lunes, enero 12, 2009

Conversación vía Messenger con una abogada palestina que radica en Israel
“Israel está violando el
derecho internacional”


Mientras que los peruanos prestamos atención a las ocurrencias de la recién excarcelada Magaly Medina y del chuponeo que involucra a la Marina de Guerra, en Franja de Gaza sólo hay tiempo para sobrevivir. Allí no se puede respirar tranquilo ni salir a comprar el diario. Ni siquiera se puede abrir una llave para beber agua, ni ver televisión ni encender un miserable foco. Franja de Gaza se desangra, muchos protestan en el mundo, sí, pero Israel se tapa los oídos y no cesa sus ataques.
A través del Messenger, aquella herramienta moderna que permite comunicarnos vía Internet con algún amigo que vive en nuestra misma ciudad o con un desconocido al otro lado del planeta, entablé un diálogo con la palestina Luna Barakat, jurista de familia musulmana que radica en la ciudad israelí de Haifa y que, a sus 29 años, trabaja en materia de derechos humanos y derecho internacional.
Debo confesar que tres meses atrás Luna me contactó a través de mi blog y desde entonces entablamos algunas conversaciones vía Messenger. Llevar el mismo apellido es sólo una casualidad, pues Barakat –según me dijo– es equivalente al Sánchez o al Rodríguez en Perú.
Me encontraba yo en el aeropuerto de Santiago de Chile, esperando mi vuelo hacia Lima, el último viernes 9 de enero. La entrevista la realicé en inglés (mi inglés es básico y por ello luego recurrí también vía messenger a la licenciada en idiomas trujillana Tania Benavides Calderón). Aquí el diálogo traducido:

–Tú vives en el importante puerto israelí de Haifa, en las costas del Mediterráneo. Sin embargo eres descendiente de palestinos. ¿Cómo están en tu ciudad los palestinos por los ataques de Israel contra Franja de Gaza?
–Estamos realmente mal, mi amigo. Tú eres un periodista que sabes cómo es esto. Mi ciudad está relativamente lejos de la Franja de Gaza y por ello todos los días nos sentamos ver Aljazeera (canal de TV) donde salen las imagenes de los bebés muertos y los civiles que no tienen nada que ver con los problemas entre Hamás e Israel.

–Es terrible, lo sé. ¿Cómo te sientes tú como palestina?
–A veces quiero llorar, pero no. No sé cómo sentirme. Cada noche deseo que alguien los detenga. Deseo que la paz llegue por fin a estas tierras. Tú eres mitad palestino, por ello sabes lo que está pasando con tu gente.

–Sí, lo sé y me duele. Mi padre está muy preocupado y triste. Yo estuve hace poco en Buenos Aires, Argentina, y las protestas fueron muy fuertes en las calles. Todo el mundo está en contra de los ataques de Israel…
–Sí, pero Israel no escucha. Ellos tienen el poder y además están mejor organizados. Ellos tienen armas y ejército. Yo deseo que todos los palestinos fueran más organizados, como el pueblo judío.

–Dime, ¿Cómo observar tú este conflicto como jurista y defensora de los derechos humanos?
–Al margen de mis sentimientos y como experta en derecho internacional, considero que Israel está violando el derecho internacional. Un país no puede bajo cualquier circunstancias matar a civiles, incluso cuando hay personas que están luchando en una población civil. Israel debe acabar los ataques, no debe atacar de nuevo.

–¿Cuántos son los niños palestinos y las personas que han sido asesinadas por los ataques israelíes?
–En la zona de Gaza, hay 800 personas muertas, 230 niños, 100 mujeres y 60 ancianos, además de 6 integrantes de cuerpos médicos. El número va en aumento cada hora. (Vale aclarar que hasta ayer el número de muertos en Gaza llegaba a 901 y el de heridos a 3 mil 695).

–Palestina está dividida. ¿Qué opinas tú de Hammas y de sus ataques con bombas caseras a Israel? Al fin y al cabo, ellos rompieron el cese al fuego y lanzaron las primeras bombas…
–Los de hammas fueron elegidos de manera democrática para formar un gobierno hasta que los palestinos eligieran a alguien más. Hammas es una autoridad legítima. A Hammas los palestinos los eligieron a través de elecciones democráticas, pero eso a Israel no le gustó porque es un partido político islámico. Israel se negó a hablar con Hammas y trató de derrocarlo sin permitir que la gente tenga electricidad, alimentos y agua en Gaza.

–Derrocarlo con el sufrimiento de la gente…
–Sí, algo así. Entonces, como no había electricidad, alimentos ni agua, Hammas comenzó a disparar pequeños cohetes porque querían alimentos. Ahora Israel quiere asesinar a Hammas.

–¿Y qué opinión te merece la posición de Estados Unidos de Norteamérica?
–Yo creo que, en general, los países occidentales deberían tener más clara la situación y obligar a Israel a aplicar el derecho internacional. Todos los países deberían aplicar el mismo derecho internacional, de lo contrario, viviríamos en un estado de guerra. ¿Cuál es el punto de tener el derecho internacional cuando cada país hace lo que quiere y no escucha al mundo? Todo el mundo quiere detener a Israel pero no está escuchando, porque los EE.UU. lo están apoyando. Es hora de terminar con esta situación.

–Las protestas en el mundo también apuntan contra EE.UU.
–Sí, pero los países tienen que tener claro que hablar no es suficiente. Tienen que hacer más, como lo hizo Chávez que pidió a los israelíes abandonar la embajada en su país.

–En el Perú hay muchos descendientes palestinos que están muy preocupados y piden poner fin a todo esto.
–Eso es bueno, en realidad todos deseamos que termine pronto esta locura.

lunes, diciembre 01, 2008

Y se me ocurrió pensar

Hoy cuando salí de casa en dirección a mi trabajo y caminaba por el parque de mi barrio, no sé por qué me detuve. Nunca lo hago, porque siempre voy tarde y pensando en lo que debo hacer. Pero esta vez miré el rededor tan verde y escuché el canto de algunas aves, mientras que un Winston Light seguía consumiéndose entre mis dedos. Una señora caminaba meditabunda en la acera, mientras que un taxista esperaba algún pasajero en el interior de su viejo auto. Eran las 4:50 de la tarde y el sol ya soplaba sus últimos minutos de calor. Tampoco sé el porqué en aquel momento pensé en un esquimal. Sí, quería imaginar qué estaba haciendo una persona, en ese mismo instante, en los hielos del norte. Traté de imaginar su mirada, profunda, retrechera, sigilosa, desconfiada. Como en las películas, tenía la barba crecida y un perro-lobo sólo esperaba su orden para atacarme por inmiscuirme en sus hielos. De pronto me dio frío y viajé a África. ¿Qué estarán haciendo en este mismo instante aquellos niños-calaveras-cadáveres de los cuales sólo he visto fotografías o imágenes funestas a través de la TV? ¿Habrán comido algo o sus tripas estarán retorciéndose como ofidios? Quiero pensar lo primero, aunque sé que sólo trato de engañarme para no sentir el dolor de aquellos pequeños. Cobarde recurso el mío, pues en África viven 800 millones de personas y sólo el 15% de ellas llegan a envejecer. ¿El resto? El resto muere de hambre, asesinado o deshidratado en alguna barca con destino a España. Mejor me voy de allí. Soy cobarde. Y lloro.
Seguí caminando. Di una nueva pitada a mi Winston Light y bebí un sorbo de Sporade. El Trident lo guardé para luego. No pude borrar de mi mente la inhumana escena del niño africano y, otra vez decidí huir. Esta vez partí a la China, un país con una economía que crece a galope pero donde buena parte de sus 1600 millones de habitantes aún no conoce lo que es el vivir en condiciones. Recordé una foto que vi hace buen tiempo de unos chinos flacos que, como yo, fumaban cigarrillos y vivían en jaulas. ¡Sí! jaulas... Eran pequeños espacios alquilados al dueño de un gran edificio que fue subdividido con rejas para crear compartimentos con una cama y una silla. No recuerdo la cifra que pagaban cada noche por lograr descansar en esas pocilgas, pero sí rememoro la mirada vacía y apagada de aquellos pobres diablos.
Subí al taxi del paciente conductor y seguí con la idea de imaginar qué está ocurriendo ahora en el mundo. Es decir, mientras que yo ahora veo el bello mural de la universidad y me dirijo a mi trabajo, ¿estará muriendo alguien?, ¿alguna mujer estará siendo violada?, ¿cuántos cientos de hombres y mujeres estarán llorando?, ¿tal vez un desastre natural..? Qué trágico me puse, sí... Pero es que... ya que mi vida en los últimos meses se ha convertido en un barco que recorre las mismas aguas todos los días, sólo trato de echar a volar la imaginación para sentir algo distinto. Un ejercicio terrible, la verdad, que en el fondo me echa ante las neuronas el más puro existencialismo y las más duras tragedias. ¿Pero qué puedo hacer si sólo quiero sentir? ¿Qué culpa tengo yo de que el mundo muera cada vez más? Podría pensar en los árabes de la Franja de Gaza, de Jerusalem (que es de donde huyó mi padre para no morir de un balazo judío o inglés. Da lo mismo). Podría pensar en los peruanos que emigraron de la sierra a la costa en busca de una mejor vida y ahora deben contentarse con dormir sobre una estera y bajo cartones. En ese camino se encuentra el loco, la puta, el paria, el que fue echado, el que huyó, el secuestrado. México y Colombia, el País Vasco con sus etarras, Europa en general y sus neonazis... Estados Unidos y los negros newyorquinos (excluidos y tal vez por ello violentos), Centro América y sus maras salvatruchas (que asesinan a sus madres antes de tatuarse), Sierra Leona y sus diamantes teñidos de sangre, Irak, Estados Unidos...
El odio se ha apoderado de todo el mundo por el dinero. El dinero mueve el mundo. Las bolsas de valores caen y el sistema tiembla. ¿Cómo es posible que dependamos de la especulación de unos cuantos que venden acciones que, a la larga, no son nada... Valores... ¿esa es la esencia de nuestro mundo? Un papel que representa la nada. Porque es la nada material la que nos llevaremos a la tumba.
¿Entonces qué hacer? Creo que, al menos pensar en esto ya es algo. No cambio nada con mis pensamientos, claro... pero es muy probable que muy pocas personas frenen su vida algunos minutos para pensar en lo que ocurre dentro y fuera de los demás. En el corazón de su vecino o en la ciudad más lejana del planeta. Aunque, a la larga, son sólo ideas...

Adiós.

sábado, setiembre 27, 2008

Un puerto malherido, pero con futuro
Cómo quisiera verte bien, Malabrigo…
RÁZURI, MALABRIGO. Cómo quisiera dar un viaje al pasado en una de esas locomotoras que la brisa, el olvido y el tiempo han carcomido y que están arrinconadas como cachivaches. Le echaría petróleo, la haría silbar y enrumbaría hacia el muelle o el viejo almacén de azúcar del cual sólo quedan muros derrumbados y desolaciones. Pero no puedo, Malabrigo ha sufrido un cataclismo desde que me fui y no me queda más que andar por sus calles polvorientas y sucias, sus casonas taciturnas y destruidas, sus arenas infectadas y sus vientos de congoja.
Cómo quisiera recuperarte, Malabrigo mío, de mi adolescencia, de cuando jugaba con mi pelota y corría descalzo con mi perro en el mar y nos bañábamos en las aguas diáfanas que hoy están oscuras. Pero no puedo y me duele. Mi casa de Pino de Oregon fue comprada por alguien que sólo necesitó su cotizada madera, la desmanteló y sólo me dejó la nostalgia de los recuerdos atrapados tras lágrimas y barrotes. Mi perro ya no ladra, mi vecino ha muerto y, lo peor de todo, la playa agoniza. Daría todo por cruzar la puerta de mi casa-cadáver y encontrar a mi madre en la cocina friendo un suco y a mi padre, descansando en la hamaca de las armellas crujientes mientras escucha una canción de Roberto Carlos en un disco de vinilo. Daría todo por oler la madera abrigada de mi habitación perdida. Daría todo porque se apague la technocumbia de una pollada que hoy me perturba, y me deje escuchar el mar.
Cómo quisiera que un ventarrón se lleve por los cielos a la miseria y volver a la placita en mi bicicleta. No a la plaza moderna de las estatuas monstruosas, sino la de las bancas y los jardines. Cómo quisiera que el viento retroceda las agujas del reloj y que los perros vagabundos del puerto ya no miren con tristeza, como los mendigos que siempre anhelaron y nunca tuvieron, y que sus huesos se cubran de músculos y que la sarna no los ataque y que la historia de este milenario pueblo liberteño no se pierda entre la desidia, la división y los intereses de unos pocos.
Cómo quisiera que las aspas de la hélice giren en el sentido correcto y, como por arte de magia, Malabrigo no se siga perdiendo entre la contaminación y el atraso. No quiero celulares, ni asfalto, ni concreto, ni metal… quiero orden, limpieza, paz y que el tañer de las campanas haga un llamado a la reflexión del alcalde y los vecinos. Quiero que los pastos reverdezcan, que las palmeras sean podadas y que fortalezcan sus raíces, que al muelle no lo desmantelen más y que las casas de madera que algún día edificaron los alemanes y que podrían convertirse en museos, no se cubran de concreto. ¡Si esas paredes pudieran hablar! Reclamarían por el descuido y el abandono.
Los tiempos cambian, es cierto, pero todo cambio siempre debe ser para mejorar y no para estancarse en un socavón de miserias y abandonos. Hay tanto por hacer en Malabrigo y es tan poco lo que se hace. La playa está herida por la contaminación de algunas fábricas de harina de pescado que clavaron tuberías en las arenas para arrojar sus desechos al mar sin ningún control. ¿Dónde están las autoridades? Para colmo, la basura que el pueblo arroja a las calles llega hasta las orillas donde corretean las pardelas y las gaviotas. Y esos ranchos de esteras, mal llamados restaurantes, lanzan a las aguas todas las porquerías que acumulan durante las cuatro estaciones. ¿Por qué no los desalojan..? Claro, ahora entiendo el porqué las aves vuelan y gritan ¡¡agg, agg!! Sí, es por la basura de la orilla y por los ranchos miserables y asquerosos que invadieron el litoral y se convirtieron en centros de acopio de harina de pescado robada de los almacenes.
Ay, Malabrigo, cómo quisiera que el mar vuelva a dar robalos, lenguados, tollos y chitas y no sólo sucos o bonitos. Cuánto quisiera que los viejos de piel curtida sigan trenzando sus sogas en los postes (cabalgando la traya, como ellos dicen) y que los niños sigan correteando bajo el sol y mariscando en las peñas. Cómo quisiera que las olas nunca se acaben para los surfistas y que las mujeres sigan llevando el almuerzo a sus esposos que trabajan en el embarque o la estiba. Cómo quisiera que el progreso no se mueva dentro de los bolsillos empresariales o se cocine en los calderos de las fábricas, sino que se refleje en el rostro feliz de los niños, en las calles, en los corazones y en las almas de los malabriguenses.
Cómo quisiera que el pescado se siga friendo en las sartenes del puerto y que no se congele en las cámaras frigoríficas y viajeras. Ya no quiero aguas movidas ni malos olores, quiero que se siembre un árbol y que el pueblo lo cuide y lo vea brotar y florecer. Bajo su sombra, y como canta Facundo Cabral en una de sus coplas: “no se sientan por vencidos ni aún vencidos. Está la puerta abierta, la vida está esperando… Está la puerta abierta, juntemos nuestros sueños, para espantar al miedo que nos empobreció”.
Y que no se acabe este cebiche…

lunes, setiembre 01, 2008

Chaska: teatro de lujo en Perú


CUSCO. Chaska sabe que debe morir para salvar a su pueblo, pero ahora se maquilla. Falta poco más de 90 minutos para su sacrificio en la montaña más alta de su tierra. Chaska sabe que debe morir para salvar a su pueblo y ahora está sentada frente de un espejo, en el camerino principal del Teatro Garcilaso Kusikay del Cusco. Se mira con detenimiento, orgullosa de ser la elegida. Su peinado es perfecto, así como el color que maquilla sus ojos, ni tan encendido como para una fiesta ni tan oscuro como para un velorio. Chaska sabe que debe morir y lo ha aceptado con valentía, tal como lo hizo ‘Juanita’ en el Ampato arequipeño. En la época de nuestros antepasados las jovencitas más lindas del imperio eran seleccionadas para tareas de este tipo y ellas, llegado el momento, escalaban hasta la cima del Apu con orgullo -–aunque también con cierto temor– para ofrendar su vida a los dioses y ahuyentar plagas, desgracias y maldiciones.
Chaska ahora luce ataviada con un traje colorido y adornado con motivos andinos. Está algo nerviosa, como siempre ocurre durante los minutos previos a la función, pero sabe que al salir al escenario se olvidará de todo. El público, que ya espera en las butacas, no puede notarlo. La mayoría la integra turistas de Europa y Estados Unidos. Son las 7.30 de la noche y todos están listos. El viejo guía que la llevará a la montaña, el escurridizo e impertinente Ukuku, los dioses, los guerreros y los pobladores. La función debe empezar.

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Chaska, una historia andina. Así fue bautizado este espectáculo montado en Cusco que cada vez atrae a más turistas y pobladores locales. La puesta en escena, que dura una hora y 10 minutos, fusiona de manera perfecta la danza contemporánea, la acrobacia, la interpretación, el canto, la lucha escénica y los efectos audiovisuales. Sin lugar a dudas, se trata de un montaje de lujo inspirado en las costumbres y tradiciones del Perú antiguo, de nuestros Mochicas, de los Incas, de los indios, de aquellos hombres que cimentaron este país con el sudor de su frente y la sangre de sus manos. Un espectáculo que nada que tiene que envidiarle al Circo del Sol o a los montajes más costosos de Broadway. Sí, y como suena, hecho en el Perú.
Chaska es el nombre de una bella joven que vive en el pueblo de Kusillaqta, el cual cae en desgracia desde que el Pájaro Chihuaco no desciende a su nido y, en vez de la luz del progreso, origina una tormenta oscura y devastadora. En entonces cuando la muchacha es elegida para ser sacrificada en la montaña y así apaciguar la furia de los dioses.
Chaska es guiada por el viejo sabio del pueblo hacia la cima del Apu, durante un tiempo suficiente para que ella entienda el transitar cronológico de la historia peruana, desde la creación del mundo por el Dios Kon, pasando por los guerreros Moche y Chancas hasta los valerosos Incas que extendieron el mundo más allá del horizonte. Claro, hasta que fueron conquistados por los españoles.
Son nueve las escenas que el público observa con asombro por la calidad de los actores y por el juego de imágenes, luces, vestimenta y sonidos. No es extraño que aparezca un personaje volando sobre las butacas o un guerrero corriendo por los pasillos. Tampoco, que el viejo ascienda a una montaña de cuerdas o maderos con Chaska, o que aparezca en el escenario una huaca Moche con la Dama de Cao o el Señor de Sipán, dirigiendo una ofrenda de sangre humana a la tierra. No es extraño que los Incas luchen contra los Chancas o que el pueblo baile y cante exhibiendo una parafernalia andina de luces y colores. Una gran historia, una gran obra, un gran espectáculo.

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La obra es tan espectacular que, para montarla, tuvieron que construir un teatro nuevo. La trujillana Malli Aguilar, productora de Chaska, relata que los inversionistas de esta empresa compraron el viejo cine Garcilaso de la calle Unión del Cusco (ubicado muy cerca del Mercado Central) y prácticamente lo volvieron a construir. Fue necesario ampliar la sala e instalar 574 butacas, así como acondicionar los trapecios, construir los camerinos, las oficinas, la recepción. “Es un teatro de lujo, que ahora lo estamos ampliando para recibir a mil personas”, advierte Aguilar con mucho acierto.
Luego de tener el recinto listo, y cuando corría el mes de junio del año 2007, se realizó un casting en Cusco para encontrar a los casi 50 actores que participan de esta obra, dirigida por Eduardo San Román. Se presentaron 200 aspirantes, de los cuales quedaron 40.
“El 90 por ciento de los actores son cusqueños, el resto de Lima y Trujillo. Ellos tienen entre 10 y 57 años”, añade la productora.
Los seleccionados ensayaron mañana, tarde y noche durante medio año, hasta que llegó diciembre y se ofreció la primera función, con expectativa y nervios de por medio. “Aquel día no hubo mucha gente, pero con el correr de los meses la obra se ha hecho más conocida y ahora tenemos unos 100 asistentes por día. La mayoría, turistas”, señala.
Una de las barreras que debió sortear la organización de Chaska fue la apatía de los cusqueños, quienes antes de apreciar la obra pensaban que se trataba de ‘más de lo mismo’, es decir, danzas folclóricas o música andina. Fue difícil que los cusqueños se convenzan de que el dinero que pagaban en la entrada los iba a conducir a un mundo distinto.
“Nuestro público principal es extranjero. Escogimos esta ciudad por su historia y porque aquí viene gente de todo el mundo. Sin embargo, los días viernes los dedicamos a los cusqueños y les ofrecemos un precio especial, mucho más cómodo. Eso ha ido modificando la percepción de la gente con respecto a la calidad de nuestro espectáculo”, indica José Luis Cassinelli, directivo de Kusikay, la empresa teatral responsable.
El éxito llega dando pasos lentos y seguros, y con paciencia. Así lo han entendido en Kusikay. Es por ello que el espectáculo de Chaska aparece ahora en la revista de la aerolínea Lan y ha sido difundido en una feria desarrollada en Alemania. Además, todos los operadores turísticos con sede en Cusco lo recomiendan como un punto imperdible. La idea a posicionar es bastante clara: ‘No asistir a Chaska es como venir a Cusco y no conocer Machu Picchu’.
“Tenemos la propuesta de presentar parte de nuestro espectáculo en Lima, durante el Foro Apec y lo estamos coordinando. Esta obra debe seguir creciendo, por nuestro bien y sobre todo del teatro peruano”, puntualiza Cassinelli.

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Chaska se llama Claudia Mori Coronado y tiene 25 años; es cusqueña pero estudió Arte Dramático en Lima, ciudad que –según sus planes– iba a ser el puente para su futuro como actriz en Perú o el extranjero. Pero un día la llamaron de Cusco para un casting y, sin pensarlo, se convirtió en la antípoda del aquel adagio que reza que ‘nadie es profeta en su tierra’.
“Vine por un par de semanas y ya estoy más de un año en mi Cusco. Me siento muy orgullosa de participar en un espectáculo de alto nivel que el mundo ya está conociendo y valorando”, expresa la guapa actriz y protagonista de este montaje que –así como ella– demuestra que en Perú sí se puede desarrollar proyectos artísticos ambiciosos. Profetas en nuestra tierra. Hay que serlo.


MÁS INFO:

El equipo.

Rocío Tovar (dirección de actores), Eduardo San Román (director general), Vania Masías (responsable de coreografía y danzas), Alfonso Casabonne (responsable de multimedia y vídeo), y Luis Quequezana (responsable de música).
Contacto.
La obra se presenta de martes a sábado a las 7.30 de la noche en el Teatro Garcilaso de Cusco, ubicado en la calle Unión 117. La página web de la obra es: www.kusikay.com
Entradas.
El costo promedio por entrada asciende a 20 dólares (unos 57 soles). Los Viernes Cusqueños se ofrece un descuento considerable a los ciudadanos locales.
Dura un año.
Chaska se presentará hasta diciembre en Cusco. Luego se parará unas semanas para afinar el segundo montaje anual, que aún es una sorpresa.

martes, febrero 19, 2008

¿Por qué nos temen los argentinos?

CASO UNO, EL GENERAL DESNUDO
Un gendarme argentino revisaba las pertenencias de una vieja boliviana de polleras detrás de un pupitre de madera carcomida por las polillas. Junto a éste, otro uniformado interrogaba a Laura, mi compañera de viajes. Atrás había quedado el pueblo fronterizo de La Quiaca, en el norte del país gaucho y nos dirigíamos hacia la ciudad de Salta. El bus permanecía estacionado en las afueras del control aduanero y dos filas de viajeros, divididas por sexo, esperaban su turno ante los ‘guardianes’ de esta patria sureña. Desde mi posición no alcanzaba a escuchar lo que el militar le preguntaba a mi compañera de viajes, pero ella pasó sin problemas la revisión minuciosa de su equipaje. “El siguiente”, dijo el militar que ya había terminado con la anciana del Altiplano y yo di algunos pasos hacia él. Confieso que este tipo de controles en las fronteras siempre me han parecido denigrantes. Además, usualmente los tipos que los efectúan, son unos energúmenos que se creen investidos por el poder superior de su uniforme. Esta vez, no fue la excepción.
Considerando mi prejuiciado malestar, lancé mi enorme mochila de viajero en la enclenque mesa del gaucho, como una sana expresión de rebeldía. “¿Y éste?”, dijo el gendarme en voz baja. “Es peruano”, le comentó el otro, justo el que había interrogado a Laura.
–¿Hacía dónde vas?, me preguntó.
–A Río, respondí, obviamente refiriéndome a la ex capital brasileña, mi destino final. Argentina, en realidad, era sólo un lugar de paso obligado para llegar a las playas cariocas.
–¿A cuál río... al de acá atrás o al que está más adelante?, ironizó el gendarme. Qué bruto es éste, pensé yo. Para ser sincero, por primera vez visito Argentina y no imaginaba que en la propia puerta de este país iba a ser testigo y parte de esa antipatía injustificada, irracional y propia de sujetos de mente reducida contra los peruanos.
El militar sonreía con su compañero. ¡Qué osado! Mientras tanto yo pensaba en las palabras del (precisamente argentino) Facundo Cabral: “habría que acabar con los uniformes que le dan autoridad a cualquiera; ¿qué es un general desnudo?”. Me reía para adentro.
–A Rio de Janeiro.
Los ojos del gendarme no transmitían autoridad. Por el contrario, irradiaban miedo. Al menos eso sentí yo. Claro, es un peruano. Seguro se quedará de ilegal, seguro forma parte de una banda de narcotraficantes, seguro que es una plaga, seguro, seguro, seguro... Yo, me reía para adentro.
Debemos confesar que en las afueras los incultos nos prejuzgan. Y ese gendarme (que tal vez algún día será general), llevaba en su mente bien grabadas las instrucciones de revisar muy bien a los peruanos y si es posible, atraparlos antes de que cometan alguna fechoría. ¿Acaso este tipo no sabe que esta tierra fue parte del Virreinato del Perú hasta 1776?, pensaba yo. ¿Acaso no sabe que vengo de un país grandioso culturalmente? Pero bueno, ¿qué es un general desnudo?
En realidad el militar, al ver mis documentos (confieso que presenté mi carné de periodista), ni siquiera abrió mi mochila. Me miró con desconfianza y movió las manos hacia el bus. “Vaya, nomás”, me dijo. Yo, por primera vez, me reí para afuera. Debo confesar que me burlé.

EN LA CASA DE CAMBIOS
Salta es una ciudad pujante, hermosa y en incesante desarrollo, ubicada a poco más de 1.110 metros de altitud en el norte argentino. Desde su teleférico se puede apreciar sus modernos barrios, su centro histórico cuidadosamente resguardado, sus urbanizaciones laterales y toda la vegetación de las afueras. Es un lugar pacífico, ordenado y moderno.
Eran las 11 de la mañana cuando me topé en una casa de cambios de dólares con otro argentino. Era un señor de barba, de mi estatura (1,71 m.), blanco y de traje. El negocio de intercambio monetario era de lujo, en plena plaza principal de Salta, pero los responsables de la atención demoraban demasiado.
El hombre, que esperaba en la fila delante de mí, me comentó algo sobre la demora y entablamos una breve conversación sobre el clima, la hermosura de Salta y las ansias que ambos sentíamos por pasear en el teleférico.
–Yo soy de Buenos Aires, ¿y tú?, me preguntó.
–Soy de Trujillo, del Perú, le respondí con todo el amor que puedo sentir por mi patria, por la tierra que me vio nacer, por el terruño de mis ancestros.
–Ahhh... ¡¡peruanoooo!!, dijo el barbudo bonaerense con la misma expresión del general desnudo. “Tengo muchos amigos en Cusco”, dijo. Y también fue lo último que dijo. Yo, nuevamente, sentí que ese señor me tenía miedo. Pero, ¿por qué algunos argentinos le temen a los peruanos? Es cierto que muchos compatriotas sólo han viajado al país gaucho a hacer problemas y por ello han motivado en los argentinos un rechazo y un temor por nosotros. Pero bueno, gente mala y gente buena hay en todos lados. Y, para ser francos, hay más peruanos buenos que malos en el mundo.

EN EL HOTEL
Por fin quedaron atrás el general desnudo y el barbón capitalino. Me he hospedado en un hostal de viajeros que más parece una casa de cartón y madera. Muy acogedor. La cocina está disponible para prepararnos lo que queramos en cualquier momento y todos, gringos, chinos, europeos, americanos y cholos –aunque no hablemos el mismo idioma– allí somos como hermanos.
Una tarde se me antojó un café y fui con Laura a la cocina. Además, queríamos guardar en la refrigeradora un helado que habíamos comprado para luego. Allí había una mujer con delantal preparando una sopa, con quien entablamos una amena conversación sobre la comida de este país, los lugares turísticos de Salta y otros temas.
–¿De dónde venís vosotros?, nos preguntó la mujer.
–Del norte de Perú, de Trujillo, respondió Laura y por tercera vez (¿ya no es casualidad di?) vi unos ojos que se abrían sorprendidos, temerosos, inseguros. Ohhhh no, ¡¡peruanos!! Acostumbrado ya a esto, le pregunté a la mujer el porqué de su asombro. La metí en un aprieto. Pues es que hay mucho peruano por aquí, dijo tratando de ser cortés. Yo le dije que, en vista de que muchos peruanos han migrado a Argentina para dedicarse a actividades poco lícitas, era comprensible su temor. Ella sonrió y asintió. Pero también le dije que no todos somos malos, que los peruanos vivimos en una tierra gloriosa, que en las afueras son víctimas de prejuicios, y que sólo cuando nos conocen se dan cuenta de que no somos unos monstruos. Allí está el Joseph, el músico irlandés amante del cebiche y de la marinera norteña que conocimos en Bolivia luego de que le hayan robado su trompeta y sus documentos. Se quedó sin dinero. Lo ayudamos a cruzar la frontera argentina y le invitamos el desayuno (luego siguió su viaje ‘tirando dedo’). Allí está el taxista boliviano que nos ayudó a encontrar un hotel en La Paz y que amaba al Perú, allí está...
Todos consideraban al Perú como una gran nación, como un país hermoso y con gente amigable. Y pues, esa es la misión de los peruanos que vamos al extranjero. Llevar en nuestras manos la representación de nuestra patria, difundirla, hacerla cada vez más grande. Es una tarea de hormigas, pero si cada uno de nosotros convencemos a sólo un extranjero de que el Perú es mejor de lo que piensan, con el tiempo nuestro país será mejor. Yo espero haber convencido a la mujer de la cocina. Aunque, por seguridad y para ser francos, mejor regreso ahora a la cocina a llevarme mi helado. ¿No le habrá puesto veneno..? Es broma.

domingo, enero 13, 2008

Perú, desde las afueras
¿Qué hay de peruano en Bolivia, Argentina, Brasil y Paraguay? Una rápida visión de lo nuestro en el extranjero.

La combi se adentraba en la oscuridad boliviana y los giros de sus neumáticos me alejaban cada vez más de mi patria. Puno, Los Uros y Desaguadero iban quedando atrás y aquella noche nublada exhibía en el horizonte las luces lejanas de algún pueblo del Altiplano. Laura, mi compañera de viajes, compartía el asiento con una mujer que escondía su cuerpo tras polleras y un gorro aymara. La aventura por cuatro países sudamericanos recién comenzaba y mi alma no podía contener las múltiples sensaciones por lo que iba a vivir en aquellas naciones (Bolivia, Argentina, Brasil y Paraguay), pero también por estar dejando atrás a la mía. Era una mixtura de incertidumbre, ansiedad, emoción pero también nostalgia por salir de mi país y dejarlo abandonado durante cuatro semanas.
Fue la radio de la combi la que me hizo comprender que no estaba yendo muy lejos y que era posible –de cierta forma– sentirme dentro del Perú en el extranjero. El conjunto boliviano La Caribeña, a través de la estación 94.9 FM, interpretaba el tema Motor y Motivo del Grupo 5 de Monsefú. Te regalo mi vida, mi cariño sincero, mi alma, mis sueños y todo lo que quiero. La cumbia peruana no es mi música preferida, pero en aquel instante ese tema sonó tan bien que me hizo sentir orgulloso. Fue la primera manifestación peruana en las afueras.

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La zona occidental de Bolivia se asemeja demasiado a la sierra peruana. Al fin y al cabo, esta nación algún día formó parte de la nuestra. Tal vez por ello, no es raro encontrar allí las mismas chatarras motorizadas (también llamadas micros) que circulan en nuestro país, incluyendo Trujillo. Góndolas destartaladas y combis asesinas esquivan a las personas en las calles céntricas de La Paz y todo ese desorden, de alguna manera, te hace sentir en el Perú. Sin motivo de orgullo de por medio, claro.
Lo que sí te llena de orgullo en este país es encontrar tantas oficinas del Banco de Crédito del Perú (BCP). Sin lugar a dudas, éste debe ser el banco con la mayor cantidad de agencias en Bolivia. Al BCP lo encuentras hasta en la sopa. Pero no sólo esta empresa peruana triunfa en el país del Altiplano. La cadena de zapaterías Bata es otra. Hay Bata en La Paz, en Cochabamba, en Santa Cruz de la Sierra, en Potosí… ¡en todo lado! Y precisamente en Potosí, una ciudad que conserva un centro histórico hermoso y que algún día fue uno de los más importantes polos urbanos de América (gracias a sus minas de plata), encontré sin querer otra manifestación del Perú: un chifa, o algo que se hacía llamar así.
La comida boliviana no es reconocida por su sabor, pero aquel chifa –ubicado muy cerca de la plaza de Simón Bolívar– era realmente una mala imitación de lo nuestro. ¡No se puede comer chifa con mayonesa y ketchup! En fin, el viaje debe continuar.
Ahora estamos en Cochabamba, también en Bolivia, una ciudad más moderna y ordenada que, a más de 2.500 metros de altitud, crece amparada bajo los brazos de un Cristo seis metros más grande que el de Rio de Janeiro. Impresionante pero desconocido. Esta ciudad posee edificios modernos y uno de sus centros comerciales más conocido se encuentra dentro de las llamadas Torres Soffer. Allí hay librerías, tiendas de ropa y zapatos (también está Bata), patios de comida y todo lo que posee un centro moderno. En el principal escaparate de la librería de este lugar resaltaban dos novelas: Travesuras de la niña mala, publicada por Mario Vargas Llosa el 2006; y En el reino del espanto, de su hijo, Álvaro Vargas Llosa. Ambos peruanos (aunque también españoles), orgullo de nuestro país.
Antes de partir de Cochabamba y también de Bolivia decidimos ver una película en el Cine Center, el más grande del país. Escogimos una estadounidense, pero en la cartelera figuraba la chilena El rey de los huevones, donde actúa la peruana Angie Jibaja. Para otra vez será.

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Ahora estamos en Salta, Argentina, linda ciudad enclavada en una zona tropical y boscosa. El hostal donde nos alojamos, llamado Backpackers y situado en la calle Junín (el Perú, otra vez), es una acogedora casa donde descansan viajeros del mundo entero. La habitación es confortable, tiene agua caliente, TV con cable y fríobar. Pero para mí, que ando buscando manifestaciones peruanas, lo que más resalta son dos cuadros con motivos Paracas. ¡Son las Líneas de Nazca! Algo similar ocurrió en una agencia de viajes céntrica de esta ciudad. Allí encontré un afiche inmenso con la fotografía de Machu Picchu. “Escogé tu destino”, decía. Por lo visto, en estas tierras del norte argentino, el Perú y el mundo inca son destinos muy apreciados.
Pero fue en el teleférico de Salta donde me sentí más peruano que nunca. Antes de que una voz grabada dé la bienvenida, la melodía nacional El Cóndor Pasa, del huanuqueño Daniel Alomía Robles (†) envolvió a la furgoneta en un ambiente muy andino, muy nuestro.
En realidad no encontré muchas otras manifestaciones peruanas durante mi breve recorrido por Argentina, que sólo fue un paso hacia Brasil, el destino principal de la aventura.

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Atrás quedaron las impresionantes Cataratas del Iguazú. El bus acaba de cruzar la frontera y ya circulamos en territorio brasileño. Minutos previos vimos en el control migratorio argentino a un señor de unos 50 años con un pasaporte peruano, pero lo perdimos en medio del alboroto. ¡Se nos escapó! Ya es casi hora de almuerzo y el bus se ha detenido en un restaurante ubicado a un costado del camino, entre interminables sembríos de caña de azúcar.
Confieso que soy casi nulo en portugués. Los primeros días en Brasil tuve que comunicarme con señas, porque cuando los cariocas hablan rápido, no se les entiende ni papas. Y precisamente fueron papas embolsadas las que me causaron una divertida confusión. En la bolsa, decía que las papas estaban fabricadas con “Peito de Peru”. ¡Perú!, exclamé, y de inmediato compré un paquete. Estaban sabrosas. Claro, pensaba yo, es que están fabricadas con algún ingrediente peruano. Lo mismo pensé cuando subimos al Corcovado para conocer el Cristo Redentor. En el cafetín de este lugar, lo más caro de todo era una porción de “Peito de Peru”. Y la diferencia era abismal: 20,50 reales por una de esas cosas ‘peruanas’ contra 3,50 que costaba un pan con hot dog.
En aquel momento yo llevaba puesta una camiseta con la inscripción “Te amo Perú”. Y al vendedor del restaurante le pregunté si ese “Peito de Peru” tenía algo que ver con mi país. Señalé el cartel de la comida y luego mi polo. Él me vio sorprendido, extrañado, contrariado, y me dijo “¡Se!” (¡sí!). Yo me sentí muy feliz, pero no compré aquel “Peito de Peru” porque estaba muy caro. En realidad pensaba que se trataba de alguna carne de pollo importada de nuestro país. Sabía que el pollo peruano era famoso, ¿pero no tanto, no?
Bueno, al día siguiente cuando ya había salido de mi hotel (llamado El Misti, en recuerdo del volcán arequipeño) y caminaba por calles céntricas de Rio, encontré en un quiosco un folleto titulado “Peito de Peru”. Al verlo me extrañé y no me contuve. Le pregunté al vendedor, ¿qué es Peito de Perú?, ¿es como Bolivia, Chile, Perú..? El sujeto sonrió y dijo que no. “Peru é um ave, um ave média”, me dijo. Se refería a que Peru en Brasil es un ave de regular tamaño. Yo me caía para atrás. “Peito de Peru”, en portugués, significa nada más y nada menos que “pecho de pavo”. ¡Qué pavo! Me reí y continué mi camino.

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Atrás quedó el colegio Santa Rosa de Lima, ubicado en el barrio de Copacabana de Rio de Janeiro. También las calles llamadas Callao y Perú de la ciudad argentina de Jujuy. Atrás quedó la inscripción ¡Viva el Perú! en la puerta del baño de hombres de la terminal de buses de Corrientes. Atrás quedó un spot promocional del Perú que Promperú difunde en el canal internacional de cable Much Music. Atrás quedó el joven argentino que en las Cataratas del Iguazú nos preguntó por la avenida trujillana Prolongación Santa. Lo miramos extrañado y él dijo que su amigo César Cueva vive allí. Qué pequeño es el mundo. Atrás quedaron Diego Bertie y Christian Meier en telenovelas que ve toda América. Atrás quedó Gian Marco cantando en HTV Al otro lado de la luna, así como un gringo en Ciudad del Este (Paraguay) con un polo que promocionaba al Río Amazonas y a la selva peruana.
También es parte de nuestra memoria la Farmacia Perú de Ciudad del Este y el humillante comentario de un periodista paraguayo por la Selección Peruana de Fútbol. “Sin lugar a dudas, su participación en las eliminatorias ha decepcionado a todos…”, dijo en un canal televisivo de ese país.
Atrás han quedado cientos y miles de peruanos que viven en el extranjero y que no llegué a conocer, así como igual cantidad de manifestaciones de nuestro país en el extranjero que tampoco logré percibir. Ahora estoy en la capital paraguaya, La Asunción, cerca de la caótica avenida Perú. Camino con dirección al centro de la ciudad y encuentro una tienda de alquiler de películas. Me parece que era algo como Televideo. Observo bien el lugar, buscando algo peruano, y me sorprendo al ver en la puerta un tremendo afiche del filme animado nacional Dragones, destino de fuego. En aquel momento, comprendo que nuestro país es como el nombre de esa película. Sin dudas, ¡un destino de fuego!

martes, enero 08, 2008

Que Evo no hunda más a Bolivia

Días atrás tuve la suerte de visitar por lo menos cinco ciudades bolivianas, incluyendo La Paz. En mi plan de ruta primigenio estaba incluida Santa Cruz de la Sierra, pero un bloqueo en la carretera obligó a desviarme hacia Potosí y luego entrar al norte argentino. A pesar de esto, durante la semana que permanecí en este país del Altiplano tuve contacto con aquel mundo andino, descendiente Aymará e Inca que el cocalero y presidente boliviano, Evo Morales, pretende ‘reivindicar’ con un controvertido proyecto de refundación nacional.
Entre los planes del mandatario figura la promulgación de una nueva Constitución Política, que elimine a los terratenientes (o, como él dice, el latifundio) para distribuir las riquezas de los actuales adinerados entre los pobres (los económicamente menos favorecidos, como dicen los especialistas). Y en Bolivia estas personas son aquellos hombres de poncho y llanques y esas mujeres de polleras que ven a Evo como su salvador, como el hombre que les arrancará del alma las penas acumuladas durante siglos de opresión y derrotas.
Yo creo que lo único que Evo Morales está logrando es hundir más al país más pobre de Sudamérica, a ese país que no sabe aprovechar sus envidiables recursos naturales, a ese país donde el crecimiento del PIB no llega al 4 por ciento anual y, por último, a ese país donde aún se respiran aires belicistas que planean recuperar algún día los mares perdidos (los marinos bolivianos llevan en el hombro la bandera del mar cautivo –ojo, no perdido– ése que pertenece a Chile).
Evo Morales, para empezar, ha fracturado a Bolivia. Si antes de su mandato las provincias orientales de Santa Cruz de la Sierra, Tarija, Beni y Pando se consideraban un mundo aparte (tal vez integrantes de otra nación ajena a los ‘indios’ de La Paz), en la actualidad estas poblaciones se han rebelado al gobierno central con la redacción de estatutos de autonomía. Es decir, estas localidades (cuatro de las nueve regiones del país) ya no quieren saber nada de Evo Morales, de indígenas o de refundaciones nacionales.
Claro que, de por medio, figuran multimillonarios intereses. Basta mencionar que entre Santa Cruz de la Sierra, Tarija, Beni y Pando se genera casi la mitad del PBI nacional y que estas cuatro regiones son las mayores productoras de gas y derivados agrícolas y ganaderos del país (añadiéndole el potencial turístico que poseen).
Evo Morales, dentro de su concepción demagógica y populista, pretende ‘atacar’ a las localidades bolivianas que más han crecido en los últimos años para entregarle parte de sus riquezas a los pobres de la zona andina. ¿Acaso Evo no ha leído la historia del Perú posvelasquista? Los resultados son conocidos. Los campesinos no estuvieron preparados para gerenciar sus flamantes fábricas o fundos y, al final, el cooperativismo se transformó en una olla de grillos ladrones e individualistas que sólo pensaban en qué más sacarle a viejas haciendas o a los ingenios en vez de cómo contribuir para mejorar. La muestra del fracaso es que ahora ya casi todo ha regresado a manos privadas.
En estas condiciones, ¿qué empresa boliviana o extranjera se arriesgará a invertir en este país? Si el gobierno de un país no crea las condiciones de estabilidad política y económica, simplemente nadie invertirá allí. Y en una ciudad o un país donde no hay inversión, no hay trabajo. El mundo se paraliza, el atraso se enraíza y, para colmo de males, problemas sociales como la delincuencia, la drogadicción o el pandillaje pernicioso se multiplican.
Veamos al Trujillo de hace cinco años, sin los actuales malls, fábricas y construcciones. ¿Acaso los jóvenes tenían tantas oportunidades de trabajo como ahora? Nuestra ciudad, en su mayoría gracias a la inversión privada, es la que más crece del Perú y va camino a la modernización.
Pero con una Bolivia fracturada no sólo se avecina más pobreza y atraso, sino también un enfrentamiento entre regiones que, posiblemente, podría desencadenarse en violentas y lamentables luchas entre razas y clases sociales.
Lo que el mundo indígena necesita en Bolivia para ser reivindicado –si cabe el término de Evo– es, en primer lugar, mejorar su educación. Una educación orientada hacia la producción de cada región, que genere trabajadores preparados para el mundo moderno. Pero la educación en Bolivia va más allá. Es lamentable visitar la zona occidental de este país y toparse con una verdadera incultura generalizada. Desde una extraña y temerosa forma de hablar y mirar de los descendientes indígenas (que escasas veces dan razón acertada ante alguna pregunta de un foráneo), pasando por una precaria forma de convivencia basada en la informalidad extrema (ambulantes venden de todo a escasos metros de la Catedral de La Paz y del propio Palacio de Morales), hasta llegar a la suciedad, el desorden y el pésimo servicio que ofrecen al turismo (buses pestilentes y con insectos no son difíciles de encontrar).
La reivindicación del mundo indígena boliviano (clase racial que el propio Evo ha resucitado) no va por la fractura o divisionismo del país. Esto sólo se logrará cuando el gobierno promueva la educación, el trabajo, la salud y la mejora en las condiciones de vida. Pero, como van las cosas, don Evo Morales y sus ideas narco-cocaleras –escudado tras las pretensiones de un Hugo Chávez enemigo de la democracia– están descalabrando a este país milenario, con enorme potencial social y económico, que ahora duerme en la ignorancia y los intereses de sus mandatarios. Y en Perú, que reflexionen los humalistas.
Viaje a la isla de Malabrigo
Lobos marinos, aves guaneras y hasta pingüinos se pueden apreciar en la Isla Macabí, situada a poco más de una hora de navegación, frente de las costas de Malabrigo. El potencial se ‘desborda’ por sus acantilados, pero no se aprovecha.

El motor ruge fuera de borda y el bote navega en aguas fantasmales, perdiéndose entre la bruma de un frío amanecer dominical. Puerto Malabrigo va quedando a la distancia, prisionero de sueños inconclusos y de un letargo masivo, con sus acantilados lastimeros, su centenario muelle erguido a duras penas y su hélice oxidada y detenida. Los peñascos de La Punta, rompeolas naturales, desvían la furia marina y nuestro bote se adentra sin complicaciones en los mares malabriguenses que esconden en sus fondos mil y un historias perdidas en el tiempo. Un sol avergonzado cedió su lugar al frío de alta mar.
Abordar el bote que nos conduciría a la Isla de Macabí fue una verdadera proeza para los seis miembros de la expedición. Prácticamente, nos lanzamos desde el muelle hasta el casco de una embarcación sujetada con amarras y no del todo detenida. Atrás quedó la hora y media de viaje por tierra desde Trujillo, atrás quedó el desierto y el Valle Chicama, con sus pueblos milenarios y embrujados, sus sembríos de caña de azúcar, su gente de piel curtida por un sol inclemente y parajes solitarios en el horizonte. Atrás quedó Malabrigo con su entrada paupérrima, invadida por almacenes de harina de pescado, sus calles nostálgicas, sus casonas de Pino de Oregon construidas por alemanes y derruidas por peruanos. Atrás quedaron fábricas harineras que contaminan las aguas y sus fétidas emanaciones. Atrás quedaron locomotoras carcomidas por el óxido, la desidia y la tristeza. Atrás quedó un Malabrigo detenido y atrasado, pero –no obstante– con un potencial turístico envidiable que se desaprovecha. Cuatro pelícanos vuelan en fila hacia la isla.

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Adolfo Asmat Chirinos-Zavala es un pintor nacido en Malabrigo pero radicado hace más de 15 años en Madrid. Su obra, exhibida en reconocidas salas europeas, transmite la nostalgia y las soledades de una infancia en su puerto querido, hoy sumido en el atraso. El artista, de chaqueta negra y mirada analítica, cruza sus manos con violencia entre su cabellera, como despertando de algún sueño, y luego mira a su esposa, María del Socorro Morac, guadalupana, artista, madre. Cerca de ellos está Tito Cumplido, alcalde de Malabrigo, con zapatillas blancas de lona, jeans, casaca azul y su inclemente bigotito entrecano que mueve al hablar. El alcalde conversa con Enrique Salcedo, representante de Aprochicama –asociación que vela por los intereses de las fábricas harineras– pero el ruido del motor es más fuerte que sus palabras.
El patrón de lancha, atento desde la popa, dirige con señas a un motorista aburrido que sostiene el timón firme hacia la isla que aún no se deja ver. La neblina sigue densa y bandadas de guanays y pelícanos vuelan en hileras mar adentro. Las aguas lucen cristalinas, o tal vez aceitosas. Dulces de limón se convierten en panacea contra los mareos.

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Cuenta la historia (los viejos malabriguenses aún la conocen) que allá por 1830 una embarcación –que había zarpado de Colombia– encalló en la Isla de Macabí, luego de entrar en el callejón natural que divide en dos a este accidente geográfico. Los tripulantes, en medio de una tormenta y faltando escasos minutos para la medianoche, nadaron hacia la costa pero les ganó el cansancio. Seis horas transcurrieron hasta que el cielo empezó a irradiar las primeras luces, cuando pescadores del actual Malabrigo, lugar que en aquel entonces era conocido como Caleta Mamape, rescataron en sus caballitos de totora a los náufragos que flotaban y los condujeron hasta la Playa La Punta.
Entre ellos se encontraba un capitán español de apellido Malabrigo, quien no sólo se enamoró de las playas y del pueblo, sino también de una mujer que vendía chicha de jora en un humilde rancho que luego se transformó en el Restaurante Malabrigo. El negocio fue un éxito. Llegaban comensales a caballo o burro desde pueblos lejanos del valle para beber la exquisita chicha y saborear los potajes elaborados tanto con recetas del antiquísimo Mamape como de Barcelona, tierra natal del marino Malabrigo. Tan conocido se hizo el lugar que los forasteros ya no decían: “vamos a Mamape”, sino “vamos a Malabrigo”.
Pues entonces, prácticamente Malabrigo le debe hasta su nombre a la isla de Macabí (que en realidad son dos, pero se encuentran muy juntas). Y, aunque en el tiempo de los Gildeméister pretendieron llamar al pueblo como Puerto Chicama, los lugareños se encargaron de conservar en sus corazones la tradición traída por aquel marino barcelonés que encalló en las legendarias Islas de Macabí.

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La isla aparece en el horizonte, como un hongo gigantesco, pero el vaivén de las aguas ocultan el bote e interrumpen la visión. El patrón de la lancha informa que nadie podrá descender porque las aguas están movidas y, además, porque el antiguo atracadero se destruyó años atrás con una marejada. Cada vez se observan más aves volando hacia el horizonte y el olor del guano prospera entre la brisa.
Por fin llegamos a Macabí. Efectivamente se trata de dos islas (Norte y Sur), unidas por un puente de madera y sogas. Ha transcurrido una hora y cuarto desde que partimos del muelle. Lobos marinos rugen ante los invasores. Demarcan su territorio. Son ellos los amos y señores de esta verdadera reserva de fauna marina. Miles de guanays, pelícanos y zarcillos observan con elegancia desde los peñascos, mientras que el bote circunda la isla. “Huele a cojinoba”, comenta el patrón de la lancha, experto en la pesca. Luego se lamenta por no haber llevado consigo equipos para ‘cordelear’.
Casi desapercibidos y confundidos entre los guanays, los pingüinos de Humboldt no esperaban nuestra llegada. Con su traje natural se esconden en una cueva. No son tan amistosos como los lobos marinos, que se zambullen en las aguas y se acercan a nuestro bote, sólo mostrando su hocico y lanzando rugidos.
En la isla hay una casa. Es de madera y está pintada de blanca y azul. Allí vive el guardián. El hombre que resguarda el guano de los barcos piratas. Sus compañeros son los animales. Con ellos habla, con ellos sueña, con ellos se alimenta. “Pobre ese ‘pata’, estará lleno de piojos, porque los guanays tienen unos piojos malditos”, comenta el capitán de nuestro barco, lanzando una mirada de congoja hacia el guardián que saluda con las manos desde la baranda de su morada. ¿Será el mismo sujeto que Proabonos abandonó cuatro meses en esta misma isla sin agua ni alimentos?
Al margen de ello, la majestuosidad de este paraje, comparable con las archipromocionadas Islas Ballestas de Paracas –aunque a menor escala– evidencia el potencial de Malabrigo para el ecoturismo, actividad que con el tiempo podría ser su punta de lanza para llegar al desarrollo. Adolfo está convencido de ello y siempre que puede lo expresa. “Hay 11 fábricas de harina de pescado, pero el pueblo está peor que cuando sólo había una. El desarrollo no va por el tema industrial, sino por el turismo”, comenta. Tito Cumplido acepta la propuesta y añade que alguna empresa privada debería invertir en Malabrigo, ofreciendo tours en yates o botes mejor equipados hacia las islas.
Hay mucho por hacer, en definitiva. Pero urge que este puerto histórico se enrumbe hacia el progreso, con la unión del gobierno, el pueblo y las empresas privadas. Sólo así, cuando el turismo rescate a Malabrigo de su parálisis, ya no habrá más invasiones ni chancherías en la entrada, ya no habrá más estudiantes que desertan en el colegio ni pescadores que se embriagan apenas pisan tierra. Ya no habrá fábricas que contaminen las aguas y exterminen las especies marinas. Pero, sobre todo, ya no habrá esa pobreza que salta a la vista apenas uno ingresa a este fantástico pero contradictorio puerto liberteño.

jueves, agosto 16, 2007

Aventuras en Bolivia, Chile y el sur peruano
Pier Barakat en Ruta Inka

ACLARACIÓN! Ésta es la nota que apareció en el diario La Industria de Trujillo, el mismo día que enrumbé hacia el punto de partida de la Ruta Inka 2007. Las 32 siguientes notas (que aparecen una tras otra, cada una con su respectiva imagen), fueron escritas durante la expedición. Espero que les gusten. (PIER).

Nuestro intrépido periodista Pier Barakat Chávez inició ayer el viaje hacia el punto de partida de la Ruta Inka 2007, “Tras las huellas de Manco Cápac”, expedición que recorrerá durante 41 días las principales ciudades de Bolivia, el norte chileno y el sur del Perú, siempre siguiendo el Camino Inca o Qhapaq Ñan.
Junto con más de 100 universitarios y periodistas de diferentes partes del mundo, Barakat atravesará ríos, lagos, valles, montañas y desiertos en busca de las huellas del fundador del Imperio Inca. Pero no sólo eso. Nuestro periodista tiene como misión enviar una crónica diaria y fotografías de los lugares que irá recorriendo con los demás expedicionarios, que serán publicadas en una página diaria a full color desde el próximo lunes 25 de junio en nuestra edición diaria.
La Ruta Inka, que este año emprende su cuarta edición, es una gira cultural ideada por el ex diplomático peruano Rubén La Torre, quien invirtió todos sus ahorros para hacer realidad este proyecto, que emula a la Ruta Quetzal que une América y Europa.
Aunque en ediciones pasadas se recorrió parte de Ecuador, ésta es la primera vez que los expedicionarios pisarán tierras en tres países hermanos: Bolivia, Chile y Perú, que se encuentran unidos por lazos históricos, sociales y culturales.
La Ruta Inka parte el 21 de junio de la ciudad boliviana de Tiwanaku, donde se participará de la fiesta del Willakakuti o retorno del Sol, que se celebra en el templo preinca de Kalasasaya. Se escogió este día por ser el más corto y frío del año.
Luego se recorrerá ciudades como Copacabana, La Paz, la comunidad aymará de Coroico, el Parque Nacional Sajama (Oruro) y el gran salar de Uyuni, considerado como el desierto de sal más grande del mundo.
Posteriormente, se ingresará por vía férrea a Chile, donde se visitará las ciudades de Calama, San Pedro de Atacama, Pozo al Monte, Putre y Arica. El 10 de julio, la expedición retornará al Perú para visitar las ciudades de Tacna, Ilo, Arequipa, Puno y Cusco, culminando en el santuario de Machu Picchu, al cual se llegará tras una larga travesía por el Camino Inca.
Barakat, como todo peruano orgulloso de su tierra, se mostró entusiasmado con la aventura e intentó olvidar la comprensible congoja que siente por apartarse tantas semanas de sus seres queridos. “Tendré la suerte de recorrer tres países que un día se enfrentaron, pero que a la vez guardan afinidades históricas y sociales, que trataré de plasmar en mis escritos”, declaró ayer nuestro reportero poco antes de partir a la capital.Cabe mencionar que ésta es la primera vez que el diario La Industria de Trujillo, Vicedecano de la Prensa Nacional, envía a uno de sus reporteros a una expedición de este tipo. Siempre, pensando en nuestros lectores.
Viaje al punto de partida de Ruta Inka 2007 y algunas extrañas señales
A escasas horas del comienzo
¿La suerte está de mi lado o se trata de una artimaña del mágico mundo andino?

La noche en Puno es menos gélida de lo que esperaba. Los reportes climatológicos que anunciaban temperaturas menores a cero grados en el sur del país me mantuvieron intimidado en Trujillo, desde antes de alistar mi mochila. Sin embargo, la suerte hoy corre de mi lado pues -sin exagerar- más frío sentí el día de mi partida en la ‘Capital de la Primavera’, que en este instante en que escribo estas líneas en una habitación solitaria de un hostal ubicado a escasos metros de la pintoresca Plaza de Armas de Puno. Y no es que el friaje sea mentira, sino que este fenómeno se siente con crudeza en las zonas más alejadas de esta provincia, las mismas que pronto visitaré.
Puno, según logré apreciar en mis primeras horas de estancia, posee una atmósfera tan mística como la cusqueña. Algunas de sus calles, empedradas y angostas, sumadas a una iluminación ambarina que resalta sus edificios más bellos (como la Catedral, por citar un ejemplo), le dan un toque casi mágico y misterioso que se camufla entre mujeres de polleras, hombres en llanques de miradas desconfiadas y también numerosos turistas de cabellos dorados.
Antes de llegar a Puno pisé Juliaca. El avión partió desde Lima a las 2:30 de la tarde y demoró dos horas y media en aterrizar en el aeropuerto ‘Inca Manco Cápac’, terminal aéreo donde precisamente se observa una gran efigie del fundador del Imperio de Los Incas, con el índice izquierdo apuntando al horizonte y la mano derecha empuñando una barreta de oro. Ésa fue la primera señal que se me presentó en lo que va del viaje, pues la Ruta Inka 2007 se denomina ‘Tras las Huellas de Manco Cápac’. ¿Acaso habré encontrado la primera huella? Quién sabe.
Del aeropuerto de Juliaca me dirigí a Puno en una combi, atravesando una sabana de ichu amarillento. El ocaso cargó los cielos de una tonalidad sanguinolenta, mientras que el conductor del vehículo esquivaba con pericia y suerte los rezagos de una protesta matutina (vidrios, piedras y maderas ‘adornaban’ el camino). Puno y Arequipa, precisamente hoy, bloquearon sus caminos para exigirle al gobierno la disminución en el precio de los combustibles y una nueva licitación de la carretera Interoceánica. “Tenemos suerte de poder pasar, porque temprano estaban rompiendo los vidrios de los carros”, comentó el chofer de la combi que me dejó en la ciudad de la Diablada, ‘Capital del Folclor Peruano’. ¿Una segunda señal?
Lo primero que haré mañana será abordar un bus hacia la ciudad boliviana de Tiwanaku, punto de partida de la Ruta Inka. Según pude averiguar, esta localidad se encuentra a unas tres horas de Puno, cruzando Desaguadero, a más de 3.800 metros de altitud. Será allí donde me reuniré con los demás aventureros que en este momento están viajando por tierra desde Lima, directamente hacia allá. El programa indica que en el templo preinca de Kalasasaya, ubicado en Tiwanaku, se realizará la fiesta del retorno del Sol, con ofrendas a la Pachamama. Dicen que mañana se vivirá el día más corto y frío del año en Bolivia, por ello, recapacito y pienso realmente que el abrigo de esta noche es sólo una tregua para los próximos 41 días de heladas que nos tocará vivir a los aventureros. ¿Acaso el Dios Inti se apiadará de nosotros y nos enviará su calor? ¿O tal vez se enfurecerá por pretender desentrañar los caminos de nuestros antepasados, siguiendo la huella de su hijo mayor?
Evo Morales ha prometido estar presente en la fiesta de Kalasasaya, y espero llegar a tiempo para arrancarle algunas palabras. Si no lo consigo, ya veré de qué escribo mañana. En este tipo de viajes, en los cuales uno se aventura en tierras inhóspitas, sólo queda rogar a Dios que nos proteja. En mi caso, que deberé enviar una crónica diaria, debo pedirle además al altísimo que me permita encontrar conexión a Internet todos los días. Es un reto. Pero no deja de ser un riesgo. Así es el periodismo, un oficio impredecible pero satisfactorio. Al menos así lo siento yo en esta noche de soledad, a incontables kilómetros de mi hogar, en esta sierra de congojas acumuladas durante muchos siglos.
Pues la sierra es triste y misteriosa. Lo plasmó Ventura García Calderón en sus cuentos, relatando historias de nexos ocultos entre el hombre andino y la naturaleza, de pactos con aves monstruosas que castigaban a los forasteros de malas intenciones y ríos que arrastraban con almas despiadadas. Si lo que García Calderón contaba es cierto, yo, desde este ordenador, le prometo a la naturaleza andina caminar con sigilo y buenos deseos, sólo buscando ese dato curioso que, a la distancia, espero satisfaga a los lectores. Una doble promesa es la mía… con el Ande y con Trujillo.

Por último, los 41 días, ¿o acaso 40?, de viaje
Si le descuento el último día a la Ruta Inka (31 de julio), fecha en que los expedicionarios sólo se despedirán y no habrá actividad alguna que cumplir, realmente esta aventura dura 40 días. Y 40 es un número con historia, lo cual nuevamente me hace sospechar de una señal. En la Biblia, el número 40 significa tiempo de preparación. Los ejemplos son numerosos: los 40 días del diluvio y los 40 días que estuvo Moisés en el Monte Sinaí son sólo dos. ¿Quieren más? Pues los hay. Los 40 años que pasó el pueblo de Israel en el desierto y los 40 días que Cristo permaneció apartado del mundo.
En términos religiosos, del número 40 se derivó la ‘Cuaresma’, tiempo que guarda relación con el calendario agrícola y la renovación de la tierra. Tiempo de sencillez y austeridad que permite compartir. Pensándolo bien, esta ruta sí tiene algo de divino. Somos más de 100 los jóvenes que decidimos enrumbarnos en ella y definitivamente la abstinencia, el ahorro y el compañerismo serán nuestras mejores armas para cumplirla con éxito. ¿Qué pasará cuando el alimento sea escaso y el frío cale nuestros huesos? Pensar en salvar el pellejo, como se dice, no es la respuesta correcta. En este viaje, estoy seguro que se estrecharán lazos de hermandad y ayuda mutua entre todos los participantes, sin importar procedencia, raza o edad. Que así sea.
Pueblo ubicado en frontera con Bolivia reúne todos los ‘demonios’ de nuestra Patria
Desaguadero, Perú chiquito
Expedicionarios de Ruta Inka 2007 vivieron el primer día de aventura y arribaron a Tiwanaku.

El pueblo más alejado del sureste peruano es una suma de conflictos que, si los juntamos, obtendríamos un solo resultado: Perú. La informalidad materializada en los vendedores ambulantes le da la bienvenida a los turistas que pretenden viajar a Bolivia o que ingresan a nuestro país provenientes del Altiplano. Las calles ‘adornadas’ con desperdicios es otro de los ‘demonios’ de Desaguadero, un pueblo que sobrevive del comercio legal pero sobre todo del contrabando.
Hoy desperté en Puno a las 8 de la mañana y el calor continuaba de mi lado. La ciudad lucía alborotada por una nueva protesta social y yo sólo quería desayunar en algún lugar donde no cobren en dólares o con tarjeta Visa. En un pasaje pintoresco, cercano de la Plaza de Armas, ingresé a un negocio pequeño y oscuro donde vendían tamalitos puneños a un sol con cincuenta céntimos. Vaya mi suerte que mientras saboreaba esto, apareció un buen amigo trujillano: Miguel Martínez. Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la universidad de la cual egresé, no sólo me acompañó sino que me hizo ver parte de la realidad de Puno: la pobreza. “De hecho que éste es el departamento más pobre del país, camina cinco cuadras arriba de la Plaza de Armas y lo verás”, me dijo, con la autoridad de quien ya ha dormido tres noches en esta ciudad. Yo, que ya debía abordar un bus a Desaguadero, preferí esperar para cuando la expedición viniera a Puno para subir esas tremendas cinco cuadras.
La cobradora del bus a Desaguadero era una mujer ataviada de polleras y chompas, con una larga trenza que culminaba en un tejido de lana con flecos. En mi costado se sentó un hombre que me habló de contrabando, de las promesas incumplidas del gobierno, de la muerte del alcalde de Ilave, ya hace un par de años, y de la agricultura serrana, que depende de las lluvias. Juan se llamaba y su charla se confundía con un fondo maravilloso. El gran Lago Titicaca, que de acuerdo con la posición del sol cambiaba de colores. En algún lugar, a la distancia, se veía azul marino y brillante. En otros, se tornaba verduzco y en las partes que se ubican a sólo 20 metros de la carretera, el agua lucía cristalina. Un verdadero espectáculo natural que distrae al viajero durante el tiempo que demora arribar a la frontera.
Pero no todo es malo en Desaguadero. El ingenio del peruano se evidencia en unos vehículos fabricados sobre un triciclo de tres ruedas, pero que posee 18 velocidades y hasta dos asientos muy confortables para transportar, a cambio de un par de soles, a personas o mercadería. “Así es mi tierra”, es el nombre de un restaurante colocado con inteligencia cerca de la línea divisoria. De hecho, así es.
En este pueblo, donde también se evidencia la ‘astucia’ del peruano (una mujer quiso venderme tres mandarinas por dos soles… ¿acaso me vio cara de gringo?) hoy nos reunimos más de 40 expedicionarios de la Ruta Inka. Ellos llegaron en un bus que no pudo cruzar la frontera y, maleta en mano, tuvieron que cruzar a pie el puente internacional, bajo los letreros de ‘Gracias por su visita’, en el lado peruano, y ‘Bienvenido a Bolivia’.
Luego de los controles migratorios, judiciales y en Aduanas, por fin todos pisamos tierras bolivianas. Vaya sorpresa nos dimos cuando, en este lado del mundo, todo era igual o hasta peor que en Perú. El desorden de las combis, el transitar apresurado de los tricicleros, el griterío de los cobradores de los buses y los ambulantes tan parecidos a los nuestros por un momento me situaron en el pandemónium trujillano llamado La Hermelinda. Pero no, mi ciudad está muy lejos de esto.
Un total de 40 costarricenses, peruanos, estadounidenses, un venezolano, españoles, una periodista que vino desde el Principado de Luxemburgo, una argentina, una uruguaya, una puertorriqueña y muchos otros aventureros, unos más bullangueros e inquietos que otros por su edad, pero todos buena gente, viajamos en cuatro combis hasta la localidad boliviana de Tiwanaku, ubicada a 3.800 metros de altitud, a unos 40 minutos de la frontera y una hora más de adelanto que en Perú. Los rezagos de la fiesta del retorno del Sol, en la cual participó Evo Morales, nos dejaron una ciudad sucia y vacía, oscura y desolada. Sin embargo, la emoción no se resquebrajó en el grupo, a pesar de que la primera noche tuvimos que dormir hasta tres personas en una sola cama. La Ruta Inka ya ha comenzado y continuará con fuerza.
Los planes indican que mañana viernes conoceremos el complejo arqueológico de Tiwanaku y el balneario de Copacabana, ubicado a orillas del Titicaca. El primer día con esta gente fue agitado, pero no menos excitante. Espero que así continúe. Sólo de nosotros depende ello.
Ruta Inka 2007 llegó al complejo arqueológico de Tiwanaku
Baño de energía Aymara
Aventureros se cargaron con la magia de los enigmáticos templos preincas ubicados en Bolivia.

Cuando Andrés Jiménez llegó a la piedra donde Evo Morales juró como presidente de Bolivia, en el complejo arqueológico de Tiwanaku, se colocó en cuclillas, cerró los ojos y reposó sus dos manos sobre el inmenso resto lítico. Este expedicionario costarricense, larguirucho y de melena larga, sólo quería sentir la energía que impregnaron los aymaras en esta grandiosa construcción. Y, por lo que dijo luego, lo consiguió. “Se sentía muy cálido y por un momento mis manos empezaron a palpitar, como si estuviera recibiendo algo”, expresó poco antes de que el guía de turismo pidiera continuar con la marcha.
Las ruinas de Tiwanaku se ubican a sólo diez minutos a pie de un pueblo homónimo, a más de 3.800 metros de altitud (a dos horas de La Paz) y son consideradas como el complejo arqueológico más importante de Bolivia. Los expedicionarios de la Ruta Inka ayer visitamos este lugar y admiramos sus templos ceremoniales, sus monolitos, las famosas puertas del Sol y la Luna y los museos aledaños al complejo. Aquellas imágenes que sólo las pude ver de niño en los libros de Historia del Perú, por fin estaban allí, tan cerca, tan perfectas, sintiendo como yo los vientos gélidos de los Andes.
Pero no sólo fue el aventurero costarricense quien recibió ese baño de energías positivas. En realidad, todos los expedicionarios frotaron las piedras pulidas, escucharon el eco de los viejos escenarios y atraparon con las manos, abriéndolas y cerrándolas de manera simbólica, las vibras de los antiguos pobladores.
En Tiwanaku existen numerosos centros ceremoniales, desde los que se ubican bajo la tierra y que los aymaras dedicaron al inframundo o tierra de los muertos, hasta el majestuoso Kalasasaya, donde se conserva la famosa Portada del Sol y hasta dos monolitos pétreos impresionantes. Los grabados en las construcciones, dedicados al Dios Wiracocha, Inti o Sol, así como a otras deidades del mundo Aymara, demuestran que esta civilización preinca alcanzó un elevado grado de desarrollo arquitectónico y cultural.
Lo que más impresionó ayer a los expedicionarios de la Ruta Inka fueron las inmensas piedras que se emplearon en la construcción de los templos. El guía explicó que probablemente las rocas de granito fueron traídas en barcos desde el actual territorio peruano. Sin embargo, todo lo que se sabe son conjeturas e hipótesis que pretenden explicar la edificación de los templos. “Definitivamente, los aymaras fueron un pueblo muy extenso y desarrollado, con ciudades mucho más grandes que las existentes ahora en Bolivia”, dijo el guía.
Poco antes de la visita, el etnomusicólogo chileno Marcelo González Borié explicó a los expedicionarios, en breve charla, que la civilización Aymara surgió hace más de 2.800 años y que su cosmovisión fue la base del Imperio de los Incas. “Los Incas, aprovechando una crisis política y social que sufrían los aymaras, generada por un problema demográfico, logran dominarlos militarmente y colonizarlos. Sin embargo, los Incas fueron más astutos que los españoles porque no intervinieron en el mundo cultural Aymara sino que lo hicieron suyo”, explicó.
El experto agregó que los Incas sólo se preocuparon de frenar rebeliones aymaras, para lo cual aplicaron una política de disgregación. Esto quiere decir que, si un poblado Aymara presentaba muestras de insurrección, los Incas lo desterraban a territorios alejados para así frenar sus intenciones separatistas o sediciosas. “Eso explica que encontremos poblados aymaras en el actual Ecuador, por ejemplo. No obstante, el mundo Aymara y su cosmovisión continúa presente en pueblos de Bolivia, Chile y Perú donde se continúa practicando su filosofía que predica lo siguiente: ‘nadie es tan pequeño como para no brindar ayuda, ni tan grande como para no necesitarla’”, puntualizó el chileno.
La visita a las ruinas de Tiwanaku, además del Templo de Kalasasaya, el Monolito Ponce y la Puerta del Sol, también incluyó el templo de Pumapunko (Puerta del Puma) donde funcionó un tribunal de justicia Aymara. Allí, los jueces condenaban, en muchos casos a la decapitación, a quienes infringían los códigos legales de aquel entonces. Fue durante esta visita donde se observó con claridad el proceso de depredación que han sufrido, por parte de busca fortunas y pobladores ignorantes, las ruinas bolivianas. Una muestra de ello es que muchas piedras de estos centros se utilizaron como material de construcción de viviendas actuales, en la edificación de la iglesia del pueblo de Tiwanacu, ubicada en la Plaza de Armas de esta localidad, y para pavimentar numerosas calles de la ciudad de La Paz. Un atropello que también se cometió en el Perú tras la llegada de los españoles. Así es la historia y, por desgracia, no se puede cambiar.
En esta ciudad boliviana se vive una clara y armónica fusión entre lo católico y Aymara
Sincretismo en Copacabana
Hermoso santuario guarda la sagrada imagen de la Virgen de la Candelaria, patrona del país altiplánico.

Miguel Ángel Mamani, poblador de La Paz, compró esta semana una combi de color celeste con los ahorros de su vida, para trabajar en transporte urbano en la sede gubernamental de Bolivia. Aunque el vehículo es de segunda mano, la inversión fue elevada y, por ende, riesgosa. Mamani, fiel a las costumbres religiosas bolivianas, condujo su nuevo vehículo hasta Copacabana, en un viaje de cuatro horas por tierra y agua (para llegar a esta ciudad ubicada a orillas del Lago Titicaca, todos los vehículos deben ‘navegar’ sobre tremendas balsas para cruzar la orilla) para que sea bendecido en las afueras del Santuario de la Virgen de la Candelaria, llamada también de Copacabana.
Lo curioso de esta bendición es que es oficiada tanto por un sacerdote católico, quien esparce la clásica agua bendita sobre el vehículo, como por un curandero Aymara, quien reza a los Apus y a la Pachamama, mientras sahúma con incienso alrededor del automóvil. Mamani escogió a un cultor de la cosmovisión Aymara llamado Mateo (vaya nombre bíblico) para que se encargue de purificar su adquisición. “Si este año es una combi, el próximo será un microbús”, repetía el sabio andino durante el ritual efectuado al promediar el mediodía. “Es para que me vaya bien en el negocio y no sufra un accidente”, comentó el paceño poco antes de abordar su combi y retirarse de las afueras del santuario, ubicado en la Plaza de Armas de Copacabana.
Esta ceremonia, que se realiza a diario en Copacabana, es la muestra más clara del sincretismo existente entre la religión Católica y las costumbres aymaras en Bolivia. Es casi increíble ver cómo un ritual que bien podría ser considerado como pagano, se realiza en las afueras de un templo católico que guarda a la bendita Virgen de la Candelaria, patrona de Bolivia desde 1925. Automóviles del año, combis, camionetas, microbuses y hasta camiones son llevados desde todas partes de Bolivia y Perú a este lugar para recibir los buenos augurios de sacerdotes y chamanes. Los vehículos primero son lavados y perfumados, y luego adornados con flores y artesanía local elaborada con totora, que venden comerciantes informales instalados en una feria permanente frente del templo. De inmediato, el representante católico arroja el agua bendita y, ni bien culmina, entra el turno del chamán, quien quema incienso y ora a sus dioses por la prosperidad de su contratante. Al culminar, el propietario del vehículo bendito pasea con sus familiares por las orillas del Titicaca (en ocasiones se dejan ofrendas) y luego beben cervezas (muchos empiezan a tomar incluso en la fachada de la iglesia).
Pero ésta no es la única muestra del sincretismo religioso que se percibe en Copacabana. Otro ejemplo clarísimo se observa en el mismo santuario, en cuya fachada se observa la efigie del modelador de la imagen sagrada, el indio Francisco Tito Yupanqui, vistiendo el clásico atuendo del Incanato y cargando la imagen de la Virgen María con el bebé Jesús entre brazos. Valga mencionar que, según la historia, Tito Yupanqui elaboró la escultura de la Virgen en el año 1583.
Si seguimos avanzando y llegamos a la puerta del templo, observamos otro detalle interesante. Grabado en la madera, se observa a Tito Yupanqui, en el año 1580, soñando con una Virgen que carga entre brazos a un bebé, dando la impresión de que el descendiente Inca recibió una señal divina que lo motivó a esculpir la imagen.
Por último, para completar esta fusión perfecta entre lo Católico y lo Aymara, justo frente del santuario, en medio de la Plaza de Armas, se observa una pequeña ‘Puerta del Sol’, elaborada con tres bloques de piedra, muy similar a la existente en el templo de Kalasasaya, situado a escasos minutos del pueblo de Tiwanaku (a 40 minutos de la frontera peruana).Todo este ambiente, que no deja de ser festivo, genera en el turista la sensación de estar perdido entre dos mundos, el mágico, oriundo y misterioso Aymara, y el Católico venido desde Europa tras la conquista española. Tal vez, por ello Copacabana es una de las ciudades bolivianas con mayor índice de turismo. Ése es su secreto. Un fascinante y armonioso misterio.
Paseo en bote en Lago Titicaca se convirtió en una aventura terrorífica
Los dioses se enfurecieron
Ruta Inka 2007 navegó hasta las Islas del Sol y la Luna, ubicadas en el lado boliviano del lago sagrado.

Todo sucedió por no haberle entregado una ofrenda a la madre tierra. Un día antes del viaje, el sacerdote Aymara había preparado, con ayuda de los integrantes de Ruta Inka, dos envoltorios con hojas de coca, dulces, alcohol y fetos de llamas; ambos para ser quemados en la Isla de la Luna, ubicada en el sector boliviano del Lago Titicaca. El Amauta encargó a dos expedicionarios los preparados envueltos en mantas y les recomendó que hoy los lleven al viaje a las islas sagradas para ofrendarlos a los dioses. Sin embargo, el joven chileno que debía cargar el paquete que correspondía al Dios Sol, lo olvidó. Un grave error que pudo desencadenar una tragedia…

La luna molesta
El viaje comenzó a las 9 de la mañana. Los casi 100 aventureros nos reunimos en el terminal de Copacabana, donde abordamos dos lanchas motorizadas que contaban con un ambiente interno con asientos y otro en la parte superior con bancas y sin techo. Como primer destino se escogió la Isla de la Luna, ubicada a casi dos horas de navegación en el Titicaca. Un viento gélido soplaba en los rostros de quienes viajábamos a la intemperie pero el Sol iluminaba nuestros cuerpos y, en cierta forma, apaciguaba el frío. El majestuoso lago nos mostraba sus más preciados tesoros, como pequeños islotes con árboles solitarios, y con frecuencia volaban algunas aves sobre nuestras cabezas. Otras embarcaciones se nos cruzaban y el oleaje del lago no hacía presagiar lo que ocurriría después.
Cuando la Isla de la Luna ya se encontraba a menos de un kilómetro de distancia, las aguas del Titicaca se alborotaron de una forma tan repentina y violenta, que los botes empezaron a ladearse espantosamente. El Sol se ocultó y las nubes tiñeron los cielos con una fúnebre tonalidad grisácea. Tan fuerte fue el movimiento de las olas, que ninguna de las dos embarcaciones logró anclar en el muelle. Los tripulantes no reclamamos, pues rápidamente comprendimos el peligro que implicaba empecinarnos en descender. No obstante, lo que no sabíamos en ese momento era que la mitad de la ofrenda se había quedado en tierra, atrapada en un cuarto de hotel. ¿Acaso los dioses se enfurecieron por ello?

La furia del Sol
Las embarcaciones continuaron con su marcha pero esta vez hacia la Isla del Sol, situada a más de dos horas de viaje. En forma increíble, conforme nos íbamos alejando de la Isla de la Luna, las aguas fueron calmándose y los cielos otra vez lucían celestes. Ambos barcos encallaron en la inmensa isla y los expedicionarios, tras el almuerzo, recorrimos a pie lugares impresionantes como la Piedra Sagrada, las Pisadas del Sol, el laberinto o Chincana, el rostro de Wiracocha y muchos otros centros arqueológicos pertenecientes a las culturas Tiahuanaco e Inca que guarda esta isla boliviana.
Luego de casi dos horas de recorrido, tiempo en que los aventureros también aprovecharon para comprar souvenir, gorros o medias de lana de alpaca, algunas mujeres del pueblo nos ofrecieron un peculiar almuerzo, a manera de bufete, conocido como Aptapi, donde cada lugareña brinda algún plato a los visitantes, tendiendo los alimentos en telares en medio de una plaza. La mayoría degustamos de papas y ocas sancochadas, además de quesos y sabrosas cremas. El ritual completo debió haber incluido la ofrenda en la Isla de la Luna. Sin embargo, esto no se pudo realizar. El sacerdote aymara se preocupó y advirtió del peligro. “Los dioses deben estar molestos, así que deben ir con cuidado en lo que resta de la expedición”, señaló. Yo, como la mayoría, no le creímos.
Nos equivocamos. Eran más de las 5 de la tarde cuando emprendimos el viaje de retorno hacia Copacabana. La primera lancha, en cuya parte superior iba yo con otros siete jóvenes, zarpó algunos minutos adelantada. Los cielos lucían amenazadores, aunque no para temer por una tormenta. Cuando la embarcación ya se encontraba a diez minutos aguas afuera, comenzó lo peor. Los dioses nos castigaron con toda su furia. Las aguas del Titicaca se revolvieron de una manera nunca antes vista, según el aymara que también viajaba de retorno. El bote se ladeaba y quienes iban en la cabina desataron en llanto. A quienes íbamos al aire libre, hasta nos lloraron para que bajáramos, pero optamos por continuar allí para no ser parte de la histeria que se vivía dentro de la embarcación. La temperatura descendió hasta tal vez los cero grados, los vientos soplaban con furia y, lo peor de todo, la noche caía sin piedad. El barco de fierro y madera avanzaba lentamente y en más de una oportunidad chocó contra piedras o maderos. Los gritos de las mujeres no cesaban. El ambiente era dramático. Por un momento, con sinceridad, pensé que la embarcación iba a naufragar.
Los ocho que íbamos arriba optamos por acostarnos en el piso y juntar nuestros cuerpos para compartir el calor y también protegernos de las aguas del lago que nos humedecían con gotas diminutas y heladas. Pero el temor no había cesado. La noche estaba ad portas y, entonces, decidimos rezar. El Padre Nuestro y el Ave María coreados en ese momento de pavor, daban la impresión de que nuestras vidas iban a extinguirse en cualquier instante. Rezamos y rezamos y Dios nos escuchó. O tal vez el Sol nos perdonó gracias a las plegarias que en la otra embarcación realizaba el sacerdote Aymara, con hojas de coca y alcohol. No lo sé. Las nubes se dispersaron, dejando libre a una oportuna luna llena, que iluminó el recorrido de las balsas que, por irresponsabilidad de sus propietarios, carecían de luminarias. Las aguas del lago también fueron calmándose, al igual que nosotros.
Luego de casi tres horas, el viaje terrorífico culminó. Por fin, a la distancia, apareció Copacabana y nuestras almas volvieron a su lugar. El sacerdote aymara nos reprochó por nuestra dejadez y nosotros, en nuestras mentes, renegamos del olvidadizo chileno. El curandero prometió remediar la furia de los dioses, entregándoles las ofrendas al amanecer en un cerro sagrado de Copacabana llamado Niño Corín (que mira a la salida del Sol) que, según la creencia, es un punto cargado de energía. Al retornar a mi habitación, aún mareado, comprendí que los mundos Aymara e Inca son tan misteriosos que, hasta que la Ruta Inka no llegue a su fin, todos deberemos caminar con precaución y sigilo. Uno nunca sabe cuándo la naturaleza cobrará su revancha.
Bolivia muestra imágenes bellas pero también dramáticas. Las diferencias sociales saltan a la vista
El país de los contrastes
Ruta Inka 2007 retornó a La Paz y se dio una tregua de 24 horas para reordenar su marcha.

En Bolivia, mientras vives más abajo, mejor condición económica tienes. ¿Cómo es esto? Esta afirmación se fundamenta en la estrecha relación que existe entre la altitud de los centros poblados de este país y cuán adinerados son sus habitantes. A nivel nacional, es fácil ubicar las diferencias. La Paz se encuentra a 3.640 metros de altitud y, aunque es sede del gobierno, es menos poderosa que la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, por citar un ejemplo, que se sitúa en el extremo oriental, cerca de la frontera con Brasil y miles de metros más abajo. Como dije, los bolivianos que viven más cerca del nivel del mar, más adinerados son.
A Isabel Añez, estudiante de secundaria de 16 años y natural de Santa Cruz, la conocí en el bus que nos conducía a los expedicionarios de Ruta Inka 2007 a la ciudad de Copacabana, a orillas del Lago Titicaca. Esta jovencita de tez clara y ojos que transmiten dulzura me sorprendió con una de sus afirmaciones, mientras charlábamos en el viaje. Para ella, la peor población de Bolivia es la que vive en El Alto, que es la zona más elevada de La Paz, un lugar con calles semejantes a las del distrito trujillano de La Esperanza o el limeño de Los Olivos. “Allí están los indios”, dijo esta colegiala con tanta convicción y sin reparo alguno, que me dejó perplejo.
Y es que las palabras de esta muchacha engloban las marcadas diferencias que se viven en Bolivia, no sólo a nivel nacional sino también dentro de las ciudades. La Paz (donde ahora escribo estas líneas) es una urbe donde los privilegiados no sólo viven en la zona más baja, sino que hasta gozan de un mejor clima. Mientras que en El Alto (4.100 metros de altitud) el frío es casi insoportable durante el invierno, en la Plaza Murillo (3.640 metros), donde se ubica el Palacio Quemado y la Casa de Gobierno que hoy ocupa Evo Morales, el viento es menos gélido y la cabeza no late con tanta intensidad por la altura. Mientras que en El Alto muchas casas son de adobe y esteras, en la parte menos elevada de La Paz se observan modernos edificios habitacionales de vidrios coloridos, hoteles de cinco estrellas y avenidas anchas y adornadas con árboles. En definitiva, lo que caracteriza a La Paz es el contraste entre pobreza y riqueza, relacionado con la ubicación geográfica de los pueblos.
Para colocarle la cereza a la torta, la jovencita que cito líneas arriba defendió a la ex Miss Bolivia que años atrás declaró que no todos los bolivianos eran indios y que en su ciudad (Santa Cruz) la gente era blanca y hablaba inglés. “Ella no quiso decir eso, sino que el traductor no la entendió”, sostuvo, y yo pensé en las similitudes del Perú con Bolivia en el tema racial y discriminatorio, fruto del retrazo masivo de nuestros pobladores.

Quieren autonomía
Katherine es el nombre de otra expedicionaria boliviana, proveniente de Santa Cruz de la Sierra. Al igual que sus compañeras, ella está convencida de que en su tierra natal se mueve la verdadera economía del país y que sus conciudadanos no son iguales a quienes viven en la parte oeste. Esto lo descubrí desde el momento en que nos presentamos.
–Hola, soy Pier Barakat, de Perú, dije.
–Hola, mucho gusto, soy Katherine, de Santa Cruz, respondió.
Un par de días después de esto, y cuando la confianza era mayor para hacerlo, le pregunté el porqué me dijo que era de Santa Cruz y no de Bolivia. “Es que las personas de Santa Cruz a veces respondemos así porque si decimos que somos de Bolivia, piensan que también usamos polleras (risas)”, respondió.
Estas diferencias sociales existentes entre el oriente y el occidente de Bolivia, han originado una lucha de Santa Cruz de la Sierra por la autonomía económica, lo cual permitiría a esta ciudad reinvertir en su beneficio el dinero que actualmente entregan a La Paz. “A mí me da cólera porque en La Paz hay más hospitales y mejores servicios que en Santa Cruz, a pesar de que nosotros generamos más ingresos”, comentó Katherine, tras indicar que todo el oriente boliviano (incluyendo Tarija) desprecia a Evo Morales y este seis de julio, durante una crucial consulta ciudadana, votará en contra de los proyectos “dictatoriales” del mandatario de raíces indígenas.
Y así, mientras surgen nuevas líneas divisorias al interior de Bolivia, país donde se materializa la negación del mundo andino y sus altitudes elevadas, y donde la gente pretende vivir en la antípoda de sus raíces, el desarrollo continuará siendo un fantasma anhelado por muchos pero ahuyentado por la mayoría.
Metrópoli enclavada en Los Andes y la historia de un asalto
No hay paz en La Paz
Joven española sufrió el ataque de un delincuente y la incompetencia de la policía boliviana.

La Paz, sede del gobierno boliviano, es una ciudad de contrastes donde el caos, el bullicio y el desorden que causan los vendedores informales saltan a la vista desde que uno coloca un pie en la calle, sobre todo en el Centro Histórico. A pesar de que no todo es malo, pues existen lugares hermosos como la Plaza Murillo, que es la principal, la Iglesia San Francisco o numerosos museos como el del Oro o el Costumbrista, la delincuencia es un problema también presente en esta urbe enclavada en los Andes a más de 3.800 metros de altitud, en la zona este del país altiplánico.
Ayer fui testigo de dos situaciones. Una ocurrió en una pizzería ubicada en una avenida céntrica (Prado), donde un par de asaltantes hurtaron la cartera de una jovencita española que participa de la Ruta Inka. La otra ocurrió en la dependencia policial de investigación criminal de La Paz, donde la ineptitud de algunos agentes me hizo ver que la Policía Nacional del Perú es una institución formidable, claro, si la comparamos con la de Bolivia.

Historia de un hurto
Todo comenzó a las 7:30 de la noche, cuando siete jóvenes recorríamos las calles céntricas de La Paz. El jirón de las brujas, las plazuelas, sus salas de exhibición y algunas avenidas formaron parte de este breve tour, donde los extranjeros nos confundimos con los paceños. Al llegar a la avenida Prado, cerca de donde existe un monumento dedicado a Simón Bolívar y donde microbuses tan destartalados como los trujillanos no dejan escuchar ni tus propias ideas, los aventureros ingresamos a una pizzería muy concurrida y moderna. Era, aparentemente, el lugar ideal.
Cristina Félix Santamaría es una menudita española de 17 años que durante el recorrido no dejó de captar fotografías. Todo era interesante para ella. Los cuadros de los museos, los jirones, las casonas, el paso de los lugareños. Todo, sin excepción. Pues ella colocó su cartera en el respaldo de la silla que ocupaba, dando la espalda a dos jóvenes con vestido elegante que también comían pizza. Nadie sospechaba en ese momento que ambos eran un par de ladrones. Cuando Cristina volteó a coger su cartera, donde guardaba su cámara fotográfica digital, unos lentes protectores de sol valorizados en más de 200 euros, así como la suma de 300 euros y otras pertenencias, ésta ya no estaba. Y, tampoco el par de muchachos.
Hicimos lo posible por alcanzarlos, pero todo fue infructífero. Ambos habían escapado. Nuestra pequeña amiga logró tranquilizarse, pues por suerte se había afiliado a una aseguradora madrileña antes de volar a Sudamérica. Fue en ese momento en que comenzó la segunda parte de esta historia, titulada: ¿y dónde está la policía boliviana?
La solidaridad entre los ya amigos de Ruta Inka se presentó en aquel momento. El plan era comunicarnos con la aseguradora desde algún locutorio, para conocer los requisitos necesarios para el reembolso. Y así lo hicimos, y obviamente entre los requerimientos figuraba el asentar una denuncia policial en el lugar donde había ocurrido el hurto. Sin exagerar, llamamos vía telefónica a más de tres dependencias policiales, incluida la de Turismo que funciona en el estadio de La Paz. La respuesta fue recurrente: “venga mañana, ya cerramos”. Yo pensaba, ¿acaso la Policía no trabaja las 24 horas del día..?, ¿acaso los agentes del orden no deben ayudarnos por ser extranjeros? Pero bueno. Cristina decidió comunicarse con la Embajada de España en Bolivia, pero los diplomáticos tampoco hicieron algo por ayudar. Todos se lanzaron la pelota, cual Pilatos.
Por suerte llegamos a la Dependencia de Investigación Criminal, ubicada a dos cuadras de la Catedral de La Paz. Lo que necesitábamos era una copia de la denuncia policial, pues al día siguiente íbamos a salir de la ciudad, con dirección a la montaña de Sajama, la más alta de Bolivia. Una rolliza agente policial de la recepción nos dio la ‘bienvenida’. Le explicamos la situación y nos lanzó un tajante: “vengan mañana”. Si algo he aprendido en el tiempo que llevo de periodista es que la insistencia y el reclamo te llevan lejos. Así que, como se dice, me puse fuerte y logré hablar con el fiscal de turno. El tipo llegó como un ángel, pues comprendió nuestra contrariedad en un país lejano, donde no existen comisarías por jurisdicción, al igual que en el Perú, y donde las escasas dependencias cierran sus puertas por las noches.
La autoridad ordenó que nos den todas las facilidades del caso, para llevar la bendita copia de la denuncia. Cristina rindió su manifestación previa y luego todos pasamos a la oficina de Investigación, donde los ‘inspectores’ iban a realizar preguntas con mayor detalle. Un ambiente con piso de madera que crujía con nuestros pasos, paredes sucias y sillas enclenques nos recibieron, así como un policía de rasgos indígenas, con no más de 28 años y menos de 1.60 metros. El tipo, sinceramente, era nulo en computación. Escribía tres palabras y borraba cuatro, aunque esto suene increíble. Un teléfono sonó y él dio una tregua a la batalla que lidiaba contra el ordenador. “Si quiere lo ayudo”, le dije. “Ya pues, vaya ‘iscribiendo’”, me respondió. La manifestación la tomé hasta el final sin uniforme ni boina, sin revólver ni estudios de criminalística. El documento estaba listo para la impresión. Eran las 11:20 de la noche. La Paz ya dormía, por lo que pude ver a través de una ventana. Pero surgió otro problema: la impresora carecía de tinta. Había cuatro impresoras en la oficina, y la única que podría salvarnos era una Epson matricial con más de 15 años de uso. Era increíble cómo aún estaba operativa. La instalamos, nos demoramos más de una hora, imprimimos documentos de prueba con fallas, la desesperación se tornaba más fuerte con el correr de los segundos. Los policías se miraban contrariados sin saber qué hacer. Sin embargo, al final de todo conseguimos el documento, sellado y firmado por la Policía Nacional de Bolivia, una institución mil veces menos efectiva que la nuestra. ¿Consuelo de tontos? Probablemente sí.