martes, marzo 30, 2010

Entrevista al escritor Johari Gautier, quien acaba de publicar ‘Cuentos históricos del pueblo Africano’
“Podemos aprender muchísimo de África”

La humildad, la solidaridad y las ansias de saber qué ocurre más allá del horizonte son tres cualidades del pueblo africano que el escritor Johari Gautier Carmona descubrió durante dos visitas a Gambia y Senegal, que no fueron precisamente para hacer turismo sino más bien para encontrarse con sus raíces.


Gautier (1979), quien acaba de publicar ‘Cuentos históricos del pueblo Africano’ (Editorial Almuzara), nació en París, pero es hijo de una española y de un descendiente africano que vio la luz en la isla francesa de Guadalupe, allá en el Caribe.

Él asegura que sus abuelos paternos fueron esclavos llevados a América y que su último libro lo redactó para satisfacer “una necesidad de expresar mi africanidad”.

“Soy una persona que me defino por mis orígenes, más que por el lugar donde nací. Y como no pretendo olvidarme de nada, quiero reivindicar a África”, declaró Gautier.

Precisamente, los 18 relatos de su nuevo libro tienen como objetivo limpiar de prejuicios al continente africano, desprestigiado en el mundo occidental donde se le considera como una zona vacía, conflictiva y sin historia. Nada más alejado de la realidad.

El nuevo volumen pretende acercar África a Europa para conseguir, de alguna manera, que el conocimiento de su historia, de sus costumbres y de su realidad social, política y económica quite de la mente del lector los prejuicios y las ideas erróneas que desestiman el gran valor que posee el continente africano. En resumen, proponer que todas las personas somos iguales.


–En Europa y América se conoce a África de una manera desdibujada, a través del cine o de los medios informativos que no reflejan del todo la realidad. ¿Qué es lo que más te impactó en los casi dos meses que estuviste en Gambia y Senegal, previos a la publicación de tu libro?
–Yo viajé a África cuando tenía el libro escrito a la mitad y estuve conociendo el sitio por medio de africanos, conociendo la vida del lugareño y sus costumbres. No estuve en lugares turísticos, sino en contacto con las personas. Lo que más me impactó fue encontrar a gente muy abierta, gente muy curiosa, con una necesidad de conocer qué pasa afuera. Gente que también escucha las noticias, pero no solamente las de su país sino también las de Europa, de Estados Unidos y de América Latina.


–Cosa que nosotros no hacemos con frecuencia…
–Así es, nosotros casi siempre sólo escuchamos lo de nuestro país y nada más, es decir, lo que nos afecta. Por ello, esa apertura me impactó en África.


–¿Qué más encontraste?
–Mucha magia, cultura y diversidad. Gambia, Senegal y otros países tienen entre cinco a seis idiomas y todos los ciudadanos se entienden entre ellos por medio de uno que es el wólof. Pues a mí me impactó esa pluralidad porque podemos estar en países como España o Francia, y esa diversidad a veces nos trae complicaciones. No sabemos nosotros, los europeos, cómo vivir con la diversidad y esos países nos pueden enseñar mucho.


–Nos pueden enseñar más de lo que nosotros imaginamos…
–Nosotros podemos aprender muchísimo de África, a nivel de tolerancia, a nivel de humanidad, a nivel de colectivismo, de familia, de valores y de compartir, y nosotros no somos conscientes de ello. Lo que creo, después de mi viaje y después de pensar, es que en Europa tenemos una forma muy materialista de ver el mundo y esa forma de pensar nos invita a denigrar, a rebajar a los demás, porque no tienen muchas pertenencias, porque no tienen muchas riquezas.

–¿Y esa forma de pensar no la tiene el africano?
–No, allí no se juzga tanto por el materialismo, sino que se respeta a una persona por la edad que tiene. Las personas mayores son vistas con mucho prestigio y siempre se les escucha. Además, en la familia los hermanos se respetan y hasta un primo puede llegar a considerarse como un hermano. Por ejemplo, si a un niño se le muere la madre, que es un caso extremo, va a vivir a la casa de la tía y ella lo acepta como si fuera su hijo. Esta solidaridad que hay en África, nosotros podemos aprenderla.

–¿Entonces crees que la solidaridad se ha perdido en Europa?
–Sí, y si la ha habido en Europa, creo que se ha perdido hace mucho tiempo. Ya no nos acordamos de ello. En España sí existía la familia sólida, pero hace ya 20 ó 30 años. Ahora nos hemos distanciado, ya ni nos acordamos de nuestros familiares.

–A pesar de todo esto, en África hay evidentes problemas a niveles sanitario y de infraestructura. ¿Qué se podría hacer? ¿Qué debería hacer el mundo occidental o los mismos gobernantes africanos para lograr el desarrollo?
–Es una pregunta muy discutible porque cada uno tiene un punto de vista. Además implica planteamientos políticos. Yo siempre parto desde el punto africano: no hay que ser victimista. El africano también debe aprender a escoger su camino. El primer paso es que los líderes africanos se responsabilicen y piensen en su pueblo. Hay que pensar que el pueblo africano es un pueblo de paz. En la gran mayoría, el pueblo africano desea la paz. Lo que pasa es que, por la situación política, tenemos a líderes africanos que se dejan corromper o que se dejan llevar por los intereses de otros países europeos. Entonces, África tiene que llegar a esa unión que se empezará a forjar cuando sus líderes trabajen para el pueblo.

–Y desde Europa, ¿qué se puede hacer?
–Pues nosotros, los europeos, primero debemos pensar que los africanos tienen dignidad y que los africanos nos han cedido muchas cosas. África no es un continente vacío, tiene 3000 ó 4000 años de historia y es un pueblo tan digno como el nuestro, o más.

–Esa idea la quieres posicionar con tu nuevo libro…
–Así es. Todo el mundo tiene que pensar que el otro es tan digno y valioso como uno.

–España es un país que recibe una gran cantidad de inmigrantes, sobre todo marroquíes, y eso a las personas parece que les ha generado un problema. O, tal vez, se han acrecentado los prejuicios. ¿Qué hacer en España ante esta situación para promover la tolerancia?
–Esa es una muy buena pregunta. Hay que volver atrás para discutir y dialogar y recordar que los españoles hace muchísimos años atrás eran muy cercanos del pueblo árabe y del africano también. Estamos hablando de muchos siglos atrás y a lo mejor estoy retrocediendo demasiado. Pero también tenemos que ir hace sólo 50 años, cuando el español era el que emigraba, el que se iba. Tenemos que ir a esos años cuando el español viajaba al sur de Francia, cuando era considerado como un inmigrante miserable y nosotros, españoles, que ahora recibimos a gente de afuera, no tenemos que ser así. Tenemos que hacer un esfuerzo de memoria y considerar a todo mundo como una persona digna, que se quiere ganar el trabajo y que no viene a ‘robar’ trabajo, sino a enriquecer a un país y a enriquecerse él también. Hay trabajo y dinero para todos, digamos. Hay que hacer un esfuerzo de memoria y un esfuerzo de educación, también.

–La educación, en todo caso, es primordial. Habrá que hablar más de estos asuntos que no se están tocando, o que se están tocando mal en los colegios.
–La educación debe ser humilde, abierta y con varios enfoques. No sólo un enfoque patriótico porque al final la historia se puede manipular. Hay que presentar la historia de una forma global y decir que en algún momento España ha sido una potencia y en otros, una víctima. Que detrás de esos capítulos de la historia siempre hay hombres que sufren y hay que pensar en ello.

–Volviendo al libro, ¿cómo está dividido?
–En total son 18 relatos divididos en dos capítulos. En el primero hablo de la antigüedad africana, del período clásico y del período colonial y poscolonial. La segunda parte es la historia del pueblo africano en las Américas. Hablo de Centroamérica, pero también de Colombia y otros países donde hubo rebeliones.

–¿Qué cambio esperas lograr en tus lectores?
–Mi objetivo es llamar la atención y transmitir la curiosidad al lector. A mí me gustaría que, después de que alguien leyera este libro, pensara que la historia negra es interesantísima. Mira, voy a descubrir un poquito más, voy a mirar en Internet y voy a buscar sobre las rebeliones de los africanos, de los cimarrones, o de los reyes africanos en Sudamérica o voy a comprarme tal libro sobre la historia del imperio de Malí en los años 1300. Eso me gustaría. Transmitir esa curiosidad o gusto por la historia. Ojalá que lo consiga.


MÁS DETALLES
- ‘Cuentos históricos del pueblo Africano’ fue publicado hace dos semanas en Barcelona, ciudad donde reside el autor.
- Johari Gautier Carmona es miembro del Centro de Estudios Africanos. Ha cursado un postgrado sobre las Sociedades Africanas y escribe en distintos medios artículos sobre África y el Caribe.
- Autor de la novela ‘El Rey del Mambo’ (Ediciones Irreverentes, 2009) también ha publicado cuentos de ficción en antologías como ‘Qué me estás contando’ de la Editorial Hijos del Hule e ‘Historias Verdaderas’ de Silva Editorial. Es el ganador del premio ‘Relatos de viaje de 2007’, organizado por Ediciones del viento y vagamundos.net, entre otros.

jueves, marzo 11, 2010


De fútbol, pollas y polladas

Todos los días reviso la página web de mi viejo diario trujillano para enterarme de qué diablos está ocurriendo en mi ciudad. Aunque a menudo encuentro historias de muertos, de corrupción y de políticos que dicen burradas, ayer hallé una pequeña nota sobre la derrota del Real Madrid ante el O. Lyon de Francia, partido que no vi en el Bernabéu (sería una locura meterte en un estadio con este frío) sino en casa, acompañado por el padre de mi novia y su hermano, o sea el tío de mi novia.
Con ellos he vivido dos días bastante divertidos en Madrid y sobre todo apartado de aquella imagen del suegro que te interroga para descubrir “las verdaderas intenciones que tienes con mi hija” y del tío ése que echa candela “porque mi sobrina es un ángel”. En fin. La he pasado muy bien.
Y pues, como Real Madrid es “un barco que no llega a buen puerto” (frasecita trillada pero que en España se utiliza mucho) y como mi futuro suegro y el tío de mi novia son hinchas del Atlético Madrid y además yo vivo muy cerca del estadio Calderón (tan cerca que cuando el equipo rojiblanco juega, las paredes de casa retumban por los gritos de la afición) no me queda opción alguna que convertirme desde hoy en hincha del popular y querido Atleti. Vaya tontería pues a mí el fútbol me viene y me va, pero... qué le voy a hacer, ¿no?
Al margen de ello, me llamó mucho la atención el cómo empezaba la nota que escribieron en la web de mi diario peruano. “Golpe en la polla”. ¿Qué cosa?, pensé de inmediato. Claro, intuí que se trataba de un error, ya que ¡golpe en la polla!, ¡por Dios!
Me imaginé qué diría un español (peor si fuera hincha del Real Madrid) si leyera eso. Una de dos, o se reiría mucho, o lloraría de pena (o de dolor por el golpe). Me intrigó tanto saber el por qué habían iniciado la noticia dándole un golpe en las bolas al Real Madrid y escribí un correo al webmaster peruano, amigo mío por cierto.
“Esa entrada equivale a que en España un periodista que hubiera cubierto un partido entre Alianza Lima y Universitario o cualquier equipo sudamericano (cosa impensable porque aquí esos equipos no existen) iniciara su nota con un: ‘Golpe en la ping…’, para el perdedor de ese supuesto partido”, le comenté en el correo.
Sin embargo, luego me enteré de que la expresión “golpe en la polla” se utiliza en el mundo futbolístico peruano. Se dice así cuando el resultado de algún partido es contrario a lo que se esperaba y, peor aún, cuando el equipo en mención queda eliminado (como el Real Madrid en la Champions League).
En realidad me hace mucha gracia todo esto porque en la agencia de noticias donde estoy haciendo la pasantía, aquí en Madrid, se sienta a mi costado un gallego que es muy buena gente y que hace un tiempo trabajó en una ONG donde precisamente sus jefes eran peruanos. El otro día me contó que una vez el peruano se le acercó y le dijo: “Diego, este fin de semana haremos una ‘pollada’ bailable con los niños y si quieres anda para divertirnos un rato”.
El gallego, según me cuenta, quedó tan sorprendido y asqueado por lo que escuchaba que en su mente calificó a esos peruanos de seres de otro planeta, de sucios y pervertidos. Pues claro, sabiendo que en España el término “polla” se refiere al órgano sexual masculino, ¿se imaginan qué pasó por la mente del gallego cuando lo invitaron a una “pollada” bailable con niños?
Cuando me contaba aquel episodio, sufrí un ataque de risa pues nunca imaginé que una “pollada” podría ser asociada con algo sexual. Cosa rara, pero muy divertida, esto de vivir lejos de casa.

miércoles, enero 20, 2010

Momentos para compartir

Hoy cumplo 20 días viviendo en Madrid y –aunque no es una fecha especial– quiero compartir con ustedes algunos momentos que me han arrancando una sonrisa, me han sorprendido o simplemente me ha tocado vivir. Como saben, por aquí ando haciendo algo de periodismo y asisto a clases de sociología, lingüística e historia. Todo gracias a una beca del Programa Balboa, claro, porque mis bolsillos nunca hubieran dado para tanto. Debo reconocer que a menudo me siento atrapado entre gente extraña, pero que normalmente España se porta bien conmigo. En fin, a ver qué tal salen estas estampas:


1. La nieve. Por fin la he conocido, o mejor dicho he visto nevar, pues años atrás tuve la suerte de pisar el Pastoruri cuando aún conservaba algo de nieve. Fue hermoso. Salí de casa a las 9.30 de la mañana y en el trayecto a la estación del metro mi cabeza se tiñó de blanco. La nieve al comienzo lucía como las cenizas que levanta el viento en los campos de caña de azúcar, cuando la queman antes de cosecharla, pero luego tomó más cuerpo y se convirtió en trocitos pesados de algodón. La ciudad se fue pintando de blanco y las manos se me congelaron. La gente iba con paraguas. Yo no, pero sonreía.

2. Todas las razas y creencias, todas. Sí, Madrid es una ciudad cosmopolita. Chinos flacos, negros ataviados de joyas doradas, blancos con los pelos parados y piercings por doquier, americanos alienados, anglosajones contrariados, musulmanas que se cubren el rostro, centroamericanos merengueros. ¡De todo! Y todos viven en su espacio. No puedo negar que cuando sube al metro un africano más negro que la noche lo quedan mirando como bicho raro, pero de eso no pasa la cosa. Aunque, seguro que para unos es más difícil adaptarse que para otros.


3. Don Obama. El otro día fui con Alba, mi novia, al Museo de Cera de Madrid. Es un lugar muy interesante en donde decenas de personalidades de fama mundial (entre ellas Mario Vargas Llosa) y personajes que pasaron a la historia (incluyendo al Inca Atahualpa) se encuentran representados en estatuas de cera hechas a tamaño real. Justo cuando observábamos la de Barack Obama, un niño de unos seis años la señaló con el dedo y le dijo a sus padres: “ese señor tiene las manos sucias”. Los papás nos vieron y sonrieron avergonzados. Claro, es que la estatua no tenía las manos sucias sino que llevaba el color natural de Obama.


4. El lugar en donde realizo la pasantía de periodismo es la agencia de noticias española Servimedia. La redacción es bastante moderna, todas mis jefas son mujeres y el concepto de periodismo social se trabaja con convicción. Pero lo más sorprendente es que de 100 periodistas que laboramos allí, 40 presentan algún tipo de discapacidad. Hay personas ciegas, sordas o en sillas de ruedas, y no sé pero siento que allí encajo muy bien.


5. ‘Javi’ es un ciego que escribe muchísimo mejor que varios periodistas sin problemas visuales que conozco (me reservo sus nombres). Él se ayuda de una consola braille y de unos audífonos (que acá llaman cascos) a través de los cuales una voz electrónica le va leyendo lo que hay en la pantalla. Lo sorprendente, pero obvio, es que ‘Javi’ escribe y escribe pero el monitor de su computadora siempre está apagado.


6. Perú. A menudo encuentro en Madrid cartelitos, mensajes o manifestaciones peruanas. El otro día en una pantalla instalada en la estación ‘Cuatro Caminos’ del metro anunciaban un programa de TV llamado ‘Aprendiendo a hacer comida peruana’ y salía una compatriota nuestra lavando unas cebollas. Eso del boom de la gastronomía peruana es muy conocido en España, al igual que Gastón Acurio, quien por cierto tiene uno de sus restaurantes en Madrid.


7. Una más. El tren se detuvo y un cartel de Aerolíneas del Sur promocionaba vuelos a Lima y Cuzco. Entonces, dos músicos subieron. Uno tocaba la zampoña y el otro un charango y empezaron a interpretar ‘El Cóndor Pasa’. Fue emocionante escuchar este tema en uno de los vagones del metro de Madrid, que por un momento pareció ser uno de esos buses viejos que van a Santiago de Chuco.


8. El fin de semana pasado viajé a Valladolid, ciudad donde estudia Alba, y entramos en un supermercado para comprar algo para la cena. Entre otras cosas, compramos una bolsa de frutos secos picantes (que no picaban). Grande fue la sorpresa al ver que entre los ingredientes, además de cacahuetes y habas, decía: ‘maíz gigante de Perú’. De hecho que me los comí con ganas.

9. Por último, algunas palabras clave o frases que se escuchan a menudo en España en estos días: crisis, paro, ‘no hay trabajo’, joder, ‘todo está muy mal’, macho, ‘un café con leche, por favor’, inmigrantes, ‘se ha perdido la educación’, ‘antes todo era mejor’, ‘ta-luego’.

domingo, enero 10, 2010


Mi primer día 

en La Industria

1.36 a.m. del 31 de diciembre de 2009. Acabo de terminar de corregir la última edición del año de La Industria y, de alguna forma, me siento satisfecho y orgulloso de ello. Tal vez por ello he recordado el día en que ingresé a este diario. Fue un 11 de febrero del 2001. Tenía 19 años y no sabía nada de nada de lo que es el periodismo.

La jefa de Informaciones de aquel entonces, una inmensa mujer llamada Clara Claros, con quien siempre he mantenido una relación con altibajos pero amical, me preguntó si tenía una grabadora y yo le dije que sí. En realidad, había llevado una radio portátil con un casete de Facundo Cabral que me gustaba escuchar mientras caminaba por las calles trujillanas, llevándolo a mi oreja. En aquel entonces, no existían los Ipods ni los reproductores MP3.

Clara me preguntó si podía “cubrir una conferencia de prensa” y yo le dije que sí, aunque en realidad no sabía a qué se refería con el término “cubrir” y mucho menos qué demonios era una conferencia de prensa.

“Es aquí a la vuelta, en la Casa del Maestro”, me dijo. ¿Conoces?, preguntó. Sí, le dije, aunque también fue una mentira. Y pues, fui al lugar. Pregunté por allí dónde quedaba la dichosa casa y llegué. Era una casona republicana de adobe y madera, ubicada en el jirón Junín, y se trataba de una cita de profesores jubilados que le exigían mayores beneficios al gobierno. Crucé el arco de ingreso y el tremendo portón de madera y alguien que me vio con la radio en la mano me preguntó de qué medio iba y yo, casi casi sin creérmelo, le dije que de La Industria. ¡Llegó el de La Industria!, gritó el jubilado a otro viejito que me dio la mano y me condujo a una silla en primera fila que tenía un rótulo de cartón con el nombre del diario colgado en el espaldar. Me senté y me sentí importante. Me moría de miedo.

Entonces, muchos otros periodistas llegaron y con ellos, cámaras, micrófonos, flashes y grabadoras de verdad. Cuatro ancianos tomaron asiento en la mesa principal e iniciaron la conferencia donde pedían aumentos a sus pensiones y beneficios en el sistema de salud. Yo le puse REC a mi casete con música, con mucha pena pues al grabar las palabras de los viejos, iba borrando mi música. Pero ni modo, dije, tengo que salir de ésta. De pronto, miré hacia mi costado y encontré al doctor Mauro Gómez Caballero, el mismo que me había ayudado a nacer 19 años atrás en la Sánchez Ferrer. Hola, me dijo, muy cordial. ¿Eres periodista? Sí, le respondí, sin creérmelo. Es mi primer día, añadí. Qué bueno, agregó, yo te voy a ayudar. Entonces, al terminar la conferencia me tradujo lo que los viejitos habían dicho y recién pude entender sus reclamos. Me contactó con el presidente de la asociación y casi casi me dictó al oído las preguntas que debía hacerle. Me salvó. Y le di las gracias. Tal vez me ayudó a nacer nuevamente, aunque esta vez en el periodismo.

Al terminar, regresé al diario y encontré a Clara, quien me preguntó si me había ido bien y yo le dije que sí, claro. “Escribe una nota de dos mil caracteres”, agregó. Okey, respondí. Esa fue la primera vez que me enfrenté a una página en blanco. Rebobiné el casete de Cabral y, no lo creerán, pero no se había grabado ni una sola palabra. Sólo sonaba un ruido muy parecido al soplido del viento en invierno o al incesante rugir de las olas del mar. Pero, claro, yo no pensaba ni en el viento ni en el mar, sino en cumplir con el encargo y demostrar que sí sabía hacer lo que en realidad desconocía.

Puse primero el titular, como lo continúo haciendo hasta ahora cuando empiezo a redactar, y luego recordé que en el primer párrafo debía considerar las cinco preguntas básicas (qué, quién, cómo, cuándo y dónde) y así lo hice. Traté de recordar las palabras de los viejitos y por suerte, gracias al doctor Gómez, había captado la idea del asunto. Como en aquel entonces desconocía cómo se contaban los caracteres en Word y como era la primera vez que utilizaba una máquina MAC, no sé cuántos escribí. Presumo que unos 1200, es decir, una simple tripita de texto que hoy la podría redactar en cinco minutos pero que aquel 11 de febrero del 2001 me tomó más de dos horas. Puse punto final y dije ya está. La dejé en esa vieja computadora que parecía de juguete y me fui a casa. Al día siguiente vi que la publicaron en la página A3 Locales. Y sonreí (hasta ahora la guardo).

Ha transcurrido mucho tiempo desde aquel entonces y durante él he escrito en todas las secciones habidas y por haber del diario. He viajado a toda mi región (con excepción de Julcán a donde no sé por qué pero nunca fui), a todo mi país, a casi toda Sudamérica y a algunas ciudades de Europa. He sentido el frío cruel de la sierra y he sudado como un cerdo entre los árboles amazónicos, en busca de historias. He sentido la crueldad del ser humano contra el ser humano, he llorado con alguien que sólo vino al diario para ser escuchado, he comprendido que la política no es cochina: los cochinos son los políticos. He visto cómo intereses de todo tipo se intentan colar en el papel y la tinta, he denunciado a los corruptos, me he divertido tanto en comisiones de ensueño con Lucho Cabrera “El Curro” y Américo Barriga, y en viajes inolvidables con Celso y los choferes. Son tantas las historias, que muchas de ellas, tal vez la mayoría, ya las he olvidado. Sin embargo, las llevo grabadas en mi corazón.

De ser aquel practicante que no sabía nada de nada, luego me convertí en redactor, mucho más tarde en responsable de alguna sección, después en editor de página y finalmente en un editor “matutino” que trabaja por las noches. Nueve años me ha costado convertirme en lo que soy y hoy, que he cerrado la última edición del año 2009, me veo aquí sentado y, para ser franco, siento que no sé nada. Que recién estoy empezando en esto. Que tengo mucho por aprender.

Un periodista es una persona que sabe un poco de todo, pero en el fondo no sabe nada. Y por ello, nunca deja de seguir aprendiendo.

¿Será que éstas son mis últimas semanas en La Industria o tal vez que hoy es el último día del año? ¿Será que pronto volveré a ser un practicante, pero en España? ¿Será que soy muy nostálgico o sentimental? No lo sé. Tal vez siento miedo de dejar todo esto para empezar desde cero en una tierra desconocida. Para quienes no lo saben, semanas atrás me informaron que gané una beca del Programa Balboa y desde el 1 de febrero, y por siete meses, viviré en España, estudiando y practicando. O tal vez soy un poco cobarde, no lo sé, no lo creo. 

De lo que sí estoy seguro es de que si en España algún jefe me preguntara ¿podrías hacer esto o aquello?, yo siempre diré que sí, con seguridad, aunque por dentro me esté muriendo de miedo. Ésa es tal vez la lección más importante que he aprendido en este tiempo: a ser valiente, a nunca decir que no y a siempre seguir adelante, en busca de la mejoría, en busca de la felicidad.

Perdónenme por contarles esta historia tan aburrida, pero hoy que vi la casa del diario adornada por las luces navideñas y que la luna brillaba como nunca antes, mientras yo permanecía sentado en la banca de madera del patio, recordé el primer día en que llegué por esta empresa que tanto quiero y que, estoy muy seguro, extrañaré demasiado.

miércoles, diciembre 09, 2009

Un espía en Starbucks

Como hoy no tengo ninguna historia por escribir, describiré mi rededor. Burdo recurso, valgan verdades. Esto debe ocurrirme porque me encuentro en el lugar menos indicado para escribir: Starbucks Coffee. En la mesa del costado hay un tipo de unos 28 años que toma un frappuccino, es decir, la bebida más estúpida que los gringos podrían haber inventado: café con helado de leche. Lleva el cabello engominado y una cresta de adolescente que sobresale entre unas inmensas gafas ahumadas que tiene atrapadas entre las orejas y el cuero cabelludo. Escribe en un portátil, pero no sé qué. Tengo curiosidad de saber qué hace un tipo así con un ordenador. ¿Le escribirá cartas a su novia? No lo creo. Es más, ahora que le veo bien, no está escribiendo sino sólo jugando con los dedos sobre la zona del mouse. Tal vez, busca alguna información. Con la otra mano sujeta su cabeza y no deja de hacer temblar la pierna derecha, como si sufriera de un tic. Lleva dos anillos plateados, uno en cada mano, y un reloj con correa de cuero marrón hace tic tac en su muñeca izquierda. Una barbita rala corta su mentón y sus zapatillas Puma blancas lucen impecables. Casi, casi, brillan. Aunque él se ha disfrazado bien, no deja de ser lo que es: un buen cholo peruano. Muy típico, a mi entender (y valga aclarar que “mi entender” está lleno de prejuicios).

Detrás de él, en otra mesa, hay una chica que come un pastel de canela y bebe café en un vaso pequeño. Por su atuendo, parece trabajar en algún banco cercano. Debe haber salido a almorzar. Lo que no entiendo es por qué demonios come esa basura, si bien podría haber ido aquí muy cerca a empujarse un buen menú con fresco incluido. Se levanta, me mira y se da cuenta de que la estoy observando. Ya terminó su pastel. Mira hacia abajo, tal vez avergonzada, y se va. Al salir, se cruza con una mujer que ingresa. Le sujeta la puerta. Gracias, de nada, se dicen. La nueva clienta luce con orgullo un polo con un original estampado: I love NY. Se dirige a la barra, pregunta por algo y luego, sin más, se va. No compra nada. Tal vez sólo quiso oler los aires yanquis y recordar que alguna vez viajó a la gran Nueva York. O, tal vez, son sólo prejuicios míos. O, tal vez, nunca estuvo en Nueva York. Opto por lo último.

Junto a los vidrios hay tres gringos que sí son gringos. El más gordo tiene unos audífonos blancos enrollados en el cuello y escribe apurado en su ordenador. Parece un gallo, ese mismo de los dibujos: El Gallo Claudio. No logro ver qué hacen los otros dos, pues entre ellos y yo hay un hombre y una mujer que se miran como si estuvieran enamorándose. Ambos comen el mismo pastel asqueroso que pidió la banquera que se fue. Sólo veo la cara de la mujer pues el hombre me da la espalda. De cuando en cuando, ella me lanza algunas miradas desconfiadas, pero seguro sin imaginar que estoy escribiendo de ella. Es peruana, a la vista se nota. Le da un mordisco a su cinnamon con chispitas de chocolate, mastica rápido y vuelve a decir algo que no alcanzo a escuchar, mientras mueve las manos con agilidad, como si quisiera hipnotizar o convencer al hombre que me da la espalda de que ella es la mujer que él está buscando.

Entre el barullo de los clientes que sonríen como si estuvieran en la tierra prometida, el aroma del café se confunde entre una melodía romántica, sacada de una típica película de amor holliwoodense. Entonces me pregunto ¿qué estoy haciendo en este lugar? ¿Acaso he venido sólo por inercia como presumo que hace la mayoría, o es que realmente me gusta estar aquí? Para empezar, creo que el café de Starbucks es muy malo, tal vez es el peor que he tomado en mi vida. Es mucho mejor el que prepara el viejo Julca que trabaja en el archivo del diario o el que mi madre hierve en su moderna cafetera made in China. Sin embargo, estoy aquí, como ellos, tan ordinario como cualquier otro. Debe ser eso, soy ordinario y recién me doy cuenta. Soy uno más que el sistema ha creado. Soy fruto del consu-mismo. Con su mismo pensamiento, con su mismo todo.

Pero no, no me resisto a ser derrotado y a autocalificarme como un sujeto hecho en serie y con código de barras. No, por favor. Al menos déjenme vivir en mi engaño. Prefiero ser un espía metido en estas tierras que muchos califican como pequeñas embajadas del imperialismo yanqui, ése que quiere acabar con el mundo a punta de misiles, ése que lo contamina todo, ése que sólo sabe meterse en los líos ajenos. Ese mismo tan promocionado por el idiota de Hugo Chávez y sus tontos seguidores.

Unas campanitas de Navidad suenan afuera. Es diciembre, pero no nieva. Aquí nunca nieva, pero siempre hay trineos y chocolate caliente. Cosa curiosa.

El tipo de mi costado me acaba de pedir un lapicero pero para su desdicha no traigo ninguno. Qué mal periodista soy, pienso, periodista sin lapicero. Se ha levantado y ha ido a la barra en busca de uno. En ese preciso momento, Louis Armstrong ha tomado la posta dejada por Frank Sinatra y ha empezado a inyectarle un poco de optimismo a la cosa: What Wonderful World. ¡Qué maravilloso mundo! Pero yo, que soy un espía, apelo a mi curiosidad y me levanto a ver qué diablos hace ese tipo en su computadora y de paso verle la cara al otro que no deja de darme la espalda. Camino con sigilo, haciéndome el loco, y veo de reojo en su ordenador una página escrita en portugués y unas figuritas surrealistas. No entiendo nada. Él viene, me ve y se sienta. Me mira raro. Volteo hacia los enamorados, o tal vez futuros enamorados, o tal vez futuros divorciados, y el tipo trae una cara de aburrimiento tremenda. Parece que la doña no lo convence. Ella ríe, siempre en su afán de tocarle el corazón, o eso creo, pero él le echa sonrisitas de medio lado qué más parecen de compromiso.

Me siento. La gente entra y sale y entonces me doy cuenta de que soy uno de los pocos que está solo. ¿Qué hago aquí?, vuelvo a preguntarme, y no hallo la respuesta correcta. Pienso en qué me gusta de Starbucks y a mi mente viene la maquinita de aire caliente del baño, donde me encanta secarme las manos (que a menudo andan más sudorosas de lo normal).

Sin darme cuenta, el café se ha llenado y las chicas del mandilito verde tienen más trabajo del acostumbrado. Los letreros de neón, afuera, ya contrastan con la noche. Bembos, Pizza Hut, Platanitos y otros más brillan y atraen clientes. La gente se pierde en esta selva de concreto, algunos con bolsas llenas, otros sólo con sueños e ilusiones. Pero yo, que no llevo nada y que estoy más solo que nunca, sólo me pregunto una y otra vez: ¿Qué diablos hago aquí?

jueves, diciembre 03, 2009

Retrato de la miseria

Una vez, de paseo con su novia en una playa del norte peruano, Pedro detuvo el coche frente del malecón, construido de cara al mar sobre un barranco de arena muerta donde se había acumulado la basura. El muelle de pino construido por alemanes hacía un siglo, continuaba siendo la herramienta de trabajo más importante del pequeño pueblo de pescadores. Unas ocho fábricas de harina de pescado echaban humo donde acababan las casas y una bandada de pardelas volaba a la distancia. El sol del mediodía lucía tímido. Tal vez era otoño.
De pronto, de entre la basura, apareció un viejecillo que daba pasos a duras penas sobre los papeles y las botellas asoleadas y sin color. Pedro y su novia, que escuchaban el silbido de las olas y hasta podían sentir el olor del pescado que las aves capturaban dando impresionantes clavados en el mar, lo vieron. En realidad, no se sabe quien vio primero a quien. Si el viejo a ellos, o viceversa.
El hombre era más triste que una lágrima. Era la personificación del sufrimiento, del olvido y de la miseria. El solo verlo causaba pena. Tal vez era su rostro curtido por el sol o el desconsuelo que irradiaba su mirada. Tal vez era su traje de pordiosero adornado por un costal de yute lleno de nada. O, tal vez, ese caminar parsimonioso que iba quitándole con cada huella parte de la vida en extinción que resistía a esfumarse de una vez por todas.
Alba y Pedro se miraron contrariados, llenos de abatimiento. No sabían si lo que veían era un alma que aún no comprendía que no tenía cuerpo, o un cuerpo que deambulaba perdido en busca de su alma. En medio de esa duda, el viejito fijó su mirada en ellos y pronunció una frase ininteligible que el viento se llevó en dirección a la humareda pestilente de las fábricas.
-¿Cómo dice?, le preguntó Pedro desde el malecón, sin quitarle la mirada.
-¿Puedo recoger estas botellas?, preguntó el viejo, pensando tal vez que Pedro y Alba eran los dueños de la casa de enfrente y que incluso su basura era propiedad privada.
En realidad, para el viejo, esa basura era valiosa. Cada kilo de plástico equivalía a un pan. A más botellas reunidas, más panes podría canjear.
-¡Pero claro! Llévese lo que usted quiera. ¡Todo es suyo!, respondió Pedro. Sin embargo, el viejo seguía masticando palabras que luego expresaron un pedido bastante claro: Dinero.
Pedro y Alba se vieron y esa mirada fue un sí, claro. Entonces, Pedro sacó unas monedas y las lanzó con cuidado y precisión a las manos del viejo. Allí va una, tenga otra. El viejo cogía cada moneda y la acercaba a su corazón, como dándole gracias a Dios. El viejito hizo una reverencia y miró a su costado, donde había una piedra que de inmediato se convirtió en su asiento. Allí, bajo el triste sol de julio y las amargas nubosidades, el hombre se encogió en su piedra y se llevó las manos a la cara. Empezó a llorar.
Desde lo alto, Pedro y Alba, al ser testigos de esa escena, sintieron que sus corazones se partían como jarrones arrojados al suelo por un niño travieso. Se vieron conmovidos, lo volvieron a ver y él continuaba llorando. Y no solo era lástima por el dolor del viejo. Era una mezcla de indignación con furia por lo que el ser humano hace consigo mismo. Aquel hombre representaba a todos los hombres que lloran, a los marginados, a los niños que mueren de hambre, a las mujeres infibuladas en África que mueren de septicemia, a los campesinos de los Andes que son carcomidos por la uta.
Pedro intentaba consolar a Alba y secaba sus lágrimas. Se anudó la garganta y fingió una sonrisa para apagar el dolor de su amada. Luego, recordó que tenía más monedas en la cajuela del automóvil y no dudó en llamar de nuevo al viejo y lanzárselas. El viejo hizo una nueva reverencia y enrumbó hacia la playa. Luego de llorar abrazados en el malecón, ambos vieron a la distancia cómo el viejo se iba convirtiendo en un alma que caminaba sobre la arena mojada, entre sus lágrimas, las aves que buscaban alimento y algunas bolsas de plástico que volaban hacia el mar...

miércoles, noviembre 04, 2009

La flor de papa (una historia real)

Recién bajado de los cerros andinos del Perú, un paisano fue contratado para custodiar durante las noches una casa ubicada en una apacible y residencial urbanización trujillana. Llanques de caucho cubrían sus pies encallados y un poncho de alpaca arropaba su humanidad. El barrio de San Andrés se ubica a sólo cinco minutos del centro histórico de Trujillo y, en 1973, más allá de sus dominios, se levantaban interminables sembríos de piñas y caña de azúcar. La hoy ciudad bulliciosa y endiablada era como un pueblito que, sin embargo, se preciaba de ser la segunda urbe más importante del país.

Nadie sabía su nombre. Un día lo vieron llegar con ojos de toro loco y mascando hojas de coca junto a su patrón.

–Tú cuidarás mi casa todas las noches. Le ordenó Luis Sánchez Pérez, el propietario del fundo.

–¿Y, en dónde voy a dormir?. Reclamó el paisano con un español que trastocaba la o por la u, sonando algo parecido a: “¿Y, en dúnde vuy a durmir?”

–¿Dormir? No te estoy contratando para dormir, serrano piojoso, ¡tú no vas a dormir pedazo de animal!

El paisano añoraba sus días de libertad en los campos andinos, donde tocaba la quena y corría a sus anchas. Sus padres le habían heredado tres hectáreas de tierra en Huacapongo, un pueblo ubicado muy cerca de las estrellas. Sin embargo, una reforma agraria impulsada por un cojo militar que tomó el poder y la Casa de Pizarro a balazos, lo había confundido en la lista de los terratenientes costeños y, finalmente, lo dejó en la calle.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa! El paisano, aficionado al canto, se había sentado en el jardín exterior de la casa y, aburrido, decidió interpretar su tema preferido.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa! Repitió.

En frente, una pareja de recién casados intentaba dormir. Yssa y Olga, un árabe y una trujillana, aún no asimilaban su matrimonio y ni siquiera se ponían de acuerdo en los límites de su cama.

–¡Roncas como loco! Increpó Olga y luego se cubrió la cabeza con la almohada.

Yssa, cuyo sueño era tan profundo que ni siquiera el terremoto de 1970 lo sacó de la cama, no escuchó los reclamos de su mujer y siguió ofreciendo un concierto grave y prolongado con su garganta.

¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa!

¿Qué?

Olga, cansada de no poder dormir, no podía creerlo.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa!

Maldita sea, ¡¿quién es ése desgraciado que está cantando?!

–¡Yssa! ¡Despierta, Yssa! Gritó, desesperada, Olga.

–¿Qué pasa, mujer?, dijo entresueños, casi casi, roncando.

–Hay un hombre que está cantando en la calle y no me deja dormir. ¡¡¡Me está jodiendo!!!

–No seas loca, seguro era alguien que pasaba por allí.

Yssa no terminaba de pronunciar la respuesta cuando nuevamente:

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa!

–¡Carajo! Se lamentó Yssa y salió de las sábanas.

–¡Dile que se quede callado! Ordenó Olga.

Yssa vio a través de la ventana que la voz salía de entre unos arbustos enanos, donde descansaba un hombrecillo que más parecía una sombra. Era, tal vez, un alma.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa! Se volvió a escuchar.

–¡Yssa!, reclamó Olga desde la habitación.

–¡La flor de papa, la flor de...

El paisano no pudo terminar su canto.

–Oye serrano de mierda, ¡cállate la boca que no nos dejas dormir! ¡Carajo!

Yssa había salido en calzoncillos a la puerta de casa y desde allí había descubierto que el cantante de marras era el guardián de la casa de enfrente. Precisamente se habían saludado por la tarde, y el paisano preguntón averiguó que Yssa era abogado.

El silencio reinó algunos minutos y el recién casado volvió a su lecho, junto a su amada que sonreía sin mover los labios y agradecía sin pronunciar palabra alguna. Estaba enojada, pero satisfecha por la reacción de su marido.

Sin embargo, al frente, el paisano no se había quedado contento. ¿Qué se habrá creído este abogado conchesumadre que me grita como si fuera su hijo?, pensó con furia y escupió un bolo gastado de hojas de coca mezcladas con cal. ¡Ta huevón!, dijo, y cobró valor.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa! Cantó más agudo y más rápido.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa! Más rápido.

–¡La flor de papa, la flor de papaaaaaaa! Mucho más rápido.

Los nuevos alaridos del paisano sin nombre retumbaron como proyectiles que se incrustaban en el cerebro de Olga. Y también en el de Yssa, que aún no volvía a desconectarse.

–Puta madre, este pendejo sigue con su flor de papa. ¡Ya se cagó!, amenazó Yssa y se dirigió al ropero, de donde desempolvó un revólver de fogueo Colt calibre 38. Un arma inofensiva, pero bastante bulliciosa.

–Oye serrano jijunagramputa, si sigues cantando te voy a matar ¡carajo!, gritó Yssa y levantó la mano empuñando el arma que, en realidad, no servía ni para matar una mosca.

Silencio en la noche. El serrano está en calma. Yssa abrazó a Olga y le dio un beso en la frente, pensando que su estrategia intimidante había sido efectiva y que el cantante de la noche desistiría de continuar con su tonada infernal. Pero se equivocó.

No habían transcurrido ni cinco minutos y la flor de papa volvió a reverberar como el cántico de mal agüero de una lechuza, que anuncia la presencia de la muerte.

–Se cagó.

Yssa había agotado su paciencia. Como en cámara lenta se destapó, empuñó el revólver que había dejado en la mesa de noche y casi como flotando llegó hasta la puerta de casa. Salió a la calle y sin pensarlo disparó. ¡Muere, mierda! ¡Pendejo! ¡Hoy te mato gramputa! ¡¡¡Pum, pam, plin!!!

Olga, desde la cama, vio un resplandor parpadeante por una rendija de la puerta. Y sonrió.

–¡Hoy te mato huevón! ¿Qué flor de papa ni flor de papa? ¡Vete a tu pueblo a cantar y deja de joder acá! Yssa debía demostrar su valentía ante su mujer. Cuando el tambor del arma había quedado vacío regresó triunfante a su lecho de amor. Olga le dio un beso para tranquilizarlo. Lo abrazó. Sólo le faltaba aplaudir.

–A ver si vuelve a cantar, pues, ese pendejo. Que se meta las flores de papa al culo, dijo Yssa, muy macho, con la autoridad que le daba el haber estudiado derecho y ciencias políticas durante seis años en la gloriosa Universidad de Bolívar.

El serrano estaba pálido, parecía un alma. Su terquedad casi lo manda a vivir con las serpientes bajo la tierra. Entonces, comprendió que ni San Andrés, ni Trujillo ni la costa eran su lugar. Allí, no era bienvenido. Él quería cantar, él quería correr, él quería sentirse libre sin que nadie le quisiera apagar la voz a punta de balazos.

Entonces, levantó sus trapos y se echó a andar, no sin antes proferir la última frase que se le escucharía por esos lares:

–Abogado ladrón, abogado asesino. ¡La flor de papa!

Y huyó.

sábado, setiembre 05, 2009

UNA PENA. La pésima costumbre de echar la basura al río es muy notoria en Iquitos

La cara fea 

del Amazonas

La Amazonia aspira a convertirse en una maravilla mundial. Antes de ello, habría que preocuparse mucho más en su conservación.

 

IQUITOS. Por desgracia, lo que usted ahora lee no es un típico reporte turístico que lo invita a viajar y disfrutar de los placeres de la selva. Lo que usted ahora lee se basa en una realidad preocupante –escrita con tristeza– que se enfoca en la destrucción del río Amazonas, ese mismo que aspira a convertirse en una maravilla natural.


Realmente es penoso redactar estas líneas porque Iquitos es una ciudad que te enamora con sus atardeceres románticos y sus noches de ensueño bajo el claro de la Luna, con la calidez de su gente y sus casas traídas como por arte de magia desde Europa, que esconden entre sus maderos la época gloriosa del caucho.

Sin embargo, más allá de las mariposas multicolores, de la paradisíaca laguna de Quistococha, de beber una refrescante agua de coco en la misma fruta, de su iglesia neogótica y su comida de dioses, Iquitos y la Amazonia en general sufren una agonía que el turista de ojo ligero no percibe, a diferencia de quienes intentan observar ‘más allá de lo evidente’.

Bastaron cinco días en Iquitos y algunos otros poblados loretanos para confirmar que la gran mayoría de pobladores locales apela a un ‘maldicho’: ‘echa todo al río, que el río se lleva todo’. En efecto, si en la costa la gente echa la basura y todos sus desechos en el mar y en los laterales de las carreteras (terrible y condenable costumbre propia de un país ineficaz en el tratamiento de sus residuos), en la selva el botadero es el río, y en Iquitos, el Amazonas.

La muestra más clara de que el hombre está acabando con la Amazonia se observa en las riberas del río, sobre todo en los embarcaderos. ‘Puerto Productores’ es uno de los atracaderos iquiteños donde se aborda embarcaciones de todo tamaño y fin: desde buques internacionales hasta peque-peques. Allí, debajo del muelle, la desidia y la poca educación han acumulado toneladas de basura, desde botellas y bolsas plásticas, hasta pequeños papeles que terminan flotando en las aguas del río.

Esto se observa en cada uno de los atracaderos del Amazonas y de los ríos cercanos como el Nanay o el Napo, dando una dramática, crítica y pestilente bienvenida (¿o malvenida?) a los viajeros.

La basura ‘navega’ en el río a lo largo de todas las poblaciones y seguirá navegando durante décadas, si no se mejoran los hábitos. Basta con decir que una botella plástica, así como sus similares no-biodegradables, demoran en descomponerse nada más y nada menos que 100 años.

Pero es tal vez en el barrio de Belén, el más pobre de Iquitos, donde la contaminación se observa en su máxima expresión. Allí, donde las casas de madera flotan junto a la basura, los pobladores tienen instaladas unas pequeñas covachas a manera de silos, que desaguan en el río.

Durante un recorrido en bote, pude observar que en una casa de este barrio mal llamado ‘Venecia Amazónica’, una joven salía del baño. El bote avanzaba y, muy cerca, una mujer recogía agua con el vaso de una licuadora. Finalmente, más adelante, dos chicas se bañaban en el río. ¿Resultado? Máxima contaminación.

Este problema, que se acrecienta en Belén con el maloliente mercado donde las aves de rapiña hurgan entre la basura y los pies de los compradores, deja en los viajeros un recuerdo patético. Todas esas imágenes se superponen como una retahíla de flashes y graban en la mente la imagen de un país inculto que no se preocupa por su selva ni por su gente.

Un informe desarrollado por la Federación de Partidos Verdes de las Américas, luego de visitar Iquitos, reveló la crítica situación por la cual atraviesa el Amazonas, no sólo por el descenso de sus aguas, sino –sobre todo– porque buena parte de los desagües de Iquitos desembocan en el río, por la deforestación descontrolada, y por la contaminación del petróleo de las embarcaciones que mata a los peces.

A esto se suma la carencia de agua potable y alcantarillado en buena parte de los poblados loretanos, así como las enfermedades y la pobreza crítica en la zona.

Todo esto es una realidad y no pretende desdibujar la imagen exótica de nuestra selva loretana. En efecto, viajar a Iquitos nos permite encontrar un mundo increíble. Sin embargo, la contaminación es un hecho y tiene que denunciarse.

Por ahora, la gente y el gobierno andan muy preocupados por el concurso de las Siete Maravillas Naturales del Mundo, en la cual participa el Amazonas. Sin duda alguna, el Perú se encuentra ante una buena oportunidad para salvar al más caudaloso, extenso y contaminado río del mundo.







lunes, agosto 31, 2009

CRÓNICA. Una historia que se rescata del olvido, a propósito de cumplirse 70 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial

José Barouh, el trujillano

que murió en el Holocausto

Periodista Hugo Coya Honores identifica a 22 peruanos que fueron víctimas del nazismo en Europa.

Catorce años antes de morir junto a su familia, el griego nacionalizado peruano Samuel Barouh caminaba por las calles céntricas de Trujillo. Corría el año de 1930 y esta ciudad norteña, que recién había celebrado su cuarto centenario de fundación, aún no se recuperaba por completo de las lluvias incesantes que rajaron los cielos y agrietaron la tierra los días 7, 8 y 9 de marzo de 1925. Fue un aluvión infernal que no sólo destruyó las iglesias, colapsó los servicios de sanidad, paralizó los ferrocarriles, congestionó los teléfonos y frenó los automóviles, sino que también revivió el fantasma de las avalanchas de las quebradas El León y San Carlos.

Samuel iba preocupado, pero feliz. Su esposa, la turca Rebeca Avayü, había alumbrado a un bebé a quien llamarían José. Era el tercero de sus hijos, pero el primer varón. Ambos salieron de su vivienda, ubicada en el jirón Gamarra, y caminaron hacia el Concejo de Trujillo, precisamente para registrar a su hijo. Cruzaron la Plaza de Armas, que lucía un flamante Monumento a La Libertad, inaugurado el 28 de julio de 1929 con motivo de los 108 años de la independencia nacional, e ingresaron a las oficinas ediles. Eran las 9 de la mañana del 5 de junio de 1930.

En el Trujillo de aquel entonces, las diferencias políticas se materializaban en pasquines de todo calibre. Por otro lado, el antichilenismo flotaba en la atmósfera mucho más fuerte desde el retorno de Tacna a Perú, mientras que el boom azucarero que vivía la ciudad sorteó con cierto éxito el aciago 24 de octubre de 1929, día que pasó a la historia como el ‘Jueves Negro’ por la caída de la Bolsa de Valores de Nueva York. En las afueras del centro iban levantándose chalets y urbanizaciones residenciales, donde vivían los grandes terratenientes y algunos extranjeros, entre italianos, españoles o alemanes, que decidieron asentarse en estas tierras primaverales.

Fue precisamente el azúcar y el buen momento económico lo que atrajo a Samuel Barouh a Trujillo. Él vendía telas importadas en la ciudad y en los ingenios de Laredo, Casa Grande, Chiclín y Cartavio. Lo llamaban ‘El Turco’, como a muchos otros especialistas en vender de manera ambulatoria lo que se proponían antes de emprender un nuevo viaje hacia alguna tierra desconocida.

Se presume que Samuel y Rebeca abandonaron Trujillo porque sospechaban que iba a desatarse un conflicto armado. De haber sido así, no se equivocaron, ya que el 7 de julio de 1932 una facción aprista tomó el cuartel O´donovan y dominó la ciudad durante cuatro días. Decenas de muertes en la cárcel central, bombas que caían de los aires y disparos del régimen militar sanchezcerrista para retomar el control tiñeron con sangre el destino político y social de los trujillanos de esa época y de las siguientes décadas. Fue el “Año de la barbarie”.

Previendo esto, pero sobre todo porque el gobierno peruano prohibió el comercio ambulatorio en salvaguarda de los negocios ‘formales’, los Barouh Avayü viajaron a Lima con sus tres hijos y después partieron a Francia, donde vivían algunos familiares. Sin embargo, lo que no lograron predecir antes de enrumbarse hacia Europa, fueron los planes perturbados de un tal Adolf Hitler, líder alemán que años más tarde emprendió una cacería humana y se propuso exterminar a los judíos o a cualquiera en cuyas venas no corriera la sangre aria.

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Rebeca Avayü nació en 1897 en Esmirna, actualmente el segundo puerto más importante de Turquía, después de Estambul. No se conocen datos sobre su niñez, pero sí se sabe que muy joven, tal vez a los 23 años, se casó con el griego Samuel Barouh en la ciudad natal de éste: Salónica, la segunda más desarrollada del país mediterráneo en nuestros días. De esa manera, conformaron la familia Barouh Avayü, dos apellidos judíos que más tarde serían su condena.

Samuel le llevaba siete años de edad y se dedicaba al comercio; ella, era experta en las artes del hogar. En aquel entonces, la realidad económica, política y social europea hacía voltear la mirada hacia Sudamérica, y especialmente hacia el Perú, un lugar aún por descubrir y con evidentes oportunidades para volverse rico.

Luego de cruzar los mares Egeo, Mediterráneo, Atlántico y Pacífico, llegaron a Lima, una ciudad en crecimiento que conservaba la arquitectura colonial en un centro histórico hermoso, con haciendas en las afueras, y plagada de inmigrantes europeos y de mujeres que ya no cubrían su rostro pero sí integraban una sociedad cerrada y racista donde la gente valía por el peso de su fortuna.

De acuerdo con el itinerario de su viaje, partieron en 1920 en un barco de la Grace Line de Salónica hacia Pireo (Atenas), Nueva York, Balboa (Panamá), Talara y Salaverry en Perú y, finalmente –tras un periplo de cuatro meses– atracaron en El Callao, donde Samuel emprendió la venta casa por casa de finas telas importadas de Beziers (Francia), que la aristocracia capitalina compraba como pan caliente para la confección de las más elegantes prendas de aquella época.

El 14 de julio de 1925, luego de soportar un embarazo agobiante por el calor demoníaco y las lluvias torrenciales que ocasionó el Fenómeno El Niño, nació Victoria Barouh Avayü, la primera hija que los obligó a asentarse algunos años en Lima, exactamente en la calle Arica 540 del actual distrito de Breña. Le siguió Mathilde, quien vio la luz del mundo el 27 de enero de 1927, también en la capital peruana.

En 1930, atraídos por el olor de la melaza y el dulce sabor del dinero que producían las azucareras trujillanas, los Barouh Avayü llegaron a Trujillo. Rebeca quedó embarazada en 1929, un año crítico para la economía mundial, así que se vieron obligados a buscar nuevas alternativas financieras.

El martes 3 de junio de 1930, cuando Samuel ya era conocido por los trujillanos como ‘El Turco’ que vendía telas, y cuando ya había cumplido 40 años, nació su tercer hijo: José Barouh Avayü. Era el primer varón y también el más esperado, el niño que cuando fuera hombre heredaría las artes del comercio. Era una ‘bendición’ de Dios, citando la traducción al español de su apellido.

Samuel estaba feliz. Dos días después, el jueves 5, padre y madre se dirigieron hacia la oficina de los registros civiles del concejo. Los acompañaba el italiano Rafael Baruchi y Hockin, un importante hombre de negocios de 38 años y fundador de la Sociedad Baruchi y Farhi, hoy extinta.

En el concejo los atendió el oficial registrador Max José Renils, quien inscribió a José con partida de nacimiento número 439 y como “hijo legítimo del declarante”.

Sin embargo, las cartas del destino les depararon una nueva aventura. Tras dos años de permanencia en Trujillo, y poco antes de la revolución aprista que hizo desbordar ríos de sangre y llover bombas sobre la Plaza de Armas, los Barouh Avayü ya habían abandonado el Perú.

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Maurice Barouh Avayü, el cuarto hijo, nació en Beziers, Francia, el 3 de marzo de 1932. Se presume que Samuel y Rebeca escogieron el país galo porque allí tenían familiares. No obstante, y definitivamente, viajar a Europa fue la peor decisión que tomaron en su vida. Ese mismo año, en Alemania, Adolf Hitler ya postulaba a la presidencia, objetivo que persiguió desde 1925 y que logró el 30 de enero de 1933 al ser nombrado canciller, luego de un camino cargado de triquiñuelas, incendios y muertes.

El año 1939 comenzó sombrío con la muerte del papa Pío XI, el 10 de febrero, quien fue sucedido el 2 de marzo por Pío XII. Pero el episodio más aciago ocurrió el 1 de septiembre cuando las tropas alemanas invadieron Polonia y dos días después estalló la Segunda Guerra Mundial. La Industria tituló el día 3: ‘Inglaterra, Francia y Polonia están de nuevo en guerra contra Alemania’. En esa misma edición, el editorial advertía: ‘La guerra otra vez’.

La familia Barouh Avayü continuaba viviendo, o sobreviviendo, en el pueblo de Beziers, y precisamente en esta pequeña localidad ubicada en el departamento francés de Hérault (de conocidos antecedentes griegos), fue capturada por las tropas nazis, en 1944. Los seis fueron llevados al campo de tránsito parisino de Drancy y allí, fichados como prisioneros al ser descendientes judíos. José, el trujillano, a quien registraron como Joseph Barouh Avayü, fue internado con el número 22548.

Cuando fueron atrapados, Samuel tenía 54 años y Rebeca 47. Victoria 18, Mathilde 17, José era sólo un adolescente de 14 años y el pequeño Maurice un niño de 12. El 30 de mayo de 1944, cuando sólo faltaban 16 meses para que termine la guerra, los seis fueron obligados a abordar el convoy número 75 que los condujo al infierno, a la muerte del Holocausto, de la Shoá: al campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, donde todos fueron asesinados.

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El trujillano José Barouh Avayü y sus familiares no fueron los únicos peruanos que murieron en el Holocausto. El periodista Hugo Coya Honores, luego de desarrollar una acuciosa investigación en un período de cuatro años, y habiendo viajado a París, Jerusalén, Estambul y Washington, entre otras ciudades, reconstruyó la vida de 22 peruanos que figuran en el ranking de las desdichadas víctimas del nazismo.

Coya Honores recuerda el día que visitó el campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, en octubre del 2004, y descubrió –de casualidad­– que nuestro país había perdido a 22 de sus hijos en cámaras de gas, a balazos, apaleados o asfixiados en los infernales trenes alemanes.

“Hasta ese momento, mi percepción de ese terrible episodio era que nuestro país había sido un mero actor secundario en esa oprobiosa carnicería y que las víctimas eran apenas europeas, estadounidenses o japonesas”, relata el reconocido periodista limeño que publicará el próximo año su libro Paradero Final, bajo el sello de Santillana, en el cual contará la historia de los peruanos caídos (entre ellos la de la familia Barouch Avayü).

Tras su viaje a Auschwitz y ya en Lima, Coya Honores, como buen sabueso del periodismo, inició un trabajo que en su génesis y durante su desarrollo lidió contra la completa desinformación. “A mi regreso a Lima intenté descifrar por curiosidad periodística el misterio, saber quiénes eran estas personas y por qué habían muerto en lugares tan lejanos, pero sólo encontré vagas referencias en textos de la época y una entrevista en la revista Caretas a León Trahtemberg”, señala en la presentación de su futuro libro.

Entrevistas en todo el mundo a familiares de los caídos, una obsesionada navegación a través de Google, muchos mensajes mediante Facebook o Twitter, y viajes y lecturas innumerables le permitieron identificar a los 22 peruanos hasta con fotografías históricas que hasta ese momento “eran patrimonio exclusivo de sus familias, amigos y aquellas personas que los conocieron”.

“Sin embargo, como si se tratase del monje franciscano de la novela de Thornton Wilder El Puente de San Luis Rey, me propuse descubrir quiénes y por qué estos peruanos convergieron en su inmensa mayoría en ese puente que resultó ser el campo de reclusión de Drancy, en las afueras de París, entre 1943 y 1944, para partir en los trenes rumbo a la muerte”, agrega.

Así, tras revisar la lista de los deportados de Francia entre 1942 y 1944 que publicaron los esposos franceses Beate y Serge Klarsfeld, y con el apoyo de un rabino turco y de numerosas personas e instituciones en Francia, Israel, Polonia, Turquía, Grecia, Alemania, Estados Unidos, Brasil y el Perú, Coya Honores rescató del anonimato y homenajeó póstumamente a estos 22 peruanos (21 de ascendencia o religión judía y una católica), que perecieron por el odio del hombre contra el hombre.

Entre las historias que logró estructurar Coya resalta la de la católica Magdalena Truel, quien se convirtió en una heroína de la resistencia francesa y que pereció poco antes de culminar la guerra. Del mismo modo, la de los hermanos Assa, quienes participaron activamente en el levantamiento del campo de concentración de Sobibor y, aunque murieron en el intento, contribuyeron con la fuga de 300 personas.

“No creo que el final de estas 22 personas haya sido un designio de Dios o que fueran víctimas de la casualidad o del destino. Su muerte, como las de millones de otras personas en el Holocausto, fue producto de la maldad humana y de un sistema político que permitió el ascenso de un régimen dictatorial, totalitario, racista, xenófobo y homofóbico que tuvo muchas complicidades y todavía tiene solapados adeptos entre nosotros mismos”, añade.

Finalmente, Coya Honores lanza una advertencia que demuestra la locura y la crueldad del hombre de nuestros días: “El nazismo no ha muerto, permanece soterrado aquí en nuestro país y otros lugares del mundo. Está escondido en la mente de los intransigentes, de los extremistas, de los demagogos, de los autoritarios, de aquellos que no aceptan a los diferentes, de aquellos que rechazan a quienes no profesan su mismo credo, a quienes no piensan igual a ellos”.

MÁS INFO

- El libro Paradero Final saldrá a la venta el próximo año y, según Coya Honores (recordado director del diario La Industria de Trujillo), también será presentado a inicios de año en nuestra ciudad.

- Este martes 1 de septiembre se cumplirán 70 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial.

- Datos oficiales registran la muerte de por lo menos 62 millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial, entre civiles y militares.

- Se estima que durante el genocidio alemán llamado Holocausto se acabó con la vida de 12 millones de personas, la mitad de religión judía.

TENGA EN CUENTA

Respecto a la investigación.

“Siempre creí que era una persona con poca suerte, que nunca recibió algo de manera fácil o simple, a quien nadie le regaló nada, que enfrentó momentos muy duros y por eso, depararme de un momento a otro con este grupo de 22 desconocidos cambió radicalmente mi manera de ver e interpretar el mundo. Se trata de personas que me hicieron descubrir cuán pequeñas y menudas, cuán egoístas, cuán limitadas pueden ser nuestras vidas frente a estos hombres y mujeres que conocieron lo peor que puede albergar un ser humano y que aún así lucharon y mantuvieron su dignidad hasta el último instante”.

Hugo Coya Honores,

Periodista peruano.

lunes, julio 27, 2009

El misterioso bosque Cachil

A sólo cuatro horas de Trujillo, en la provincia de Gran Chimú, la naturaleza nos ofrece un apacible y sorprendente atractivo. Llegar es duro, pero vale la pena.

CASCAS, GRAN CHIMÚ. Las hojas secas crujen y se rompen con cada paso, mientras que los robles añejos lucen aprisionados entre hierbas y moho. Las lianas y las raíces nos observan desconfiadas durante nuestro internamiento en el bosque y dan movimientos sutiles ayudadas por el viento. Un puentecito con no más de diez tablones desiguales y sin baranda nos acaba de introducir en un lugar donde la humedad del terreno y la tenue iluminación que se cuela entre las ramas –sumadas al canto profundo de las aves y al chirrido enloquecido de los insectos– te permiten expulsar a los demonios de la ciudad y cargarte de una paz, ¿por qué no?, divina.

El bosque Cachil se ubica a una hora y media de Cascas, entre los 2.400 y los 2.600 metros sobre el nivel del mar, en la provincia andina de Gran Chimú. Situado entre montañas y favorecido por un clima tropical, es un trocito de selva amazónica perdido entre los Andes. La flora tupida, que incluye orquídeas, y la fauna diversa, son las muestras más claras de ello.



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El ómnibus que nos lleva de Cascas hacia el desvío del bosque Cachil literalmente baila y se bambolea al ritmo de una tecnocumbia. Su destino final será la ciudad de Contumazá, en la región Cajamarca, pero nosotros descenderemos una hora antes, cerca del camino que lleva al caserío de Chapolán. Enormes eucaliptos se pierden entre el verdor tupido que circunda el camino de tierra, la vid prevalece y algunos riachuelos brillan con el sol dominical. El conductor toca el claxon antes de ingresar a las curvas y por momentos el vehículo parece ser un ferrocarril de los años 50.

Los olores son los propios de la sierra profunda y los demás viajeros, blancos como los cajamarquinos, sonríen. Todos se conocen. El cielo es como un mantel de azul perfecto con pinceladas de blanco. Un Caballo viejo dice que el pasito está apurao y sigue una cumbia: mira que parecen dos luceros, esos tus ojitos hechiceros. Alba, mi novia, dice que los alrededores tienen el mismo verdor de Asturias, en España, el país del cual proviene. Yo me pierdo en el resplandor de su mirada serena y cuando quiero volver a escribir en mi libreta, el traqueteo del bus me lo impide. “¿Bajan en Cachil?”, pregunta el ayudante del chofer.

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El bosque Cachil tiene 100 hectáreas y se encuentra ubicado dentro de un inmenso fundo de la familia Corcuera, la del ilustre poeta Marco Antonio. El bus arranca y levanta una polvareda y ahora somos tres los que caminamos hacia la entrada del bosque.

‘El Carretero’, le llaman. Es un joven de rasgos andinos que vive en Chapolán y carga un costal con algo que parece ser pan. Dice tener una bodeguita y que en su pueblo todos son familia y buena gente. “Sigan el camino y cuando lleguen a la tranca llamen a Sixto, él anda por allí”, nos recomienda y luego desciende por una ladera hacia Chapolán, que se ve en la profundidad de la montaña.

En Cascas, el poblador Humberto Guarniz, a quien contactamos gracias a la recomendación de nuestro amigo casquino residente en Trujillo Armando Plascencia León, nos dijo cómo llegar al bosque y nos sugirió llamar a gritos desde el camino a Sixto, su peón (Guarniz es propietario de un fundo colindante). Seguimos dando pasos y algunas flores amarillas y violetas, las últimas sobrevivientes del verano, nos acogen entre la maraña del verdor y el cantar de las avecillas. ¡Sixto!, ¡Sixto!, grita Alba y el sonido reverbera entre las montañas. A la distancia se observa el cerro ‘Las Anuas’, en cuyas faldas está el bosque. Cuatro panales de abejas cubiertos con cajas de madera y una colina desde donde se observa una imagen panorámica del lugar nos acompañan en nuestra espera. De pronto, se oye una respuesta ininteligible del que, suponemos, es Sixto.

Como la espera desespera y Sixto no llega, seguimos caminando y cruzamos la tranca. Mensaje para los senderistas: “Por fabor respeten el bosque, no arrojar vasura, grasias” [sic]. Descendemos y ascendemos. Vamos sin rumbo hasta donde el camino se divide en dos. El río suena a la derecha pero optamos por la izquierda. Maleza, árboles flacos, piedras, insectos y una pequeña cueva. Llegamos a un punto donde comprendemos que estamos perdidos y regresamos hasta la división del camino. Cansados por la incertidumbre, nos tumbamos en el pasto para comer pescado enlatado y algunas galletas de soda.

De pronto, la voz de Sixto suena cercana como un salvavidas y le respondemos. Es un lugareño de sombrero blanco, polo azul y rostro de experto en la cosmovisión andina. Le damos una bolsa con hojas de coca, algunos caramelos de limón y galletas de soda. “¿Quieren ir hasta la catarata?”, pregunta con desconfianza pero amabilidad. Accedemos.

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En el bosque Cachil, ubicado en las laderas del río Cachil, existen viejos olivos y macizos robles y naranjos. Algunos viajeros llegan y acampan; hacen fogatas y tocan guitarras, pero hoy estamos solos. “¡¿No les da miedo el bosque?!”, pregunta Sixto para romper el hielo.

–¿Miedo a qué?, le increpo.

–A los leones, bromea.

Seguimos cuesta arriba.

El embrujo se manifiesta entre las sombras y el movimiento sutil de las hojas. Las ramas apretadas de los árboles evitan el ingreso de los rayos solares y la humedad se combina con el misterio y la oscuridad. La alforja roja que carga Sixto en su hombro derecho tiene un hueco por donde se quiere escapar una linterna plateada y algunas de sus codiciadas hojas de coca. Él camina rápido y nosotros lo seguimos con el corazón en la garganta. Claro, venimos de la ciudad.

Alba sufre un mareo y su corazón quiere escapársele del pecho. Nos detenemos. Sixto voltea y nos mira con burla. El agua corre por nuestros zapatos que ya están empapados, pero tenemos que llegar a la dichosa catarata. Sorteando árboles, una valla de púas metálicas y apartando ramas, llegamos a nuestro destino. El sonido del agua calma nuestra agitación. Es sólo una pequeña y oscura cascada que logra refrescar nuestras almas. Más troncos y más piedras. Comemos unas limas y Sixto tose como un perro. Saca una bolsa plástica negra y arranca hojas. “Acá la medicina está botada”, dice con ironía.

El eucalipto, chancapiedra, maraitulma, matico, pie de perro, hierba del oso y chanacós, con todas sus propiedades curativas, van llenando la bolsa durante el retorno. Sixto demuestra una sabiduría ancestral al momento de escoger las hojas buenas de las inservibles. Es un tipo frío e introvertido que en su hablar evidencia que ha vivido mucho tiempo solo.

Apresurados llegamos a la misma curva donde nos recogerá el bus que vuelve de Contumazá, con la satisfacción de haber logrado nuestro objetivo. Con el sol quemando en mi espalda y mi sombra reflejada en la libreta, algunos moscos zumbando entre mis orejas y una tranquilidad que por momentos parece abstraerme de este Perú bullanguero, por fin puedo descansar a un costado de la carretera.

Sixto vuelve a toser y un perro le responde desde lejos. Ambos están resfriados. Esta noche, por el frío que ahora azota a la sierra, nuestro guía dormirá en Cascas. El bus serpentea entre las montañas. El río suena como el mar. El bosque quedó atrás.