo español inevitable– “todo es cuestión de proponérselo”.

Sus inicios
El sueño de Veronny siempre fue viajar. Desde niño, cuando estudiaba en el colegio Seminario de San Carlos y San Marcelo de Trujillo, veía con asombro las fotos y los dibujos de aquellas construcciones míticas que los griegos, los romanos y los árabes legaron al mundo. Le apasionaba Roma y su coliseo, Atenas y su Acrópolis, Egipto y las pirámides, España y La Alhambra.
En aquel entonces el pequeño Veronny, de ascendencia genovesa, vivía en el jirón Pizarro y jugaba con sus amigos en la Plazuela El Recreo, “un lugar de grandes recuerdos”.
La edad universitaria lo llevó hasta Tucumán (Argentina), donde ingresó a la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional y al cabo de un tiempo se graduó con éxito. Posteriormente se capacitó en Río de Janeiro y Brasilia y, al cumplir los 27, una llamada telefónica de su padre le hizo retornar a Trujillo para encargarse de la administración de la empresa constructora familiar.
“Como mi padre y mis hermanos iban a ausentarse, me llamaron para que me encargara de la constructora. Sólo iba a estar veinte días o un mes, pero me quedé varios años en los cuales viví una etapa de esplendor”, recuerda Veronny.
El ímpetu juvenil, las ilusiones, los proyectos y las oportunidades se entrecruzaron de tal manera que muy pronto Veronny se vio coordinando la creación de la carrera de arquitectura del desaparecido Instituto Tecnológico Chan Chan. Lo hizo tan bien, que se convirtió en director de la especialidad y docente de dos asignaturas. “Aún las recuerdo, eran Sistemas de Representación y Expresión Gráfica”, anota.
Trujillo, a pesar de ser una ciudad importante, en aquel entonces no contaba con una filial del Colegio de Arquitectos del Perú y eso a Veronny le inquietaba. “Hice todo lo posible para lograrlo, viajé a Lima donde gestioné su fundación y finalmente se logró. El primer decano en Trujillo fue Miguel Ángel Ganoza Plaza, yo era secretario”, narra.
A esto se sumó que el Concejo Provincial de Trujillo carecía de arquitecto municipal y que él precisamente asumió, por primera vez en la historia, ese importante cargo.
“Sólo había ingenieros municipales y por primera vez se creó una plaza de arquitecto municipal. Se convocó a un concurso, se presentaron muchos y el destino me hizo ganar. Así fui el primero, lo cual me llenó de ilusión”, expresa.
Entre la empresa familiar, las clases en el instituto Chan Chan, el Colegio de Arquitectos y el cargo en la municipalidad, Veronny prácticamente debía desdoblarse. Él califica esta etapa de su vida como “muy interesante”. Pero el terremoto del 70 lo llevó más al sur, hasta Casma, una ciudad que había sido devastada por completo.
“Gané un concurso para la reconstrucción y rehabilitación de Casma y me convertí en arquitecto urbanista en esa ciudad. Al poco tiempo me designaron director de la oficina zonal. Todo estaba destruido, todo estaba en el suelo”, recuerda.
Casma fue reemplazando a Trujillo en su vida. Luego de unos años, su zona de trabajo se amplió hasta Huaraz e incluso bajo su dirección se rehabilitó el complejo arqueológico de Sechín. Veronny había llegado a la cúspide de su profesión en el Perú, pero eso no le bastaba: sus sueños lo seguían empujando hacia Europa.

La gran decisión
Como en Perú ya se estaba asentando y era exitoso, Veronny se asustó. Pensó que si seguía así nunca iba a conocer Europa a fondo y mucho menos estudiar un doctorado. Entonces, renunció a todo y dijo: “me tengo que ir”.
“Recuerdo que mi hermano Fernando dijo: ‘yo no puedo entender cómo, haciendo todo lo que está haciendo, Veronny se vaya’. Pero así fue. Yo estaba decidido a ello y lo hice”, cuenta.
La Sorbona de París fue su primera opción, pero estudiar francés para luego inscribirse en el doctorado lo desanimó. Entonces llegó a Madrid, ciudad donde se desarrollaba el Congreso Mundial de Arquitectura. Averiguó qué era lo más conveniente y se inscribió en la Universidad Tecnológica.
Aunque su intención primigenia no era quedarse para siempre, el ir ganando numerosas becas de estudio en España, Italia y Alemania lo fueron consolidando como uno de los más expertos arquitectos del viejo continente.
“Empecé a presentarme a becas. Me gané una muy buena del Ministerio de la Vivienda de España y recuerdo que me pagaban una cantidad nada despreciable. Luego gané otra beca del Instituto de Cooperación Iberoamericana y con ésa terminé el doctorado”, declara.
Batalló mucho para convalidar su título, y lo consiguió. Estudió más cursos de urbanismo y se colegió en España. Se especializó en arquitectura renacentista en Roma y Florencia (Italia), siguió viajando y en 1980 fundó el estudio madrileño que lleva su nombre.
Desde entonces ha desarrollado proyectos urbanísticos, de vivienda y de restauración en Toledo (provincia donde trabajó como arquitecto municipal) y Madrid. A esto se suman las obras que ejecutó años atrás en Argentina y Perú. “Fui el único arquitecto municipal extranjero en el Ayuntamiento de Palomeque, Toledo. Fue muy interesante. Pero nunca dejé mi estudio”, cuenta.
Desde 1985, Veronny fue testigo del crecimiento extraordinario de España. Ha visto el cambio radical de los pueblos y de las ciudades, a muchas de las cuales califica de “preciosas”, sobre todo por su arquitectura antigua.
Ha visto cómo se ha ido expandiendo el asombroso metro de Madrid, así como el aeropuerto, las autopistas, los rascacielos y las avenidas. “Ha habido un auge tremendo y notorio en España, que la llevó a ubicarse como la octava potencia del mundo. Su desarrollo ha sido homogéneo, cosa que debería repetirse en el Perú”, dice.
Aunque la crisis económica golpea ahora a España y el sector construcción es el más afectado, Veronny considera que se trata de un ciclo que terminará. “El boom inmobiliario en España fue impresionante. Se ha construido a niveles superiores de los demás países de Europa. Pero todo lo que sube, baja, y nuevamente se estabiliza. Es un ciclo que pasará y luego volverá otro”, piensa.

Un buen padre
Jorge es un niño de 11 años muy elocuente. Es el hijo menor de Veronny y el fruto del amor que surgió hace 13 años entre su padre y la arequipeña Hortensia Ruiz Fernández, a quien todos llaman ‘Techi’ (se conocieron en Trujillo, pues ella era compañera de estudios de la sobrina de Veronny llamada Marissa).
Jorge, quien de grande quiere ser arquitecto y adora al Perú (aunque nació en España), define muy bien a su padre: “Es el mejor padre del mundo. Me enseña y a veces que me porto mal, me corrige. Él quiere mucho a mi mamá y a toda la familia. Es una persona encantadora y simpática, se merece lo mejor”.
‘Techi’ añade: “Admiro mucho a Veronny. Es una buena persona, un incansable trabajador, muy responsable, amante de su profesión, que es la razón por la cual viaja tanto. Como padre es excelente y todas las cosas que se propone, las consigue. La verdad es que me he sacado la lotería”.
En el hogar de esta familia, ubicado en la exclusiva calle Alberto Alcocer de Madrid, se observan libros y adornos peruanos. Desde un retablo ayacuchano hasta un texto sobre los tesoros incas. Allí radica el interés del pequeño Jorge por conocer muy pronto Cuzco y Machu Picchu.
Por ahora Veronny continúa trabajando en su estudio y asistiendo a todos los congresos mundiales de arquitectura habidos y por haber, en los cuales participa como expositor y pone énfasis en los proyectos de viviendas de interés social. Al ser reconocido y querido en Trujillo, el Colegio de Arquitectos de La Liberad, ni bien se entera de su llegada, ya lo está invitando para que dicte charlas a las nuevas generaciones.
Así es Veronny, un hombre que años atrás también forjó el hermanamiento entre Trujillo de Extremadura (España) y Trujillo del Perú. Un hombre que no deja de soñar. Un hombre apasionado por la arquitectura, a la cual califica de “compleja y maravillosa”. Un hombre que sigue lleno de entusiasmo, optimismo e ilusiones. A buena cuenta, un hombre ejemplar.
‘Maravillas’ de Perú y Latinoamérica en Madrid

Dos ajíes verdes, un trocito de kion y una botella de sillao. No, esto no es chino. Es peruano, como yo. Hace dos meses llegué becado a Madrid para estudiar y realizar prácticas de periodismo, y debo confesar que una de las cosas que más extraño es el saborcito de la comida de mi tierra.
Y es que la gastronomía española es envidiable, pero por desgracia mi paladar reclama constantemente el picante y el ácido andino que hasta ahora no logro probar por aquí.
Dos ajíes verdes, un trocito de kion y una botella de sillao. No es nada, son sólo tres productos peruanos que nunca pensé encontrar en Madrid. El ají está claro que es el chile, mientras que el kion (jengibre) y el sillao (salsa de soja más salada que dulce) son productos básicos de la comida de mi país que acabo de comprar en un lugar de ensueño: el mercado de Maravillas de Madrid.
Ubicado hace 66 años en la calle de Bravo Murillo 122, este mercado madrileño huele a Latinoamérica pero se parece más a una zona liberada en donde no existen nacionalidades, ni color de piel ni idiomas. Aquí todo se resume en algo muy sencillo: un feeling entre el que va a comprar y el que le vende.
Maravillas de Madrid, con sus 220 vendedores, es el mercado de productos frescos más grande de toda España y el centro comercial de barrio mejor equipado de toda Europa.
Cocos, mangos, plátanos machos (maduros) y yucas son algunos de los productos más vendidos. Pero son otros, más exóticos, los productos ‘extraños’ que se pueden encontrar allí. Frutas como el tamarindo, la papaya y el maracuyá, carnes como el lomo argentino, bebidas como la Inca Kola peruana así como conservas, especias y harinas convierten a este lugar en un verdadero paraíso para los latinoamericanos afincados en Madrid.
En mayor cantidad se encuentra productos de República Dominicana, Ecuador y México, pero también los hay de Chile, Argentina, Colombia, Brasil, Cuba, Perú y en general de todos los países americanos. Todos, importados por empresas bien constituidas y algunos pocos que no requieren refrigeración traídos a España como equipaje en vuelos comerciales.
“En Maravillas se puede encontrar todo lo que buscas. Carnes, frutas, verduras, panes y embutidos; desde la seta más extraña que te puedas imaginar, hasta el producto más exclusivo que pueda seleccionar cualquier chef de restaurante gourmet. A partir de allí, la imaginación es suficientemente amplia como para poder encontrar cualquier producto”, declaró el gerente del mercado de Maravillas, Luis Pulido Pascual.
Al ofrecer buena accesibilidad (que incluye área de aparcamiento) y un lugar limpio y moderno, este mercado no sólo provee de productos frescos a los ciudadanos de a pie, sino también a los restaurantes más exclusivos de Madrid.
“Desde restaurantes de cinco tenedores hasta la típica cafetería de menú de ocho euros, todos son clientes de Maravillas. Aquí encuentran lo que buscan”, añadió.
Cerveza Cusqueña, refrescos como Kola Inglesa, pescados que van desde el salmón hasta el bonito, y carnes de todo tipo de animales (tan exóticos como la cebra, el canguro o la rana) se pueden adquirir en Maravillas, mercado que tiene un catálogo de productos en su página web, la misma que permite realizar un recorrido virtual de sus instalaciones.
“Aquí atendemos de lunes a viernes de 9 de la mañana a 2 de la tarde y de 5 a 8 de la tarde. Los sábados estamos de 9 de la mañana a 2 de la tarde. Todo lo que usted imagine, aquí lo encontrará”, dijo Silvana, la vendedora ecuatoriana del puesto denominado ‘Amazonas, productos latinos’.
Y para darle mayor valor, Maravillas también ofrece productos típicos de Asia y del medio oriente. Además, hay comerciantes de perfumes, bisutería, productos de limpieza, papelería, joyas, ropa, zapatos y mucho más.
En fin. Dos ajíes verdes, un trocito de kion y una botella de sillao. Este domingo cocinaré chifa y, aunque sé que nunca igualaré el sabor de una sopa preparada por mi madre, estoy seguro de que con cada bocado realmente me sentiré como en casa.
Entrevista al escritor Johari Gautier, quien acaba de publicar ‘Cuentos históricos del pueblo Africano’
“Podemos aprender muchísimo de África”

La humildad, la solidaridad y las ansias de saber qué ocurre más allá del horizonte son tres cualidades del pueblo africano que el escritor Johari Gautier Carmona descubrió durante dos visitas a Gambia y Senegal, que no fueron precisamente para hacer turismo sino más bien para encontrarse con sus raíces.


Gautier (1979), quien acaba de publicar ‘Cuentos históricos del pueblo Africano’ (Editorial Almuzara), nació en París, pero es hijo de una española y de un descendiente africano que vio la luz en la isla francesa de Guadalupe, allá en el Caribe.

Él asegura que sus abuelos paternos fueron esclavos llevados a América y que su último libro lo redactó para satisfacer “una necesidad de expresar mi africanidad”.

“Soy una persona que me defino por mis orígenes, más que por el lugar donde nací. Y como no pretendo olvidarme de nada, quiero reivindicar a África”, declaró Gautier.

Precisamente, los 18 relatos de su nuevo libro tienen como objetivo limpiar de prejuicios al continente africano, desprestigiado en el mundo occidental donde se le considera como una zona vacía, conflictiva y sin historia. Nada más alejado de la realidad.

El nuevo volumen pretende acercar África a Europa para conseguir, de alguna manera, que el conocimiento de su historia, de sus costumbres y de su realidad social, política y económica quite de la mente del lector los prejuicios y las ideas erróneas que desestiman el gran valor que posee el continente africano. En resumen, proponer que todas las personas somos iguales.


–En Europa y América se conoce a África de una manera desdibujada, a través del cine o de los medios informativos que no reflejan del todo la realidad. ¿Qué es lo que más te impactó en los casi dos meses que estuviste en Gambia y Senegal, previos a la publicación de tu libro?
–Yo viajé a África cuando tenía el libro escrito a la mitad y estuve conociendo el sitio por medio de africanos, conociendo la vida del lugareño y sus costumbres. No estuve en lugares turísticos, sino en contacto con las personas. Lo que más me impactó fue encontrar a gente muy abierta, gente muy curiosa, con una necesidad de conocer qué pasa afuera. Gente que también escucha las noticias, pero no solamente las de su país sino también las de Europa, de Estados Unidos y de América Latina.


–Cosa que nosotros no hacemos con frecuencia…
–Así es, nosotros casi siempre sólo escuchamos lo de nuestro país y nada más, es decir, lo que nos afecta. Por ello, esa apertura me impactó en África.


–¿Qué más encontraste?
–Mucha magia, cultura y diversidad. Gambia, Senegal y otros países tienen entre cinco a seis idiomas y todos los ciudadanos se entienden entre ellos por medio de uno que es el wólof. Pues a mí me impactó esa pluralidad porque podemos estar en países como España o Francia, y esa diversidad a veces nos trae complicaciones. No sabemos nosotros, los europeos, cómo vivir con la diversidad y esos países nos pueden enseñar mucho.


–Nos pueden enseñar más de lo que nosotros imaginamos…
–Nosotros podemos aprender muchísimo de África, a nivel de tolerancia, a nivel de humanidad, a nivel de colectivismo, de familia, de valores y de compartir, y nosotros no somos conscientes de ello. Lo que creo, después de mi viaje y después de pensar, es que en Europa tenemos una forma muy materialista de ver el mundo y esa forma de pensar nos invita a denigrar, a rebajar a los demás, porque no tienen muchas pertenencias, porque no tienen muchas riquezas.

–¿Y esa forma de pensar no la tiene el africano?
–No, allí no se juzga tanto por el materialismo, sino que se respeta a una persona por la edad que tiene. Las personas mayores son vistas con mucho prestigio y siempre se les escucha. Además, en la familia los hermanos se respetan y hasta un primo puede llegar a considerarse como un hermano. Por ejemplo, si a un niño se le muere la madre, que es un caso extremo, va a vivir a la casa de la tía y ella lo acepta como si fuera su hijo. Esta solidaridad que hay en África, nosotros podemos aprenderla.

–¿Entonces crees que la solidaridad se ha perdido en Europa?
–Sí, y si la ha habido en Europa, creo que se ha perdido hace mucho tiempo. Ya no nos acordamos de ello. En España sí existía la familia sólida, pero hace ya 20 ó 30 años. Ahora nos hemos distanciado, ya ni nos acordamos de nuestros familiares.

–A pesar de todo esto, en África hay evidentes problemas a niveles sanitario y de infraestructura. ¿Qué se podría hacer? ¿Qué debería hacer el mundo occidental o los mismos gobernantes africanos para lograr el desarrollo?
–Es una pregunta muy discutible porque cada uno tiene un punto de vista. Además implica planteamientos políticos. Yo siempre parto desde el punto africano: no hay que ser victimista. El africano también debe aprender a escoger su camino. El primer paso es que los líderes africanos se responsabilicen y piensen en su pueblo. Hay que pensar que el pueblo africano es un pueblo de paz. En la gran mayoría, el pueblo africano desea la paz. Lo que pasa es que, por la situación política, tenemos a líderes africanos que se dejan corromper o que se dejan llevar por los intereses de otros países europeos. Entonces, África tiene que llegar a esa unión que se empezará a forjar cuando sus líderes trabajen para el pueblo.

–Y desde Europa, ¿qué se puede hacer?
–Pues nosotros, los europeos, primero debemos pensar que los africanos tienen dignidad y que los africanos nos han cedido muchas cosas. África no es un continente vacío, tiene 3000 ó 4000 años de historia y es un pueblo tan digno como el nuestro, o más.

–Esa idea la quieres posicionar con tu nuevo libro…
–Así es. Todo el mundo tiene que pensar que el otro es tan digno y valioso como uno.

–España es un país que recibe una gran cantidad de inmigrantes, sobre todo marroquíes, y eso a las personas parece que les ha generado un problema. O, tal vez, se han acrecentado los prejuicios. ¿Qué hacer en España ante esta situación para promover la tolerancia?
–Esa es una muy buena pregunta. Hay que volver atrás para discutir y dialogar y recordar que los españoles hace muchísimos años atrás eran muy cercanos del pueblo árabe y del africano también. Estamos hablando de muchos siglos atrás y a lo mejor estoy retrocediendo demasiado. Pero también tenemos que ir hace sólo 50 años, cuando el español era el que emigraba, el que se iba. Tenemos que ir a esos años cuando el español viajaba al sur de Francia, cuando era considerado como un inmigrante miserable y nosotros, españoles, que ahora recibimos a gente de afuera, no tenemos que ser así. Tenemos que hacer un esfuerzo de memoria y considerar a todo mundo como una persona digna, que se quiere ganar el trabajo y que no viene a ‘robar’ trabajo, sino a enriquecer a un país y a enriquecerse él también. Hay trabajo y dinero para todos, digamos. Hay que hacer un esfuerzo de memoria y un esfuerzo de educación, también.

–La educación, en todo caso, es primordial. Habrá que hablar más de estos asuntos que no se están tocando, o que se están tocando mal en los colegios.
–La educación debe ser humilde, abierta y con varios enfoques. No sólo un enfoque patriótico porque al final la historia se puede manipular. Hay que presentar la historia de una forma global y decir que en algún momento España ha sido una potencia y en otros, una víctima. Que detrás de esos capítulos de la historia siempre hay hombres que sufren y hay que pensar en ello.

–Volviendo al libro, ¿cómo está dividido?
–En total son 18 relatos divididos en dos capítulos. En el primero hablo de la antigüedad africana, del período clásico y del período colonial y poscolonial. La segunda parte es la historia del pueblo africano en las Américas. Hablo de Centroamérica, pero también de Colombia y otros países donde hubo rebeliones.

–¿Qué cambio esperas lograr en tus lectores?
–Mi objetivo es llamar la atención y transmitir la curiosidad al lector. A mí me gustaría que, después de que alguien leyera este libro, pensara que la historia negra es interesantísima. Mira, voy a descubrir un poquito más, voy a mirar en Internet y voy a buscar sobre las rebeliones de los africanos, de los cimarrones, o de los reyes africanos en Sudamérica o voy a comprarme tal libro sobre la historia del imperio de Malí en los años 1300. Eso me gustaría. Transmitir esa curiosidad o gusto por la historia. Ojalá que lo consiga.


MÁS DETALLES
- ‘Cuentos históricos del pueblo Africano’ fue publicado hace dos semanas en Barcelona, ciudad donde reside el autor.
- Johari Gautier Carmona es miembro del Centro de Estudios Africanos. Ha cursado un postgrado sobre las Sociedades Africanas y escribe en distintos medios artículos sobre África y el Caribe.
- Autor de la novela ‘El Rey del Mambo’ (Ediciones Irreverentes, 2009) también ha publicado cuentos de ficción en antologías como ‘Qué me estás contando’ de la Editorial Hijos del Hule e ‘Historias Verdaderas’ de Silva Editorial. Es el ganador del premio ‘Relatos de viaje de 2007’, organizado por Ediciones del viento y vagamundos.net, entre otros.

jueves, marzo 11, 2010


De fútbol, pollas y polladas

Todos los días reviso la página web de mi viejo diario trujillano para enterarme de qué diablos está ocurriendo en mi ciudad. Aunque a menudo encuentro historias de muertos, de corrupción y de políticos que dicen burradas, ayer hallé una pequeña nota sobre la derrota del Real Madrid ante el O. Lyon de Francia, partido que no vi en el Bernabéu (sería una locura meterte en un estadio con este frío) sino en casa, acompañado por el padre de mi novia y su hermano, o sea el tío de mi novia.
Con ellos he vivido dos días bastante divertidos en Madrid y sobre todo apartado de aquella imagen del suegro que te interroga para descubrir “las verdaderas intenciones que tienes con mi hija” y del tío ése que echa candela “porque mi sobrina es un ángel”. En fin. La he pasado muy bien.
Y pues, como Real Madrid es “un barco que no llega a buen puerto” (frasecita trillada pero que en España se utiliza mucho) y como mi futuro suegro y el tío de mi novia son hinchas del Atlético Madrid y además yo vivo muy cerca del estadio Calderón (tan cerca que cuando el equipo rojiblanco juega, las paredes de casa retumban por los gritos de la afición) no me queda opción alguna que convertirme desde hoy en hincha del popular y querido Atleti. Vaya tontería pues a mí el fútbol me viene y me va, pero... qué le voy a hacer, ¿no?
Al margen de ello, me llamó mucho la atención el cómo empezaba la nota que escribieron en la web de mi diario peruano. “Golpe en la polla”. ¿Qué cosa?, pensé de inmediato. Claro, intuí que se trataba de un error, ya que ¡golpe en la polla!, ¡por Dios!
Me imaginé qué diría un español (peor si fuera hincha del Real Madrid) si leyera eso. Una de dos, o se reiría mucho, o lloraría de pena (o de dolor por el golpe). Me intrigó tanto saber el por qué habían iniciado la noticia dándole un golpe en las bolas al Real Madrid y escribí un correo al webmaster peruano, amigo mío por cierto.
“Esa entrada equivale a que en España un periodista que hubiera cubierto un partido entre Alianza Lima y Universitario o cualquier equipo sudamericano (cosa impensable porque aquí esos equipos no existen) iniciara su nota con un: ‘Golpe en la ping…’, para el perdedor de ese supuesto partido”, le comenté en el correo.
Sin embargo, luego me enteré de que la expresión “golpe en la polla” se utiliza en el mundo futbolístico peruano. Se dice así cuando el resultado de algún partido es contrario a lo que se esperaba y, peor aún, cuando el equipo en mención queda eliminado (como el Real Madrid en la Champions League).
En realidad me hace mucha gracia todo esto porque en la agencia de noticias donde estoy haciendo la pasantía, aquí en Madrid, se sienta a mi costado un gallego que es muy buena gente y que hace un tiempo trabajó en una ONG donde precisamente sus jefes eran peruanos. El otro día me contó que una vez el peruano se le acercó y le dijo: “Diego, este fin de semana haremos una ‘pollada’ bailable con los niños y si quieres anda para divertirnos un rato”.
El gallego, según me cuenta, quedó tan sorprendido y asqueado por lo que escuchaba que en su mente calificó a esos peruanos de seres de otro planeta, de sucios y pervertidos. Pues claro, sabiendo que en España el término “polla” se refiere al órgano sexual masculino, ¿se imaginan qué pasó por la mente del gallego cuando lo invitaron a una “pollada” bailable con niños?
Cuando me contaba aquel episodio, sufrí un ataque de risa pues nunca imaginé que una “pollada” podría ser asociada con algo sexual. Cosa rara, pero muy divertida, esto de vivir lejos de casa.

miércoles, enero 20, 2010

Momentos para compartir

Hoy cumplo 20 días viviendo en Madrid y –aunque no es una fecha especial– quiero compartir con ustedes algunos momentos que me han arrancando una sonrisa, me han sorprendido o simplemente me ha tocado vivir. Como saben, por aquí ando haciendo algo de periodismo y asisto a clases de sociología, lingüística e historia. Todo gracias a una beca del Programa Balboa, claro, porque mis bolsillos nunca hubieran dado para tanto. Debo reconocer que a menudo me siento atrapado entre gente extraña, pero que normalmente España se porta bien conmigo. En fin, a ver qué tal salen estas estampas:


1. La nieve. Por fin la he conocido, o mejor dicho he visto nevar, pues años atrás tuve la suerte de pisar el Pastoruri cuando aún conservaba algo de nieve. Fue hermoso. Salí de casa a las 9.30 de la mañana y en el trayecto a la estación del metro mi cabeza se tiñó de blanco. La nieve al comienzo lucía como las cenizas que levanta el viento en los campos de caña de azúcar, cuando la queman antes de cosecharla, pero luego tomó más cuerpo y se convirtió en trocitos pesados de algodón. La ciudad se fue pintando de blanco y las manos se me congelaron. La gente iba con paraguas. Yo no, pero sonreía.

2. Todas las razas y creencias, todas. Sí, Madrid es una ciudad cosmopolita. Chinos flacos, negros ataviados de joyas doradas, blancos con los pelos parados y piercings por doquier, americanos alienados, anglosajones contrariados, musulmanas que se cubren el rostro, centroamericanos merengueros. ¡De todo! Y todos viven en su espacio. No puedo negar que cuando sube al metro un africano más negro que la noche lo quedan mirando como bicho raro, pero de eso no pasa la cosa. Aunque, seguro que para unos es más difícil adaptarse que para otros.


3. Don Obama. El otro día fui con Alba, mi novia, al Museo de Cera de Madrid. Es un lugar muy interesante en donde decenas de personalidades de fama mundial (entre ellas Mario Vargas Llosa) y personajes que pasaron a la historia (incluyendo al Inca Atahualpa) se encuentran representados en estatuas de cera hechas a tamaño real. Justo cuando observábamos la de Barack Obama, un niño de unos seis años la señaló con el dedo y le dijo a sus padres: “ese señor tiene las manos sucias”. Los papás nos vieron y sonrieron avergonzados. Claro, es que la estatua no tenía las manos sucias sino que llevaba el color natural de Obama.


4. El lugar en donde realizo la pasantía de periodismo es la agencia de noticias española Servimedia. La redacción es bastante moderna, todas mis jefas son mujeres y el concepto de periodismo social se trabaja con convicción. Pero lo más sorprendente es que de 100 periodistas que laboramos allí, 40 presentan algún tipo de discapacidad. Hay personas ciegas, sordas o en sillas de ruedas, y no sé pero siento que allí encajo muy bien.


5. ‘Javi’ es un ciego que escribe muchísimo mejor que varios periodistas sin problemas visuales que conozco (me reservo sus nombres). Él se ayuda de una consola braille y de unos audífonos (que acá llaman cascos) a través de los cuales una voz electrónica le va leyendo lo que hay en la pantalla. Lo sorprendente, pero obvio, es que ‘Javi’ escribe y escribe pero el monitor de su computadora siempre está apagado.


6. Perú. A menudo encuentro en Madrid cartelitos, mensajes o manifestaciones peruanas. El otro día en una pantalla instalada en la estación ‘Cuatro Caminos’ del metro anunciaban un programa de TV llamado ‘Aprendiendo a hacer comida peruana’ y salía una compatriota nuestra lavando unas cebollas. Eso del boom de la gastronomía peruana es muy conocido en España, al igual que Gastón Acurio, quien por cierto tiene uno de sus restaurantes en Madrid.


7. Una más. El tren se detuvo y un cartel de Aerolíneas del Sur promocionaba vuelos a Lima y Cuzco. Entonces, dos músicos subieron. Uno tocaba la zampoña y el otro un charango y empezaron a interpretar ‘El Cóndor Pasa’. Fue emocionante escuchar este tema en uno de los vagones del metro de Madrid, que por un momento pareció ser uno de esos buses viejos que van a Santiago de Chuco.


8. El fin de semana pasado viajé a Valladolid, ciudad donde estudia Alba, y entramos en un supermercado para comprar algo para la cena. Entre otras cosas, compramos una bolsa de frutos secos picantes (que no picaban). Grande fue la sorpresa al ver que entre los ingredientes, además de cacahuetes y habas, decía: ‘maíz gigante de Perú’. De hecho que me los comí con ganas.

9. Por último, algunas palabras clave o frases que se escuchan a menudo en España en estos días: crisis, paro, ‘no hay trabajo’, joder, ‘todo está muy mal’, macho, ‘un café con leche, por favor’, inmigrantes, ‘se ha perdido la educación’, ‘antes todo era mejor’, ‘ta-luego’.

domingo, enero 10, 2010


Mi primer día 

en La Industria

1.36 a.m. del 31 de diciembre de 2009. Acabo de terminar de corregir la última edición del año de La Industria y, de alguna forma, me siento satisfecho y orgulloso de ello. Tal vez por ello he recordado el día en que ingresé a este diario. Fue un 11 de febrero del 2001. Tenía 19 años y no sabía nada de nada de lo que es el periodismo.

La jefa de Informaciones de aquel entonces, una inmensa mujer llamada Clara Claros, con quien siempre he mantenido una relación con altibajos pero amical, me preguntó si tenía una grabadora y yo le dije que sí. En realidad, había llevado una radio portátil con un casete de Facundo Cabral que me gustaba escuchar mientras caminaba por las calles trujillanas, llevándolo a mi oreja. En aquel entonces, no existían los Ipods ni los reproductores MP3.

Clara me preguntó si podía “cubrir una conferencia de prensa” y yo le dije que sí, aunque en realidad no sabía a qué se refería con el término “cubrir” y mucho menos qué demonios era una conferencia de prensa.

“Es aquí a la vuelta, en la Casa del Maestro”, me dijo. ¿Conoces?, preguntó. Sí, le dije, aunque también fue una mentira. Y pues, fui al lugar. Pregunté por allí dónde quedaba la dichosa casa y llegué. Era una casona republicana de adobe y madera, ubicada en el jirón Junín, y se trataba de una cita de profesores jubilados que le exigían mayores beneficios al gobierno. Crucé el arco de ingreso y el tremendo portón de madera y alguien que me vio con la radio en la mano me preguntó de qué medio iba y yo, casi casi sin creérmelo, le dije que de La Industria. ¡Llegó el de La Industria!, gritó el jubilado a otro viejito que me dio la mano y me condujo a una silla en primera fila que tenía un rótulo de cartón con el nombre del diario colgado en el espaldar. Me senté y me sentí importante. Me moría de miedo.

Entonces, muchos otros periodistas llegaron y con ellos, cámaras, micrófonos, flashes y grabadoras de verdad. Cuatro ancianos tomaron asiento en la mesa principal e iniciaron la conferencia donde pedían aumentos a sus pensiones y beneficios en el sistema de salud. Yo le puse REC a mi casete con música, con mucha pena pues al grabar las palabras de los viejos, iba borrando mi música. Pero ni modo, dije, tengo que salir de ésta. De pronto, miré hacia mi costado y encontré al doctor Mauro Gómez Caballero, el mismo que me había ayudado a nacer 19 años atrás en la Sánchez Ferrer. Hola, me dijo, muy cordial. ¿Eres periodista? Sí, le respondí, sin creérmelo. Es mi primer día, añadí. Qué bueno, agregó, yo te voy a ayudar. Entonces, al terminar la conferencia me tradujo lo que los viejitos habían dicho y recién pude entender sus reclamos. Me contactó con el presidente de la asociación y casi casi me dictó al oído las preguntas que debía hacerle. Me salvó. Y le di las gracias. Tal vez me ayudó a nacer nuevamente, aunque esta vez en el periodismo.

Al terminar, regresé al diario y encontré a Clara, quien me preguntó si me había ido bien y yo le dije que sí, claro. “Escribe una nota de dos mil caracteres”, agregó. Okey, respondí. Esa fue la primera vez que me enfrenté a una página en blanco. Rebobiné el casete de Cabral y, no lo creerán, pero no se había grabado ni una sola palabra. Sólo sonaba un ruido muy parecido al soplido del viento en invierno o al incesante rugir de las olas del mar. Pero, claro, yo no pensaba ni en el viento ni en el mar, sino en cumplir con el encargo y demostrar que sí sabía hacer lo que en realidad desconocía.

Puse primero el titular, como lo continúo haciendo hasta ahora cuando empiezo a redactar, y luego recordé que en el primer párrafo debía considerar las cinco preguntas básicas (qué, quién, cómo, cuándo y dónde) y así lo hice. Traté de recordar las palabras de los viejitos y por suerte, gracias al doctor Gómez, había captado la idea del asunto. Como en aquel entonces desconocía cómo se contaban los caracteres en Word y como era la primera vez que utilizaba una máquina MAC, no sé cuántos escribí. Presumo que unos 1200, es decir, una simple tripita de texto que hoy la podría redactar en cinco minutos pero que aquel 11 de febrero del 2001 me tomó más de dos horas. Puse punto final y dije ya está. La dejé en esa vieja computadora que parecía de juguete y me fui a casa. Al día siguiente vi que la publicaron en la página A3 Locales. Y sonreí (hasta ahora la guardo).

Ha transcurrido mucho tiempo desde aquel entonces y durante él he escrito en todas las secciones habidas y por haber del diario. He viajado a toda mi región (con excepción de Julcán a donde no sé por qué pero nunca fui), a todo mi país, a casi toda Sudamérica y a algunas ciudades de Europa. He sentido el frío cruel de la sierra y he sudado como un cerdo entre los árboles amazónicos, en busca de historias. He sentido la crueldad del ser humano contra el ser humano, he llorado con alguien que sólo vino al diario para ser escuchado, he comprendido que la política no es cochina: los cochinos son los políticos. He visto cómo intereses de todo tipo se intentan colar en el papel y la tinta, he denunciado a los corruptos, me he divertido tanto en comisiones de ensueño con Lucho Cabrera “El Curro” y Américo Barriga, y en viajes inolvidables con Celso y los choferes. Son tantas las historias, que muchas de ellas, tal vez la mayoría, ya las he olvidado. Sin embargo, las llevo grabadas en mi corazón.

De ser aquel practicante que no sabía nada de nada, luego me convertí en redactor, mucho más tarde en responsable de alguna sección, después en editor de página y finalmente en un editor “matutino” que trabaja por las noches. Nueve años me ha costado convertirme en lo que soy y hoy, que he cerrado la última edición del año 2009, me veo aquí sentado y, para ser franco, siento que no sé nada. Que recién estoy empezando en esto. Que tengo mucho por aprender.

Un periodista es una persona que sabe un poco de todo, pero en el fondo no sabe nada. Y por ello, nunca deja de seguir aprendiendo.

¿Será que éstas son mis últimas semanas en La Industria o tal vez que hoy es el último día del año? ¿Será que pronto volveré a ser un practicante, pero en España? ¿Será que soy muy nostálgico o sentimental? No lo sé. Tal vez siento miedo de dejar todo esto para empezar desde cero en una tierra desconocida. Para quienes no lo saben, semanas atrás me informaron que gané una beca del Programa Balboa y desde el 1 de febrero, y por siete meses, viviré en España, estudiando y practicando. O tal vez soy un poco cobarde, no lo sé, no lo creo. 

De lo que sí estoy seguro es de que si en España algún jefe me preguntara ¿podrías hacer esto o aquello?, yo siempre diré que sí, con seguridad, aunque por dentro me esté muriendo de miedo. Ésa es tal vez la lección más importante que he aprendido en este tiempo: a ser valiente, a nunca decir que no y a siempre seguir adelante, en busca de la mejoría, en busca de la felicidad.

Perdónenme por contarles esta historia tan aburrida, pero hoy que vi la casa del diario adornada por las luces navideñas y que la luna brillaba como nunca antes, mientras yo permanecía sentado en la banca de madera del patio, recordé el primer día en que llegué por esta empresa que tanto quiero y que, estoy muy seguro, extrañaré demasiado.

miércoles, diciembre 09, 2009

Un espía en Starbucks

Como hoy no tengo ninguna historia por escribir, describiré mi rededor. Burdo recurso, valgan verdades. Esto debe ocurrirme porque me encuentro en el lugar menos indicado para escribir: Starbucks Coffee. En la mesa del costado hay un tipo de unos 28 años que toma un frappuccino, es decir, la bebida más estúpida que los gringos podrían haber inventado: café con helado de leche. Lleva el cabello engominado y una cresta de adolescente que sobresale entre unas inmensas gafas ahumadas que tiene atrapadas entre las orejas y el cuero cabelludo. Escribe en un portátil, pero no sé qué. Tengo curiosidad de saber qué hace un tipo así con un ordenador. ¿Le escribirá cartas a su novia? No lo creo. Es más, ahora que le veo bien, no está escribiendo sino sólo jugando con los dedos sobre la zona del mouse. Tal vez, busca alguna información. Con la otra mano sujeta su cabeza y no deja de hacer temblar la pierna derecha, como si sufriera de un tic. Lleva dos anillos plateados, uno en cada mano, y un reloj con correa de cuero marrón hace tic tac en su muñeca izquierda. Una barbita rala corta su mentón y sus zapatillas Puma blancas lucen impecables. Casi, casi, brillan. Aunque él se ha disfrazado bien, no deja de ser lo que es: un buen cholo peruano. Muy típico, a mi entender (y valga aclarar que “mi entender” está lleno de prejuicios).

Detrás de él, en otra mesa, hay una chica que come un pastel de canela y bebe café en un vaso pequeño. Por su atuendo, parece trabajar en algún banco cercano. Debe haber salido a almorzar. Lo que no entiendo es por qué demonios come esa basura, si bien podría haber ido aquí muy cerca a empujarse un buen menú con fresco incluido. Se levanta, me mira y se da cuenta de que la estoy observando. Ya terminó su pastel. Mira hacia abajo, tal vez avergonzada, y se va. Al salir, se cruza con una mujer que ingresa. Le sujeta la puerta. Gracias, de nada, se dicen. La nueva clienta luce con orgullo un polo con un original estampado: I love NY. Se dirige a la barra, pregunta por algo y luego, sin más, se va. No compra nada. Tal vez sólo quiso oler los aires yanquis y recordar que alguna vez viajó a la gran Nueva York. O, tal vez, son sólo prejuicios míos. O, tal vez, nunca estuvo en Nueva York. Opto por lo último.

Junto a los vidrios hay tres gringos que sí son gringos. El más gordo tiene unos audífonos blancos enrollados en el cuello y escribe apurado en su ordenador. Parece un gallo, ese mismo de los dibujos: El Gallo Claudio. No logro ver qué hacen los otros dos, pues entre ellos y yo hay un hombre y una mujer que se miran como si estuvieran enamorándose. Ambos comen el mismo pastel asqueroso que pidió la banquera que se fue. Sólo veo la cara de la mujer pues el hombre me da la espalda. De cuando en cuando, ella me lanza algunas miradas desconfiadas, pero seguro sin imaginar que estoy escribiendo de ella. Es peruana, a la vista se nota. Le da un mordisco a su cinnamon con chispitas de chocolate, mastica rápido y vuelve a decir algo que no alcanzo a escuchar, mientras mueve las manos con agilidad, como si quisiera hipnotizar o convencer al hombre que me da la espalda de que ella es la mujer que él está buscando.

Entre el barullo de los clientes que sonríen como si estuvieran en la tierra prometida, el aroma del café se confunde entre una melodía romántica, sacada de una típica película de amor holliwoodense. Entonces me pregunto ¿qué estoy haciendo en este lugar? ¿Acaso he venido sólo por inercia como presumo que hace la mayoría, o es que realmente me gusta estar aquí? Para empezar, creo que el café de Starbucks es muy malo, tal vez es el peor que he tomado en mi vida. Es mucho mejor el que prepara el viejo Julca que trabaja en el archivo del diario o el que mi madre hierve en su moderna cafetera made in China. Sin embargo, estoy aquí, como ellos, tan ordinario como cualquier otro. Debe ser eso, soy ordinario y recién me doy cuenta. Soy uno más que el sistema ha creado. Soy fruto del consu-mismo. Con su mismo pensamiento, con su mismo todo.

Pero no, no me resisto a ser derrotado y a autocalificarme como un sujeto hecho en serie y con código de barras. No, por favor. Al menos déjenme vivir en mi engaño. Prefiero ser un espía metido en estas tierras que muchos califican como pequeñas embajadas del imperialismo yanqui, ése que quiere acabar con el mundo a punta de misiles, ése que lo contamina todo, ése que sólo sabe meterse en los líos ajenos. Ese mismo tan promocionado por el idiota de Hugo Chávez y sus tontos seguidores.

Unas campanitas de Navidad suenan afuera. Es diciembre, pero no nieva. Aquí nunca nieva, pero siempre hay trineos y chocolate caliente. Cosa curiosa.

El tipo de mi costado me acaba de pedir un lapicero pero para su desdicha no traigo ninguno. Qué mal periodista soy, pienso, periodista sin lapicero. Se ha levantado y ha ido a la barra en busca de uno. En ese preciso momento, Louis Armstrong ha tomado la posta dejada por Frank Sinatra y ha empezado a inyectarle un poco de optimismo a la cosa: What Wonderful World. ¡Qué maravilloso mundo! Pero yo, que soy un espía, apelo a mi curiosidad y me levanto a ver qué diablos hace ese tipo en su computadora y de paso verle la cara al otro que no deja de darme la espalda. Camino con sigilo, haciéndome el loco, y veo de reojo en su ordenador una página escrita en portugués y unas figuritas surrealistas. No entiendo nada. Él viene, me ve y se sienta. Me mira raro. Volteo hacia los enamorados, o tal vez futuros enamorados, o tal vez futuros divorciados, y el tipo trae una cara de aburrimiento tremenda. Parece que la doña no lo convence. Ella ríe, siempre en su afán de tocarle el corazón, o eso creo, pero él le echa sonrisitas de medio lado qué más parecen de compromiso.

Me siento. La gente entra y sale y entonces me doy cuenta de que soy uno de los pocos que está solo. ¿Qué hago aquí?, vuelvo a preguntarme, y no hallo la respuesta correcta. Pienso en qué me gusta de Starbucks y a mi mente viene la maquinita de aire caliente del baño, donde me encanta secarme las manos (que a menudo andan más sudorosas de lo normal).

Sin darme cuenta, el café se ha llenado y las chicas del mandilito verde tienen más trabajo del acostumbrado. Los letreros de neón, afuera, ya contrastan con la noche. Bembos, Pizza Hut, Platanitos y otros más brillan y atraen clientes. La gente se pierde en esta selva de concreto, algunos con bolsas llenas, otros sólo con sueños e ilusiones. Pero yo, que no llevo nada y que estoy más solo que nunca, sólo me pregunto una y otra vez: ¿Qué diablos hago aquí?

jueves, diciembre 03, 2009

Retrato de la miseria

Una vez, de paseo con su novia en una playa del norte peruano, Pedro detuvo el coche frente del malecón, construido de cara al mar sobre un barranco de arena muerta donde se había acumulado la basura. El muelle de pino construido por alemanes hacía un siglo, continuaba siendo la herramienta de trabajo más importante del pequeño pueblo de pescadores. Unas ocho fábricas de harina de pescado echaban humo donde acababan las casas y una bandada de pardelas volaba a la distancia. El sol del mediodía lucía tímido. Tal vez era otoño.
De pronto, de entre la basura, apareció un viejecillo que daba pasos a duras penas sobre los papeles y las botellas asoleadas y sin color. Pedro y su novia, que escuchaban el silbido de las olas y hasta podían sentir el olor del pescado que las aves capturaban dando impresionantes clavados en el mar, lo vieron. En realidad, no se sabe quien vio primero a quien. Si el viejo a ellos, o viceversa.
El hombre era más triste que una lágrima. Era la personificación del sufrimiento, del olvido y de la miseria. El solo verlo causaba pena. Tal vez era su rostro curtido por el sol o el desconsuelo que irradiaba su mirada. Tal vez era su traje de pordiosero adornado por un costal de yute lleno de nada. O, tal vez, ese caminar parsimonioso que iba quitándole con cada huella parte de la vida en extinción que resistía a esfumarse de una vez por todas.
Alba y Pedro se miraron contrariados, llenos de abatimiento. No sabían si lo que veían era un alma que aún no comprendía que no tenía cuerpo, o un cuerpo que deambulaba perdido en busca de su alma. En medio de esa duda, el viejito fijó su mirada en ellos y pronunció una frase ininteligible que el viento se llevó en dirección a la humareda pestilente de las fábricas.
-¿Cómo dice?, le preguntó Pedro desde el malecón, sin quitarle la mirada.
-¿Puedo recoger estas botellas?, preguntó el viejo, pensando tal vez que Pedro y Alba eran los dueños de la casa de enfrente y que incluso su basura era propiedad privada.
En realidad, para el viejo, esa basura era valiosa. Cada kilo de plástico equivalía a un pan. A más botellas reunidas, más panes podría canjear.
-¡Pero claro! Llévese lo que usted quiera. ¡Todo es suyo!, respondió Pedro. Sin embargo, el viejo seguía masticando palabras que luego expresaron un pedido bastante claro: Dinero.
Pedro y Alba se vieron y esa mirada fue un sí, claro. Entonces, Pedro sacó unas monedas y las lanzó con cuidado y precisión a las manos del viejo. Allí va una, tenga otra. El viejo cogía cada moneda y la acercaba a su corazón, como dándole gracias a Dios. El viejito hizo una reverencia y miró a su costado, donde había una piedra que de inmediato se convirtió en su asiento. Allí, bajo el triste sol de julio y las amargas nubosidades, el hombre se encogió en su piedra y se llevó las manos a la cara. Empezó a llorar.
Desde lo alto, Pedro y Alba, al ser testigos de esa escena, sintieron que sus corazones se partían como jarrones arrojados al suelo por un niño travieso. Se vieron conmovidos, lo volvieron a ver y él continuaba llorando. Y no solo era lástima por el dolor del viejo. Era una mezcla de indignación con furia por lo que el ser humano hace consigo mismo. Aquel hombre representaba a todos los hombres que lloran, a los marginados, a los niños que mueren de hambre, a las mujeres infibuladas en África que mueren de septicemia, a los campesinos de los Andes que son carcomidos por la uta.
Pedro intentaba consolar a Alba y secaba sus lágrimas. Se anudó la garganta y fingió una sonrisa para apagar el dolor de su amada. Luego, recordó que tenía más monedas en la cajuela del automóvil y no dudó en llamar de nuevo al viejo y lanzárselas. El viejo hizo una nueva reverencia y enrumbó hacia la playa. Luego de llorar abrazados en el malecón, ambos vieron a la distancia cómo el viejo se iba convirtiendo en un alma que caminaba sobre la arena mojada, entre sus lágrimas, las aves que buscaban alimento y algunas bolsas de plástico que volaban hacia el mar...

miércoles, noviembre 04, 2009

La flor de papa (una historia real)

Recién bajado de los cerros andinos del Perú, un paisano fue contratado para custodiar durante las noches una casa ubicada en una apacible y residencial urbanización trujillana. Llanques de caucho cubrían sus pies encallados y un poncho de alpaca arropaba su humanidad. El barrio de San Andrés se ubica a sólo cinco minutos del centro histórico de Trujillo y, en 1973, más allá de sus dominios, se levantaban interminables sembríos de piñas y caña de azúcar. La hoy ciudad bulliciosa y endiablada era como un pueblito que, sin embargo, se preciaba de ser la segunda urbe más importante del país.

Nadie sabía su nombre. Un día lo vieron llegar con ojos de toro loco y mascando hojas de coca junto a su patrón.

–Tú cuidarás mi casa todas las noches. Le ordenó Luis Sánchez Pérez, el propietario del fundo.

–¿Y, en dónde voy a dormir?. Reclamó el paisano con un español que trastocaba la o por la u, sonando algo parecido a: “¿Y, en dúnde vuy a durmir?”

–¿Dormir? No te estoy contratando para dormir, serrano piojoso, ¡tú no vas a dormir pedazo de animal!

El paisano añoraba sus días de libertad en los campos andinos, donde tocaba la quena y corría a sus anchas. Sus padres le habían heredado tres hectáreas de tierra en Huacapongo, un pueblo ubicado muy cerca de las estrellas. Sin embargo, una reforma agraria impulsada por un cojo militar que tomó el poder y la Casa de Pizarro a balazos, lo había confundido en la lista de los terratenientes costeños y, finalmente, lo dejó en la calle.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa! El paisano, aficionado al canto, se había sentado en el jardín exterior de la casa y, aburrido, decidió interpretar su tema preferido.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa! Repitió.

En frente, una pareja de recién casados intentaba dormir. Yssa y Olga, un árabe y una trujillana, aún no asimilaban su matrimonio y ni siquiera se ponían de acuerdo en los límites de su cama.

–¡Roncas como loco! Increpó Olga y luego se cubrió la cabeza con la almohada.

Yssa, cuyo sueño era tan profundo que ni siquiera el terremoto de 1970 lo sacó de la cama, no escuchó los reclamos de su mujer y siguió ofreciendo un concierto grave y prolongado con su garganta.

¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa!

¿Qué?

Olga, cansada de no poder dormir, no podía creerlo.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa!

Maldita sea, ¡¿quién es ése desgraciado que está cantando?!

–¡Yssa! ¡Despierta, Yssa! Gritó, desesperada, Olga.

–¿Qué pasa, mujer?, dijo entresueños, casi casi, roncando.

–Hay un hombre que está cantando en la calle y no me deja dormir. ¡¡¡Me está jodiendo!!!

–No seas loca, seguro era alguien que pasaba por allí.

Yssa no terminaba de pronunciar la respuesta cuando nuevamente:

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa!

–¡Carajo! Se lamentó Yssa y salió de las sábanas.

–¡Dile que se quede callado! Ordenó Olga.

Yssa vio a través de la ventana que la voz salía de entre unos arbustos enanos, donde descansaba un hombrecillo que más parecía una sombra. Era, tal vez, un alma.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa! Se volvió a escuchar.

–¡Yssa!, reclamó Olga desde la habitación.

–¡La flor de papa, la flor de...

El paisano no pudo terminar su canto.

–Oye serrano de mierda, ¡cállate la boca que no nos dejas dormir! ¡Carajo!

Yssa había salido en calzoncillos a la puerta de casa y desde allí había descubierto que el cantante de marras era el guardián de la casa de enfrente. Precisamente se habían saludado por la tarde, y el paisano preguntón averiguó que Yssa era abogado.

El silencio reinó algunos minutos y el recién casado volvió a su lecho, junto a su amada que sonreía sin mover los labios y agradecía sin pronunciar palabra alguna. Estaba enojada, pero satisfecha por la reacción de su marido.

Sin embargo, al frente, el paisano no se había quedado contento. ¿Qué se habrá creído este abogado conchesumadre que me grita como si fuera su hijo?, pensó con furia y escupió un bolo gastado de hojas de coca mezcladas con cal. ¡Ta huevón!, dijo, y cobró valor.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa! Cantó más agudo y más rápido.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa! Más rápido.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa! Mucho más rápido.

Los nuevos alaridos del paisano sin nombre retumbaron como proyectiles que se incrustaban en el cerebro de Olga. Y también en el de Yssa, que aún no volvía a desconectarse.

–Puta madre, este pendejo sigue con su flor de papa. ¡Ya se cagó!, amenazó Yssa y se dirigió al ropero, de donde desempolvó un revólver de fogueo Colt calibre 38. Un arma inofensiva, pero bastante bulliciosa.

–Oye serrano jijunagramputa, si sigues cantando te voy a matar ¡carajo!, gritó Yssa y levantó la mano empuñando el arma que, en realidad, no servía ni para matar una mosca.

Silencio en la noche. El serrano está en calma. Yssa abrazó a Olga y le dio un beso en la frente, pensando que su estrategia intimidante había sido efectiva y que el cantante de la noche desistiría de continuar con su tonada infernal. Pero se equivocó.

No habían transcurrido ni cinco minutos y la flor de papa volvió a reverberar como el cántico de mal agüero de una lechuza, que anuncia la presencia de la muerte.

–Se cagó.

Yssa había agotado su paciencia. Como en cámara lenta se destapó, empuñó el revólver que había dejado en la mesa de noche y casi como flotando llegó hasta la puerta de casa. Salió a la calle y sin pensarlo disparó. ¡Muere, mierda! ¡Pendejo! ¡Hoy te mato gramputa! ¡¡¡Pum, pam, plin!!!

Olga, desde la cama, vio un resplandor parpadeante por una rendija de la puerta. Y sonrió.

–¡Hoy te mato huevón! ¿Qué flor de papa ni flor de papa? ¡Vete a tu pueblo a cantar y deja de joder acá! Yssa debía demostrar su valentía ante su mujer. Cuando el tambor del arma había quedado vacío regresó triunfante a su lecho de amor. Olga le dio un beso para tranquilizarlo. Lo abrazó. Sólo le faltaba aplaudir.

–A ver si vuelve a cantar, pues, ese pendejo. Que se meta las flores de papa al culo, dijo Yssa, muy macho, con la autoridad que le daba el haber estudiado derecho y ciencias políticas durante seis años en la gloriosa Universidad de Bolívar.

El serrano estaba pálido, parecía un alma. Su terquedad casi lo manda a vivir con las serpientes bajo la tierra. Entonces, comprendió que ni San Andrés, ni Trujillo ni la costa eran su lugar. Allí, no era bienvenido. Él quería cantar, él quería correr, él quería sentirse libre sin que nadie le quisiera apagar la voz a punta de balazos.

Entonces, levantó sus trapos y se echó a andar, no sin antes proferir la última frase que se le escucharía por esos lares:

–Abogado ladrón, abogado asesino. ¡La flor de papa!

Y huyó.

sábado, setiembre 05, 2009

UNA PENA. La pésima costumbre de echar la basura al río es muy notoria en Iquitos

La cara fea 

del Amazonas

La Amazonia aspira a convertirse en una maravilla mundial. Antes de ello, habría que preocuparse mucho más en su conservación.

 

IQUITOS. Por desgracia, lo que usted ahora lee no es un típico reporte turístico que lo invita a viajar y disfrutar de los placeres de la selva. Lo que usted ahora lee se basa en una realidad preocupante –escrita con tristeza– que se enfoca en la destrucción del río Amazonas, ese mismo que aspira a convertirse en una maravilla natural.


Realmente es penoso redactar estas líneas porque Iquitos es una ciudad que te enamora con sus atardeceres románticos y sus noches de ensueño bajo el claro de la Luna, con la calidez de su gente y sus casas traídas como por arte de magia desde Europa, que esconden entre sus maderos la época gloriosa del caucho.

Sin embargo, más allá de las mariposas multicolores, de la paradisíaca laguna de Quistococha, de beber una refrescante agua de coco en la misma fruta, de su iglesia neogótica y su comida de dioses, Iquitos y la Amazonia en general sufren una agonía que el turista de ojo ligero no percibe, a diferencia de quienes intentan observar ‘más allá de lo evidente’.

Bastaron cinco días en Iquitos y algunos otros poblados loretanos para confirmar que la gran mayoría de pobladores locales apela a un ‘maldicho’: ‘echa todo al río, que el río se lleva todo’. En efecto, si en la costa la gente echa la basura y todos sus desechos en el mar y en los laterales de las carreteras (terrible y condenable costumbre propia de un país ineficaz en el tratamiento de sus residuos), en la selva el botadero es el río, y en Iquitos, el Amazonas.

La muestra más clara de que el hombre está acabando con la Amazonia se observa en las riberas del río, sobre todo en los embarcaderos. ‘Puerto Productores’ es uno de los atracaderos iquiteños donde se aborda embarcaciones de todo tamaño y fin: desde buques internacionales hasta peque-peques. Allí, debajo del muelle, la desidia y la poca educación han acumulado toneladas de basura, desde botellas y bolsas plásticas, hasta pequeños papeles que terminan flotando en las aguas del río.

Esto se observa en cada uno de los atracaderos del Amazonas y de los ríos cercanos como el Nanay o el Napo, dando una dramática, crítica y pestilente bienvenida (¿o malvenida?) a los viajeros.

La basura ‘navega’ en el río a lo largo de todas las poblaciones y seguirá navegando durante décadas, si no se mejoran los hábitos. Basta con decir que una botella plástica, así como sus similares no-biodegradables, demoran en descomponerse nada más y nada menos que 100 años.

Pero es tal vez en el barrio de Belén, el más pobre de Iquitos, donde la contaminación se observa en su máxima expresión. Allí, donde las casas de madera flotan junto a la basura, los pobladores tienen instaladas unas pequeñas covachas a manera de silos, que desaguan en el río.

Durante un recorrido en bote, pude observar que en una casa de este barrio mal llamado ‘Venecia Amazónica’, una joven salía del baño. El bote avanzaba y, muy cerca, una mujer recogía agua con el vaso de una licuadora. Finalmente, más adelante, dos chicas se bañaban en el río. ¿Resultado? Máxima contaminación.

Este problema, que se acrecienta en Belén con el maloliente mercado donde las aves de rapiña hurgan entre la basura y los pies de los compradores, deja en los viajeros un recuerdo patético. Todas esas imágenes se superponen como una retahíla de flashes y graban en la mente la imagen de un país inculto que no se preocupa por su selva ni por su gente.

Un informe desarrollado por la Federación de Partidos Verdes de las Américas, luego de visitar Iquitos, reveló la crítica situación por la cual atraviesa el Amazonas, no sólo por el descenso de sus aguas, sino –sobre todo– porque buena parte de los desagües de Iquitos desembocan en el río, por la deforestación descontrolada, y por la contaminación del petróleo de las embarcaciones que mata a los peces.

A esto se suma la carencia de agua potable y alcantarillado en buena parte de los poblados loretanos, así como las enfermedades y la pobreza crítica en la zona.

Todo esto es una realidad y no pretende desdibujar la imagen exótica de nuestra selva loretana. En efecto, viajar a Iquitos nos permite encontrar un mundo increíble. Sin embargo, la contaminación es un hecho y tiene que denunciarse.

Por ahora, la gente y el gobierno andan muy preocupados por el concurso de las Siete Maravillas Naturales del Mundo, en la cual participa el Amazonas. Sin duda alguna, el Perú se encuentra ante una buena oportunidad para salvar al más caudaloso, extenso y contaminado río del mundo.