jueves, agosto 16, 2007

Expedicionarios de Ruta Inka permanecen encerrados en terrapuerto de Ilo
Atrapados en la terminal
Huelga nacional y bloqueo de carreteras impiden continuar con el viaje hasta Moquegua.

Tom Hanks, tras haber retornado de un naufragio que le dejó una melena de loco y una dentadura incompleta, quedó atrapado en la terminal de Nueva York, ya que en su país ocurrió una crisis social que anuló sus documentos. Pues, así como se sintió él en esta última película, nos venimos sintiendo hoy los expedicionarios de la Ruta Inka 2007, quienes permanecemos atrincherados en la terminal terrestre del Puerto de Ilo, ante una huelga que ha bloqueado las calles y que apedrea a todo vehículo que se atreva a circular en contra de los intereses masivos.
El actor, en aquel filme estrenado el año 2004, encontró trabajo, amor y distracción variada en la terminal aérea yanqui. En la realidad, aquí en el terrapuerto ileño, lo único que me queda es trabajar en estas líneas, extrañar a las personas que amo y distraerme con las ocurrencias de algunos aventureros a quienes supero en hasta nueve años de edad.
La terminal terrestre de Ilo, moderna, espaciosa, envidiable, nos acogió hace dos noches y nos ofreció sus ‘habitaciones’. En realidad, las oficinas de las agencias de viaje fueron acondicionadas con cartones y colchonetas y allí los viajeros plantamos nuestras carpas o tendimos las bolsas de dormir. Las barandas de metal pintado de amarillo se transformaron en tendederos, los pasillos en comedores, los asientos de espera en zonas de diversión y los baños en áreas de lavandería de ropa. La improvisación en su máxima expresión. La adaptabilidad del hombre puesta en práctica.
Para la española Julia Ruiz, estudiante de geología de cabellos rubios y ojos de nostalgia, estos dos días de encierro en la terminal le han servido para conocer algo más a sus compañeros y compenetrarse con culturas de países distantes y disímiles. Lo malo, para ella, es que no puede lavar su ropa pues teme que no se seque antes de la partida. “Son cosas que ocurren y son ajenas a la ruta”, dijo hoy muy temprano, mientras descansaba en una de las bancas.
El chimbotano Elkin Córdova, llamado por todos de cariño como ‘El Sobrino’, considera que si la huelga sustenta sus ideales en la protección del medio ambiente, es digna de ser respetada. Sin embargo, si detrás de ella existen intereses económicos o políticos, debe ser condenada por bloquear las carreteras y frenar la economía del país. “Todos debemos tomar conciencia de que el medio ambiente es el lugar donde vivimos y que debemos protegerlo. Si continuamos destruyendo el planeta, como lo venimos haciendo, las futuras generaciones sufrirán o tal vez ya no podrán vivir como nosotros”, expresó este joven estudiante de enfermería de la Universidad Nacional del Santa.
La española Alba García, estudiante de Arte Dramático, considera que las protestas forman parte de una democracia y que los gobiernos deben asumir sus responsabilidades con firmeza. “Es sólo una utopía”, comentó.
La mejor amiga de Alba, la mexicana Paola Enríquez, sí está de acuerdo con la protesta que nos mantiene encerrados en la terminal, pero lo que repudia es la quema de llantas en la calle. “Si están protestando por la contaminación de las mineras, no deberían contaminar más el medio ambiente con ese humo negro”, dijo, y con mucha razón.
El cusqueño Lenin Ttupa, quien ahora ha guardado su bandera inca y nuevamente ve frustrados sus deseos de izar su emblema en los pueblos que recorre la ruta, trata de verle el lado positivo a nuestro encierro y cree que estando aquí todos podemos conocernos mejor y compartir experiencias. “Como que en otros momentos no se puede conversar o conocernos mucho, por eso aquí estamos bien”, dijo.
Roberto Chávez, periodista nicaragüense que trabaja en el canal televisivo de la Universidad de Costa Rica, considera que el encierro en la terminal ha unido mucho más a los viajeros, “ya que hemos dormido juntos, almorzado juntos y compartido momentos inolvidables”. “Me gustó mucho la comida peruana, es excelente… lástima que no tenemos más estómagos (risas)”, expresó.
Aunque algunos sí lograron llegar al centro del puerto, tras caminar dos horas de ida y otras dos de retorno, la gran mayoría de expedicionarios leyó, se bañó, vio televisión peruana, dialogó o cantó. El ambiente estuvo exento de quejas, pues a pesar de la situación que vivimos, la mayoría está feliz, aunque también algo desconcertado. “Me gusta el sitio, pero ya estoy hasta las ‘narices’, quiero que mi ropa se seque y partir a Moquegua”, comentó la española Cristina Félix Santamaría, aspirante a estudiar Medicina Humana.Esta noche, los viajeros tienen previsto organizar una ‘pollada’ en el patio de la terminal, pues a los extranjeros les llama la atención esta fiesta peruana donde se come pollo, se toma cerveza y se baila. Obviamente, en la ‘pollada’ de hoy no habrá cerveza, ni parrillada; sólo música y muchas ganas de divertirse y ‘matar’ el tiempo que continuaremos en la terminal ileña. Ojalá, y no sea muy largo.
Ruta Inka entró a Moquegua y recibió el calor de sus pobladores
Mi Perú, con P de Patria
Comida, danzas, historia y una hermosa ciudad llenaron de orgullo a los peruanos. Ruteros quedaron más que satisfechos.

La noche en Moquegua era iluminada con farolas amarillas y el clima permanecía tan cálido como la gente que vive en esta ciudad. La jarana que ofrecía la municipalidad en la Plaza de Armas se armaba con el correr de los minutos y el orgullo de ser peruano efervescía en nuestros corazones como en humeantes probetas de laboratorio. Nuestra tierra mostraba al mundo lo mejor de su folclore y no bastó mucho esfuerzo para taparle la boca a quien dijera o incluso pensara que el Perú es menos que otro país. ¿Menos en qué sentido? Si aún debemos mejorar en educación, pues nuestra cultura es tan rica que desborda en paradigmas asombrosos para los extranjeros y enorgullecedores para los de aquí adentro.
Los expedicionarios recién salíamos de nuestro encierro en el terminal terrestre de Ilo, gracias al apoyo de la Policía Nacional que nos escoltó en medio de las protestas y nos abrió paso en carreteras interrumpidas con inmensas rocas. Por fin Moquegua, una nueva ciudad, a simple vista calurosa, a 1.412 metros de altitud. Un clima perfecto. Las actividades se intercalaron entre el oficio de una homilía en el distrito de Samegua (‘Capital de la Palta’), la entrega de obsequios a los viajeros, un suculento almuerzo en una finca campestre, la cena en un exclusivo club moqueguano y la mencionada verbena en la plaza que se convirtió en un escaparate de lo peruano, en una vitrina de nuestra cultura y de nuestro folclore prolijo.
Ají de gallina, tamalitos y una copa de vino de ciruela fueron la estupenda antesala a la fiesta en honor a la Ruta Inka. Las guitarras eran acariciadas con delicadeza para que El Plebeyo dé la bienvenida e invite a los viajeros a ubicarse alrededor del estrado. Banderas peruanas, colgadas en las farolas, flameaban iluminadas bajo la sombra de los inmensos ficus de la glorieta que guarda un tesoro: una pileta ornamental de fierro diseñada por Gustavo Eiffel.
La marinera volvió a emocionarme. Esta vez fue el Ballet Municipal de Moquegua y un Sacachispas tan norteño como yo. La Plaza de Armas ya era una fiesta antes de las 10 de la noche. El tañer de las campanas catedralicias y una mirada en círculo alrededor de la plaza nos mostró una ciudad señorial y elegante, con mujeres bellas y casonas coloniales ‘de estreno’. La música criolla continuaba sonando en la mágica noche y decenas de moqueguanos rodeaban a los expedicionarios. Le tocó el turno al Carnaval de Cuchumbaya y tres parejas de danzantes con pompos rojiblancos en las muñecas y ataviadas con trajes coloridos se confundieron en el centro con los viajeros. El compartir, la compenetración.
Moquegua luce esta noche apacible, segura y limpia. Ninguno de los peruanos de la expedición imaginó que todo sería así, tan bueno. Es una pequeña urbe sureña que guarda un encanto sui géneris que atrapa o tal vez embruja a los visitantes. Marinera moqueguana, más lenta y menos salerosa, pero igual de atractiva como la nuestra. En fin. Más música criolla. Temas de Chabuca Granda y Eva Ayllón. El lugar palpitaba con sentimiento patrio. ¡Viva el Perú!, gritó el cusqueño de la ruta. ¡Viva!, respondimos todos.
Le tocó el turno a los Vaqueros de Putina, danzantes que cubren sus rostros con máscaras de rasgos españoles y que empuñan fuetes. “¡Fuerza, fuerza!”, gritaban. La danza es una competencia entre ellos, así que todos se castigan con los látigos, se empujan y se codean. “¡Fuerza, fuerza!” Fue lo más divertido de la noche, sobre todo para las mexicanas. “Qué lindo está todo”, dijo Maricruz Macías, expedicionaria azteca. Los bailarines nuevamente invitaron al público extranjero. La menos coordinada fue la estadounidense Laura Frank; el ‘vaquero’ la cortejaba en medio de la jarana pero el cuerpo de ella no respondía.
“Así es mi Perú, con P de Patria, la E del ejemplo, la R de rifle, la U de la unión…”, coreaba el Grupo Cobre. Aplausos. Algunas personas decidieron tomar botellas de pisco en la plaza y la Policía no los detuvo. La fiesta es también del pueblo.
Le tocó el turno a la Ruta Inka con la presentación de sus talentos. Costarricenses ataviados con trajes típicos danzaron el Folclore Guanacasteco y los flashes se multiplicaron. La española Covadonga, de inmediato, dio una clase de ballet en la calle. Su menudo cuerpo dando giros y contorsiones impresionantes, rudas y elegantes. Un final de película, con un brazo apuntando al cielo. Euforia en los asistentes.
La finlandesa del grupo, acompañada por los acordes del argentino Ariel Benites, interpretó dos temas románticos y suaves en su idioma. Nadie le entiende pero todos atienden. Son melodías que sólo comprende el corazón. Se sienten muy adentro. Las almas gozan y la rubia viajera se gana los aplausos.
Le tocó el turno al trujillano Jorge Cueva, quien compuso coplas cajarmarquinas al ritmo de la Matarina dedicadas a la Ruta Inka. “No te vayas Ruta Inka, pero si un día te vas, yo te sigo por detrás”, cantaba este estudiante de Derecho de la Upao, mientras golpeaba el cajón. Guitarras del conjunto lo acompañaban. “Tenía que ser peruano”, dijo el animador cuando ‘Coco’ ya había terminado. La noche se prolongó con los temas de Ariel, el baile de los expedicionarios con música negra y una que otra cumbia peruana. Un moqueguano, Arturo Juárez, compuso un tema en rock para los viajeros y los más jóvenes salieron al centro a poguear. La felicidad de un excelente recibimiento en esta tierra lejana era más que notoria, realmente insuperable. El Perú había mostrado en algunas horas sólo parte de su vasto folclore y así enamoró a los viajeros. Ni Bolivia, ni Chile. Perú los superó. Y los peruanos que tal vez andábamos pensando en los problemas de nuestro país, por fin nos llenamos de orgullo de haber nacido en esta rica, exuberante, gloriosa y contagiante tierra.
Ruta Inka llegó a ‘Ciudad Blanca’ y luego partió hacia el Valle del Colca
La incomparable Arequipa
Población de Chivay recibió a expedicionarios y todo quedó listo para ir en busca de los cóndores.

El calor de Moquegua quedó registrado en nuestras bitácoras y la expedición continuó hacia Arequipa, aprovechando la tregua que dieron los huelguistas al gobierno. Un desierto cargado de montañas áridas y precipicios intimidantes, en un mañana de bochornos constantes por un sol inclemente, fue el panorama que atravesamos para llegar a la ciudad del sillar, donde no sólo resalta la blancura de sus muros sino también el orden y la limpieza. Un buen ejemplo para los norteños.
La ‘Ciudad Blanca’ nos recibió un domingo apacible, con el Misti descongelado y sólo algunos negocios abiertos. El viaje desde Moquegua demoró algo más de cuatro horas y en Arequipa nos recogió una delegación del Colegio Militar, donde nos instalamos a la espera de nuevas órdenes. Todo dependía del bloqueo de carreteras por las protestas que se viven en el país, así que en grupos acudimos al centro de la ciudad, a revelar los encantos de la segunda ciudad más importante del Perú, un título que Trujillo se dejó arrebatar en los últimos años. La orden de continuar hacia el Colca o dormir allí la darían más tarde.
Arequipa de noche. Es domingo y el centro de la ciudad luce descongestionado y brillante bajo farolas ámbares. Las palomas de la Plaza de Armas se han escondido en sus nidos y el turututu de la pileta central juega con las aguas, bajo la sombra de inmensas palmeras. La imponente Catedral con dos torres brilla por la iluminación, así como los arcos de sillar que cobijan a negocios de artesanía y restaurantes acogedores.
Laura Monagas, expedicionaria costarricense, camina y observa las calles de Arequipa, bajo los arcos de la plaza. Se detiene frente de la Catedral y por fin revela su asombro: “es la ciudad más bella que he visto en toda mi vida”. El cusqueño de la ruta la escucha y al parecer no comparte esa opinión. “Es que todavía no conoces el Cusco”, arremete en defensa del ‘Ombligo del Mundo’. Laura lo mira con asombro y asiente con la cabeza.
Arequipa se ubica a 2.350 metros de altitud y posee un clima envidiable. Es una ciudad moderna, con tiendas, hoteles, restaurantes de comida internacional y numerosos negocios de artesanía characata. Casonas y edificios con inmensas columnas talladas en sillar se observan bajo la sombra de los tres volcanes que rodean a la ciudad: Misti, Chachani y Pichu Pichu. Pasos a desnivel así como un impresionante mall con salas de cine y restaurantes de lujo, al mismo estilo de la capital, son sólo dos de los motivos que relegan a Trujillo al tercer lugar. Arequipa, sin lugar a dudas, ha crecido más que nuestra ciudad.
Los expedicionarios de la Ruta Inka caminaron hasta el Mirador de Yanahuara, desde donde puede observarse el Misti y la ciudad en todo su esplendor. Fotos en los arcos, símbolos del Perú. Cuando ingresábamos por las calles de este romántico distrito, donde las palmeras, la iluminación, la limpieza y la tranquilidad guardan una armonía muy atractiva para el viajero, nos llegó la noticia de que íbamos a viajar hacia Chivay a la medianoche. Una mala noticia, pues Arequipa recién nos había mostrado sus primeros tesoros. No hay marcha atrás. Para otra será.
Chivay es un pueblo ubicado a 160 kilómetros de Arequipa, en el borde del Cañón del Colca y a 3.700 metros de altitud. El viaje hasta este lugar demoró más de seis horas y a mitad de camino, el bus recorrió un paraje ubicado a 4.800 metros, donde las ventanas se congelaron y los huesos reclamaron desde lo dentro. Quienes no pudimos dormir, recordamos el viaje de La Paz a Uyuni, en Bolivia, donde los vidrios también se cargaron con escarcha y nos dio la impresión de que estábamos metidos en una congeladora.
Chivay muestra un comercio muy desarrollado, tal vez por ser el nexo entre el Valle del Colca y Arequipa. Por ello, no es raro observar cajeros bancarios, tiendas de abarrotes, locutorios o cabinas de Internet por doquier. Su Plaza de Armas luce adornada por una iglesia de dos torres construida con bloques de piedra negra.
Los expedicionarios de la Ruta Inka fuimos recibidos por la municipalidad de este pueblo y luego alojados en un local de reuniones. Nuestros cuerpos nuevamente tendrán que reposar en colchonetas tendidas en el suelo. No queda otra, así es la aventura.Una actividad de recibimiento en la glorieta, con fuegos artificiales, danzas típicas y música, realizada al mediodía en Chivay, por un momento nos hizo olvidar el dolor de cuerpo del viaje y nos llenó de alegría y expectativas a quienes sólo tenemos los objetivos de conocer, disfrutar y fomentar la unión entre los pueblos.
Ruta Inka llegó al Cañón del Colca y observó al ave más grande del mundo
El vuelo del gran cóndor
Cálida población de Chivay, en el departamento de Arequipa, aún aloja a los viajeros.

¿Los expedicionarios llegamos a ver al cóndor, o el cóndor salió a vernos a nosotros? No lo sé. Esta historia ocurrió en el Cañón del Colca, uno de los más profundos del mundo…
Nancy Orias Hidalgo, cuando desayunaba un ardiente vaso de quinua con manzana y dos panes con queso, no pudo contener su ansiedad. Esta costarricense de 23 años estudia Biología y se viene especializando en aves; por ello, durante el tiempo que la Ruta Inka viene recorriendo los pueblos de Manco Cápac, ella se dedicó más al avistamiento de pájaros y voladoras de todo tamaño y color… Pero un cóndor es un cóndor, y verlo no es algo que pueda hacerse todos los días. “Si veo un cóndor, voy a ser feliz por el resto de mi vida”, expresó en el pueblo de Chivay, poco antes de abordar los buses que nos llevaron al majestuoso Cañón del Colca, donde precisamente los cóndores arman sus nidos.
El viaje empezó pasadas las 7:30 de la mañana. Los buses dejaron atrás a Chivay y se adentraron en un camino afirmado, con montañas de fondo y pastizales donde reses y asnos saciaban su hambre. Andenes del tiempo incaico adornaban el paisaje y los abismos iban haciéndose más profundos mientras avanzábamos hacia el mirador de los cóndores. Un puente, miles de cactus, dos túneles en tinieblas que causaron claustrofobia y nevados de fondo, fueron una buena distracción para los ojos durante las casi dos horas de viaje.
El motor del bus rugía y la caja de cambios no soportaba la tercera velocidad, mientras que iban quedando atrás algunos pueblos como Yanque y Pinchollo, con sus respectivas iglesias de sillar y adobe y casitas de techos de calamina desperdigadas alrededor de pequeñas y acogedoras plazuelas. El sol quemaba pero los cielos lucían parcialmente nublados, como diría el antiguo ‘Hombre del Tiempo’ peruano.
Cuando faltaba media hora para llegar al mirador de los cóndores, y mientras el nerviosismo de Nancy Orias se acrecentaba, algunos ruteros que no consiguieron asiento decidieron echarse sobre sus colchas en el pasillo del bus. Dos españoles se colocaron en una posición extraña y comprometedora y yo pensé que la Ruta Inka acepta la libertad de géneros, aunque tal vez sólo fue una impresión.
Nos detenemos en una garita y la administradora del lugar nos pide cinco pasaportes en garantía para poder ingresar sin tener que cancelar la cuota turística (10 dólares por persona). Me ofrezco, entrego el mío y sólo espero que me lo devuelvan al retorno. La marcha continúa y esta vez el cañón es tan profundo que no puedo ver el fondo. Si el bus volcara, nadie lo contaría. Ni los cóndores.
Por fin llegamos a un parqueo donde hay decenas de buses turísticos. Expedicionarios de todo el mundo también esperan el vuelo de los cóndores y todos tienen un guía. Dos miradores alojan a los turistas que miran el cielo a la espera de la gran ave, reina de estos parajes. De fondo se observan montañas rocosas y algunos picos nevados. Nadie hace bulla. El viento sopla fuerte y frío. De pronto, cuando sólo habían transcurrido cinco minutos desde nuestra llegada, un cóndor negro con la parte superior de las alas y el pescuezo pintados de blanco hace su aparición triunfal ante un público que no aplaude pero sí fotografía y filma sin miramientos.
La primera ave es seguida por otras tres y la euforia se desata. Nancy Orias luce aturdida y dispara fotos y más fotos. “¡Bien, ahora sí que se acabe la ruta, ya estoy más que satisfecha!”, bromea y da un brinco de satisfacción con los puños cerrados.
Por un momento me dio la impresión de que los cóndores sólo esperaban la llegada de los turistas para salir a vernos, y que mientras nosotros los fotografiábamos, ellos nos observaban desde lo alto embelezados, captando imágenes con sus inmensos ojos y no con equipos artificiales como los nuestros.
Los cóndores que nos visitan (o que nosotros visitamos) son actores. Vuelan en círculos sobre nuestras cabezas, aletean, se posan en piedras y por momentos desaparecen entre los cerros para retornar y seguir satisfaciendo a sus espectadores. El ambiente de paz que se vive es indescriptible, y a nadie le importa quién está a su costado. Aquí, en estas alturas arequipeñas, sólo hay ojos para el ave más grande del mundo, que con las alas extendidas puede medir más de tres metros.
En los alrededores hay vendedores de sándwiches, gaseosas, galletas y frutas. El hambre es una necesidad sólo hasta que preguntas por los precios. Un plátano a cincuenta céntimos, un paquete de galletas a un sol y mandarinas que en Trujillo cuestan un sol el kilo, aquí valen lo mismo, pero sólo una. Mejor esperamos el almuerzo.
Cuando el tiempo de nuestro avistamiento está terminando y los corazones laten satisfechos, algunos cóndores nos despiden con su vuelo majestuoso y sus alas inmensas y emplumadas. Qué hermoso fue ver a las aves que firmaron un pacto secreto con el turismo arequipeño y que, día a día, se convierten en un atractivo inolvidable de nuestro rico país.
Jóvenes de Ruta Inka dejaron dibujos de recuerdo en pueblo de Chivay
Un mural color esperanza
Aventureros interactuaron con niños pobres de la zona y les entregaron obsequios.

A la argentina Soledad Guidi le faltan manos y palabras para coordinar la actividad. Son las 9:30 de la mañana y ella, junto con otros nueve integrantes de la Ruta Inka, conversan en la calle, junto al Palacio Municipal de Chivay, pueblo ubicado en la provincia arequipeña de Caylloma. Baldes de pintura acrílica y pinceles se confunden junto al bosquejo que pintaron con tizas la noche anterior y que en los próximos minutos colorearán con ayuda de niños de la zona.
Un árbol floreciendo, con dos palomas mirando la copa y una cruz andina (chakana) en el tronco, sobre el mensaje ‘Gracias Colca’, es el primero de los dibujos que pintarán. A sólo dos metros de éste, el rostro de un niño de rasgos indígenas y ojos tristes también espera ser rellenado con los colores de la esperanza, la unión y la hermandad, principios que cimientan a esta expedición que pretende recorrer las mismas huellas de Manco Cápac.
El sol andino arde en los rostros pero no amilana a los entusiastas muchachos. “Ustedes mezclen los colores”, ordena Soledad a un español y una costarricense. “Ustedes, busquen periódicos en las tiendas, que se los regalen”, agrega, apuntando con el índice derecho a una peruana morocha y una belga que tiene rubias hasta las pestañas.
La idea de pintar este mural de la hermandad, como lo han bautizado, surgió la primera noche que dormimos en Chivay. Soledad y Valentina Cervi, ambas argentinas, propusieron dejar un recuerdo de Ruta Inka a los pobladores. “La expedición por momentos sólo parece un viaje de turismo, por eso queremos hacer algo diferente, revalorando la hermandad entre los pueblos”, declaró Soledad en un ínterin.
La idea fue bien recibida tanto en la organización de Ruta Inka como en la Municipalidad de Caylloma. Precisamente el alcalde de esta provincia, Jorge Cueva (homónimo de un expedicionario trujillano), es artista plástico y él mismo ha pintado casi todas las paredes interiores del municipio con personajes indígenas, cóndores, cielos serranos y otras imágenes que pueden captarse en el Valle del Colca. El burgomaestre apoyó la idea y permitió a los viajeros que pinten una pared lateral de su palacio, junto a la puerta de la Defensoría de la Mujer, el Niño y el Adolescente (Demuna).
El entusiasmo es contagiante y los organizadores de la expedición, en forma paralela, también quisieron fomentar la unión entre los pueblos. Entonces, ayer por la tarde, mientras que el grupo de ‘pintores’ compraba los implementos necesarios para el mural, los demás aventureros se integraron en equipos de fútbol y voleibol y luego compitieron con pobladores de Chivay. El resultado no importó (obviamente los locales se llevaron los premios), pues lo más importante fue interactuar y conocer más a la gente de esta zona.
Asimismo, ya caída la noche, durante una actividad cultural realizada en un salón de la municipalidad, los aventureros bailaron con los niños de la zona en rondas, tomados de la mano y luego abrazados, en señal de amistad y unión. Ver allí a esos niños, tan felices, saltando y carcajeándose, con sus ropitas y sus llanques desgastados, fue emocionante para los asistentes.

Niños, pinten nomás
Alberto es un niño de seis años que a duras penas puede sostener el pincel con sus diminutas manos. Hace un momento humedeció la escobilla en pintura verde y muy despacio coloreó el interior de una letra. “Así está bien, sigue nomás”, le dijo Soledad, quien lo guiaba en la tarea.
Cada minuto que transcurría, iba dejando un mural más vivo y más bello. El árbol reverdeció y las flores se tiñeron de rojo, la chakana resurgió como un símbolo ancestral y perfecto y las letras fueron resaltando el mensaje de agradecimiento al pueblo de Chivay por sus atenciones. A pocos metros, el rostro del niño fue cobrando vida y sus ojos desconfiados se convirtieron en dos luceros de paz y esperanza de un futuro mejor, como deberían brillar los ojos de todos los niños del mundo.
Pero algo hacía falta. Y alguien ya lo sabía. ¡Claro!, las banderas de todos los países que integran la expedición. Naciones de Sudamérica, Centroamérica, Norteamérica, Europa, Oceanía y África quedaron grabadas en el mural, en señal de hermandad e igualdad. La religión, el color de la piel o las diferencias sociales… nada fue más fuerte que el espíritu que estos jóvenes plasmaron en su mural.
Cuando ya todo estaba listo, Soledad y sus compañeros observaron el mural y sus miradas irradiaban satisfacción. Sus manos y sus rostros también lucían pintados y la música sonaba a todo volumen. Algunos niños jugaban con las pelotas que la estadounidense Nicolette Irribarre trajo desde su país para obsequiarlas y otros coloreaban en papelotes con crayones. El mediodía caía sin compasión en los rostros y muchos pobladores se juntaron alrededor para felicitar o sólo curiosear. El reto fue cumplido y el mensaje de paz y solidaridad de estos impetuosos muchachos quedó plasmado para la posteridad en Chivay, un pequeño y turístico pueblo del sur peruano.
Momia de niña inca impresionó a expedicionarios de Ruta Inka 2007
Un encuentro con Juanita
La hermosa Arequipa nuevamente abre sus puertas a los aventureros de todo el mundo.

“Esta noche voy a soñar con la Momia Juanita”. Yalina Delgado Alarcón, expedicionaria peruana residente en Amazonas, quedó impresionada luego de haber visto de cerca el rostro de la Dama de Ampato en el Museo Santuarios Andinos de Arequipa, ubicado a escasos metros de la Plaza de Armas de esta ciudad que nuevamente ofrece su calor a la Ruta Inka.
Fue la textura de la piel y las cavidades oculares vacías de Juanita lo que sobresaltó a Yalina, quien al salir de la sala museográfica se apartó del grupo y sólo trató de imaginar cómo pudo conservarse tan bien el cuerpo de esta joven inca que fue sacrificada hace más de 500 años en el volcán Ampato. “Es increíble cómo puede estar su piel tan lisa, y hasta se pueden ver sus encías con toda su dentadura”, confió la aventurera nacional.
A la Momia Juanita la conocimos a las 10 de la mañana, en una sala oscura y alfombrada. Antes del esperando encuentro con esta pequeña dama hallada en 1995 en el cráter del Volcán Ampato, a 6.318 metros de altitud, la guía turística nos mostró los atuendos y los objetos que se encontraron en su tumba, en un preámbulo interesante pero que también acrecentó nuestra impaciencia por conocer a la momia.
Juanita fue descubierta el 8 de septiembre de 1995 por el antropólogo Johan Reinhard y el peruano José Antonio Chávez, quienes hace más de 25 años son responsables del proyecto Santuarios de Altura del Sur Andino, que apoya la Universidad Católica de Santa María de Arequipa. Los investigadores escalaron el Ampato luego de que un volcán vecino, el Sabancaya, haya botado una fumarola de cenizas que descongeló sus nieves. Entonces, con la cima libre de hielo, los estudiosos escalaron el volcán y encontraron la tumba de esta niña que fue ofrendada a los dioses a los 14 años en 1440, aproximadamente.
A la momia la encontraron en el interior del volcán, pues el descongelamiento rompió la tumba e hizo caer al cuerpo. Por suerte, hubo hielo suficiente para mantenerla refrigerada y evitar que se descomponga. “Una semana después del hallazgo, todos los hielos del nevado habían desaparecido; se encontró a la momia en el momento preciso”, dijo la guía a los expedicionarios.
En la tumba se halló pequeñas efigies de oro, objetos tallados en spondylus, telares y alimentos como maíz y algunas verduras. Los expedicionarios, tal vez por un golpe de suerte, habían realizado uno de los hallazgos más importantes de los últimos tiempos. “Primero colocaron a la momia en una refrigeradora para que no se deteriore y luego el gobierno japonés donó la urna donde ahora se mantiene”, añadió la guía mientras señalaba el recipiente de vidrio donde yace la momia a una temperatura de -20 grados centígrados.
Los exámenes de ADN y tomográficos practicados a la momia en los Estados Unidos revelaron que Juanita (se le bautizó así porque el arqueólogo se llama Johan, que en español significa Juan) tenía 14 años, medía 1,40 centímetros, era muy bella y nunca se había enfermado. Además, se reveló que la muchacha escogida por los gobernantes o sacerdotes incas había gozado de una alimentación balanceada y que la última comida que ingirió estuvo basada en verduras. Sin embargo, lo más importante hallado en el cuerpo de Juanita es una fisura en el cráneo de cinco centímetros, causada por el golpe de una macana, que causó una mortal hemorragia interna.
Según los expertos en rituales Incas, Juanita –junto con otros 17 niños cuyas momias también se han descubierto en nevados de Perú, Chile y Argentina– partió del Cusco con una corte de sacerdotes y personas importantes hacia las alturas del Ampato, importante Apu que probablemente era para los antiguos el causante de los temblores o terremotos que hasta la actualidad ocurren en el sur peruano. Los Incas pensaban que la furia de los Apus era la causante de los movimientos sísmicos (o tal vez también de las sequías), así que para calmarlos les entregaban ofrendas humanas.
Los escogidos para estos rituales, como Juanita, eran adolescentes hermosos, sanos, con buena conducta y probablemente hijos de la nobleza. Ellos, aunque obviamente sentían un temor natural, no consideraban su muerte como una condena sino sólo como un paso hacia el más allá, hacia un encuentro con sus dioses. Una nueva y mejor vida, y no el final de su existencia. Entonces, junto con los responsables de la ofrenda, los seleccionados escalaban la montaña sin ingerir alimentos y en la zona más elevada, donde se pensaba que vivían los dioses, caían arrodillados del cansancio y recibían un certero golpe en la cabeza. Su muerte era instantánea.Viendo a Juanita descansando en esta urna refrigerada, pienso en el calvario que tuvo que vivir esta jovencita de dientes de choclo y ojos achinados. A sus 14 años, en la primavera de su vida, partió a un mundo frío y desconocido donde permaneció más de 500 años, hasta que un día sus dioses calmaron su furia y la hicieron bajar de los cielos para que esta mañana soleada en Arequipa, personas como nosotros la veamos tan lozana y tersa como el día de su muerte. En definitiva, los Apus cuidaron muy bien de Juanita.
Argentino Ariel Hernán Benítez le canta a los pueblos de América
El cantor de la Ruta Inka
Autor de La Canción de la Hermandad acompaña a los viajeros en toda la expedición.

Ariel Hernán Benítez prácticamente nació cantando. Cuando apenas tenía cuatro años y su madre lo llevaba en brazos en una calle céntrica de Mendoza, su ciudad natal, él vio una guitarra a través de un escaparate y la señaló. “¡Tundata, tundata!”, balbuceó y por fin la mujer que le dio la vida comprendió qué diablos era ‘tundata’, un término que el pequeño Ariel pronunciaba con insistencia en casa, sin que nadie entienda a qué se refería. Pensaban que era un carrito de juguete, o tal vez un avión, objetos que él recibió y despreció.
Frente de la vitrina y del instrumento que algún día marcaría su vida, Ariel no dejaba de pedir la ‘tundata’ pero su madre no llevaba dinero para comprarla. Su llanto sólo fue calmado cuando una vecina, a quien él recuerda con amor, le obsequió la bendita ‘tundata’. “Era una pequeña guitarra de juguete, y yo fui el niño más feliz del mundo”, recuerda este artista que, con su sombrero de cuero y su chaqueta sin mangas, emula a los gauchos pioneros del folclor argentino.
Han transcurrido 32 años desde que Ariel recibió su primera guitarra, pero el entusiasmo de aquel primer día permanece inmutable en su alma. Él es el cantor de la Ruta Inka 2007, quien compuso el tema que identifica a esta expedición que recorre Bolivia, Chile y Perú. La canción de la hermandad, se denomina este verdadero himno de los viajeros que reclama un mundo mejor, donde no exista el odio y donde todos seamos hermanos. Un mundo basado en nuestras raíces, que revalore la fuerza y la mística de nuestros antepasados. “Ya me voy a cantar y mi voz ha de llegar/ por la senda de los Incas, desde Cusco a Hualilán/ a contar las canciones que en mi pueblo han de cantar, para unir la humanidad”, es sólo un extracto de este tema que todos los viajeros ya han aprendido y que cantan a voz en cuello en cada una de las ciudades que visitamos.
Cuando Ariel Benítez empuña su guitarra frente del público, su rostro se carga de emoción. Sus mensajes de unión y esperanza se confunden en las letras de sus canciones y cautivan a quienes lo escuchamos. Ariel es un soñador, pero tiene los pies bien puestos en la tierra. “Construyamos más que simples sueños/la vida es el milagro para hacerlos realidad”, reza el tema Joven esperanza, uno de los cuatro que Ariel ya ha compuesto durante la Ruta Inka.
Los sueños de integración de este argentino carismático, que ha ganado el cariño de los expedicionarios, moran en un corazón sensible que late al ritmo de la esperanza y que vive por sus dos amores: Ivo de seis años y la pequeña Hebe de cuatro. “Los extraño mucho, así como a mi esposa. Ellos quieren que retorne a casa porque ya estoy más de un mes afuera”, expresa, y su mirada se sume en la nostalgia.
Ariel no vive de la música. Por ahora, su faceta de artista la considera como un oficio paralelo al trabajo que sí le rinde frutos pecuniarios. Es difícil vivir de la música. Ariel es Maestro mayor de obras (una fusión entre constructor e ingeniero) y trabaja en una empresa de servicios de Mendoza, ciudad donde vive con su familia. “Yo aspiro a dedicarme profesionalmente a la música, recogiendo en mis canciones la voz de los pueblos de Latinoamérica, de las personas que son el motor de los países, del agricultor, del panadero, del descendiente Aymara o Inca…”, confía Ariel mientras ordena las zampoñas que compró en Moquegua.
Con un currículo cargado de triunfos en festivales de canto realizados en su provincia y en toda Argentina, Ariel Benítez es un folclorista. Cuando sólo tenía 12 años, su tío Juan José Benítez le dio unas primeras clases de guitarra y sembró en su corazón una semilla de amor por la música argentina, la de los gauchos. Sin embargo, a los 17 años tal vez por la rebeldía de la adolescencia integró un grupo de rock hoy extinto al cual llamó ‘Ángeles bohemios’. Bajo la influencia de Pink Floyd y de otros grupos que marcaron la década de los 80, como U2, triunfaron en algunos festivales y vivieron hasta tres meses en Buenos Aires, con las ganancias de sus presentaciones. Ariel también tuvo algo de hippie.
Pero los ‘Ángeles bohemios’ se desarticularon y Ariel regresó al folclore como solista. Sus estudios no fueron impedimento para que continúe cultivando su oficio natural. Entonces, los triunfos siguieron de su lado en festivales al interior de su país como en la Fiesta Nacional del Chivo, donde cautivó al público con sus interpretaciones. “No me quejo, porque el folclore me viene dando satisfacciones”, añade.
A pesar de sus logros, Ariel no saca de su cabeza el verdadero motivo de su existir y continúa cantando en pro de la integración de los pueblos americanos. “Quiero la vida, no quiero la muerte/ quiero cantarle al amor por siempre”, es el estribillo de su tema Carnaval en Machuca, que también compuso en la ruta y que dedicó a la provincia chilena de San Pedro de Atacama y a todo el norte chileno. “La quinua, la llama, el Cerro Sajama/ la hoja de coca, gracias Pachamama”, es un extracto de la canción que dedicó a Bolivia titulada Murmullo de la Tierra.
Ariel ahora viaja con el grupo de Ruta Inka y sigue soñando. Grabar su primer disco antes de diciembre e ir ganando un espacio en el competitivo mundo de la música son sólo dos de sus objetivos y, en definitiva, si continúa cultivando la sensibilidad, el amor al prójimo y la unión, se convertirá en el trovador de los pueblos de América y logrará el tan ansiado éxito que todos le deseamos. Buena suerte Ariel, amigo de América.
Escenificación de leyenda en el Titicaca fue un espectáculo estupendo
¡Apareció Manco Cápac!
Ruta Inka también viajó a las islas de los Uros y nuevamente navegó en el lago más alto del mundo.

Manco Cápac es profesor de secundaria, trabaja en un colegio particular y aún es soltero. Su rostro de indio, cubierto parcialmente por una extensa y lacia cabellera, permanece inalterable bajo una corona de oro adornada con una pluma de ñandú en la coronilla y el rostro de Wiracocha grabado en la parte frontal. Manco Cápac se llama Alcides Pacho Mamani y tiene 22 años. Esta mañana, en las orillas puneñas del Lago Titicaca, viste un atuendo de lujo, con un sol dorado en el pecho, cabezas de pumas fieros en las rodillas y una capa morada que se arrastra en la tierra. El fundador del Imperio de Los Incas sostiene una tremenda hacha de oro que lleva una mazorca brillante en la punta y flecos coloridos de lana en los costados. Su figura infunde respeto, valor y osadía.
Manco Cápac no sonríe. Su rostro parece haberse detenido en un gesto colérico; lo mismo ocurre con sus ojos, que apuntan al horizonte inamovibles como esperando alguna señal divina de su padre, el Sol. Sin embargo, cuando el ritual de pago a la Pachamama culmina, este sabio Inca camina hacia un costado y se desnuda. Manco Cápac se va transformando en Alcides Pacho y, fuera del atuendo de noble, luce como un menudo profesor que viste terno, camina amarilla, corbata y una peluca casi al rape. A estas alturas, Manco Cápac es un profesor de secundaria que debe luchar por sus intereses y protestar contra el gobierno si es necesario.
A Manco Cápac lo acompaña su hermana y esposa Mama Ocllo. Para suerte de él, o tal vez desdicha por el reducido sueldo que ambos perciben, ella es también profesora. Su nombre es Lizette García Moraga, tiene 23 años, una cabellera templada con gel y cuando se quita el atuendo de colla, que incluyó un manto crema y una media luna sobre la frente, se convierte en la magíster en educación que también lucha por un futuro mejor.
Manco Cápac y Mama Ocllo aún no fundan ningún imperio, pero sí que luchan a diario por construir un futuro mejor. Ambos alternan sus clases con su trabajo en el Grupo Cultural de Puno, institución que difunde el folclore del altiplano peruano y que, entre sus actividades, tiene como principal la representación de la Leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo en las orillas del Lago Tititcaca, de la cual hoy participamos los expedicionarios de la Ruta Inka 2007.
Cuando llegamos al sitio del ritual, la pareja que fundó el Tahuantinsuyo observaba las aguas sagradas del lago, bajo un cielo añil y con un viento fresco soplando hacia la costa. Los acompañaban un sacerdote y dos niñas ataviadas con trajes anaranjados y llevando dos keros con chicha. El brujo preparó una ofrenda de hojas de coca y alcohol con ayuda de los expedicionarios, quienes le pidieron a los dioses incas y a la naturaleza que el viaje culmine con éxito. El sacerdote rezó, mientras que un nuevo personaje hizo su aparición soplando un caracol. El ambiente se tornó con la mística propio del ande sureño. Manco Cápac agradeció a su padre y Mama Ocllo le pidió a la luna que nos ilumine en el resto de nuestro camino mientras que, en forma increíble pues sólo eran las 2 de la tarde, una media luna brillaba en las alturas.
Este ritual fue el colofón perfecto para una nueva aventura de la Ruta Inka. Muy temprano, los viajeros navegamos media hora en el Titicaca hasta llegar a las islas de Los Uros que, en total, deben ser más de 50. Según explicaron algunos lugareños, las islas son construidas con trozos de un barro flotante y especial que consiguen en el mismo lago, y luego con numerosas capas de totora fresca que también crece en las aguas sagradas.
En estas islas no sólo el piso sino también las casas, los muebles, las embarcaciones, la artesanía y hasta buena parte de la alimentación de los pobladores se sustenta en la totora, planta acuática que permite la vida sobre las aguas del lago. Cuando se camina en estas islas, da la impresión de que en algún momento caerás en las aguas, pues cada paso hunde los zapatos más de 20 centímetros; pero luego, acostumbrado, te sientes extraño al estar pisando un suelo diferente.
Los Uros son una comunidad de pobladores que viven en las islas artificiales que ellos mismos construyen. La confección de una sola isla demora más de dos años y demanda un esfuerzo físico plausible. Aunque los más ancianos padecen de artrosis por vivir tan cerca de las frías aguas del lago, la mayoría de pobladores vive muy tranquilo, lejos del mundanal ruido de la ciudad y de los conflictos propios de la modernidad. Sin embargo, Los Uros no carecen de equipos modernos como televisión, radio e incluso celulares.
Estas personas tan amables viven de la venta de artesanía y del dinero que consiguen ofreciendo paseos en el lago, a bordo de embarcaciones de totora adornadas con cabezas de puma. Los viajeros de la ruta convivieron con ellos y prometieron retornar algún día a este bello paraje acuático que guarda celosamente el secreto de la fundación del gran Imperio de Los Incas, orgullo nuestro.
Ruta Inka llegó al ‘Ombligo del Mundo’ y aventureros quedaron maravillados
Cusco místico y energético
Todo está quedando listo para emprender el viaje a Machu Picchu a través del Camino Inca.

Cuando caminas por primera vez en las calles céntricas del Cusco y de pronto ingresas a su majestuosa Plaza de Armas, definitivamente te sientes en otro país. O tal vez en otro mundo. Su Catedral, adjunta a la iglesia de El Triunfo y ubicada muy cerca del templo de la Compañía de Jesús, así como una pileta ornamental que baila con las aguas y un empedrado que te transporta a un místico mundo cargado de energía, conforman una atmósfera donde cada espacio tiene un porqué o tal vez una leyenda y donde un peruano se siente mucho más peruano que nunca.
Por desgracia, ésta no es la primera vez que visito el Cusco. Hace tres años permanecí doce días en esta ciudad imperial, donde convergen los sueños, las leyendas, las tradiciones y donde aún está viva la dualidad y espiritualismo de los antiguos Incas.
Sin embargo, quienes sí sintieron por primera vez la magia que envuelve al Cusco fueron los demás integrantes de la Ruta Inka, expedición que llegó al ‘Ombligo del Mundo’ una noche adornada con el fulgor de incesantes relámpagos que se perdían entre las montañas más lejanas. Aquel momento en que pisamos tierra cusqueña, y luego de instalarnos en el Cuartel del Ejército, el cielo era un escaparate de estrellas que iluminaban nuestros pasos hacia lo más profundo del mundo inca.
Cusco es una ciudad cosmopolita donde un día cualquiera, en su Plaza de Armas, hay más forasteros de cabellos dorados que lugareños en polleras o llanques. Es como la Babel de la Biblia, con la diferencia de que aquí todos se entienden y todos tienen un objetivo común: encontrar el misterio que guardan las calles empedradas, los templos, las iglesias, las fortalezas y cada rincón de esta ciudad ubicada a 3.450 metros de altitud. Aunque, claro, otra finalidad de todo viajero es simple: divertirse.
Cuando la mexicana Gabriela Rodríguez puso el primer pie en la glorieta cusqueña, no pudo contener su asombro. La gran plaza lucía el brillo desolado de las noches dominicales y muy pocas personas transitaban. La iluminación ámbar, los arcos pétreos laterales y el colorido de los negocios a punto de cerrar sus puertas hasta el día siguiente le dejaron a Gabriela un lugar casi casi únicamente para ella. Entonces, junto con algunos otros viajeros de la Ruta Inka caminó en círculos, miró los cielos, se fotografió y nos regaló nuevamente una de sus peculiares sonrisas tiernas. “Esto me encanta, es una ciudad maravillosa”, expresó esta guapa joven azteca de 19 años, estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad de Colima.
El Barrio de San Blas, con sus callejuelas de piedra, su romántica plazoleta y una caída de agua cuyo sonido se transforma en un soplido relajante que te hace cerrar los ojos y sólo soñar, fue el segundo lugar que visitó Gabriela. Cusco es más que magia, es misterio, es una ciudad cubierta de una mística que ni siquiera los lugareños logran comprender. Como reza un adagio muy empleado por el municipio de esta ciudad, ‘todos los caminos conducen a Cusco’. “Aquí te sientes en otro mundo. Es como si los dioses incas aún iluminaran esta tierra en un lenguaje difícil de comprender para nosotros, que somos personas que vivimos bajo la influencia occidental”, dijo Lennin Ttupa, el único cusqueño que participa en la Ruta Inka 2007.
Cuando Gabriela caminaba hacia el pintoresco San Blas, se cruzó con un niño que contaba historias junto a la famosa ‘Piedra de los 12 ángulos’. “¿Sabe por qué es tan famosa esta piedra?”, le preguntó el pequeño de rostro cetrino que llevaba un gorro de lana marrón. “¿Sabe?”, repreguntó ante una Gabriela que sólo apreciaba la perfecta roca de 12 esquinas que forma parte de una pared lateral del Museo Arzobispal del Cusco. “No sé”, respondió la mexicana que seguía al pie de la letra la advertencia de peruanos como yo que viajamos a su lado: no hacerle caso a nadie, ni a los niños. Todos quieren dinero.
El pequeño explicó que cada ángulo de la piedra representaba a uno de los doce viejos barrios que conformaban al Cusco de los Incas. Su explicación continuaba y Gabriela iba entendiendo que haberle respondido fue un error. “¿Quiere ver la piedra en forma de puma que cada noche cobra vida?”, continuó el menor guía que obviamente luego iba a pedirle como mínimo ‘one dollar’. La mexicana siguió caminando y se salvó de las intenciones pecuniarias del infante.
El recorrido continuó por las callejuelas del centro y un restaurante donde venden pizza de chocolate con leche condensada. Exquisita. En Cusco se respiran miles de enigmas que no pueden descifrase en un simple paseo nocturno. Esta ciudad es –sin lugar a dudas– la mejor carta de presentación y la puerta de ingreso al Perú milenario, donde cada piedra cobra vida en la voz de sus orgullosos hijos que caminan en pos de un objetivo común: continuar incrementando el turismo en su tierra.
Todos los expedicionarios que lo deseen recorrerán el Camino Inka hacia Machu Picchu
Del llanto a la felicidad plena
Ya partió un primer grupo de aventureros hacia la ciudadela considerada como una maravilla moderna.

La española Alba García Herráez no pudo contener el llanto cuando le comunicaron que, por falta de cupos, ella no recorrería el Camino Inca hacia la ciudadela de Machu Picchu y debería abordar el clásico ferrocarril. Alba no lo podía creer. Había venido desde la Península Ibérica sólo para llegar a nuestra nueva maravilla a través del Qhapaq´Ñan (camino Inca), en un viaje de dos días y tres noches que incluye el escalamiento de montañas, el cruce de puentes colgantes y la visita a restos arqueológicos incaicos. Alba lloraba sin consuelo mientras que los otros 40 aventureros que como ella también habían quedado fuera del recorrido, reclamaban a voz en cuello, denunciaban una presunta estafa y trataban de resignarse.
Las dos primeras reuniones para coordinar el ingreso de los expedicionarios al Camino Inca fueron desastrosas y cargadas de altercados. Rubén La Torre, director de la Ruta Inka, intentaba calmar los ánimos soliviantados de los viajeros excluidos, pero sus esfuerzos eran en vano. “Yo he pagado la cuota completa, no me han pillado tomando o fumando y siempre he llegado temprano a las reuniones. Esto es una estafa, es muy injusto”, expresó un también molesto español David Rojas Calvo.
La denuncia de presuntos favoritismos para una delegación extensa de viajeros, el malestar porque algunos expedicionarios que dos años atrás ya habían recorrido el Camino Inca estaban nuevamente inscritos, o el haber seleccionado o descartado injustamente a los participantes, fueron hechos que conformaron una atmósfera muy cargada durante las primeras horas del día. Las baterías apuntaban a un solo personaje: Rubén La Torre.
Aunque la organización ofreció una ruta alterna a quienes quedaron fuera del Camino Inca, que recorrería el Nevado Salcantay y otros puntos previos a Machu Picchu, sólo cuatro la aceptaron. “A nosotros nos dijeron que íbamos a llegar a Machu Picchu a través del Camino Inca y por eso pagamos”, reclamó otro expedicionario indignado.
El problema surgió porque el Instituto Nacional de Cultura (INC) negó el paso de todos los expedicionarios por la actual temporada alta del turismo. Lo único que ofreció primero fue el paso de diez jóvenes de la Ruta Inka cada día, lo cual sólo alcanzaba para un total de 50. La organización de la ruta hizo lo posible por incrementar el número, pero al comienzo todo fue infructífero.
Algunos viajeros como yo (en total 20), ante esta realidad, nos ofrecimos a viajar en tren y nos autodescartamos. Yo, como periodista que debo enviar una crónica diaria, no tenía otra alternativa ya que, si ingresaba al Camino Inca, iba a ser imposible encontrar servicio de Internet para realizar mis despachos. “Mejor nos quedamos en Cusco y así podremos enviar notas de la ciudad, del Valle Sagrado y de las ruinas aledañas. Total, al final también llegaremos a Machu Picchu”, me dijo Roberto Chávez Loáciga, periodista nicaragüense que también prepara documentales del viaje.

Por fin una salida
El almuerzo del día se realizó en silencio. Tanto los seleccionados como los excluidos se lanzaban miradas celosas y algunos viajeros aún llevaban los ojos hinchados por haber llorado tanto. Sin embargo, el anuncio de una nueva reunión donde se iba a anunciar algo importante despertó nuevamente el interés y sembró una esperanza final. Y así fue. Katia Valencia León, monitora peruana, dio la buena nueva. “Todos los que deseen ir a Machu Picchu a través del Camino Inca, lo podrán hacer”, fue la frase que motivó la euforia de los viajeros. Sonrisas, abrazos y aplausos. “¡Iremos!”, gritaban algunos que habían sido excluidos.
El INC por fin cedió y llegó a un acuerdo con la Ruta Inka. Un primer grupo de 10 (que salió hoy temprano), luego otro grupo de 35 y un último con los sobrantes fue la salida a los reclamos y la causa de la felicidad colectiva. Todos los que lo quisieran, iban a pisar las huellas de los antiguos incas que construyeron el gran Machu Picchu, maravilla del mundo y orgullo del Perú.
El Camino Inca fue descubierto por Hiram Bingham en 1915 (cuatro años después del descubrimiento de Machu Picchu) y es, sin lugar a dudas, el más popular de los circuitos que existen en América del Sur. Este sendero de más de 400 años de historia, es una ruta muy cotizada y hay turistas que deben reservar cupos con varios meses de anticipación. Algunos historiadores coinciden en que el Camino Inca era el único acceso a la ciudad sagrada de Machu Picchu, en tiempos del Tahuantisuyo. Por ello, esta ruta ‘natural’ es tan apreciada en todo el mundo.
Con la buena nueva del viaje a la ciudadela a través del Qhapaq´Ñan, la Ruta Inka solucionó tal vez el último de sus conflictos y resurgió como la embajada de la amistad y de la hermandad que pretende unir a los pueblos del mundo. Una loable tarea cargada de utopía, locura y deseos de construir un mundo mejor.
Complejos de Pisac y Ollantaytambo recibieron a expedicionarios de Ruta Inka
La magia del Valle Sagrado
Buena parte de los aventureros, en distintos grupos, ya viajan por el Camino Inca hacia Machu Picchu

El sol observaba sus dominios desde lo más alto del Valle Sagrado del Cusco, mientras que el eco nostálgico de una flauta susurraba entre las montañas y parecía ser la voz del camino, de las piedras, de los Incas inmortalizados en un mundo profanado.
Piedras sobre piedras. La perfección de una arquitectura maravillosa. Un arco pétreo cimentado sobre la misma tierra que trabajaron los Incas. La flauta continúa silbando a la distancia.
Las montañas dominan a una galería de andenes que ya no producen pero sí impactan. El Complejo Arqueológico de Pisac es visitado esta mañana por cientos de turistas. Los cerros que ascendemos para llegar a los vestigios de esta ciudadela Inca se asemejan a soldados de piedra que duermen a la espera de un retorno triunfal, que acabe con las invasiones y la destrucción de la cultura andina.
La dualidad del mundo Inca se expresa de mil maneras en este fortín ubicado a 30 kilómetros del Cusco (una hora en bus) y a 2.500 metros de altitud. Son las 10 de la mañana y la Luna acompaña al Sol en cielos tan azules como las aguas del Lago Titicaca. Una pista más de la dualidad y del misterio que guardan los mundos incas.
Las ruinas de Pisac, consideradas por algunos historiadores como las más impresionantes de los alrededores del Cusco, lucen tan perfectas que las agujas no tienen lugar entre las millones de piedras que la integran. Desde las alturas se observa el pueblo moderno de Pisac y el fértil Valle Sagrado, con sus montañas y sus andenes, sus cielos perfectos y sus caminos afirmados. La vista es maravillosa mientras que los pulmones de hinchan con el mismo aire que respiraron Pachacútec y quienes lo siguieron.
Cruzamos un túnel estrecho y oscuro donde el techo choca con nuestras cabezas y se respira la humedad de los andenes cercanos. Caminamos hacia la luz en silencio y por fin retornamos al mundo terrenal, el de los humanos. Escaleras empinadas y por fin llegamos a las habitaciones sin techo construidas en granito que algún día sirvieron de guarida para los antiguos. Las paredes de piedra sobre piedra son tan lisas que parecen haber sido enlucidas con herramientas modernas. ¿Cómo lo hicieron?
Un acueducto conduce un chorro de agua subterránea hacia una pila donde algún día los Incas se bañaron. El agua escapa por una abertura en la tina y cae por dos ramales hacia los andenes. El calor apremia y el agua está tan fresca que no resisto a remojar mi cabeza antes de ascender hasta el punto más elevado del lugar: el Intihuatana (homónimo de la piedra ubicada en Machu Picchu), desde donde la vista es aún más hermosa y donde el río Vilcanota serpentea como una carretera desolada donde los vehículos no tienen espacio.

En Ollantaytambo
El viaje continuó una hora y media dentro del Valle Sagrado y un letrero en la carretera nos indicó que habíamos llegado a Ollantaytambo, pueblo pintoresco ubicado a 2.792 metros que guarda la fortaleza más extensa edifica durante el Tahuantinsuyo. En realidad, este poblado es el último de los asentamientos Incas que aún es habitado en todo el Perú.
En la Plaza de Armas de Ollantaytambo se encuentra el general Ollantay, empuñando un garrote con púas y un escudo cuadrado. Este personaje tuvo la osadía de enamorarse de la hija de Pachacútec, la princesa Cusi-Coyllur, y ante la negativa del padre celoso se levantó en armas contra el Imperio. Su esfuerzo no fue en vano pues al final de la historia logró contraer matrimonio con la bella joven de sangre noble.
Ollantaytambo esconde entre dos montañas cubiertas de cactus el fortín que Ollantay utilizó para defenderse de los ejércitos del Inca. El aguerrido y enamorado militar Inca sí que se defendió, pues la fortaleza ocupa una impresionante extensión y en su edificación se utilizaron millones de piedras de todo tamaño.
Ascendemos por una escalera lateral y Juan Carlos, el guía, resalta lo impresionante de la arquitectura. Las piedras de la zona alta pesan hasta 90 toneladas. ¿Cómo lo hicieron?, volvemos a preguntarnos. El guía asegura que las inmensas rocas fueron arrastradas más de siete kilómetros con cuerdas de cuero de llama, apoyadas sobre piedras circulares. ¿Acaso los Incas ya conocían la rueda?
Junto a la construcción Inca ser observan ruinas de una cultura anterior. Los Incas no destruían los templos o edificaciones de sus conquistados, más bien los respetaban y utilizaban como puntos de hospedaje o tambos. La vista es maravillosa.
El Valle Sagrado nos mostró sólo dos de sus lugares más hermosos y nos quedó el deseo de continuar desentrañando más secretos en esta tierra cargada de misterios, donde los Incas plantaron sus huellas y donde, algún día, forasteros en caballos y con armaduras cambiaron nuestra historia. ¿Para bien o para mal? Responsa usted.
Un cuarteto de ruinas incaicas en las afueras del ‘Ombligo del Mundo’
Cuatro maravillas cusqueñas
Expedicionarios que lo escogieron, ya recorren el Camino Inca hacia Machu Picchu.

El chorro del ‘Agua de la Juventud’ caía entre las piedras de Tambomachay y un sonido relajante penetraba en nuestros oídos y nos transportaba hacia épocas de grandeza y de dioses cósmicos. En realidad, eran dos chorros superiores que alimentaban a uno central y éste a su vez se resumía en un acueducto que se perdía bajo la tierra. Eran los tres mundos Incas, el superior donde moraban las deidades como el sol, la luna o el rayo; el mundo terrenal donde vivían los hombres bajo códigos rigurosos y celestiales, y un último inframundo, donde los muertos podían encontrarse con sus creadores. En términos zoológicos, basta asociar estos tres estamentos con la serpiente que se arrastra muy junto a los fenecidos, el puma que corre al ritmo de los hombres valientes y, finalmente, el cóndor, que domina a los hombres desde las alturas donde se encuentran los dioses.
Tambomachay es una fortaleza Inca ubicada a sólo 15 minutos del Cusco y es un templo dedicado a la adoración al agua. Se sitúa a más de 3.700 metros de altitud y fue el primer punto que visitamos los expedicionarios de la Ruta Inka que aún permanecemos en Cusco y que –a diferencia de la mayoría que ya recorre el Camino Inka– iremos hacia la ciudadela de Machu Picchu el 30 de este mes a bordo del ferrocarril.
En la entrada de esta construcción perfecta, una mujer tejía una manta junto a un becerro y otra, ataviada con una vestimenta ancestral, hilaba con una rueca. Las veo con atención y se desconcentran de sus tareas. Más bien, ambas vieron en mí a un nuevo ocasional ‘cliente’ pues no dudaron en pedirme un sol a cambio de fotografiarlas. Yo, que no vi en ellas nada de fotogénico, decidí continuar con la marcha hacia el templo ceremonial, donde encontré a Marcos, un pequeño de siete años que araba la tierra con una chaquitaclla, fingiendo también ser un modelo. El niño tiene cinco hermanos y cada mañana llega a estos fundos para recabar algo de dinero que luego entrega a su padre. Cuando la suerte no está de su lado, por decirlo de alguna forma, puede recaudar hasta 15 soles, pues en los mejores días los turistas le pueden entregar hasta diez soles por captar su rostro andino con sus cámaras. “Estoy en segundo de primaria y hago mis tareas en las noches, también puedo cantar en inglés y en quechua”, me dice Marcos y me convence. Le doy un sol y él planta su chaquitaclla, hundiéndola con su pie y su llanque. Saco la cámara y la batería se ha agotado. Mala suerte.
El siguiente punto de este recorrido nos lleva a la fortaleza de Puca Pucará, donde las piedras Incas se cimientan sobre inmensas rocas naturales. Sólo bastó caminar cinco minutos de retorno hacia Cusco para arribar a este vestigio Inca. Una garúa nos detiene y los cielos lucen cargados, lo cual nos hace ver que los dioses podrían estar llorando. Puca Pucará es una construcción militar donde los guerreros controlaban el ingreso de forasteros a la imperial ciudad del Cusco, sede de los gobernantes y lugar donde se ubicaban los palacios dedicados a los dioses.
Los expedicionarios, que esta vez no somos más de quince, caminamos entre los pasadizos estrechos de esta ruina Inca y sentimos la vibra de los antiguos peruanos que incluso ofrendaron sus vidas por dejarnos estas maravillas arquitectónicas.
Volvemos a la carretera y abordamos una combi que fascina a los extranjeros para dirigirnos a Quenko, fortín laberíntico construido con fines ceremoniales. “Pensé que no iba a subirme a una de éstas camionetas que en el extranjero se asocian con el Perú”, dijo Vicente, español que participa en la Ruta Inka. Transcurren nuevamente cinco minutos y llegamos. Caminamos por un sendero donde hay vendedoras de artesanía y en un árbol hay una pareja de paisanos ‘ahorcados’. O eso pareció primero. Eran dos muñecos de diferentes sexos en ‘vitrina’, que los lugareños utilizan para ‘matar’ a los infieles en ceremonia pública. Si alguien comete adulterio, es ‘colgado’ con su nombre en el árbol más elevado del pueblo para expresarle la condena colectiva.
En Quenko existe una cámara subterránea donde los Incas ofrendaban llamas y alpacas a los dioses, y además alistaban sus momias con plantas desinfectadas como la ñosta. Un túnel oscuro de unos cinco metros donde aún se conserva la piedra de los sacrificios nos conduce de vuelta al mundo terrenal, donde los cielos lanzan sus últimas lágrimas.
El cuarto y último punto que visitamos es la fortaleza de Sacsayhuaman, ubicada en la parte más elevada del Cusco y desde donde se puede observar una vista panorámica de la ciudad. Nuestra guía se llama Luz y nos advierte que cruzaremos un primer túnel llamado Chinkana, donde reinan las tinieblas. “Quienes sufren de claustrofobia mejor suban por las escaleras de atrás”, dice, pero nadie se intimida. Todos nos cogemos de las manos e ingresamos al inframundo Inca, donde moran los muertos. No vemos ni nuestros pies pero a mitad de camino se cuela un halo de luz que nos guía hasta la salida. De pronto, aparece una explanada gigantesca rodeada de construcciones líticas que esconden formas de serpientes, pumas y llamas. La perfección y el asombro llegan nuevamente a nuestra vista. Sacsayhuaman fue construida durante el reino de Pachacútec en 1438, aproximadamente, con fines militares. Viéndola desde lo alto, tiene la forma de la cabeza de un puma (su significado es precisamente ése) y unida al Cusco (ciudad con forma de cuerpo de puma) integra un felino completo.
El sol continúa escondido y algunos viajeros se deslizan en unas piedras naturales, inmensas y pulidas con forma de toboganes. Fotos y filmaciones. A la distancia, y en las afueras de la fortaleza, un Cristo blanco saluda al Cusco con los brazos extendidos y evidencia el sincretismo religioso presente en cada rincón de este ‘ombligo’. Posamos para la foto de rigor y el ‘whisky’ se convierte en ‘chicha’ o ‘pisco’. El retorno hasta la Plaza de Armas lo hacemos a pie y por fin los dioses nos envían una señal de felicidad: un arco iris estupendo en las alturas de la Catedral. Qué difícil es descifrar los misterios de esta ciudad.

Desfile en Plaza de Armas sorprendió a expedicionarios de Ruta Inka
Fiestas Patrias en el Cusco
Mañana domingo parte el tren que conducirá a los últimos ruteros a la maravillosa Machu Picchu.

Las aguas bailaban en la pileta central de la Plaza de Armas del Cusco, mientras que cientos de palomas volaban alborotadas por la quema de cohetes y avellanas. Miles de personas abarrotaban la acogedora glorieta para observar el desfile de Fiestas Patrias y yo, que no pude llegar antes de las 10 de la mañana, encontré en el balcón de una cafetería un palco preferencial para observar desde lo alto la celebración rojiblanca y describir el cómo se vive en la Ciudad Imperial el aniversario de la independencia peruana.
El café humeaba sobre mi estratégica mesa y allí abajo, en la plaza, se celebraba por adelantado la fiesta patria. Justo frente mío, en las escalinatas de la Basílica Catedral, se ubicaba el estrado principal con las autoridades cusqueñas. La banda de músicos del Ejército Peruano interpretaba el Sesquicentenario y delegaciones de colegios, universidades, instituciones públicas y empresas desfilaban con paso galante hundiendo con fuerza el pie izquierdo con cada golpe del bombo.
En las afueras del balcón desde donde observo esta fiesta, flamea una bandera peruana y –a diferencia del día anterior en que una garúa nos humedeció los huesos– esta mañana el sol se pudo de acuerdo con los cusqueños para iluminar sus dominios y relejar rayos de alegría. Las palomas nuevamente vuelan perturbadas en círculo y al retornar a sus escondrijos pasan muy cerca de mi cabeza.
La banda no dejaba de tocar sus acordes marciales y cada bandera colgada en las fachadas de los templos, las casonas y los edificios enarbolaba los sentimientos de amor al Perú en esta ciudad reina del turismo. El ambiente festivo era animado por arengas nacionalistas desde el estrado y los extranjeros que visitaban el Cusco ocasionalmente se llevaron una tremenda yapa.
Volteo la mirada hacia la derecha y observo el templo de la Compañía de Jesús, en cuya parte más elevada tres jóvenes ondulaban una bandera peruana. Yo ni loco hubiera subido tan alto, pero por lo visto ellos son más patriotas que yo… ¿o tal vez temerarios?
Le toca el turno a la Compañía de Bomberos Voluntarios del Cusco y estos hombres de rojo desfilan a bordo de toda su flota, incluyendo una escalera que puede alcanzar hasta 25 metros de altura. Aplausos para ellos, que sin ganar un sueldo del gobierno arriesgan sus vidas para salvar o proteger otras. La banda ahora toca Tacna y entre la multitud aparece la mascota de la Policía Nacional del Perú: ‘Polito’. En total eran dos sujetos disfrazados de sonrientes agentes del orden con grandes escarapelas en el pecho que saludaban a los transeúntes y se ganaban una fotografía de recuerdo. Ellos sí que son policías ejemplares, que no permiten coimas o extorsiones. Agentes de verdad, amigos del pueblo, mejores que muchos otros policías ‘de verdad’ que caen en juegos turbios.
La fiesta también es aprovechada por empresas que entregan volantes publicitarios e incluso productos de muestra como cojines de champú. Claro, las Fiestas Patrias no sólo se sienten en el corazón sino también en el bolsillo y los empresarios saben muy bien esto. Estrategia de ventas muy efectiva en una ciudad cosmopolita donde la mitad de ‘pobladores’ son extranjeros.
El Colegio Nacional de Ciencias del Cusco hace su aparición con su uniforme rojo y la Plaza de Armas retumba con una nueva y extensa banda de músicos que suena tan bien como la del Ejército. Los colegiales son robots que mueven los brazos al mismo ritmo y con una sincronía ejemplar. De pronto, una turba de barristas del Club Cienciano de Fútbol ingresa con banderolas al centro de la plaza y por un momento dio la impresión de ser una gavilla de pandilleros saboteadores que iba a apedrear algún negocio o acuchillar a alguien. Sin embargo, los hinchas cusqueños corren con sus emblemas sin cometer actos violentos y luego se retiran, con la delegación del Colegio de Ciencias, donde nació el Cienciano. Prejuicios y temores infundados.
Las bombardas continúan asustando a las palomas y un perro aturdido corre de un lado a otro en medio de la plaza. El animal está perdido y escapa entre las piernas de la delegación de un colegio. Las banderas flamean, las vivas al país continúan haciendo eco, los extranjeros siguen fotografiando todo lo que se mueve y yo, a estas alturas, debo pedir otro café para no perder mi butaca de oro. Los pasos gallardos siguen vibrando en las calles empedradas de la plaza cusqueña y el sentimiento de ser peruano late fuerte en mi corazón. En realidad, pienso que este amor por nuestra tierra sólo se llega a sentir cuando uno empieza a conocerla, viajando a los pueblos más pequeños del Ande o a las ciudades más desarrolladas. El Perú es mucho más variado y rico que cualquier otro país del mundo y por ello en este día de fiesta previo al gran 28 de Julio sólo podemos decir con fuerza: ¡Viva la Patria, viva el Perú!
Ruta Inka llegó a Machu Picchu y expedicionarios quedaron impresionados
Machu Picchu, hola y adiós
Algunas complicaciones obligaron a un grupo a retornar caminando, en una segunda aventura.

El sonido de una armónica se confundía con los acordes de una guitarra en medio de una noche donde la completa penumbra era opacada por una luna majestuosa y millones de estrellas. Machu Picchu, en aquel instante, ya se había grabado en nuestras retinas como aquellas imágenes que nunca se olvidan, pero el retorno a pie nos tomó por sorpresa y nos obligó a caminar 30 kilómetros siguiendo la vía férrea, en una aventura que no sólo agitó nuestros corazones sino que nos demostró cuán decidido puede ser un hombre que recorre el mundo por la senda de sus convicciones.
Machu Picchu, nuestra flamante maravilla, me recibió a las dos de la tarde luego de un viaje en bus de dos horas desde Cusco a Ollantaytambo, un segundo recorrido en tren hasta el pueblo de Machu Picchu y un último ascenso en vehículo de veinte minutos, surcando montañas tupidas con helechos gigantescos, hasta la gran ciudadela Inca.
La primera sensación de un peruano, luego de pisar la ciudadela, es de orgullo. Piedras perfectas sobre piedras perfectas que integran habitaciones y palacios misteriosos y enigmáticos llenan el corazón de un sentimiento de amor patrio, de admiración por aquellos hombres que ofrendaron hasta su vida por dejarnos un legado maravilloso y sobre todo por descender de ellos. Como se dice, quien no tiene de inga, tiene de mandinga. ¿O no?
La visión se abre y el panorama se carga de admiración luego de atravesar un pasadizo previo al santuario. Las paredes del lugar, con el fondo de las nubes y de las montañas de la selva baja, te motivan a continuar desentrañando los misterios de esta ciudadela enclavada a 2.600 metros de altitud. No hay términos cargados con tanta emoción para describir lo que uno siente en Machu Picchu, cuando plantas los pies sobre los mismos suelos que recorrieron los antiguos Incas, tal vez refugiándose de los invasores que destruyeron sus templos y plantaron cruces sobre el rostro de Wiracocha. ¡Qué trauma tan fuerte habrán vivido estas personas!, pienso y sigo hacia la parte más alta del santuario donde se encuentra el famoso Intihuatana. Se trata de una piedra, en cuya parte más elevada se observa una especie de protuberancia, donde los Incas observaban el movimiento de las estrellas y el comportamiento de sus dioses.
Algunos expedicionarios llegaron al Santuario a través del Inka Trail, luego de caminar tres días con dos noches. Otros decidimos quedarnos en Cusco unos días más y luego abordar el tren, lo cual nos permitió conocer un poco mejor el ‘Ombligo del Mundo’. Como decían los Mayas, todo entra por los ojos, pasa por el cerebro y queda grabado en el corazón. Entonces, estando aquí, en esta ciudad imperial, debíamos meternos a Cusco por los ojos para que quede impregnado en nuestras existencias. Y así lo hicimos. Machu Picchu, al final de cuentas, iba a ser nuestro gran final, caminando o en tren.
La ciudad perdida de los Incas nos alojó más de tres horas, pues a las cinco cerraban sus puertas. Cada rincón de sus habitaciones laberínticas y de sus andenerías perdidas, sumadas a sus pasadizos estrechos con escalinatas pétreas indestructibles, te conducen a una paz que se acrecienta con el sonido del silencio de las montañas, con el vuelo de las aves y el chirrido de los insectos. Machu Picchu es enigmático.

El retorno
La visita a la ciudadela culminó y el descenso hacia el pueblo lo realicé caminando por el sendero de los Incas. La noche cayó cuando ingresaba al hospedaje donde iba a plantar mi carpa para refugiarme hasta el amanecer. El retorno a Cusco estaba previsto en tren a las 7 de la mañana, pero una descoordinación entre Ruta Inka y la empresa ferroviaria Perú Rail, que generó una protesta infructífera de los viajeros en la estación, nos dejó varados y con una sola alternativa: caminar 30 kilómetros hasta el primer poblado desde donde parten buses a la capital provincial. Entonces, con los ánimos al tope, botellas de agua, pan y atún enlatado nos adentramos en los rieles con destino al kilómetro 82.
Tres aspectos a nuestro favor: el sol no quemaba tanto, el paisaje selvático era impresionante y el camino era completamente recto, sin cumbres ni depresiones. Partimos del kilómetro 112 con la ilusión de llegar antes del almuerzo, sin saber que la aventura se prolongaría hasta la noche; la misma noche en que el sonido de la armónica se confundía con la guitarra nostálgica.
Lo más difícil de la caminata fue adivinar cuándo aparecía un tren, ya sea por detrás o delante nuestro. El sonido de las aguas del río adjunto a la vía férrea nos confundía y nos hacía confiarnos en que nada vendría, cuando de pronto aparecía el bendito ferrocarril soplando su silbato y haciéndonos saltar hasta un refugio donde no nos arrollara. Caminamos y caminamos entre la selva y –de pronto– los mosquitos, tal vez enviados por la empresa ferroviaria, confabularon en contra de quienes caminábamos sólo por no pagar todos los dólares que nos exigían por un viaje de sólo dos horas. “Vamos caminando, para no regalarle nuestro dinero a esta empresa que tiene un monopolio y que se lleva el dinero que recauda a otro país”, dijo Ariel Benítez, cantautor argentino que participó del retorno.
Pero lo peor de todo llegó cuando debíamos atravesar los túneles, donde el espacio era tan estrecho que, si el tren asomaba su trompa, tal vez esta historia nunca hubiera sido escrita. Por suerte, y siguiendo nuestras convicciones, el kilómetro 82 llegó a las siete de la noche y, luego de tres horas más en combi, retornamos a Cusco, la ciudad donde escribo estas líneas, con el cuerpo hecho pedazos pero la satisfacción de haberle ‘robado’ algunos dólares a una empresa que sólo piensa en llenarse los bolsillos y que no debería ser la única que conduzca hacia Machu Picchu a todas las personas que anhelan conocer nuestra maravilla.

Ruta Inka se clausuró con llantos, abrazos y esperanzas
El último paso aventurero
Expedicionarios retornaron a sus países con la ilusión viva del reencuentro.

Las últimas escenas captadas en la Ruta Inka 2007 se asemejaron más a una película dramática que a una expedición que recorrió Bolivia, Chile y Perú en busca de las huellas de Manco Cápac. Los aventureros no contuvieron el llanto en la ceremonia de clausura y se abrazaron tan fuerte como pudieron, prometiendo volver a encontrarse el día en que los vientos de la vida soplen con armonía hacia un punto central. Difícil, pero no imposible. Pero la Ruta Inka 2007 ‘Tras las huellas del legendario Manco Cápac’ fue más que imágenes tristes, y por ello no es justo terminar esta serie de historias con la nostalgia de quienes vivieron 41 días de aventura en pueblos que aún conservan la mística de sus fundadores y el coraje de sus ancestros. Los 41 días transcurrieron con tanta rapidez que el final de la aventura nos tomó por sorpresa una tarde folclórica en el Teatro Municipal del Cusco y nos oprimió el corazón por la separación venidera. Amigos y enamorados, cómplices y (el tiempo lo dirá) futuros esposos; sintieron por última vez su calor y se aferraron con abrazos y besos a un destino desconocido pero cargado de ilusiones. Cuando la expedición plantaba sus primeros pasos en Tiwanaku (Bolivia), eran escasos los participantes que confiaban en la organización y en realidad nadie imaginaba en aquel entonces que íbamos a llegar a Machu Picchu, ciudadela que aún competía por ser lo que es ahora. El 21 de junio de 2007 empezó a escribirse esta historia que hoy culmina con estas líneas nutridas con la satisfacción de haber dejado lo mejor en la cancha, a pesar de los obstáculos. Copacabana, en las orillas de un Titicaca que se enfureció y onduló sus aguas de espanto; y luego La Paz, con sus edificios cimentados en los cerros y sus contrastes económicos entre los de arriba y los de abajo, fueron los dos siguientes destinos que nos regalaron lo mejor de sí, con los brazos extendidos y las almas transparentes. El Salar de Uyuni no logró congelar nuestras palabras pese a sus –10 grados centígrados, y por el contrario nos regaló un crepúsculo de ensueño que se confundía con el fulgor del blanco mineral. La aventura nos hizo abordar una añeja locomotora y nos condujo a un mundo diferente llamado Chile, donde los fantasmas de la guerra y los monstruos de la separación entre los países vecinos se escondieron por completo pues lo único que encontramos fue una serie de pueblos y ciudades tan cálidos como el sol meridiano de San Pedro de Atacama o los amaneceres románticos frente al mar de Arica. En el ínterin, no pudieron faltar las imágenes de solidaridad entre los mismos viajeros. Cómo olvidar al estudiante chimbotano de enfermería Elkin Córdova, absolviendo las consultas médicas de ‘pacientes’ con fiebre, mal de altura, complicaciones estomacales o lesionados… Cómo olvidar los días en que nos estrechábamos las manos y nos alentábamos para continuar con la marcha… Cómo olvidar esta expedición que hoy mora en nuestros recuerdos y que se resiste a morir en el infortunio del tiempo. El ‘Pucha’ del Perú, el ‘Mae’ de Costa Rica, la divertida pero escasa sutileza argentina para lanzar una grosería y las exageradas ansias mexicanas por volver a degustar un taco y una tortilla con guacamole y abundante chile. El ‘Cachay’ de Chile, el ‘Vale’ español y las ‘burreras’ (como dicen los bolivianos) de quienes cometieron algún error, no fueron sólo muletillas o expresiones del habla colectivo de algún país, sino términos que se grabaron en cada uno de los participantes de esta ruta del amor, de la integración, de la hermandad y la defensa del medio ambiente. Cuando por fin pisamos tierra peruana, en la heroica Tacna una marinera trujillana devolvió a los hijos del sol el sentimiento patrio que usualmente yace resquebrajado por ideas sin sustento que sólo se pierden cuando se visitan los pueblos de la sierra, se come guiso de chuño o se baila con algún indígena. Cada uno de estos ‘detalles’ te hace ver que el Perú no tiene que esforzarse mucho para mostrar al mundo el basto bagaje cultural que posee. La paralización del sur nos mantuvo encerrados tres días en la terminal de Ilo, tiempo en el cual los expedicionarios nos compenetramos más que nunca y pudimos conocer un poco más de nuestras variadas culturas. En Moquegua la ruta resurgió con el zapateo del Ballet Municipal, las farolas y los ficus sensibleros de su plaza, y el calor de pueblos como Samegua que ofrecieron suculentos banquetes. Arequipa y su arquitectura inigualable, Chivay y el majestuoso vuelo del cóndor, Puno desentrañó el secreto de Los Uros y su vida basada en la totora, y finalmente Cusco se lució con su bandera maravillosa llamada Machu Picchu. La Ruta Inka 2007 quedará en los corazones de quienes la hicieron posible, de quienes la dominaron y de quienes intentamos transmitirla a los que, por designios de la vida, se quedaron con la maleta en la puerta del autobús. Hasta siempre amigos, hasta siempre Ruta Inka.

jueves, abril 26, 2007


Ayúdanos San Miguel
En la provincia cajamarquina de San Miguel de Pallaques, una asociación benéfica de ciudadanos y madres de la Congregación Ursulina luchan contra el abandono y se convierten en la única esperanza de los menores sufrientes.

Bajo los cielos añiles, las estrellas y las imponentes montañas de la serranía, se esconden miles de historias de dolor. Cuando un viajero recorre los polvorientos caminos andinos, y sólo observa desde la ventana del ómnibus los cerros, campos y precipicios, ni siquiera tiene tiempo para imaginar que por allí, olvidados por el mundo, hay niños, niñas y jóvenes que claman atención inmediata para mejorar su calidad de vida. O, tal vez, sólo para seguir viviendo.
San Miguel de Pallaques es una importante provincia de Cajamarca, ubicada a sólo seis horas de Trujillo y a más de 2.600 metros sobre el nivel del mar. En nuestra ciudad existen no decenas, sino cientos de descendientes de esta tierra de gente amigable y refinada, fieles descendientes de españoles.
La verde campiña que rodea al poblado es tal vez lo mejor que posee San Miguel. Un visitante que llega por vez primera realmente se siente atraído por los campos y las praderas, las flores y los árboles que se yerguen tan lejos de la infernal humareda y los ensordecedores bocinazos de la ciudad.
Pero no todo es tan perfecto en este lugar. Entre tanta belleza hay personas que no merecen cargar la cruz que la vida les ha entregado. Heriberto Díaz Peralta es uno de ellos. Con 28 años de vida, padece el mal de la elefantiasis y debe convivir con una pierna hinchada casi hasta el punto de estallar. La elefantiasis o filariasis linfática es producida por un extraño parásito (Wuchereria Bancrofti) y se caracteriza por una inflamación de las zonas linfáticas que afecta a miembros inferiores, tercio superior de los brazos, las mamas y el cordón espermático. Es un problema social considerado como una enfermedad de pobres.
Aunque este mal (que se trasmite con la picadura de un mosquito) impide realizar cualquier tipo de trabajo, Heriberto se gana la vida vendiendo helados en San Miguel. Los vecinos lo ven a diario empujando su carrito metálico y ofreciendo sus refrescantes productos. “Camina apoyándose en una muleta y su pierna cada vez está más grande. Lo han llevado a Trujillo para que lo ayuden, pero nadie hasta el momento se ha hecho presente”, relató Iris Abanto Caballero, pobladora de San Miguel que posee una farmacia a escasos metros de la Plaza de Armas.
Pero no sólo la elefantiasis es enemiga de los sanmiguelinos. El Síndrome de Down es otro mal que afecta a numerosos niños, existiendo al menos ocho menores que padecen esta enfermedad sólo en las calles céntricas del pueblo. Aunque sus familiares hacen todo lo posible por ayudarlos a valerse por sí mismos, la carencia de un centro de rehabilitación o de profesores de educación especial hacen esta tarea casi imposible. Lo más duro ocurre en los caseríos más alejados, donde los padres prácticamente abandonan a los niños Down, por considerarlos una carga o un castigo de Dios.
Hidrocefalia, meningitis, parálisis cerebral, malformaciones congénitas, tumores, labio leporino y paladar hendido, son otros males que afectan mayormente a los niños de la provincia sanmiguelina. María Giovanna es una niña que ahora tiene ocho años y que nació sin pies ni manos. Sus ojos vivaces y su infantil sonrisa desdentada se opacan al ver sus extremidades incompletas. Sus humildes padres lucharon contra las desventuras y lograron que la menor sea internada en el Hogar Santa Dorotea de Cajamarca.

Valientes luchadores
Sensibilizados por haber tenido un hijo con Síndrome de Down, un grupo de sanmiguelinos, con apoyo de la Congregación de Madres Ursulinas, conformó hace tres años la asociación civil Grupo de Apoyo a Personas con Discapacidad. Cada uno de sus integrantes considera que tener un descendiente con retardo, hipotiroidismo u otras dolencias es una bendición de Dios.
El más entusiasta de este grupo es, sin lugar a dudas, George Ramírez Vela, quien asumió el cargo de director administrativo. Hombre de raíces selváticas, con una energía desbordante y una chispa muy peculiar, recuerda con orgullo cómo su grupo de apoyo logró salvarle la vida a un niño llamado Geiner, natural del caserío de Yadén Bajo. El pequeño sufría una desnutrición crónica que había afectado su desarrollo físico. “Parecía un viejito pequeño. Con el grupo y las madres hicimos hasta lo imposible por ayudarlo y ahora gracias a Dios está viviendo en el Hogar Santa Dorotea de Cajamarca”, dice el popular George, poco antes de abrazar a su hijo Martín, quien nació 15 años atrás con Síndrome de Down pero que una buena educación en Trujillo lo ha convertido en un joven, aunque inquieto, muy independiente.
El Grupo de Apoyo también lo integran Madi Cueva, Esperanza Sánchez y Patricia Bardales, todas ellas madres de menores con alguna discapacidad. Entre ellas también se encuentran las hermanas ursulinas Ana María (quien nació con una malformación en las manos) y Kathleen Neely Carpenter, natural de Estados Unidos pero peruana de corazón, quien ya vive 30 años en nuestro país, la mitad en San Miguel.
Neely Carpenter, conocida de cariño como Hermana Katy, explica con optimismo que su objetivo es la construcción de un albergue y un centro de rehabilitación en San Miguel, donde laboren especialistas en terapia física y lenguaje, para apoyar a los niños y jóvenes discapacitados de la provincia. “Es un sueño que sólo lo podremos lograr con el apoyo de las autoridades, a quienes hago un llamado para que se sientan comprometidos con los problemas sociales que afectan a nuestros pobladores”, comenta en un ambiente de la Casa de Retiro de las Hermanas Ursulinas, donde se han reunido todos los integrantes del Grupo de Apoyo.
El Club de Leones de Cajamarca y su par de la urbanización Palermo de Trujillo son dos instituciones que han ofrecido su apoyo, el mismo que aún no se ha concretado. “Nosotros creemos que sus promesas pronto serán realizadas”, añade la carismática religiosa.
Muy entusiasta es también la hermana Ana María, joven y aficionada a la fotografía. Ella considera que Dios trae al mundo a niños con estos problemas físicos o psicológicos con un propósito mayor. “Yo recuerdo al pequeño Geiner, quien estaba desnutrido. Si Dios lo ha salvado, es porque espera algo de él. Y nosotros debemos colaborar con esta causa divina”, expresa.
Patricia Bardales, integrante de este grupo, explica que la posta médica de San Miguel sólo atiende complicaciones básicas y que, como en Cajamarca no existen especialistas en neurocirugía, sólo Trujillo o Lima son la esperanza de muchos menores. “Hay chicos que tienen tumores en la frente, y nadie los puede atender acá”, señala Bardales, quien también pidió el apoyo de las autoridades y del gremio médico peruano.
La fe católica profesa que el arcángel San Miguel luchó contra el demonio y su séquito de espíritus malignos, venciéndolos y hasta pisoteando la cabeza del rebelde Lucifer. Sólo Dios lo sabe, pero tal vez algún día los sanmiguelinos, inspirados por el poder de su patrón arcángel y con la ayuda del gobierno y de la sociedad civil, pisoteen y destierren todos estos males de su tierra. Una experiencia que bien podría replicarse en toda la serranía peruana.

OJO CON ESTO:
Las instituciones, autoridades o personas interesadas en apoyar la causa de este grupo, pueden escribir al e-mail osusmc@terra.com.pe o llamar a los teléfonos (076) 557003, 557129 y 300703.

6 de octubre de 2006

Expedición al Tantarica
Tras cabalgar más de cinco horas entre los Andes cajamarquinos, un grupo de aventureros conquistó el impresionante santuario preinca de Tantarica, ubicado en la provincia de Contumazá.

Al llegar a las faldas del cerro Tantarica, con el cuerpo molido, el rostro achicharrado y el corazón latiendo en la garganta, siento que la expedición fue una verdadera locura. Sin embargo, tras derrochar un último esfuerzo y llegar a la cima, fijo la mirada en el horizonte y aprecio las nubes de algodón que envuelven al cielo perfecto de los Andes, solo entrecortadas por algunos gavilanes hambrientos que vuelan en círculos. Aunque parezca increíble, desde este punto de la serranía norteña, donde los pulmones se inflan con un viento fresco y reconstituyente, se abre majestuosamente un mapa de todas las regiones naturales del Perú, desde los caminos costeros, pasando por los valles interandinos, hasta la gran cordillera. Aquella pirámide de los libros de primaria, elaborada por don Javier Pulgar Vidal, se observa desde aquí en vivo y en directo.
No obstante, el verdadero atractivo de este viejo Apu no son la flora, la fauna ni el paisaje. Tantarica, montaña ubicada en el departamento de Cajamarca a una altitud de tres mil metros, guarda un milenario tesoro arquitectónico edificado por nuestros antepasados para rendir culto a sus dioses: ruinas pétreas que, por su extensión e importancia histórica, son consideradas por numerosos investigadores como el “Machu Picchu del Norte”, por encima incluso de Kuélap. Aquí, en esta cúspide sagrada, me retracto: la verdadera locura habría sido no emprender la expedición.

Aquicito nomás…
El caballo gordo y canelo que me conduce cuesta arriba no tiene nombre; pero lo he bautizado como “Trueno” por la rapidez que alcanza pese a su grosor. Tuve suerte con mi equino, pues el que escogió el profesor Leonardo Herrera Vásquez, jefe de la expedición, es chúcaro y saltarín. “Seguro quiere una hembra”, comenta Leonardo mientras cabalga lentamente hacia el poblado de Catán, nuestro siguiente destino.
El último contacto con la civilización ocurrió hace algunos minutos cuando descendimos del bus proveniente de Trujillo en el paraje conocido como “El Sapo”, que se ubica a escasos cinco minutos de Chilete. El vehículo continuó su marcha hacia Cajamarca, mientras que los aventureros, previo desayuno en una bodeguita, ya escogíamos nuestros caballos.
Son más de la una de la tarde y el sol nos envía rayos ardientes. Elina Barturén, directora regional de Turismo de La Libertad, prefiere montar una mula cobriza que avanza lento pero seguro. Humberto, un hombre natural de Catán que utiliza llanques y sombrero, lleva a la mula cogida por una cuerda. “Allá al fondo, tras estos cerros, está Catán. Yo creo que llegaremos en cuatro o cinco horas”, comenta el lugareño y motiva en nosotros los primeros suspiros de desesperación.
Sin lugar a dudas, el más entusiasta de todos es el profesor Leonardo. Él fue el “loco” que organizó la expedición. Es trigueño, de mirada vivaz y solo se diferencia de Humberto por el reloj que lleva en la muñeca, las zapatillas de lona y el estuche de cuero que pende de su correa. Si no fuera por estos objetos modernos pasaría tranquilamente por un “paisano” del lugar. “Yo soy de Chota”, diría más tarde. Leonardo enseña historia y geografía en la Gran Unidad Escolar de Trujillo, pero confiesa que su mayor pasión es investigar las culturas preincas que se desarrollaron en el norte peruano. El primer fruto de sus innumerables caminatas e indagaciones en los Andes es el libro El ciclo mítico de Cuan y Tantarica, donde analiza desde el punto de vista histórico y social la importancia del santuario que visitaremos.
Lo que más le gusta contar al maestro es la antiquísima tradición oral sobre el amor que surgió entre Cuan y Tantarica que son un pozo de agua y un cerro que, según su teoría, representan a los actuales poblados de Contumazá y Catán, ambos divorciados por celos políticos y sociales. La leyenda cuenta que Cuan era el príncipe de las lluvias que se enamoró perdidamente de la doncella Tantarica y, para conquistarla, construyó un canal de agua hasta sus faldas. Pero por una traición, hundió el acueducto y dejó en sequía a todos los pueblos aledaños al cerro Tantarica. “Catán es un pueblo seco, donde ni siquiera llueve mucho. Por eso, esta leyenda debe tener algo de cierto…”, sospecha Leonardo, al tiempo de arrear su caballo y darle ánimos a Celso Roldán, nuestro robusto fotógrafo que lucha contra un impertinente dolor de rodilla.
El camino hasta Catán está lleno de espinos y por momentos los caballos se detienen a beber agua de algún riachuelo. Los flancos son adornados por miles de margaritas y otras flores rojas conocidas como “gaseosa”, por su dulce sabor. Más arriba, donde el terreno va poniéndose seco, aparecen muchos cactus que se yerguen solitarios entre el ichu y las rocas. La tarde va cayendo y la línea del horizonte se torna anaranjada. Son casi las 6:30 y por fin aparece Catán, como un pequeño pueblo con no más de 200 casas. Elina es la más feliz. “Quisiera tomar un baño con agua hirviendo… estoy cansadísima”, comenta, sin saber que aquella noche –al igual que los demás expedicionarios– solo se lavaría la cara y las manos con agua extremadamente fría. Luego, a esperar el alba.

Un místico camino
No hubo tiempo para desayunar. Ni siquiera para despertar del todo. Leonardo no se apiadó de nuestro cansancio y nos sacó de la cama casi a empellones. Elina sí despertó a las 5:30 de la mañana, como habíamos quedado, y se adelantó montada en la misma mula que la trajo hasta Catán. El resto del grupo, al cual se acoplaron dos arqueólogos que llegaron en camioneta por la carretera de Contumazá, no tuvo otra alternativa que emprender una larga caminata hasta las ruinas.
Cada paso en estos caminos empinados me hace sentir una mística indescriptible, hasta el punto de emocionarme. Al fin y al cabo, siglos atrás, en estas mismas cuestas plantaron sus huellas los antepasados que hoy alimentan con polvo nuestra marcha. “Vamos muchachos, a lo mucho llegaremos en una hora”, dice Leonardo. Celso, muy agitado, me lanza una mirada cómplice. En definitiva, no le creemos.
Según los investigadores, las edificaciones de Tantarica fueron construidas en la época preincaica, contemporánea con el reino Chimú, entre los siglos XIV y XV, y constituyeron el más importante santuario de todas las culturas que se asentaron al norte y al sur del río Jequetepeque. Todas sus construcciones tienen fines ceremoniales y se presume que los antiguos habitantes adoraban allí al trueno, por ser el dios que anunciaba la lluvia.
La ubicación estratégica de este centro de culto preinca, por otro lado, podría haber servido también como un mirador o una fortaleza, desde donde los vigías observaban el movimiento de pueblos enemigos.
Tal vez fueron miembros de la cultura Cuismancu quienes construyeron parte de la fortaleza actual. Ellos adoraban a Catequil (el rayo) y hablaban el idioma Culli. Sin embargo, tras la llegada de los incas el santuario pasó a formar parte de los dominios de Cajamarca y, además, se levantó en el lugar otra plataforma con nuevos cuartos, jirones y nichos.
La historia indica que el descubridor de Tantarica fue Baltasar Jaime Martínez de Compañón, obispo de Trujillo en el siglo XVIII. Posteriormente, en 1944, el arqueólogo alemán Hans Horkeimer, junto con José Eulogio Garrido y Max Díaz, llegó a las ruinas y señaló: “Son extensas y cubren varias hectáreas en la pendiente oriental del cerro, y no representan una ciudad, sino más bien una fortaleza”. Esto lo confirmaríamos minutos después, al llegar al santuario.
Los arqueólogos nos han sacado ventaja y Leonardo ahora interpreta una melodía nostálgica con una quena que llevaba escondida en el bolsillo. Sus notas se confunden con el canturreo de aves lugareñas y el chirrido de extraños insectos. De pronto, a la distancia, aparece el cerro sagrado que –mirándolo bien– tiene la forma de un sombrero de paja gigante. Ya deben ser las diez de la mañana.
Leonardo se detiene y se lanza a la grama como un niño. Aprecia la montaña con ojos de enamorado enloquecido y se confiesa: “Dicen que allá está atrapado mi espíritu”. Enseguida, entona un yaraví: “Como la nube se deshace/ Ay mi dueña/ cuando el sol le comunica, su calor lento/ Ay de tu amor el fuego, dejó todo un incendio/ cómo ablandar no puedo, tu duro pecho/ Siempre te he querido, nunca fui de otra dueña/ y por caricias, recibo tu menosprecio”.

Lugar con futuro
Elina Barturén, quien ya descansa en la primera plataforma del santuario, considera que actualmente se podría explotar este sitio arqueológico como una ruta de expedicionarios. De igual forma, añade que Catán tiene en estas ruinas una oportunidad invalorable para conseguir su desarrollo. “Los mismos pobladores deben acondicionar en sus casas habitaciones para los turistas, no es necesario que una empresa construya un inmenso hotel o un lujoso restaurante. El pueblo mismo lo puede hacer”, sostiene.
La directora de Turismo señala que este circuito generaría además un movimiento comercial importante para quienes alquilarían los caballos, para guías turísticos y vendedores de agua y comida, entre otros. “A medio camino debería construirse un tambo, con provisiones para los excursionistas. Solo es cuestión de decidirse”.
En las partes altas del santuario hay muchas abejas y la maleza ha ganado terreno en las paredes, que dicho sea de paso, no son tan perfectas como las de Machu Picchu, pero sí igual de impresionantes. En el lugar se aprecian diversos pasadizos, puertas estrechas, murallas gigantes y una plataforma sagrada con dos círculos pétreos que hasta el menos instruido se daría cuenta de que allí se practicaron rituales o sacrificios.
A la distancia, desde la cima, aparecen poblados como San Miguel, San Pablo y Tembladera, con su gigantesco Gallito Ciego. En otras ocasiones, cuando la costa está despejada, se puede observar hasta el mismo Pacasmayo. “Desde acá se domina el mundo. Es un lugar místico, con un potencial económico y cultural que sacaría de la pobreza a Catán”, señala Leonardo, tras asegurar que hasta la actualidad algunos pobladores de las zonas altas siguen entregando ofrendas a dioses paganos en Tantarica. “Hemos encontrado huesos, frijoles y entierros”, dice.
El recorrido por la ciudadela ha durado cerca de tres horas y, a estas alturas, los cuerpos se han cargado con un bochorno insoportable. Miles de abejas siguen zumbando en nuestros oídos y en el cielo nos sigue vigilando un gavilán. Dos pastorcitas han ingresado a las ruinas con decenas de cabras de monte para alimentarlas de la maleza. Una de ellas se acerca a Elina y le regala un choclo. Le sonríe. Y se va. Yo, extasiado, volteo la mirada al camino y entonces recuerdo algo importante: Hay que retornar a pie. No queda otra. Que Dios y nuestro físico nos amparen.

Pier Barakat Chávez
Julio, 2006.
Con esta crónica gané el primer lugar en el Tercer Concurso Nacional de Periodismo Turístico, realizado el 2006 en Perú.